El Norte de Castilla
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Autor: Pedro.Carasa_8908
El procés simbólico (de mentirijillas)
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elmiradordeclio | 11-02-2018 | 12:34| 0

 Pedro Carasa

El poder ha tendido siempre a concentrarse en manos de autócratas y dictadores, precisamente para evitarlo se idearon sistemas de control, representación y socialización política. Someten las sociedades a intereses personales, las privan de participación y libertad y acaban generando guerras. Estos procesos suelen tener orígenes inventados, míticos, religiosos o militares. Interminable ha sido la retahíla histórica de tiranos, sátrapas, absolutistas, déspotas, caudillos, patriotas, nazis o fascistas. Incluso algunos fueron elegidos, pero los votos nunca los eximieron de sus delitos ni les dieron impunidad. Sabemos que los nacionalismos han sido el caldo de cultivo o la consecuencia de estas culturas egocentristas, conocemos su inflamación identitaria, su hinchazón de liderazgo y sus cismas internos.

Abundaron en la historia de Europa y América los modelos autoritarios y bélicos relacionados con el nacionalismo y el proteccionismo. De derechas o izquierdas, militares o civiles, religiosos o laicos, todos pusieron la sociedad, las leyes y los partidos a su servicio. Lo practicaron el ególatra Napoleón con toda Europa a sus pies, el personalismo estalinista, el paroxismo ario nazi, el fascismo del Duce, la dictadura de Primo de Rivera y el Caudillo enviado para salvar a España de masones y comunistas. Lo continúan hoy los populistas Putin, Trump, dictadores latinoamericanos, nacionalistas y xenófobos europeos como el Bloque Flamenco que ha acogido a Puigdemont.

También está sucediendo en España. Desde la Transición comenzó la izquierda perdiendo sus raíces de igualdad al embelesarse con el nacionalismo y rendirse a la identidad. No lo mejoraron los indignados populistas al rehacer la Transición, eliminar las ideologías, regenerar la democracia, contentar al pueblo en la calle, expulsar a la casta corrupta de las instituciones, e inexplicablemente apoyar a los nacionalismos. Aquella esperanzada utopía se convirtió en poder antisistema y acabó erosionando el Estado de derecho desde el escaño y la calle. La fusión (mejor confusión) del nacionalismo soberanista, populismo y contracapitalismo ha roto el equilibrio territorial español, ha olvidado la igualdad social, y ha abierto una grave guerra civil política que no ha hecho más que empezar.

La burguesía catalanista que ahora lo lidera fue educada en un nacionalismo de sabor carlista, olor a incienso y color antiliberal propio de las Bases de Manresa (1892), la Moreneta y los abades de Montserrat, desde Escarré a Soler. Se amamantaron en el seno religioso del monasterio y gustaron usar vocablos militantes como mesías enviado, santuario nacional, honorables y sacrificios patrióticos. La versión tradicional de El Segadors hablaba de cálices, patenas y sacramentos.  Los líderes se creyeron apóstoles, predicaron envueltos en banderas ardorosas, se victimizaron como mártires y gustaron de un culto nacional a su persona. Como creyentes ortodoxos despreciaron a los no nacionalistas y como maniqueos dividieron la sociedad entre buenos y malos.

El complejo de superioridad de los secesionistas los convierte hoy en egócratas. Como los autistas, se desinteresan de lo exterior, se ensimisman en una burbuja desconectada de la sociedad, no codifican el lenguaje real, no tienen interacción ni comunicación social, adaptan su memoria y su historia a sus designios, viven de gestos y conceptos estereotipados y repetitivos, se obsesionan por banderas, bufandas y lazos, y no son conscientes del drama que están gestando.

La supremacía de un pueblo es siempre una invención narcisista y sus líderes se creen imprescindibles, porque la patria se muere cuando ellos desaparecen. Ese mensaje se consolida en el adoctrinamiento educativo y se difunde por los medios adictos de papel y pantalla. Las redes sociales lo socializan y creen ciertas las mentiras útiles para glorificar la nación. Sus dirigentes aparecen como showmans obsesivos que exaltan su persona y hacen girar todo en torno a sus problemas políticos y procesales. Han creado un mundo de Alicia en el país de las repúblicas, que es un carnaval indigno e impropio del pueblo catalán.

Han roto el Estado de derecho, han incumplido la Constitución, han quebrantado el Estatut, han atropellado el Parlament y han expulsado 3000 empresas. Manejan un concepto de democracia infantil, envilecen las elecciones con recuentos que dan mayorías políticas sin mayorías sociales. Manejan el referéndum como plebiscito de dictador para preguntar si conmigo o contra mí. No reconocen los tribunales, subordinan a los mossos y convierten al Barça en altavoz nacionalista. Con su decimonónico independentismo y sus enseñas esteladas pretenden tapar su corrupto uso de fondos públicos, borrar sus delitos e inmunizar sus personas.

Abandonan la política social de servicios a los ciudadanos y crean mundos fabulados que llaman simbólicos. Confunden la fuga con el exilio, la nación con el poder personal, la autonomía con la república, el delincuente con el héroe. Su universo surrealista permite dos mundos paralelos, uno real y otro simbólico, dos presidentes, dos parlamentos, dos capitales, dos Cataluñas. El símbolo es una mentira para continuar la falsa república, copar poder personal y tapar sus delitos.

Como unos monaguillos tras romper el cáliz, dicen que era de mentirijillas para que no les riña el cura. Pero sus juegos pueden ser dramáticos para el futuro de España.

Editado en El Norte de Castilla del 10 de febrero de 2018

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La Cuesta de Enero
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elmiradordeclio | 22-01-2018 | 12:12| 0

La cuesta de enero

Pedro Carasa

El tiempo es el motor de la tierra, del hombre y de la historia porque condiciona su origen, su evolución, su cadencia y su fin. El mismo tiempo nos ha obligado a descubrir que la tierra no es plana, se mueve, evoluciona y se rige por rotaciones, traslaciones, estaciones y solsticios. Hemos comprendido también que el origen, crecimiento y vejez del hombre están inexorablemente ritmados por el tiempo. Los historiadores sabemos que el impulsor de la historia es también el tiempo que genera cambios que obligan a las sociedades a evolucionar, romper permanencias, superar retrocesos y alcanzar el progreso de la humanidad.

Por esta razón existen ritmos, impulsos, fases o ciclos que pautan regularmente la evolución natural, la vida humana y las etapas históricas. También por esa causa ordenamos el pasado en épocas, coyunturas, oscilaciones y fechas, y jalonamos el ciclo vital humano en infancia, juventud, madurez y vejez. Al observar el historiador que la sociedad es guiada por tales cadencias regulares, se pregunta quién las gestiona y a quién benefician. Es notorio que esos ritmos en la etapa histórica del antiguo régimen han sido causados y aprovechados por la tierra, el clima y las fuerzas naturales, celebrados por los ritos religiosos, y han contribuido a hacer sostenible la alimentación, el trabajo y la vecindad del hombre. Sin embargo, en la posterior economía industrial, y más aún en la globalización neoliberal que nos gobierna, quien conduce, aprovecha y dirige estos ciclos en su propio beneficio es el dios mercado, el capital financiero y los intereses de los grandes gestores de la cultura.

Los ritmos reproductivos del hombre en la historia medieval y moderna han dibujado ciclos de amores y concepciones primaverales, nacimientos invernales y defunciones otoñales, celebrados paralelamente por la liturgia de la pascua, la navidad y los difuntos. También la economía agraria y de subsistencia era ritmada por las estaciones climáticas de la sementera otoñal, la germinación primaveral y la cosecha estival. Tales cadencias estacionales agrícolas arrastraban a toda la vida social e influían en fiestas, ceremonias religiosas, alimentos, contratos de trabajo, mercados y otras actividades culturales. Sonorizaban estos hitos los toques de campana de maitines, ángelus y vísperas. Las mismas pautas acompasaban también el consumo, desahogado por la abundancia en verano y otoño, moderado por las matanzas y sus carnes curadas en el invierno y constreñido en los momentos de escasez y abstinencia, durante los meses de soldadura de las cosechas, a base de remojado curadillo o abadejo. Se aprovechaba así la secuencia de productos estacionales de verduras, frutas, cereales, legumbres, salazones y conservas. Más aún, este mismo compás cíclico generaba carestías, falta de trigo en la troje y escasez de quesos en el desván, que causaban una conflictividad social y política de inquietantes motines y agobiante abundancia de mendigos. En todo caso, quien ordenaba los ciclos de la vida era la naturaleza, el clima y el calendario religioso, que conseguían una supervivencia armónica del hombre con la tierra y el ganado.

La economía industrializada y ahora el liberalismo globalizado han marginado a la naturaleza y entregado el mando de las fluctuaciones al mercado y su ley de oferta/demanda. Los productos y el ocio oscilan según ondas gobernadas por las rebajas del marketing, el consumo es movido por la publicidad, y ésta es pagada por los fabricantes que necesitan vender. De este modo, los precios y los servicios fluctúan por los intereses del productor y no del consumidor. Y el resultado es que toda nuestra vida es cíclica, el consumo eléctrico, el trending topic de las redes sociales, los accesos a las ciudades y la hora punta del metro. Sucede en los medios de comunicación, que compiten por el prime time de audiencia por medio de programas pensados para gustar a los espectadores, mejor dicho, ahormando al público a disfrutar con reality shows, concursos de cocina, canto o costura.

Se ha extendido así un populismo comercial vendedor de demandas fáciles de producir y cómodas de rentabilizar, un populismo cultural que ofrece diversiones banales y un populismo político que infantiliza al público con identidades y banderas. Dominan las tendencias de deporte, exposiciones o propuestas políticas que huyen de contenidos críticos y evitan reflexiones impertinentes.

Traemos esta reflexión sobre el tiempo y los ciclos para mirar con ojos de historiador la cuesta de enero. Es el mes que cierra con la depresión la anterior expansión navideña. Su empinado nombre se debe al esfuerzo que se pide al consumidor, al que se empuja a que gaste lo que no tiene y a que escale los altos precios con las botas rotas de unos extenuados salarios. Más lacerante aún, es un ciclo aprovechado por el dios mercado parar sacar la máxima ventaja comercial de una capacidad adquisitiva agotada y dar salida al excedente de productos no comercializados. Pero tranquilos, que la cuesta de enero será inmediatamente aliviada por las rebajas, para que compres lo que no necesitas y gastes más de lo que debes.

Aparecido en la edición impresa del 13 enero de 2018

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Balance Histórico de la Constitución
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elmiradordeclio | 10-12-2017 | 6:28| 0

Balance Histórico de la Constitución

Pedro Carasa

Cada 6 de diciembre hemos exaltado la constitución de 1978 como la causa de todos nuestros éxitos. Es verdad que su balance general ha sido positivo, pero hoy vemos que no ha resuelto el problema territorial. La crisis nacionalista actual arranca en los defectos de la formación del estado de las autonomías, pero los políticos no lo reconocen ni consiguen un objetivo común para reformarlo. Una mirada histórica puede combinar mejor la complacencia con la crítica de la constitución. Si el recorrido largo por la evolución constitucional de España reconoce buenos resultados, un repaso más corto de sus últimos cuarenta años descubre importantes deficiencias.

España ha sido constitucional el 75% de los últimos siglos, sólo el 25% ha sido gobernada por el absolutismo o la dictadura. Pero sus constituciones han tenido corta vigencia, apenas 20 años cada una, tanto que parecían programas de partido que cambiaban cada legislatura.  Los 39 años de la constitución de 1978 son cortos comparados con otras occidentales, pero son largos en la historia española. Su longevidad se debió al pacto entre diversos partidos en la Transición, impropiamente llamado consenso. Desde esta larga perspectiva, el balance ha sido positivo porque ha posibilitado una pacífica salida de la dictadura, ha consolidado la democracia, ha permitido la incorporación a Europa y ha transformado su sociedad y desarrollado su economía con normalidad.

              En cambio, su análisis desde la Transición nos descubre nuevas circunstancias y algunas limitaciones. El pacto de 1978 fue forzado por el miedo a la guerra civil y la necesidad de reconciliación que latía en la sociedad española. Esa presión militar no existe hoy y el pacto es más difícil. La constitución se redactó en el momento álgido de la democracia social en Europa, en cambio hoy imperan, ante la crisis de la socialdemocracia, el neoliberalismo y el populismo, que imposibilitan los acuerdos. Otra grave circunstancia es que hemos pasado de la autonomía pactista al nacionalismo soberanista, en buena medida por el carácter impreciso y competitivo del título VIII de la carta magna.

En efecto, el pacto constitucional dibujó un sistema de comunidades autónomas indefinido, no cerrado, competitivo, desigual, escalonado y con diferentes ritmos de construcción: ciudades autónomas, comunidades autónomas, regiones, nacionalidades históricas y no históricas. Ello ha alimentado una carrera desbocada por acaparar financiación y competencias, ha debilitado el estado y ha generado diferencias insalvables entre las autonomías. Esta deriva separatista afloró en 2001 con el pacto de Lizarra y el plan Ibarretxe, y desde 2012 con el viraje independentista de Mas y finalmente la república de Puigdemont (el soberanismo es siempre la aspiración inexorable del nacionalismo).

La entrega a las autonomías de las competencias básicas del estado de bienestar ha vaciado de capacidad solidaria al estado y ha roto la igualdad y solidaridad de todos los territorios. La competencia de educación en manos nacionalistas ha manipulado la historia y ha adoctrinado un espíritu nacional excluyente y victimista. El monopolio soberanista de los medios de comunicación ha minado el afecto a España y ha generado una fractura social.

La constitución incluyó la insolidaria financiación autonómica del privilegio foral del concierto vasco. No se entiende que la izquierda lo admitiera, ni que lo justificara la violencia de ETA, ni que Urkullu lo disfrace hoy de solidario. Ha sido la secreta aspiración del pacto fiscal catalán, germen del soberanismo, que la avaricia de Pujol rechazó antes.

Otro defecto indirecto ha sido la ventaja electoral y representativa de los nacionalistas, con ella Arzallus, Pujol, Ibarreche y Mas lograron la bisagra para depredar el presupuesto estatal con pactos políticos, ocultos e insolidarios, y estimular sus aspiraciones nacionalistas. Las elites engordaron la corrupción del 3% que luego taparon con las esteladas.

Se ha reformado el sufragio extranjero y el déficit, pero están pendientes las reformas constitucionales más urgentes para asegurar la igualdad de los españoles. Pero hay valores dominantes de muchos políticos que impiden defenderlas: Unos neoliberales complacientes con el proteccionismo, unas autoridades autonómicas solo dispuestas a recibir más, una izquierda clásica que no defiende la igualdad y la solidaridad, unos sindicatos que sólo lloran y no construyen, unos populismos radicales que son soberanistas para romper el régimen de la Transición y fracturar el estado, unas ideologías transversales que usan el separatismo como instrumento de presión, unas generaciones radicales centradas en la acción antisistema y unos partidos políticos muy cortoplacistas.

Urge una reforma constitucional para reforzar el estado, darle competencias en educación y asegurar la unidad y solidaridad de todos los territorios españoles. Es preciso tener una visión de conjunto, un sentido de estado, promover la igualdad por encima de la identidad, la solidaridad por encima de los complejos de superioridad. No se puede reformar la constitución para conceder más recursos y competencias a los nacionalismos que han querido romper el estado. Puede servir de antecedente el estado federal de 1873, simétrico, con igual trato a todos los españoles, con impuestos progresivos a los territorios más ricos y con competencias educativas.

Editado en la edición de papel del día 9 de diciembre de 2017

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El nacionalismo en los conflictos de 1917
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elmiradordeclio | 12-11-2017 | 11:24| 0

El nacionalismo en los conflictos de 1917

Pedro Carasa

El colonialismo, el nacionalismo, el imperialismo y el fascismo causaron en el siglo XX abundantes guerras calientes (dos mundiales, numerosas civiles y varias coloniales) y la Guerra Fría. Tras desaparecer los viejos imperios coloniales español y portugués, un terremoto político con epicentro en 1917 arrumbó los imperios alemán, austrohúngaro, ruso y otomano y alumbró la URSS. Con motivo de su centenario, recordamos cómo los conflictos nacionalistas ese año mundializan la gran guerra, revolucionan Rusia, desequilibran el Estado español, rebelan a Cataluña y agitan a Valladolid.

El contexto fue la Gran Guerra, mundial desde la entrada de EEUU en 1917, que produjo 10 millones de muertos, una sociedad empobrecida que perdió 50 millones más por la gripe mundial, y una dramática deriva hacia revoluciones y nacionalismos.

La Revolución de 1917 trastocó el capitalismo liberal y el orden social occidental. En febrero derrocó la autocracia zarista de Nicolás II y en octubre dio el poder a los bolcheviques de Lenin y gestó la URSS. Para unos fue una liberación de la sociedad, una utopía comunista de igualdad social. Abolió el feudalismo agrario y el capitalismo industrial y financiero. Buscó la unión internacional para erradicar los nacionalismos belicosos e impulsar la descolonización. Su revolución social sembró un incipiente Estado de Bienestar, alentó la igualdad de hombre y mujer y produjo notables creaciones de arte y ciencia. Para otros el bolchevismo estalinista fue un aborto sangriento que fundió fascismo y comunismo, se convirtió en un Estado burócrata, totalitario y represor, causó un millón de víctimas y no cumplió la promesa socialista de la igualdad.

En España la neutralidad bélica desabasteció y encareció los alimentos, enriqueció a los especuladores y empobreció al pueblo. La gripe de 1918 contagió a 8 millones y mató a 300.000 españoles. Así brotó la profunda crisis del verano de 1917 y luego una intensa conflictividad social en el trienio bolchevique de 1918-20. En 1917 tres conflictos doblegaron al Estado y derrocaron gobiernos: Uno militar, las Juntas de Defensa, otro nacionalista catalán, la Asamblea de Parlamentarios y el tercero social, una huelga general revolucionaria.

Las Juntas de Defensa fueron una especie de sindicato militar de africanistas, inquietos por ascender e irritados por el nacionalismo catalán. Lograron imponerse al poder civil, forzar la dimisión de García Prieto, exigir a Dato su legalización, suspender las garantías constitucionales y reforzar la censura de prensa.

Ese mismo verano el nacionalismo catalán, en la Asamblea de Parlamentarios, planteó un grave reto al Estado. Hubo vanos intentos en 1906, pero fue en 1917 cuando se planteó explícitamente crear la región autónoma de Cataluña. Tras morir Prat de la Riba, líder de la Lliga Regionalista, Cambó reunió a 48 diputados en Barcelona para exigir elecciones constituyentes y la autonomía catalana. Dato desprestigió la Asamblea como separatista, la disolvió como sediciosa, detuvo a sus participantes, suspendió periódicos y envió el ejército a Barcelona. Cambó respondió que Cataluña tenía la alta misión de salvar a España y de ser un modelo regional en este momento épico y trágico de su historia. Alfonso XIII creyó que los catalanes buscaban la independencia y gobernarse desde Barcelona, pero propuso a Cambó formar un gobierno y celebrar elecciones. En Madrid se eligió a los ministros catalanes Ventosa y Rodés, con los que se formó el gobierno de concentración de García Prieto, excluyendo a los conservadores de Dato y a los liberales de Alba.

 

En agosto de 1917, UGT y CNT convocan en Valencia una huelga general revolucionaria para cambiar la estructura política y económica del país, crear un gobierno provisional y acabar en elecciones constituyentes. Enseguida se extendió a Asturias, Vizcaya, Barcelona, Zaragoza, La Coruña y Valladolid. El rey, para atajarla, sustituyó a Dato y formó el citado gobierno de concentración de García Prieto. La represión costó 71 muertos, 156 heridos y 2000 detenidos. Largo Caballero, Saborit, Besteiro y Anguiano fueron condenados a cadena perpetua en un consejo de guerra. Luego los socialistas fueron amnistiados al ser elegidos en 1918 junto a Pablo Iglesias e Indalecio Prieto.

Esta huelga revolucionaria de 1917 conmocionó a Valladolid, donde los jornaleros ferroviarios, los de Prado, Gabilondo, Electra Popular y Silió padecían desabastecimiento, carestía y bajos salarios. Los sindicatos de la Compañía del Norte habían convocado en marzo una huelga de tres días, pero en agosto la Unión Ferroviaria y el Sindicato del Norte proclamaron la huelga general en solidaridad con los despedidos en Valencia. Pararon 1338 de los 1627 ferroviarios vallisoletanos y acabaron despedidos el 15%. Se declaró el estado de guerra en la ciudad hasta octubre. Fueron detenidos el concejal socialista Óscar Pérez Solís y el republicano José Garrote (fusilado en 1936), a quien luego 545 compañeros ferroviarios firmaron un sentido homenaje. El periódico ‘Adelante’ se suspendió y se cerró la Casa del Pueblo.

Recordando el centenario de 1917 y pensando en nuestra grave situación actual, la historia nos advierte de que los nacionalismos siempre han levantado fronteras y muros, causado fracturas y desigualdades sociales y originado guerras.

 

Editado en El Norte de Castilla del 11 de noviembre de 2017

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Debilidad del Estado y fracaso de las Autonomías
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elmiradordeclio | 17-10-2017 | 11:47| 0

Debilidad del Estado y fracaso de las Autonomías

Pedro Carasa

Ante el reto independentista catalán se ha descartado, con razón, la solución militar. La respuesta política ha llegado tarde y ha sido incapaz, ni el ejecutivo ha llevado la iniciativa, ni el legislativo fragmentado ha articulado una contestación de consenso político. Ha sido la actuación judicial la que ha controlado, no solucionado, el problema. In extremis y tarde ha aparecido el poder económico fugando empresas, lo que ha desorientado al independentismo rompiendo su cántaro de leche. Concluimos que el Estado ha sido débil y las Autonomías han fracasado y generan problemas.

Los políticos no ven las raíces de la enfermedad y no descubren su etiología, diagnóstico y tratamiento. Falta perspectiva histórica. Estamos ante un problema cultural de hondo calado contemporáneo que no se resuelve con medidas instantáneas, ni con violencia, ni con diálogos o negociaciones, ni con movilizaciones y mítines, ni con banderas españolas, esteladas o blancas.

El Estado de las Autonomías de 1978 muestra limitaciones y contradicciones. Los regionalismos y los nacionalismos nacieron históricamente de la debilidad del Estado español que hoy está siendo socavado por una de sus hijas rebeldes.

El Estado liberal fue débil por no ordenar eficazmente su territorio nacional en el XIX. Tras perder sus territorios coloniales, los liberales sólo centralizaron los niveles municipal, provincial y estatal. Una oportunidad de reforzar el Estado se perdió con los rexurdimentos y renaixenças que avivaron la cultura local y germinaron un buen modelo federal durante la I República. Desgraciadamente lo abolió la monarquía centralista de la Restauración que desarmó más al Estado y siguió deteriorando el nacionalismo español.

Desde fines del XIX, el Estado enflaqueció exteriormente en América y Europa y se rompió interiormente por la pugna de sus regiones, aquejado de foralidades y desigualdades. Al no estar cohesionado su territorio y carecer de una cultura nacional, el nacionalismo español fue descalificado por los nacionalistas y regionalistas. Eran fuerzas conservadoras, vinculadas a monasterios y sacristías, que contribuyeron a evitar el sentido de Estado. Sin una cultura democrática madura, el Estado español enfermó en una profunda crisis encadenada por la dictadura, la guerra y otra dictadura.

La II República no recogió la cultura estatal del viejo federalismo simétrico de 1873 y toleró una carrera de estatutos de autonomía, sin un plan previo que los articulara en un Estado superior. Desde 1934, los partidos nacionalistas conservadores pactaron estratégicamente con la izquierda, los vascos con los socialistas y la Lliga con los republicanos. Se produjeron así los primeros brotes secesionistas.

Reforzó esta falsa pátina progresista del nacionalismo la represión de la dictadura de Franco contra sus lenguas y líderes. La oposición al franquismo creó una izquierda aliada a los nacionalismos foralistas que perdió en su compañía los básicos valores de igualdad y solidaridad. Esta izquierda, más nacionalista que estatalista, fue capaz de justificar el terrorismo etarra que causó mil muertos y no reforzó al Estado, como era su obligación.

Desde 1977 el pacto constitucional puso a este débil Estado español bajo la presión de los nacionalismos apoyados por la izquierda. La Transición no resolvió el problema, camufló las naciones bajo las equívocas nacionalidades, diseñó un sistema de autonomías desiguales, marcó diversas vías de acceso, creó excepciones históricas, no puso techos competenciales, dejó el modelo abierto a la competencia y no impuso un senado territorial. Con ello, ablandó más al Estado; quedó reducido a un tercio de competencias e ingresos y eliminó su presencia en las Comunidades. Varios Estatutos ahondaron las desigualdades, pelearon por más competencias, los nacionalistas aspiraron a la independencia y evitaron el “café para todos”. De aquellos polvos vienen estos lodos.

La práctica electoral y parlamentaria ahondó la debilidad del Estado, dio más representación a los pequeños PNV y CiU, convertidos así en fieles de la balanza para esquilmar los presupuestos y acaparar más recursos y poderes. Equivocadamente se les dio la gestión de la educación, de forma que la manipularon para construir relatos históricos favorables a sus identidades y opuestos a la España enemiga. Obtuvieron también el pacto de inclusión lingüística, que acabó marginando el español. Colegios y universidades han inoculado la cultura altanera de odio a lo español como opresor, explotador e inferior. Al tiempo, se ha devaluado lo catalán en España. Esta herida en la sociedad española y catalana pervivirá varias generaciones.

La sociedad española, mal informada por una prensa populista o adicta a su poder, ha mirado a otro lado mientras se cernía la ruptura. Sólo el rey ha estado en su sitio. El ejecutivo y el legislativo perdieron la Diada, el 1-O, la imagen internacional y la confianza de los españoles. El caos catalán pretende ahora concesiones bajo el chantaje de la negociación o la mediación.

La España de la Autonomías ha fracasado por no conseguir la autoestima del país, ni generar referencias de igualdad y solidaridad, ni lograr un sentimiento de unidad nacional. Un pacto parlamentario de tres quintos, con los socialistas, debería reformar la Constitución, para que un Estado fuerte, federal y simétrico gestione la educación e iguale el territorio.

Editado en El Norte de Castilla, del día 17 de octubre de 2017

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Sobre el autor elmiradordeclio
El Mirador de Clío está redactado por Pedro Carasa, un historiador que tratará de observar el presente desde la historia. Se evoca a Clío porque es la musa griega de la historia y de la poesía heroica, hija de Zeus y Mnemósine, personificación de la memoria. El nombre de mirador indica que la historia es una atalaya desde la que proyecta sus ojos el historiador, como un busto bifronte de Jano, que contempla con su doble mirada el pasado desde el presente y el presente desde el pasado.