EL INVENTOR DE PALABRAS

Publicado en El Norte de Castilla el 16 de febrero de 2018

Lleva ya mucho tiempo alegrándonos la vida y sacándonos una sonrisa con nocturnidad y alevosía. Lo hace con sus pequeñas cosas, con sus juegos de magia y, sobre todo, inventando palabras. Es Luis Piedrahita, al que todo el mundo conoce gracias a sus memorables monólogos de humor en muy distintas y sonadas apariciones en televisión y en radio. Además de ilusionista de reconocido prestigio (ganador del Nobel de magia que otorga la Academia de las Artes Mágicas de Hollywood) últimamente reparte su tiempo también protagonizando en los escenarios “Las amígdalas de mis amígdalas son mis amígdalas” y promocionando un imprescindible diccionario sin colorantes y con Cervantes titulado significativamente “Cambiando muy poco algo pasa de estar bien escrito a estar mal escroto”. Con la primera obra llena teatros en los que la gente se desternilla con su humor inteligente convirtiéndose el patio de butacas en un jardín florido de amígdalas mientras que con el libro nos regala 222 palabras inventadas por él utilizando un finísimo humor de pata negra que dispara dos balas, una ingeniosa que va directamente al cerebro, y otra emocionante que nos toca el corazoncito. Muchas cosas uno envidia en Piedrahita pero, por encima de todas, su capacidad para inventar divertidos neologismos que responden a situaciones muy reconocibles para todos. Por ejemplo, cablerinto es esa maraña retorcida de cables que hay detrás de la tele, el DVD y el equipo de música; wifigüeño es un pescador callejero de wifis gratuitas; cataculpa es ese mecanismo de defensa que utilizan algunos en plan resorte humano consistente en echar la culpa de todo a quien no está delante; sexagerar es relatar con verbo florido la calidad y cantidad de proezas amatorias propias. Y así hasta 222 nuevas palabras que se antojan necesarias ya que parten de situaciones que todos hemos vivido. Porque, ¿quién no se ha sentido alguna vez angustiado con alguien que se nos echa encima para hablarnos? Piedrahita dice que eso es acorrablar, es decir hablar muy cerca y sin dejar escapatoria al interlocutor. Eso sí, tal y como él indica, más vale que recemos para que quien nos acorrable no tenga halitosis. En fin, una gozada este diccionario del Rey de las Cosas Pequeñas que le emparenta con otros magos de la palabra como Alejandro Dolina o Luis Eduardo Aute.

 

 

 

 

 

 

 

TORQUEMADA REVIVAL

poli4Publicado en El Norte de Castilla el 9 de febrero de 2018

Vuelven los tiempos oscuros. Como aquellos en los que un imbécil llegó a la conclusión de que los cuerpos desnudos que decoraban los frescos del Juicio Final pintados por Miguel Ángel resultaban pecaminosos y había que cubrirlos con paños de pureza. Un discípulo del maestro se puso manos a la obra y pasó a la historia como Il Braghettone. Hace poco un artista tejano estaba pintando un mural con un detalle de la Sixtina y su trabajo fue interrumpido por un policía para que tapase las desnudeces. Esto sólo es el principio. En la universidad de Berlín borran un poema más ingenuo que un tattoo de Hello Kitty porque ha ofendido a algunos. Retiran un cuadro de ninfas desnudas en una galería de Manchester. Cambian el final de la ópera Carmen. Piden retirar una pintura de Balthus porque a una niña se le ven las bragas. A Tim Burton le presionan para que cambie el final de Dumbo, su nuevo film. Del Rijksmuseum retiran 23 vocablos de los rótulos que han molestado a algún colectivo. La Organización Mundial de la Salud pide que todas las películas en las que se fume se prohíban a menores. Censuran carteles de Egon Schiele en los metros de varias ciudades. “Matar a un ruiseñor” y “Huckleberry Finn” se prohíben en las aulas yanquis tras las protestas de una madre… Vaya, que nos está quedando una Edad Media cojonuda. Regresa Torquemada. Suena a ficción pero ya está aquí. Nos acordamos de la cruzada en los Simpson contra la llegada del David de Miguel Ángel a Springfield porque es “una guarrada y representa unas partes del cuerpo humano que, por muy prácticas que sean, son malignas”. A eso hemos llegado. Todo nos escandaliza. Todo nos ofende. Las redes sociales son ahora el catafalco donde antes se quemaba a las brujas. La puritana moral yanqui ha traspasado las fronteras y al universo entero le recorre un anhelo correctivo, una vocación higiénica. Nos ofenden las chirigotas, los raperos, los titiriteros. Nos molestan los que andan en bici, los que andan en patinete, los que corren, la estatua de Woody Allen en Oviedo, los niños jugando a la pelota en la calle, una mujer dando el pecho. Llegará la quema de libros. Y luego la de pelirrojos. Y prohibirán los bodegones de caza. Y las películas con animales porque dirán que incitan a la zoofilia. Pues eso, que el mundo está lleno de idiotas. De idiotas e idiotos, para que nadie se ofenda.

LAYLA

Publicado en El Norte de Castilla el 2 de febrero de 2018

Cuenta la leyenda que en el siglo VII vivió en Arabia un poeta que hizo célebre con sus encendidos versos a una joven llamada Layla. Cuando ella se casó con un comerciante rico el joven enloqueció, huyó a remotos bosques y se dedicó a componer poemas a su amada mientras los animales salvajes intentaban consolarle. Por entonces, comenzó a ser conocido como Majnún (loco). “Señor, no permitas que abandone la locura, no permitas que retorne a eso que llaman cordura”, rezaba él cada noche. Dicen que mucho tiempo después fue encontrado muerto en el desierto, muy cerca de la tumba de Layla, junto a una roca donde había tallado sus últimos versos de amor. Eric Clapton se inspiró en esta leyenda para escribir en 1970 una de las canciones más hermosas y conmovedoras de toda la historia. Se había enamorado de Pattie Boyd, la esposa de George Harrison, y cuando ella decidió permanecer junto a su marido, Clapton enloqueció y compuso “Layla”. Todo ello me recuerda un poema de Miguel Falabella del que hice una traducción infiel hace tiempo. Hablaba de la saudade. Decía algo así como que pillarse un dedo con la puerta duele, que torcerse el tobillo duele, que un bofetón, un puñetazo y una patada duelen, pero lo que más duele es la saudade. Saudade de un recuerdo, de un lugar, del tiempo que pasa. Todas estas saudades duelen. Pero la saudade que más duele es la saudade del amor que se acaba: es una saudade que nadie sabe cómo detener. Saudade es sobre todo no saber. No saber si ella continúa con sus dolores de cabeza. No saber si todavía usa aquellos pantalones. No saber si dejó de fumar. Si sigue prefiriendo el whisky escocés. Si sigue sonriendo con sus preciosos ojos. Saudade es realmente no saber. No saber qué hacer con los días que cada vez son más largos, no saber cómo detener las lágrimas al escuchar cierta canción, no saber cómo vencer el dolor del silencio. Saudade es no querer saber si ella está con otro y, a la vez, querer. Es no saber si es feliz y, al mismo tiempo, preguntárselo a todos los amigos. Es no querer saber si está más preciosa. Saudade es nunca volver a saber de la persona que más se ama. En alguna otra vida hemos debido haber hecho algo muy grave para sentir ahora tanta saudade, concluía Falabella. Y sí, a veces me despierto por la noche y escucho “Layla” a oscuras. En versión desenchufada y con sabor a fuego helado, a hielo abrasador y a saudade. ¿Es grave, doctor?

COSECHA ROJA

cosecha_rojaPara muchos, la Biblia de la novela negra. Publicada en 1929 en cuatro entregas dentro de la mítica revista Black Mask, “Cosecha roja” es la primera novela de Dashiell Hammett y con ella se puede decir que arrancan las novelas hard boiled, novelas negras como el carbón y sin ningún tipo de concesión en contraposición a las novelas enigma con detective típico que resuelven sus casos a través de la lógica y la deducción. Hammett comenzó a pasear sus novelas por las calles de ciudades. Como dijo Chandler, “alejó el asesinato del jarrón veneciano y lo llevó al callejón”. Todo ello a través de un detective sin nombre, conocido como “El agente de la Continental”, que acabaría protagonizando otra novela más (“La maldición de los Dain”) y hasta 27 relatos de menor extensión. Con él nos sumergiremos en la ciudad de Personville (rebautizada como Poisonville, es decir, ciudad-veneno) y nos enfangaremos en la putrefacción moral y humana que pisa sus calles. Hasta allí llega el protagonista para descubrir que la ciudad está dominada por cuatro gángsters con la complicidad del magnate fundador de Personville. Nada más llegar, es asesinado el director de los dos periódicos (que le había contratado) y ése es el principio de un carrusel de asesinatos que salpica de sangre todo el libro. Hasta 26 muertes violentas de personajes más o menos relevantes sin contar con decenas de muertes más a lo largo de una novela durísima, de estilo seco y ritmo vertiginoso, con frases breves, diálogos cortos y toda una montaña rusa de tiroteos, emboscadas y persecuciones. En fin, “Cosecha roja”, una auténtica maravilla escrita con el cuchillo entre los dientes, un auténtico puñetazo en el estómago, una obra maestra absoluta.

EL GOL DE EVA

almas-gemelasPublicado en El Norte de Castilla el 26 de enero de 2018

La idea era bonita y la intención más que loable. El Real Valladolid llevaba unos días promocionando la campaña “Almas gemelas” para recaudar fondos y concienciar de la lucha contra la leucemia infantil. Con ese fin se prepararon diferentes actividades englobadas dentro de lo que también se denominó “El mejor once de la historia” (por supuesto, el formado por todos estos niños valientes que luchan contra la enfermedad). Decenas de famosos fueron contactados para que apoyaran con vídeos la iniciativa. La entrada al partido del Pucela contra el Sevilla At. del pasado domingo se puso al precio de 5 euros y la recaudación iría en su totalidad a la investigación de la leucemia infantil a través de la asociación “Uno entre cien mil”. Los propios jugadores se encargaron de vender las entradas en los habituales puntos de venta y estuvieron colaborando en la acción de calle “marca un gol a la leucemia” gracias a la cual todos los que mandaran un mensaje solidario podrían lanzar un penalti solidario en la Plaza Mayor y recibir una entrada gratis para el partido (es decir que por 1,20 euros se podía asistir al encuentro de liga). Incluso se hizo coincidir dicho partido con el homenaje a dos mitos del Pucela, Víctor y Llorente, autores del gol más rápido de la Liga. Ellos también se encargaron de marcar un penalti a la leucemia. Pues bien, con todo eso y sabiendo que Valladolid siempre ha sido muy solidaria y ha colaborado con las causas justas uno estaba seguro de que se iba a llenar el campo. Al final, 13.523 aficionados. Una auténtica pena. Una absoluta decepción. Tarjeta roja a la ciudad. Quizá tenía que haberse organizado de otra forma pero, aún así, no hay excusa. Ni siquiera la del frío porque hizo una tarde espléndida. Y si alguien se escuda en que el Pucela juega muy mal al fútbol es que no ha entendido nada. Mejor que se quede en su casa viendo a Messi y a Ronaldo. Los que no fueron se perdieron la salida al campo más emotiva del mundo, un saque de honor de lujo a cargo de Nayara, Laura, Carla y Eva, cuatro superheroínas entre cien mil, una alineación conmovedora en los videomarcadores con los niños sustituyendo a los futbolistas y, en fin, el gol de Eva, alma gemela de Luismi, casi al final. Los que no fueron se perdieron el mejor partido de los últimos tiempos. El domingo no ganamos 1-0 al filial del Sevilla, ganamos por goleada a la leucemia. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan orgulloso de pertenecer al Pucela.

MR. ARKADIN EN PUCELA

arkadin5Publicado en El Norte de Castilla el 19 de enero de 2018

“Cierto rey grande y poderoso preguntó una vez a un poeta: ¿Qué puedo darte de cuanto poseo? Él sabiamente contestó: Todo, señor, salvo vuestro secreto”. Con esta cita comienza una película maldita que se ha convertido, con el paso del tiempo, en una de mis grandes debilidades. Quizá porque algunas escenas de Mr. Arkadin se rodaron en Valladolid y porque siempre soñé con haber sido yo alguno de los extras que participaron en el fantasioso baile de máscaras filmado en el Colegio de San Gregorio durante tres días gloriosos de 1954. Todo lo que rodea a aquel rodaje y a la visita de Orson Welles a Pucela forma parte ya de la leyenda. Algunos de aquellos extras, entre ellos Miguel Delibes, han hablado de ello. Los diez duros y el bocadillo de jamón que les pagaban. Las exigencias y el carácter de un genio descomunal desbordado por nuestro desorden e indisciplina. Su enfado cuando los extras se comieron una tarta que formaba parte de una escena. El poco cuidado del equipo de grabación que casi provocó un incendio. El escándalo, en fin, que se montó en la pequeña ciudad de provincias, sobre todo cuando varios extras se escaparon, vestidos de fraile, a la cercana calle Padilla, núcleo de prostitución de la ciudad. Se dijo que el baile de máscaras rodado era pecaminoso, incluidos religiosos con testa de paquidermo. Todo ello, no hay que olvidarlo, en la casa de los gloriosos santos de madera de Berruguete y Juan de Juni. El caso es que Welles ya ni siquiera se quedó a rodar, como tenía pensado, una procesión de Semana Santa. Los productores, adelantándose a la censura, eliminaron todas las escenas del baile de máscaras (recuperadas años después). Mr. Arkadin sigue siendo una joya incomprendida. El hermano pobre de Kane. Un film abigarrado, caótico, ampuloso, desmedido y prodigioso. Un avión sin piloto, una sombra inmóvil que anticipa un crimen y un Arkadin como rey de la baraja francesa. Una princesa encarcelada por un ogro, un domador de pulgas y un acordeonista cocainómano. Y, sobre todo, un baile de máscaras pucelano. En medio de todo ello, un genio de naturaleza descomunal, pantagruélica, sublime. Como la del escorpión que, a pesar de que sabe que eso le va a matar, pica a la rana que le está ayudando a cruzar el río. Es mi naturaleza, se disculpa mientras escorpión y rana se ahogan. Como dice Arkadin tras contar la fábula: “Brindemos por la naturaleza”.

DOS TONTOS MUY TONTOS

tontos2Publicado en El Norte de Castilla el 12 de enero de 2018

Dicen que se mete entre pecho y espalda doce latas de coca cola al día (lo que sin duda le tiene que provocar muchos gases). Y que ve de seis a ocho horas de televisión cada día (se supone que entre sesiones de rayo uva y cita con el peluquero para el tinte color pollo). Se vanagloria de tener una gran dotación genética (lo que no impide que parezca un borrachín escocés). Se burla del cambio climático y se jacta de que “podría disparar a la gente en la Quinta Avenida y no perdería votos”. El gran sheriff no para de dar titulares. Ahora, con la publicación de “Fire and Fury” está en su salsa. A Donald Trump le retratan en el nuevo best seller intergaláctico como un imbécil, como un idiota, un tipo que ni lee ni escucha. Él se defiende, como siempre, a base de tuits. Proclama que no sólo es listo sino que es un genio, un genio muy estable. Los expertos señalan que su desorden mental se refleja precisamente en tantas autoalabanzas. Un narcisismo enfermizo junto a una megalomanía déspota, o sea. Lo de los tuits viene de largo. Hace poco se enzarzó con otro tarado como él. Kim Jong-un le llamó “viejo lunático” y Trump contestó extrañándose de que le llamara viejo un tipo al que él nunca llamaría bajo y gordo (le molesta lo de viejo pero lo de lunático le parece bien). La cosa no quedó ahí. Lo último ha sido a ver quién la tiene más larga. El coreano se jacta de tener el botón nuclear en su escritorio en todo momento y el yanqui escupe que su botón nuclear es más grande y poderoso. Al paso que van acabarán por quitarse el peluquero el uno al otro, que es seguramente lo que más les importa. La verdad es que la pelea entre estos dos payasos podría hacernos gracia si no fuese porque tienen el suficiente poder para provocar una catástrofe nuclear. Dos tontos muy tontos aunque uno de ellos todavía tiene muchos apoyos en ciertos sectores. Por cualquier motivo y en cualquier circunstancia. Por ejemplo, la última gala de los Globos de Oro ha servido a algunos para dar cera a Hollywood y alegrarse por Trump (según ellos el que el mundo de la cultura esté contra él le favorece). Pues eso, el facherío patrio adorando a Trump y cargando contra los titiriteros. Todo un clásico. Mientras tanto, aquí estamos, aguardando que a alguno de los dos tontos muy tontos le dé por apretar el botón nuclear. Cuando eso suceda, el último en salir que apague la luz.

LA DAMA DE CACHEMIRA

la-dama-de-cachemiraDe regreso a Méndez, a González Ledesma, al mítico Silver Kane. Una tradición. Una necesidad. La constatación, una vez más, de que estamos ante el escritor más fastuoso, deslumbrante y pantagruélico de la segunda mitad del siglo XX. En esta ocasión el viejo policía que se ha pasado toda su vida escuchando las voces de la calle tiene que lidiar con unos asesinatos que comparten un común denominador: una silla de inválidos. Todo ello en el escenario de siempre, el Barrio Chino, el Paralelo, las avenidas grandes con sus tiendas tan pequeñas, los estancos para gente pobre dónde sólo se expendió un Montecristo una vez, los quioscos tronados que parecen hechos para vender no el periódico de hoy sino el de ayer, las corseterías para mujeres antiguas casadas a perpetuidad y las perfumerías para niñas modernas casadas a prueba. Méndez, tan poco considerado entre sus compañeros, tan fuera de su tiempo, tan viejo y desfasado (dicen que consiguió sus primeros éxitos deteniendo a los rateros que iban a las Cruzadas) se enfrenta a una trama inmobiliaria, a un asesino en silla de ruedas, a una mujer maltratada por la vida, a unos homosexuales maduros enamorados como adolescentes y a una mujer que sueña con viajar y que el único viaje que se puede permitir es soñar. Junto a ellos un montón de secundarios realmente memorables como el Fulmine o Amores, que le sirven a González Ledesma para poner tiritas a la soledad y al dolor con unas buenas dosis de humor ácido y negro.

– Señor Méndez, ¿no va a hacer nada? ¿Una denuncia, un apercibimiento, una hostia bien dada?

– Veré lo que dice la ley –prometió Méndez-. Me parece que habla de las dos primeras cosas: la denuncia y el apercibimiento.

– ¿Y usted por cuál se va a inclinar?

– Naturalmente por la hostia.

Pues eso, el viejo Méndez en plena forma trabajando a su peculiar manera, con insistencia –a lo Colombo-, pateando las calles y topándose con cadáveres tristes en escenarios idénticos: un callejón con soledad y con gato, un cielo gris, un cadáver amarillo, una mancha roja. Y sobre todo ello un olvido denso, municipal, de cuerpo que presumiblemente no va a reclamar nadie.

Francisco González Ledesma nos regala con La dama de Cachemira una obra redonda, entretenida, necesaria, escrita primorosamente y cuadrando con la precisión de un reloj suizo el tremebundo puzle de venganzas, miserias, deseos y codicias que conforman esta entrega de las andanzas del viejo Méndez. Lo dicho, González Ledema uno de los más grandes, aunque aquí todavía no se haya enterado mucha gente. En Francia, sin embargo, “La dama de Cachemira” ya recibió el Premio Mystere a la mejor novela negra publicada en 1986…. La historia de siempre, o sea.

“Una ciudad, un barrio, un ambiente que siempre es el mismo y en el que se distinguían todos los matices del blanco que había en los rostros sin sol y todos los matices del negro que flotaban en el aire. Un lugar donde rápidamente te das cuenta de que vas a tu entierro cada día, un entierro silencioso al que nadie presta atención y que sólo es seguido por una sola persona: tú mismo cuando eras niño”.

AÑO NIUNAMENOS

campana4Publicado en El Norte de Castilla el 5 de enero de 2018

Cada mes de enero siempre empezamos con una columna dedicada a algún aniversario o conmemoración importante a celebrar en el año entrante. En esta ocasión vamos a hacerlo con un deseo: el mantra #niunamenos grabado a sangre y fuego y el empeño en borrar de la faz de la tierra a todos los maltratadores, a todos los asesinos y a todos los que con la mierda de excusas que esgrimen se convierten en cómplices. 2017 ha terminado de forma brutal (ya han muerto más mujeres en los últimos trece años que todas las personas que asesinó ETA en cuarenta años): un hombre matando a su pareja delante de sus tres hijos; un macho pirulo arrastrando del pelo a su expareja, subiéndola por la fuerza a su coche y estrellándolo contra una gasolinera; y, en fin, el caso de Diana Quer poniendo sobre el tapete la realidad de unos hechos vomitivos. Uno recuerda a mucha gente insultando a la familia y mancillando a la joven madrileña, poniéndola en entredicho por ser joven, guapa, rica, por salir de noche y volver a casa sola… Ahora, en una primera declaración, tras confesar dónde estaba el cadáver, el tal Chicle ha declarado que la metió en el coche, la ató y que quiso violarla pero no pudo al no parar ella de dar patadas. Enhorabuena a todos los miserables que con su mente purulenta critican a las chicas que según ellos no se defienden lo suficiente. Enhorabuena a la parte de esta sociedad aposentada en su machismo feroz que alienta a manadas. A los que sólo saben hablar de denuncias falsas (la Fiscalía General del Estado las deja en el 0,01%). A los que escriben en las redes sociales cuando matan a una mujer para hacerse los ofendidos y recordarnos sus penas de macho herido. A los que disculpan o jalean a los descerebrados que portan los carteles de feminazis. A los que ponen el mundo al revés y convierten a la víctima en culpable. Ellas, las mujeres, han dicho basta. No quieren ser la próxima. Se han convertido en el grito de las que ya no tienen voz. Las princesas a las que intentaron adoctrinar se han transformado en guerreras. “Disculpen las molestias: nos están asesinando”, gritan como una sola persona. Quieren elegir las manos que las tocan, volver a casa de noche sin miedo, ponerse el escote que les salga de los ovarios y echar del planeta a los asesinos y a los machorros hipócritas que los defienden. No pararán hasta conseguirlo. No pararemos hasta conseguirlo.

UNO PARA TODOS

unoparatodosPublicado en El Norte de Castilla el 29 de diciembre de 2017

En los salones parisinos los detractores de Alejandro Dumas (al que no perdonaban el monumental éxito de sus novelas) gozaban riéndose de sus orígenes. En fin, querido maestro, le decían con sorna y mala baba, usted debe saber mucho sobre los negros. A lo que Dumas contestaba, imperturbable, orondo y lirondo, “pues claro, mi padre era también mulato, mi abuelo era negro y mi tatarabuelo un mono. Ya ve, señor, mi familia comienza donde la suya finaliza”. Genio y figura. Ese era Dumas, el pantagruélico escritor que nos regaló dos de las diez mejores novelas de toda la historia (“Los tres mosqueteros” y “El conde de Montecristo”) y el que lo discuta se las verá conmigo en un duelo a capa y espada. Tal vez por eso no sé me ocurre mejor forma de terminar el año que visitar a mis amigos los mosqueteros. En esta ocasión en una de sus últimas apariciones cinematográficas (la película de 1998 “El hombre de la máscara de hierro”), basada en la tercera parte de la trilogía de los mosqueteros (“El vizconde de Bragelonne”) y centrándose en una folletinesca historia con un fondo muy real. Y es que cuando los ciudadanos amotinados de Francia destruyeron la Bastilla, encontraron entre sus restos esta misteriosa descripción: Prisionero 64389000, el hombre de la máscara de hierro. El resto lo puso la imaginación de Alejandro Dumas. Qué envidia la de otras cinematografías que respetan a sus héroes populares y son capaces de montar grandes superproducciones para reivindicarlos. Aquí, con Malkovich, Jeromy Irons, Di Caprio o Depardieu entre otros muchos. Inimaginable el hacer algo parecido con nuestros héroes populares. Bueno, aquí ni siquiera se les respeta e incluso han sido borrados del mapa. Pues eso, que cierro el año con D’Artagnan (más torturado que nunca y enamorado locamente de la vallisoletana reina de Francia) y con unos viejos y achacosos Athos, Porthos y Aramis protagonizando una aventura de capa y espada crepuscular. Lo hago regresando a mi infancia a golpe de acción, espadachines, honor, traiciones, conspiraciones, engaños, romances versallescos y puritito regocijo. Qué más se puede pedir. Bueno, sí, que vuelvan los mosqueteros, siempre los mosqueteros, con su famoso juramento de unión y auxilio mutuo, uno para todos y todos para uno, lección  única, sublime y memorable de solidaridad que tan bien nos vendría en estos tiempos convulsos y esquizofrénicos.

El Norte de Castilla

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