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Por un Acueducto mejor

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Miren que hay cosas segovianas, expresiones o costumbres, pero ninguna es tan propia como lo de quedar en el Acueducto. Se puede oir un alto y claro ‘buenomajo’ o la explicación de ‘a la que voy’ o incluso llevar una rebequita bajo el brazo en los días de canícula «por si refresca», aunque probablemente nada tan típico como lo de citarnos a los pies del monumento romano ya sea para ir a pie o para que nos recojan en un vehículo.
Pues la costumbre de esperar a la sombra de los sillares o refugiados de la lluvia bajo los arcos para montarnos en un coche tiene los días contados. El Ayuntamiento avanza en su ánimo de apartar el tráfico lo máximo posible y dentro de los parámetros económicos que la caja común le permita. Y realiza pruebas para darle un cariñito más a la mole de piedra de la que vive esta ciudad. El horizonte parece antes de final de año aunque con las cosas de palacio siempre es complicado aventurar un plazo.
La idea, por si lo desconocen, consiste en ganar espacio peatonal en la plaza Oriental y suprimir la isleta pequeña en la que hay una farola, para facilitar el tráfico. Unos metros valiosos para poder observar el Acueducto con más perspectiva y menos peligro que ahora porque es fácil ver turistas orientales adentrándose en la calzada para tomar la enésima fotografía. Y no estamos para perder visitantes, claro.
Creo, que como hace un cuarto de siglo, con el histórico corte del tráfico que discurría entre los arcos del monumento, existe una unanimidad técnica –siempre habrá alguien que discrepe– entre la ciudadanía, que es flexible con casi todo menos con la conservación del Acueducto. Sensibles como somos a todo lo que le ocurra, su protección es un asunto capital al que nadie escapa. Es nuestro vecino más ilustre, con permiso del Alcázar y de la Dama de las Catedrales, y bien merece que seamos amable con él.
El proyecto es modesto y es ahí en lo que muchos no estamos de acuerdo. La falta de recursos para la obra indigna al más tranquilo y si es Patrimonio de la Humanidad deberían contribuir todos y no solo quienes habitamos la ciudad. Que para retratarse entre sus piedras hay queretratarse en los bolsillos. Queremos comer jamón ibérico al precio de mortadela y, en este caso, gratis.
Que fluyera el dinero por el canal del Acueducto sería lo correcto, eso que tanto le gusta hacer a todo el mundo pero de palabra. Hay que mojarse y no sé si con una tasa al turista o una proclamación de independencia segoviana, que igual de esa manera nos hacen caso. Con un euro de cada españolito en edad de merecer nos apañábamos, aunque me temo que como a la Lola la propuesta no servirá. Esta es una tierra olvidada, con el estigma de no tener un idioma que no sea el pobre castellano y de haber sido unos notorios imperialistas.
Pero soñar es gratis, como les decía que lo es ver el Acueducto. Y yo lo hago con una gran plaza ajardinada a los pies del monumento, donde los niños paseen con sus tablet, se sienten en un banco y de vez en cuando levanten la cabeza del artilugio y contemplen esa cosa de los locos romanos. Sueño con un Acueducto mejor, aunque me temo que en este país de cafres hay otras prioridades.

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Adictos a la indignación

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No me cabe duda alguna que este es un país de cursis, con gente con la piel más fina que una modelo de productos de belleza. Y lo curioso de esta tendencia que ya es realidad, es que la mayoría de ellos son los adictos a la indignación, aquellos que por la naturaleza de sus ideas revolucionarias se les supone algo más aguerridos y no tan blanditos como el día de la madre.
Y entre estos del mírame y no me toques hemos descubierto en estas tierras segovianas, hoscas y profundas, de las que algunos piensan que aún no se pone el sol, a un tal Mulet, senador para más señas de Compromís, partido o lo que sea que manda en todas las Valencias. Tan honorable irrupción en nuestras vidas anacrónicas y crueles con personas y animales se debe a que se ha interesado por uno de los pueblos, Fuenterrebollo, y, sobre todo, por el nombre de sus calles, por las que se ve que ha paseado él o alguno de sus camaradas con enorme escándalo al comprobar que algunos de sus nombres no se ajustan a la legalidad. Bien hecho, que aquí somos muy de cumplir las leyes, aunque parezcamos raros por ello.
Para que se sitúen, Mulet preguntó por carta al Ayuntamiento de Fuenterrebollo por la permanencia de nombres franquistas en algunas calles. Ante la respuesta detallada del cambio en algunas y la tramitación en otras, al ilustre senador le dio igual la respuesta. Famosillo por un día por insultar y romper una fotografía de Susana Díaz en la tribuna del Senado, ya tenía la contestación pensada, dijeran lo que le dijeran. Ya iba con su indignación por delante, como la bandera que tanto rédito le ha dado a él y a los suyos, maestros del ‘no hay derecho’. Las explicaciones, bastante correctas y creíbles, le traían al pairo y solo argumenta que el alcalde segoviano es un personaje desagradable y que destila odio. Habló bellas artes, que diría un castizo.
La indignación aún le comió más por dentro cuando el regidor en una ironía explicaba que la avenida José Antonio pasará a llamarse calle Real, aunque «preferiría probablemente otra denominación como avenida de los Paisos Catalans, que con tanto entusiasmo defiende su formación». Esto terminó por encender a su señoría que contestó que «de buenas formas y modales no esperamos nada de quien con su falta de respeto institucional se dirige así a un representante público». Y califica la carta de insolente e impertinente (sic). Vaya con su ilustrísima, qué sensibilidad. Ni una broma con la autoridad, eh, que lo empapelo. Que soy un senador del Reino de España –con perdón y por imperativo legal, claro– y usted es alcalde de un pueblucho.
Pero seguro que lo que terminó de hacerle entrar en ebullición fue la invitación «a que venga a mi pueblo para repasarlas una y a una (las calles) y sobre todo para que compruebe el pequeño espacio de convivencia que tratamos de crear». Confundido al principio ante la propuesta, se dio cuenta del ‘convite trampa’ cuando el alcalde le recuerda más adelante que «por cierto, sin cobrar ni yo ni ninguno de los concejales remuneración alguna».
Con eso de trabajar gratis por el pueblo la indignación ya se tornó insufrible. Cómo es posible, se preguntará Mulet, dedicado desde su tierna infancia a la política. Y se fue a por las pastillas para combatir su adicción.

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El héroe del autógrafo

 

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Conservo un autógrafo de Manolete, el mito del toreo de quien dicen que llevaba la muerte escrita en la cara. Llegó a mis manos hace ya muchos años a través de mi abuela, que lo tenía gracias a mi tío abuelo Fermín, médico de la plaza de toros de Córdoba en la época del diestro, la cruel posguerra. Se trata de una invitación de papel cartón para un homenaje al matador en su ciudad natal y que se celebró el 4 de diciembre de 1944. Junto a la fecha, una foto del torero y, en el centro, su firma, a la que acompañan las de Machaquito y Juan Mari Pérez Tabernero.
Una joya para los taurinos y un bonito recuerdo familiar para mí. Es el único autógrafo o autógrafos, en este caso, que poseo, porque nunca se me ha ocurrido pedir algo así, supongo que por apuro. Solo una vez estuve cerca y muy tentado de hacerlo en una rueda de prensa de Johan Cruyff, en mi tiempo deportivo en esta casa, pero pensé que obviamente era inoportuno. Tampoco me he hecho selfie alguno con un famoso, quizá también por mi torpeza al manejar el aparato de teléfono. El autógrafo decora una de las paredes de casa y comparte marco con fotografías familiares, entre ellas una de mi hija Carolina, ya veinteañera desde hace dos semanas, que come un helado con satisfacción, calculo que con apenas tres años.
Estos días he vuelto mi mirada al pequeño tesoro al cumplirse siete decenios de la muerte del rey de los toreros, del califa o monstruo como lo apodaban. Y he silbado la canción de Sabina, su purísima y oro, para imaginarme cómo debió ser la vida, tan corta, del héroe de una época en la que los españolitos necesitaban más que nunca –y mira que es difícil tener esta plusmarca– distraerse y olvidar una realidad terrible, como bien saben ustedes.
A Manolete lo mató un toro, sí, pero también la exigencia social de que fuera una suerte de libertador de los males que asolaban un país muerto de hambre y de miedo. Manolete, ese tipo serio y enjuto, tenía por contrato social arriesgar más y más hasta perder la vida. Era exigencia del guion de una época de la que casi nadie habla, como si el silencio ayudara a sanar las heridas.
Y me he imaginado también cómo trataríamos ahora a un personaje así. Desde luego diríamos que está loco, como hacemos con José Tomás, quizá el equivalente de ahora. Incluso los prohibicionistas de todo menos de lo suyo añadirían que no se le permitiera torear por exceso de riesgo. Mientras, sus admiradores le silbarían si diera un paso atrás para enseñar el pico de la muleta. Y él desolado, millonario pero triste, como le ocurre a Cristiano Ronaldo, otro similar pero de oficio distinto.
Vuelvo a mirar la foto del autógrafo en la que está brindando un toro, supongo que en la plaza de su Córdoba, y veo al héroe, pero no por dominar la tauromaquia, que es una habilidad como la de ser futbolista, sino por aliviar a tanta gente y regalar alegría. Y aquí no veo alguien equivalente. Por más que miro a mi alrededor, nada de nada. Solo veo bagatelas y fruslerías, insignificancias al lado de quien llegó hasta el final en su compromiso por hacer a los demás la vida más soportable.
Dicen que el héroe de mi autógrafo pretendía que esa fuese su última temporada, que iba a dimitir de tanta responsabilidad. Qué cosas, respecto a esto tampoco encuentro ahora un equivalente.

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La maleta de Barcelona

Barcelona 25-7-02-. Cobi, la mascota de Barcelona ´92, pasea por el estadio Olímpico de Montjuich durante la ceremonia de conmemoración del X aniversario de los Juegos Olímpicos de Barcelona. EFE/TONI GARRIGA/MK.

Conservo un Cobi de considerable tamaño en un lugar visible de casa. Ha viajado conmigo un cuarto de siglo, de vivienda en vivienda que uno es de posaderas inquietas. Me lo regalaron en la primavera de ese año 92, en el que los españolitos nos hicimos mayores de edad y nos colocamos en el mapa. Mi mascota de esos inolvidables Juegos de Barcelona lleva puesto el traje oficial, azul veraniego, con una cobarta. Les puede parecer una tontería pero a mí me gusta, aunque solo sea porque el roce hace el cariño y son muchos años ya de convivencia.
El muñeco, con sus tres pelos y la sonrisa dibujada a un lado de la cara, llegó a mis manos como regalo por una visita como periodista de deportes –mundillo en el que entonces me batía en esta casa– a las obras de lo que meses después iba a ser el éxito de un país tan necesitado de que algo salga bien. Desde el pequeñito aeropuerto vallisoletano de Villanubla con cara de ser más de provincias que Paco Martínez Soria, nos embarcamos un grupo de plumillas de la región rumbo a la modernidad. Allí estuvimos admirados y bien tratados, en la ciudad en la que nació mi madre en plena guerra, en el año en el que los barceloneses vivían mirando al cielo a la espera de los aviones italianos, inmisericordes con la población civil.
Sobre aquellos tiempos, obviamente, no pregunté pero sí conté a la guía que era hijo de barcelonesa y con raíces familiares allí. Eso me valió su atención y que me considerara algo más que un periodista de no sé dónde y de no sé qué medio. De la visita guardo un buen recuerdo y como soy propenso a conservar en la memoria anécdotas triviales, me quedé con una al llegar de vuelta al aeropuerto mesetario. Allí un colega, que excuso decir de qué ciudad era para no herir susceptibilidades, bajó de la escalerilla del avión y se detuvo a pie de pista. Todos nos fuimos a la minúscula terminal y al volver la vista atrás, retrocedí para preguntar si tenía agún problema. El tipo me contestó que esperaba que abrieran el avión para coger su maleta, como en el coche de línea. Le saqué de su error y fui con él a la cinta de equipajes. Me lo agredeció aunque no entendió por qué narices hacían eso con lo fácil que es abrir la tripa del aparato y que cada uno coja lo suyo. Supongo que era su primera vez, pensé condescendiente.
En el periódico conté y canté –como se decía entonces en el periodismo deportivo– las excelencias de Barcelona y el cambiazo que había dado. Creo que los compañeros pensaron que exageraba, que era parte interesada y que carecía de imparcialidad, ese bien tan preciado en esto. Luego vinieron los Juegos, a los que llegué tocado por la muerte dos semanas antes de mi madre. Aún así los viví en la redacción con amigos con los que todavía hoy comparto oficio y casa.
En el 92 aprendimos a ser modernos y los Juegos nos desvirgaron hasta el punto de que después de aquello ya nos fuimos los mismos. Yo por razones obvias y el de la maleta porque descubrió que hay algo más que la torre de la iglesia de su pueblo. Exactamente el camino inverso que han emprendido algunos catalanes: regresar a lo más profundo y empeñarse en que les hemos quitado el equipaje del coche de línea.

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El velo de las redes

Uno ha procurado en este oficio actuar con la máxima prudencia y con la prudencia como máxima. Exigido por el guion en atenerse a las normas de la profesión y, por supuesto, a las leyes generales que nos rigen en cada momento. Seguro que a usted también le ha pasado y en su trabajo ha abrazado y aún abraza la bandera de la moderación entre otros argumentos por sentido común y para que no le echen del mercado laboral. Si usted ha tenido o tiene un bar es muy probable que no se le haya ocurrido servir un vino a un niño de diez años. La prudencia así se lo ha aconsejado, claro.
Sin embargo, lo que en mi oficio ha sido cordura –o autocensura, como prefieran– ahora con las redes sociales y demás habitantes del mundo internet se ha sustituido por el vómito. A los del viejo papel se nos exige y a los que tratan de liquidarnos se les confiere inmunidad e impunidad para destrozar la vida a usted y a mí si les apetece. Seamos claros: yo mañana cuento aquí que un carnicero vende productos caducados y al día siguiente tengo una bonita querella y un futuro que me llevará al banquillo. Si cualquiera en la red además de asegurar que el carnicero intoxica a los clientes añade unos insultos es muy probable que tenga un destino diferente al mío y se vaya de rositas e, incluso, jaleado por sus congéneres tuiteros.
Estamos así en desigualdad de condiciones con eso que llaman periodismo ciudadano. La evidente falta de responsabilidad de las redes desmoraliza a quienes tratamos de evitar que este oficio se convierta en un recuerdo. Y no solo nos quita la ilusión, sino que nos entierra. Insulte, calumnie en el maravilloso mundo virtual y se encontrará que es trending topic, viral o la madre que lo parió. Mientras, los demás tranquilitos y sin pasarnos no vaya a ser que te digan que como oficio de dinosaurios que es el suyo te enseño el camino de la fiscalía, tan rancia institución como en la que usted trabaja, plumilla de las narices.
Pero no pierdo la esperanza de que para ellos se tornen las cañas en lanzas –no sé qué entenderán los del mundillo virtual con esta frase, porque igual me denuncian por desear que no les dejen beber– y el caminito al juzgado sea al revés y lo recorran algunos no por vía telemática, sino presencial y muy presencial. Lo espero en el caso de los insultos a Víctor Barrio y su entorno, y en otros que no conozco pero seguro que son de repugnancia parecida. Deseo verlo, oirles balbucear sus explicaciones y sudar la gota gorda al darse cuenta que se ha levantado el velo y su coraza de la red de redes ya no funciona.
En ese momento, además de la satisfacción por esa familia, también me alegraré por mi oficio y por el suyo, ya sea usted carnicero, hostelero, electricista o de la Renfe, que son profesiones con unas normas y, sobre todo, que se ejercen con prudencia, aunque sea solo por lo que te pueda pasar si incumples. Que decenios de mesura los han tirado por la alcantarilla los asquerosos del click, sabedores de que aquí no pasa nada si ellos se acuerdan de mis muertos y si yo lo hago en este arrugado papel no me libra ni la providencia. Espero sentencias para que los impunes dejen de serlo y a mi oficio le den un respiro con tanto calor.

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Las encuestas ciudadanas

13-06-14 Segovia. Ambiente durante el partido España - Holanda del Mundial Brasil 2014.

Es un recurso periodístico más viejo que la orilla del río. Las televisiones lo utilizan de forma machacona para resaltar que salen a la calle y que no todo son ruedas de prensa y labor de rata de redacción. Son las encuestas ciudadanas, esas en las que colocan un micrófono en la boca de un paisano o paisana y le preguntan por un asunto trivial pero del que todos hablamos. Las cuestiones meteorológicas son las más socorridas y en las que lucen respuestas como «¿hace calor?, pues es lo que toca ahora en verano» o «para este frío lo mejor es abrigarse o huy, huy, huy, no salir de casa».
Grandes documentos periodísticos que nos acompañan en los informativos casi todos los días. Sin embargo entre tanta obviedad, a veces encuentras cosas algo extraordinarias, contestaciones que redimen a los esforzados reporteros que abordan alcachofa en mano a los viandantes. Ocurrió hace unos días a propósito de una noticia en la que contaban que el poderoso whatsapp iba a cortar la aplicación a usuarios con un aparato de telefóno anticuado, tipo blackberry o no sé qué modelo de Sony. El argumento ofrecido era difuso, claro, pero el real, evidente: que no sean tan cutres se rasquen el bolsillo y se compren otro móvil de última o de penúltima generación.
El sondeo en la calle arrojó respuestas de libro, políticamente correctas, no vaya a ser que se enfade el gigante tecnológico o que el entrevistador ponga cara de grifo. Pero hubo uno, veinteañero, con gafitas y cara regordeta, el que dio una explicación coherente: «tendré que cambiar de móvil, porque sin whatsapp a ver cómo quedo con los amigos en el bar». Podía habérsele ocurrido otra cosa, del tipo de no puedo estar desconectado por si me llaman del trabajo, mi novia o mi primo que trabaja en un restaurante en Londres y, oiga, necesita oir hablar castellano entre plato y plato que friega. Pues no, con un par.
Eso es un español de orden, decente, término que utilizaba mi abuela y del que ahora se ha apropiado la ‘cursizquierda’ que soportamos. Eso es un parroquiano de los que acodan barra, a pesar de su edad, y que ha seguido el ejemplo de sus mayores. Merecería ir a cualquier bar de Segovia, que cada uno tiene el suyo y donde hay mucho entre lo que escoger. Como en Cándido, muy cerca de esta casa, en la que tarde sí y tarde también encuentras a Fernando, Don Pedro o Polo, todos guiados como anfitrión por Nacho.
A todos ellos se han unido últimamente Panchita y Currito, dos gurriatos así bautizados y que franquean la puerta y picotean lo que pueden del suelo. Se integran tanto que ya son de la familia de parroquianos que toman el viejo mesón a eso de media tarde. Todo sin whastapp, que el día que lo tengan–que igual lo establecen en sus derechos como pobres criaturas que son– invaden el lugar y hasta piden pincho con la bebida. Y yo estaré reconfortado al oir que la aplicación que controla nuestras vidas, también servirá para que los gorriones vengan a vernos al bar y todos disfrutemos en un mundo feliz. Solo una pega: en Cándido no hay televisión y no podremos gozar con las maravillosas encuestas ciudadanas. No se puede tener todo en la vida.

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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