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Fecha: febrero, 2017
La voz de todos
Jaime Rojas 20-02-2017 | 1:20 | 0

Contaba el cura de Olmedo, a la vez pluma de este diario en el municipio vallisoletano, que «esto de ser corresponsal de pueblo es muy complicado». Atribulado, Don César lo espetaba para buscar comprensión, aunque sus interlocutores en aquella ocasión éramos una par de imberbes aprendices de este oficio. Pero de esta forma hacía notar que nos estábamos metiendo en una profesión más difícil que la suya, la de salvar almas.
El paso de los años, como en todo, te hace ver las cosas con perspectiva y aunque me imagino lo complejo que ha de resultar la difusión de la doctrina de la Iglesia en estos tiempos de descreídos, puedo asegurarles con bastante certeza que esto del periodismo de provincias es al menos tan intrincado y muchas veces imposible de llevar. El cura hubiera llegado antes a la canonización por la vía de la corresponsalía que por la de párroco rural, que por muy bravos que sean los feligreses, que los hay, aún más lo son los lectores, críticos acérrimos cuando les tocan las cosas de su pueblo. Tenía razón Don César y motivos suficientes para dejar la corresponsalía como lo hizo un tiempo después, para continuar solo en la parroquia, que la santidad puede alcanzarse sin necesidad de sufrir esos malos ratos.
Espinoso el asunto de contemporizar desde el púlpito que siempre supone trabajar en un medio de comunicación. Así lo es para todos a quienes un día nos enganchó esta profesión y que tenemos la suerte de podernos mantener en ella. Cualquiera que esté en esto sabe que llegar al día siguiente a veces es un milagro y más en los años duros de esta crisis que se va y se va y no se ha ido, que dice el bolero.
Contentar a casi todos es pues una tarea de titanes, una lucha que en la mayoría de las oportunidades pierdes, salvo que seas Alfredo Matesanz, un hombre compendio de todos los adjetivos que sean sinónimos o se relacionen con la prudencia. Cualquiera que en los últimos 45 años haya tenido relación con Segovia sabe quién es, conoce al menos su voz, y, por supuesto, su bigote a lo Groucho. Dos características físicas que le distinguen, pero que son irrelevantes al lado de los rasgos de su personalidad: infinita tolerancia y trato exquisito.
Con esas armas, a Alfredo no se le ha escapado una mala palabra en nueve lustros, los que ha estado al pie del micrófono hasta la jubilación. Se va, pero estoy convencido que todo acto que se precie, como hasta ahora, contará con su presencia. Así se lo decíamos este viernes, su último día de trabajo en una visita a nuestra redacción, en la que mantuvimos una conversación de las que se echan de menos en este mundo rápido de la tecla y en el que todo está medido.
Al cura de Olmedo el periodismo local le pareció la representación del infierno, como opinarían todos los prebostes del oficio que un día se fueron a la capital y que a  menudo miran por encima del hombro a los Alfredos y a quienes tratamos de seguir su estela. Aquí les quería ver yo cuando tuvieran que ser la voz de todos y ser amables sin excepción y no solo con los suyos. Porque quiero compañeros de viaje como Alfredo para recorrer el camino que aún queda. Gracias, amigo.

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La caja de los truenos
Jaime Rojas 13-02-2017 | 2:32 | 0

Leía a principios de año que por primera vez en España unos banqueros entraban en prisión. No sé si será exacto, pero así lo vendían en la prensa. Eran cinco condenados por apropiarse de lo que no es suyo y por administrar mal lo que tampoco les pertenecía en la extinta fusión de las cajas de ahorro gallegas. Al verlo pensé que la Navidad ya había terminado, que la sucesión de cursilerías llegaba a su término, afortunadamente y, nunca mejor dicho, gracias a Dios. Se acababan así los buenos deseos y empezábamos el año dando a los ricos fuerte y a la cabeza para satisfacción del pueblo soberano.
Al leerlo me acordaba de Segovia y de la que fue su caja, en una asociación de ideas que firmaría un niño. Y al ver la fotografía de esos veteranos de trajes impecables en el banquillo –por cierto, de asientos individuales lo que da menos sensación de grupo organizado– comenzaba a imaginarme la instantánea segoviana si el caso de las prejubilaciones hubiera continuado. Ya veía a los nuestros en el mismo trance, aunque con una indumentaria algo menos perfecta porque los gallegos por lo general cuidan más ese asunto. Fantaseaba con esa equivalencia, pero sin hacerme mucho a la idea porque aquí tenemos el privilegio de ser ciudad casi libre de delitos.
Sin embargo, lo que parecía que solo brotaba de forma pasajera de mi imaginación, se convirtió en una realidad que ha hecho temblar esa prerrogativa de la que hablaba y de la que disfrutamos como lugar prácticamente ajeno a los ilícitos. Habían pasado solo unos pocos días desde que los directivos de las cajas gallegas estaban a buen recaudo cuando este diario desveló la reapertura del caso segoviano con su terremoto correspondiente. No quise pensar que les había echado mal de ojo, algo muy gallego, pero la casualidad y mis pensamientos de extrapolación de aquella situación a la de aquí me hace dar una vuelta a mis dotes para imaginar lo que no debo.
Servido el seísmo, el guion de lo que pueda ocurrir a partir de ahora es imprevisible. Es una ruleta en la que participan los acusados y al final todos los contribuyentes a quienes los abusos y la mala gestión de las cajas de ahorro nos han provocado un agujero en los bolsillos. Imputados e investigados están más de dos centenares de antiguos cargos de esas entidades. Y entre ellos los nuestros –sí, son nuestros paisanos o vecinos, que no solo van a serlo aquellos que consiguen logros, que el paisanaje no se elige–.
Rodada la primera escena con la apertura de nuevo de la caja de los truenos, para la segunda Atilano Soto, su actor más reconocible, aunque no el principal, reclama silencio, tranquilidad y serenidad. La historia ya está escrita y esto es post mortem, parece transmitir quien sabe que los hechos son tozudos y ya no pueden cambiarse. Una calma  que no ha encontrado eco en otros actores de esta película de desenlace sin escribir y que hablan de desasosiego por algo que no tiene fin. Es la condena que supone que un asunto se eternice en los juzgados. Un sufrimiento recurrente para las partes de cualquier proceso.
La tercera y última escena es la que no veo y la más complicada de rodar. Los protagonistas dicen que no se ven en la cárcel por una decisión que consideran legal, la de prejubilar a unos pocos elegidos con cantidades millonarias. Yo tampoco lo percibo en mi imaginación y lo más importante: tampoco quiero que suceda, aunque esto pueda ser caridad mal entendida. No se lo deseo porque ya es bastante la pena social a la que están sometidos desde hace un lustro. Y con eso me doy por pagado.

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El lado brillante del censo
Jaime Rojas 06-02-2017 | 11:42 | 0

Repaso y vuelvo a repasar los datos del padrón segoviano con la esperanza de tomar el asunto por el lado positivo. Trato de hallar la botella medio llena, en la España vacía. Pero la tarea es difícil y requiere mucha dosis de alegría para dar la vuelta a esta tortilla del censo sin que se escurra por los lados. Porque si hablamos de habitantes, la provincia se encuentra en evidente decadencia hasta asentarse en la antepenúltima plaza, solo superada por déficit de pobladores por Teruel, que sí existe pero poco, y Soria, que existe aún menos pero que siempre resiste pura y bella.
Segovia se queda sin gente es la primera lectura. Ciudad y provincia. Dos mil menos en el año que ha terminado y casi un descenso de diez mil –la mitad de ellos inmigrantes–en un lustro. Es para que nos rilen las piernas por esta desventura ya intrínseca a los últimos ejercicios. Todos los años por estas fechas nos desayunamos unos datos que se enfrían y caen como una tostada al suelo, siempre por el lado de la mantequilla. No levantamos cabeza y aunque la provincia de Teruel todavía está a quince mil habitantes de los 155.652 segovianos de residencia, por delante se antoja difícil alcanzar a nuestra vecina Ávila, ya a siete mil de distancia en el cuarto puesto por la cola de la lista.
Esa es la primera impresión. Sin embargo, como les digo, si se vuelven a leer las cifras y con lenguaje diplomático podemos embelesar algo a los pesimistas y como en la divertida vida de Brian miremos el lado brillante de la vida, silbemos y cantemos mientras la realidad de la despoblación nos crucifica. Veamos pues las cosas buenas como que Cuéllar es de nuevo el municipio con más habitantes después de la capital hasta llegar a 9.501. Ha recuperado el aliento y tras años de caída asoma la nariz con ánimo ante la llegada de sus Edades del Hombre, cuyas consecuencias económicas puede que fijen esa tendencia al alza. En la otra orilla, El Espinar que se ve superado al bajar tres puntos y cuenta ya con 300 empadronados menos que la villa cuellarana.
El regocijo va por barrios y en el alfoz de Segovia lleva instalado un buen puñado de años para complacencia de quienes un día decidieron dejar la ciudad y los municipios más alejados para asentar sus posaderas en los aledaños de la capital, donde el ladrillo es más barato y aún puede percibirse la sensación algo engañosa de vivir en un pueblo. Palazuelos, La Lastrilla y San Cristóbal continúan en cabeza en las preferencias de la mixtura de los rurales-urbanos o, al revés, que cada uno siente lo que considera. En el otro lado, el de los clásicos, otrora ilustres cabeceras de comarca, el censo brilla cada vez menos y le hace falta más de un empujón hacia arriba. El Real Sitio, Cantalejo, Nava de la Asunción y Carbonero caen poco, pero caen, como lo hacen las localidades históricas de Coca, Ayllón, Sepúlveda, Turégano o Santa María la Real de Nieva.
El asunto no pinta bien en este padrón lacónico que componen los 209 municipios segovianos, incluida la capital, de los que 75 poseen menos de un centenar de habitantes. Eso es defenderse y aguantar, pero también pasear por el filo de esa navaja que puede desplegar un futuro gobierno que apueste por agruparlos. El día de esa renovada división administrativa llegará, aunque mientras eso ocurre nadie arrebata el entusiasmo a quienes siguen aferrados a su tierra a la espera de un milagro. Esto es porque ahora es invierno, me dicen en el despoblado nordeste. Pero ya vendrá el verano y entonces pasarán a estar en el lado brillante del censo.

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Sobre el autor Jaime Rojas
Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.

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