¿Y si fuera gato?

Tengo una foto de ella firmada por Serrat. Al cantautor le pareció gracioso que le hubiera puesto Penélope a mi gatita naranja por su canción.
Después de casi 21 años acompañándome, murió hace ocho días, conmigo al lado dándole besos.
Cuento mi vida en gatos. En 2003, Blanquito; en 2010, Pancho; un lustro más tarde, Marta; el verano pasado, Pizca, mi macarrilla, y a hora la Pi, mi dulce Penélope.
Y con cada muerte recuerdo las palabras de Fernán Gómez en la película ‘El abuelo’: “¿Usted me va a hablar a mí de soledad? Ya voy por el tercer perro enterrado”.
Así se queda uno, vacío, como con varios trozos arrancados de cuajo. Uno de dentro y otro de ese lado del sofá, y de la butaca al lado de la chimenea, y de los pedazos de sol que habitan en el jardín, y de los pies de la cama, y del grifo del lavabo y de la ventana desde donde maullaban a las urracas y al mirlo negro. Y del ficus mordisqueado, y del esquinazo del mueble horadado con dibujos de afiladas uñas.
Ahora que mi madre se retuerce de dolor con ganas de morir, me pregunto por qué pude acudir al veterinario cuando uno de mis gatos enfermó, ya viejito, con un tumor inoperable, y acceder a que falleciera dulcemente tras un pinchazo, para que no sufriera ni un solo amago de suplicio. Por qué tuvo mi padre que soportar durante dos años la más terrible de las degradaciones cuando se le empezó a despachurrar el cerebro olvidando nombres, hijos, amigos y funciones vitales.
Es terriblemente injusto. Cuando la vida ya no es y no da para más… Cuando la vida no se puede vivir, ya no es un privilegio.
Conflictos legales, éticos, morales, médicos, religiosos, sociales y hasta filosóficos. Todo eso, y más provoca simplemente pronunciar la palabra eutanasia.
Cada día más casos nos hacen enrojecer. Hace poco menos de un año escribía en este mismo espacio sobre José Antonio Arrabal. Enfermo de ELA, grabó un vídeo a modo de alegato mientras se tomaba una dosis letal de medicamentos: un frasco con unos mililitros de libertad transparente: “Me parece indignante que en este país no esté legalizado el suicidio asistido o la eutanasia. Me parece indignante que una persona tenga que morir sola y en la clandestinidad. Me parece indignante que tu familia se tenga que marchar para no verse implicada y acabar en la cárcel”.
Y murió solo, con sus hijos y su mujer arrojados momentáneamente fuera de la casa con un equipaje lleno de rabia.
Y aún recordamos también a Andrea, la niña de 12 años con una enfermedad neurodegenerativa irreversible que le producía tantos dolores como lágrimas derramaron sus padres, mendigando un poco de piedad por juzgados y comités de ética. Conseguirlo no les privó a ellos del dolor, pero sí a ella.
Porque hay decisiones que duelen más que la muerte.
Los gemidos que les despertaron tantas noches resuenan aún en un mundo tremendamente injusto.
Mamá, si aún quieres morir, puedo decir que eres un gato.

Maestro descansando

Volvíamos cantando a dúo La flor de la canela. En mi viejo coche teutón de techo lunar y radiocasete trasnochado. La cinta de la Pradera. Él su habanos y yo mi ducados.
Durante muchos años nos sentamos juntos en la redacción. Él con sus diccionarios y yo con mis preguntas. Él con su estilográfica y yo con mi lápiz gastado.
Llegaba con la tarde ya destruida de entradillas y titulares y nos repartía olor a nenuco y a fisherman de mil eucaliptos. Impoluto. Flaco. Maestro.
Enfrente, Vidal, detrás, Rome, Nieto buscando ratas. Testigos cercanos de nuestros dislates, sutilezas, las justas, broncas ficticias, un par de ellas en serio… Cosas de pareja de deshecho. Veinte años de darnos la palabra.
Volvíamos cantando La flor de la canela. Casi a medianoche. Las doce en el Terminal. Sumergido en el gintonic, sedienta de cerveza. Y allí desembocaban todos los ríos de redactores y fotógrafos para la tertulia de noctámbulos dipsómanos. Cosas del oficio.
Yo aguantaba otro par y me largaba. Él se alargaba y se unía al Harlem, después al Patton, arrastrando noticias del día y pasajes del esperpento. Todos le vimos alguna vez paseando versos con Valle- Inclán. Uno sin brazo y el otro sin barba.
Nos sacaba unos cuantos años de estaciones y de prosas, de pelis del Oeste y de cine de color negro. Contaba el insomne que le sorprendía el amanecer con El árbol del ahorcado, quizá Río Bravo. Sabiendo de sus vidas y de sus noches, jamás le molestaba nadie antes del mediodía. Maestro descansando. Desayuno tardío en el Fortuna de café con letras impresas. Y un bicarbonato. Y una nube de humo de placer.
Lobo solitario siempre acompañado salvo en su cueva. Caballero sin damas, impaciente sin prisas, esteta de la página 2 y de la contra. Voz urbana y pluma cosmopolita de sedentario nómada de las estrellas.
Valle-Inclán ya lo había escrito todo cuando nació Hoyas, pero éste se propuso ser su alumno más fiel y su representante en la tierra de los vivos. Y ahí nos iba dejando pedacitos de sus conversaciones, de sus reflexiones conjuntas y de sus airadas discusiones.
De Ramón María decía Tomás que ya había nacido mayor en años y pejigueras y el paso del tiempo le multiplicaba los malhumores. Los dos compartieron, compartían y comparten ramalazos de cascarrabias, adorables, pero gruñones, admirados rezongones.
Mira Hoyas, ya sabes que las últimas palabras de Víctor Hugo fueron aquéllas de “veo una luz negra”, o eso nos han dicho porque tal vez las pronunciara el barquillero de tu Campo Grande. Tú ves el vaso negro porque ya está vacío del todo y el fondo es una gran noche con media luna de limón. No tienes más que pedir otra copa. Llena. Mientras la preparan, un cigarrito a la puerta del frío.
Has hecho caso a Valle cuando te dijo que no te hicieras viejo porque la vejez es estancia donde toda incomodidad tiene su asiento.
Entras de nuevo en el Terminal porque te espera tu vaso lleno de luz.

Del supremo secano

Algún día la vergüenza nos hará agachar la cabeza hasta hundirla en el esternón. Somos capaces de juzgar sin tener la más remota idea de leyes. Y hasta de condenar, si se da el caso. Somos abogados, fiscales y jueces del supremo secano. Después, la verdad puede soltarnos una enorme bofetada.
Como teníamos ahí tan a mano el caso de la manada, toda la información que íbamos absorbiendo se la aplicamos también al caso de la Arandina. Sin sentencia aún para el primero, ya hemos dictado la del segundo. Se nos olvida que son presuntos. Presuntas bestias o presuntos inocentes. Todavía inocentes. Cuando toda la investigación -en la que no participamos salvo fanfarroneando- la recopilación de pruebas y testimonios, el cotejo, las conclusiones, audios, vídeos, fotos y tuits sean puestos sobre la mesa para llegar a la verdad y haya una sentencia al respecto, podremos entonces ya pronunciar las palabras mágicas contra los acusados o contra los acusadores. Antes no, porque también nos convertiríamos en manada.
Pero manada somos en infinidad de ocasiones y como manada nos comportamos al menos una vez antes de que acabe el día. Salirse resulta difícil. Un gran puñado de reflexión ‘antes de’, no nos vendría nada mal. Y si añadimos una dosis de serenidad, mejor. Y una pizca de prudencia.
El que se sale de la manada y abandona al rebaño es Tizón, un mastín negro como su nombre. A él le dijeron que debía dedicarse al pastoreo, pero siempre soñó con ser actor. Varios paseantes alertaron en La Barranca (Navacerrada) de un perro que se desplomaba al acercarse a ellos. Pensando que estaba muerto, llamaron al número anotado en su collar y a emergencias. Ya le conocían. El policía local que atendió la llamada sólo tuvo que preguntar: “¿Es un mastín negro?”
Tizón finge estar muerto para que le acaricien. Es ver que se acerca alguien y sale al paso olvidándose de ovejas y silbidos del pastor. Una vez que los extraños le prestan atención, cae fulminado para ser objeto de mimos. “Es un cabroncete achuchable”, dice uno de los paseantes víctima del engaño canino. “Ya verá cómo, si se aleja, el perro se levanta y se va tan campante”. Y así fue. El agente tenía razón. Tizón es un viejo conocido de la poli.
Al que no le hacen gracia sus dotes interpretativas es al pastor. Ha tenido, incluso, que pedir a los paseantes que no se acerquen al perro. “Sí, divertido es, pero su misión es pastorear y no jugar”. Dicen que ha comentado que, si la situación persiste, tendrá que dejar atado a Tizón y no volverá a salir con las ovejas. Y razón tiene, pero no nos provocará sonrisas.
Mi gatita Marta hacía lo mismo. Desplomaba de golpe sus tres colores sobre la alfombra y permanecía inerte bajo las caricias de mi mano. Sólo un suave ronroneo y el calor de su pancita blanca me decían que estaba viva. Así 23 años, hasta que se desplomó para siempre, de puro viejita. Está en el jardín, junto a los agapantos.

Error de prohibición

Marius tenía 14 años en 2014. Conoció –por Facebook, claro- a una chica de 11 que mintió sobre su edad –como yo, pero ella añadiendo primaveras- y ambos se enamoraron perdidamente, tanto que, tras un fugaz noviazgo de dos días (es necesario inventar una nueva palabra para este espacio de tiempo, o para el concepto de tiempo), se casaron. Tras un año de matrimonio y de relaciones sexuales plenas (me acuerdo perfectamente que las chicas de mi generación, a los 11, aún no teníamos vagina) ella le denuncia por malos tratos. Esperó mucho para volver a formar una familia y a los 14 ya se quedó embarazada del que ahora, con 15, es su marido. Termino agotada sólo de pensarlo, más que cuando leí ‘El código Da Vinci’. Qué estrés.
A raíz de la denuncia fue cuando la sociedad entera clamó a los cielos. Antes no, porque hasta un determinado momento la ceguera mental está permitida y hasta jurisprudencia hay que lo avala. Pues bien, denunciado por maltratar a su niña-esposa, el niño Marius ha sido juzgado estos días no por eso, sino por haber transgredido unas leyes que en su cultura son otras. Marius es rumano de etnia gitana. Sus padres y sus suegros han sido también sometidos a nuestras normas y juzgados como colaboradores necesarios del delito de abuso sexual a una menor.
Durante el proceso ha quedado claro que ella mintió: no hubo malos tratos y sí celos “porque miraba a otras chicas”, así que inventó las palizas para joderle a él y a todas las mujeres del mundo. Pero no es más que una niña y la culpa es de quienes la creyeron a pies juntillas sin una investigación al respecto para colgarse las medallas de luchadores contra el maltrato.
Pues entre que apenas conocían las costumbres de este ‘civilizado’ país, que el idioma no lo dominaban ni por asomo y que se les considera casi analfabetos funcionales, el joven y las familias han quedado absueltos. Es lo que en Derecho se denomina ‘error de prohibición invencible’ que, una vez probado, anula la culpabilidad.
Prohibición imposible fue en este país hace un tiempo intentar acabar con las armas de juguete como juguetes. Mal visto estaba comprar un revólver del sheriff King a tu hijo, aunque fuera del mejor plástico, mientras otros se iban a cazar elefantes a Botsuana.
Y sí, bien está formar un frente común contra los juguetes que incitan a la violencia o contra los que imponen roles sexistas. Entonces, ¿por qué mi amiga Elena Hache, feminista, revolucionaria, libertaria, pacifista, impulsora de una educación con valores que valen la pena, activista de pleno derecho, ha tenido que leer la carta a los reyes magos (qué reyes) que a su hija le habían puesto como actividad? A punto de salir disparada hacia el cole laico que eligió para su prole, le estallan las córneas al fijarse en lo que su pequeña Johnny sin fusil ha pedido como regalo: el ‘beauty nails’, un minisalón de uñas postizas para niñas. ¿En qué hemos avanzado?

El hombre descosido

Todas las historias tristes tienen su intrahistoria y su prehistoria. Nos quedamos con el dato puntual e ignoramos las capas de cebolla (hace llorar) con las que cada mañana se viste un ser humano para enjugar las lágrimas que expele, casi supura, su piel.
Vemos pasear su degradación por nuestro lado y no miramos. Si lo hiciéramos, borraríamos luego las imágenes que producen picor en la retina, y en la esclerótica, y en el lacrimal profundo. Deleted image.
Sabemos, porque es difícil ignorarlo, que su miseria arrastra por las aceras unos zapatos de pena negra y un pantalón xl, descosido, manchado de pana roja. Sangra su boca al contacto con el frío y se le hiela una baba de ron; las lágrimas no, porque ya no tiene.
Mientras, cuando cae la noche, buscamos calores, imaginamos que él se dirige al albergue, con cama limpia y ducha caliente. Y completamos el ciclo de lavado de conciencia imaginando a un trabajador sonriente que le ofrece un café con mayucas. En cuanto nos llega el olor a suavizante de flores de lavanda, se nos olvidan los zapatos de pena negra.
No sabemos, porque es fácil ignorarlo, que en la casa de al lado vive un hombre descosido. Entra, sale. O no entra, ni sale. Rebobinamos durante el prelavado y recordamos a un tipo serio, su familia, su trabajo, su traje impoluto, sus saludos: buenos días, buenas tardes. Luego, no sabemos por qué, su distancia. Más tarde, y ya ni nos preguntamos, su silencio: malos días, malos días, peores noches, horribles tardes. Tres mazazos de la muerte visitante son suficientes para deshilachar cualquier doble costura del alma; con uno, a veces, basta.
Y así fue. A jota punto (en esto ha quedado su nombre) lo encontraron en su piso de una céntrica calle de Valladolid. Llevaba siete días muerto. Desde el 9 de noviembre y sin ramito de violetas. Le acompañaban una numerosa familia de insectos necrófagos y algún roedor. Pero murió solo. Una botella sobre el colchón y una guitarra apoyada en la pared junto a la cama.
Un grupo de tres bailarinas, encima de una cómoda saturada de trastos, sujetan en sus manos una flor muerta. También. Inquietantes láminas enmarcadas y fotos olvidadas. Del techo, junto a la bombilla alógena, cae un cable sobre la cama que alberga un pantano de lágrimas de soledad. En centímetros cúbicos, una inmensidad y media.
Fueron los vecinos quienes alertaron a la Policía. Ese olor nauseabundo que sale del 5º… Entraron. Ropa desordenada, perchas, bolsas, libros, papeles, botellas y un sinfín de desechos regados con litros de amargura y quién sabe cuántos dolores. Y el cadáver solo, maldecido por Diógenes, que le visitaba frecuentemente para llevarle sus miserias.
Dicen quienes lo conocieron que tanta muerte cercana le había destrozado. Bebía porque creía que el alcohol le sujetaba los pedazos. Pero era incierto, iba troceándose hasta que se le salió la vida por un roto enorme. Ahí mismo, a tu lado.

El mundo y la a

En la penúltima tertulia de bar quisimos dejar claro por enésima vez y para siempre que la dominación que sufren, que sufrimos las mujeres, no tiene su raíz en el sexo (concepto fisiológico) sino en el género (concepto sociocultural). En el sexo radican gran parte de las diferencias anatómicas y fisiológicas entre la mujer y el hombre: pero sólo ellas. Todas las demás pertenecen al dominio de lo sociocultural y deben incorporarse al ámbito de lo genérico, no de lo sexual.
El discurso feminista está muy claro: puesto que no es posible abolir las injusticias suprimiendo las diferencias sexuales, suprimamos las diferencias de género, empezando por el lenguaje.
No pasa nada, no se está destruyendo el lenguaje, no se está derribando ningún templo sagrado. Hay que adaptar el lenguaje a la realidad, no lo contrario.
Acostumbrémonos, de una vez por todas, a pensar en términos de género en lugar de hacerlo desde el punto de vista del sexo.
Para analizarlo tomo prestadas unas palabras de la profesora universitaria Margarita Lliteras quien dijo ya hace años que utilizar formas en femenino como oficiala, ingeniera o arquitecta es gratis, pero seguramente ellas siguen en muchas sociedades sin cobrar los mismos sueldos que sus colegas varones.
Ella aseguraba, además, que si se considera que la lengua forma parte del problema del sexismo social, está claro que también puede convertirse en parte de la solución.
Para la filóloga Carmen Alario son necesarios los cambios en el lenguaje para nombrar a las mujeres y, por tanto, debemos realizarlos. Los prejuicios, la inercia o el peso de las reglas gramaticales que, por otra parte, siempre han sido susceptibles de cambio, no pueden ni deben impedirlo. En la lengua castellana existen términos y múltiples recursos para nombrar a hombres y mujeres. En definitiva, la lengua tiene suficiente riqueza para que las denominaciones puedan hacerse adecuadamente.
Se propone con esto, según la catedrática María Luisa Calero, incidir sobre el lenguaje con el fin de transformarlo y conseguir, por fin, nombrar el mundo en femenino o, al menos, no nombrarlo siempre en masculino.
Pero ya que nos ponemos a nombrar el mundo, quitémosle las palabras que hacer pervivir el clasismo. Aún se mueren ilustrísimos junto a gente sin don. Los mayores ladrones son laureados por el protocolo de la palabra. Asisten a actos públicos excelentísimos y los demás se preguntan por la excelencia de muchos miserables. Salvo los vinos y las novelas negras nada debería tener ese tratamiento. Ni nadie.
Así que, ya puestos a impedir agresiones, evitemos y fulminemos ambas, la del lenguaje sexista y la del lenguaje clasista. Excelentísimo, ilustrísima, excelencia, su señoría, su majestad… ya vale, y con esto no creo que deba dar más datos sobre esta, creo que prioritaria, sugerencia al respecto de las desigualdades. Contemos el mundo de manera diferente.

De nuevo muere Ana

Ni siquiera estoy segura de que, durante el tiempo que tarda en llegar esta columna desde mi ordenador al periódico, no haya muerto otra mujer: sería la número 50 de la violencia de género.
Ya comenté en estas páginas en otra ocasión que estamos aprendiendo geografía y nociones de toponimia marcando con chinchetas en un mapa los lugares donde han muerto las mujeres. Y no nos atrevemos a calcular los metros cúbicos de sangre que arrastra por la cuenca de nuestros ojos el río rojo.
Cinco disparos contra Jessica, una puñalada en el centro del mundo a la anterior, un empujón al vacío, un hachazo, una paliza de norte a sur, un arrebato de cuchillos, la tortura de un ejército de demonios… Total, 49 muertas y un país mirando sin saber qué hacer, esperando, tal vez, a que el problema se extinga en alguna glaciación.
Se cumplen ahora 20 años del asesinato de Ana Orantes, la primera mujer que habló públicamente de los malos tratos, vejaciones y abusos de su marido. Ya se había separado de él, pero el fallo judicial autorizaba a su agresor ocupar una de las plantas del chalé familiar, lo que le permitía seguir agrediéndola cuando le venía en gana.
Dos días después de que Ana contara su caso en televisión, el ex marido la arrastró hacia el patio de la casa, la ató sentada en una silla, la roció con gasolina y le prendió fuego. Uno de los hijos llegaba del colegio para presenciar cómo su madre descansaba carbonizada en el jardín.
Pero lo peor de todo es que la muerte de Ana Orantes no fue la última. Lo más terrible es que el asesinato de Jessica no cerrará el ciclo. Lo bochornoso es que seguiremos contando víctimas.
Ana era la número 59 del año 97; Jessica, la 49 de veinte años después. En este tiempo ¿sólo hemos sido capaces de restar 10? Pensemos que entonces no existía todavía una fiscalía especializada ni el sistema judicial contaba con juzgados específicos. El país entero lo pedía a gritos cada vez que marcábamos en el mapa el lugar de los hechos, uno por semana. En 2005 comenzaron a funcionar los Juzgados de Violencia sobre la Mujer. Y ya comenzó a articularse todo un sistema que tenía como punto principal la protección a la víctima: cuerpos de seguridad concretos, departamentos de la administración central y autonómica, puntos de información, teléfonos de ayuda inmediata, penas más duras para los agresores, órdenes de alejamiento…. Todo elogiable, pero ahí están las cifras.
Hay un innegable fallo sistémico y es el momento de reconocerlo y de poner remedio.
Me pregunto si estamos poniendo la atención sólo en la víctima (que se merece toda y más) y dejamos a un lado al agresor. Valga el ejemplo de que en un caso de maltrato se le aleja de la víctima y se le condena a 40 horas de trabajos para la comunidad quitando rastrojos de las cunetas. ¿No es necesario ya ponerse a tratar la enfermedad del agresor? Medicina preventiva antes de transformarse en bestia asesina.

Aventura aquí al lado

En situaciones extremas no se sabe cómo puede responder el ser humano. Así es como, más o menos, se presentan los concursos que copan la programación de algunas cadenas televisivas. Y no, no son los de reyes de los fogones creando esencias de torrezno al vapor de gases nobles, ni los de niños bufones cantando por peteneras vestidos de domingo de comuniones, ni siquiera los de candidatos a primarias de la era terciaria o cenozoica. No, en esta ocasión hablamos de quienes voluntariamente son desterrados a una isla desierta o lanzados al mundo para que recorran 3.000 kilómetros con un euro al día.

La Isla, Supervivientes, Pekín Express, Naked and Afraid, algún que otro desfile de modelos (una manzana al día, eso es sobrevivir) forman parte de una larga lista en la que se va a incluir el reality titulado ‘Viuda de Pepe López, hijos y demás’.

El programa comienza con una banda sonora de toses un tanto sospechosas del mismo Pepe y un primer plano de su cara de circunstancias cuando ve el título rotulado sobre su frente; es cuando empieza a sospechar, pero no tiene tiempo para indagaciones. Como lleva en el paro ni se acuerda y ha agotado todo tipo de prestaciones salvo una renta que da para el agua, media luz, patatas y pollo escuálido, en cuanto amanece se mete entre pecho y espalda un buen tazón de sopas de leche aguada y se lanza a la calle en busca de aventura; una cámara le acompaña en su búsqueda incansable de cartones y chatarra.

En casa se queda contemplando miserias la presunta viuda que, una vez leído el título del programa, envejece más de diez años en diez minutos, así que ya ronda los 75 a los 53. Con ella, toda una estampa familiar de miembros desempleados unidos y bien avenidos: a la fuerza. Sus tres hijos con sus respectivos cónyuges, de los que solamente Marieta tiene un trabajo fregando platos y perolas doce horas al día, de martes a domingo, por 700 al mes, y ella pone los estropajos y las sonrisas forzadas. En la estampa también aparecen cinco nietos que en sus primeros años disfrutaron de otra vida con triciclos, ropa nueva, vacaciones de playa y hasta clases de tenis o de piano y academia de inglés. La abuela juraría que sólo eran cuatro los hijos de sus hijos, y que el pecoso le suena muy poco, pero qué más da ya.

La hora de máxima audiencia se produce con la muerte de Pepe cuando, una mañana gélida de un febrero malvado, la tos le estrangula y se rompen en mil pedazos sus pulmones de hielo. El cámara le tapa con cartones de Tierra de Sabor mientras llega la ambulancia y el aire le sabe a sangre.

A los gastos del entierro se unen 100 euros de las gafas de la pequeña Lucía y una multa póstuma a Pepe el muerto por no declarar al fisco los ingresos del cartonaje.

Ahora sí comienza el verdadero show de supervivencia: doce personas y un gato comiendo con menos de diez euros al día. Y ni siquiera hace falta poner la tele para ver este reality.

De guerreros viales

Como del día de la Comunidad ya han escrito. y yo, por más que me pincho, no me saco ni una gota de sangre regionalista, prefiero hablar de otro aniversario. El décimo sobre ruedas. Fue en 2007 cuando Valladolid se sumó a las ciudades limpias pretendiendo un cambio tranquilo y paulatino para que a su paisaje le rodaran dos en vez de cuatro y que su cielo fuera recuperando el azul frente a un entreverado en grises.

Recuerdo a los políticos estrenando velocípedo para la foto con pedaleo por Recoletos y suplicando al mismísimo Santísimo el no tener que emprender la marcha por el Paseo de Zorrilla, donde bus, bici y en demasiadas ocasiones coches, furgonetas de reparto, telepizzeros motorizados y palomas, compartían carril en un enorme gesto de generosidad. Así que una vez inaugurado el ‘Valladolid bici’, montaron en sus haigas rumbo a otra cosa, mariposa.

Diez años después, el carril es aún intermitente, cuando no inexistente, todo un peligro para los usuarios de la bicicleta que, menudo sosos, no saben volar, pero aprenden a ser guerreros viales y sus travesías se convierten en una aventura de riesgo que cualquiera en su sano juicio cambiaría por una escapada a Ámsterdam.

Querer comparar Valladolid con la ciudad holandesa es todo un sueño y toda una burrada. El casco antiguo de ésta, con sus estrechas calles y sus canales, apenas tiene espacio para el tráfico fluido de automóviles, y mucho menos para el aparcamiento. Es por esta razón por lo que es un espacio ideal para la bicicleta. Así se puede hablar de ciclistas del hogar al trabajo, ciclistas del hogar al cole, ciclistas de recados, ciclistas mensajeros, triciclos de reparto y de policías en bicicleta. Para ellos constituye el medio de transporte más lógico. Por eso hay 600.000 bicicletas para 730.000 habitantes que pueden circular por una extensa red de carriles-bici ramificada por una extensión total de 400 kilómetros.

La bici puede ser el medio de transporte más saludable para nosotros y nuestro entorno, pero en Valladolid, el más lógico, según el trazado, las vías y las incongruencias, no.

Mientras, y siguiendo con la lógica, me han entrado unas ganas enormes de volver a ver ‘El ladrón de bicicletas’, y no es que me quiera recrear en la tristeza, pero la prefiero al aburrimiento de estar contemplando cómo las promesas y las buenas intenciones avanzan insufriblemente despacio entre los tramos inexistentes de los verdes carriles y de la Plaza Mayor. Recordemos la última escena de la película cuando Antonio Ricci y su hijo Bruno van lentamente caminando de la mano, derrotados, hacia un crepúsculo en una ciudad que, irónicamente, está atestada de bicicletas y me invade un ilógico impulso (¿o es lo más lógico que he dicho?) de robar una de esas bicicletas de ruedas azules para que Antonio pueda seguir pegando carteles por las calles en los que se invita a pedalear en una ciudad ilógica para las bicis.

La libertad en un frasco

“Si estás viendo este video es que he conseguido ser libre”. No hemos sido capaces de parpadear ante las pantallas durante las noticias. Hemos escuchado sus palabras cercanas a través de la radio. Y estamos seguros, desde una extensa tristeza y una extraña rabia, de que es libre ahora porque antes no lo fue.

“Soy José Antonio Arrabal. Tengo 58 años, casado, con dos hijos y enfermo de ELA”. Domingo 2 de abril. Está en el salón de su vivienda. A su izquierda, en un rincón, dos tristes macetas. Frente a él, sobre una mesita, un frasco contiene unos mililitros de libertad transparente.

Ningún especialista le ha recetado la medicación con la que poder morir dulcemente, así que se las ha apañado para hacerse con ella. Su mujer y sus hijos no le acompañan porque de nuevo las leyes les han dejado indefensos, echándoles a patadas de la casa, con una despedida temprana y un dolor de ausencia obligada.

Mientras ellos se rebelan contra las razones, José Antonio habla pausadamente, tragándose ahogos, quizá dolores, frente a la cámara que le graba: “Me parece indignante que en este país no esté legalizado el suicidio asistido o la eutanasia. Me parece indignante que una persona tenga que morir sola y en la clandestinidad. Me parece indignante que tu familia se tenga que marchar de casa para no verse implicada y acabar en la cárcel”.

Quería morir, pero no le dejaban. “No lo entiendo: ¿dónde está mi libertad? ¿A santo de qué podéis negarme el derecho a disponer de mi existencia?”

José Antonio ingiere una combinación letal de medicamentos. Lo hace cuando aún tiene movilidad en la mano derecha y la capacidad de sorber. Cae en un sueño profundo. Y llega el eterno. De banda sonora, la canción que eligió él mismo como réquiem: ‘Libre’, de Nino Bravo.

Pocos días antes sus palabras resonaron en el Congreso. El líder de Podemos las vomitó sobre las conciencias de los diputados, pero de nuevo los derechos civiles les sonaron a revolución y los barrieron bajo la alfombra.

José Antonio aprendió, como tantos otros en su situación, a leer las caras de todas las personas que estaban a su alrededor: “Veo la impotencia que sienten al no poder hacer nada para mejorar mi existencia. Veo el sufrimiento que padecen al imaginarse el mío. No todos comparten mi decisión, pero la respetan porque es mía”. Ya ves, José Antonio, de respeto se trata y los que tumban propuestas no saben ni deletrearlo.

Decidió libremente no querer seguir viviendo su infierno. Nadie puede comprender sus lágrimas cada mañana cuando al despertarse descubría que estaba abocado a enfrentarse a “otro día de padecimiento sin límite” y con la sola perspectiva de “continuar mirando el mismo trozo de techo”.  Y ese sufrimiento de días sin fin y con la mala suerte de no haberse muerto mientras dormía, que es lo que más deseaba en este mundo.

Los señores diputados han comenzado sus vacaciones. Se les ha olvidado ya tu dignidad.

El Norte de Castilla

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