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Categoría: * SEMINCI 2012 *
Ojo al pato

Fernando Eimbcke irrumpió internacionalmente en 2004 dentro del Nuevo Cine Mejicano (o Nuevo/Nuevo Cine Mejicano) con un debut que poseía en alto grado dos rasgos especialmente bienvenidos en una ópera prima: era fresca y era barata. Temporada de patos estaba hecha con cuatro pesos a los que se les sacaba un partido insospechado, y gracias a una gavilla de premios merecida y a un boca-oreja creciente y sostenido, obtuvo unos réditos que permitieron a Eimbcke hacer el segundo film que quiso y en la manera que quiso, lo cual muchas veces es más difícil que debutar. En cuanto a la frescura, vuelta a ver hoy con la moderación que otorga la distancia ―¿la habrá embellecido la memoria?―, puede afirmarse que sigue tan fresca como entonces, más aun si la comparamos con el anquilosado e indistinguible cine-teleserie y cine-videoclip que copa las pantallas de estrenos (al hilo: Eimbcke viene del videoclip, pero tiene la sabiduría y honestidad suficientes como para no dejarse arrastrar por la corriente cuando la corriente, aunque camino más fácil, empobrecería su concepción).

Temporada de patos hace de la escasez una virtud y del amateurismo una celebración. Cuatro personajes, un apartamento, largos planos-secuencia y nulo movimiento de cámara. Con el manejo estricto de estos pocos pero muy bien definidos elementos, Eimbcke alcanza una expresividad cinematográfica, artística, infinitamente superior a la suma de las partes. En muchas ocasiones el minimalismo es el refugio de los que no tienen nada que decir o no saben cómo hacerlo. <> es un principio que, como casi cualquier principio, admite también excepciones; menos es más en la trompeta de Miles Davis y en la poesía japonesa, pero menos puede ser menos también, como más puede ser más o menos, y no pretendo hacer un trabalenguas. Los elementos mencionados, a los que añadir una delicada fotografía en blanco y negro, de inmediato evocan a Ozu (salvo por los insospechados puntos de vista que en ocasiones adopta el encuadre), a un cine de cámara que en un principio puede parecer obsoleto pero que resulta, como se ha dicho al comienzo, tremendamente fresco. Y ello en gran medida porque se tiene una permanente sensación de descubrimiento mientras se está viendo el film, tanto desde el punto de vista del director como del de los intérpretes (los dos protagonistas de catorce años no habían actuado nunca antes), lo que no quiere decir que se haya abandonado a la improvisación: la planificación está cuidadísima, no hay ningún fleco suelto ni un pegote (uno de los riesgos del minimalismo es que los pegotes cantan más): planificación propia del cine mudo —frontal, estática— a la que la fotografía en blanco y negro se ajusta a la perfección y potencia dramáticamente (no es pues la elección por el blanco y negro un mero capricho estético).

Si fotográficamente resulta irreprochable, es desde el punto de vista del oído, valga la paradoja, desde el que se le puede poner la única pega en verdad a Temporada de patos. Los diálogos están capturados con un sonido un tanto turbio, y en ocasiones cuesta entenderlos —algo a lo que la desganada dicción adolescente, que por otro lado tiene pleno sentido en los personajes, no ayuda precisamente.

El domingo por la tarde se aísla del curso general del resto de la semana, es una cápsula de tiempo, un paréntesis de resaca entre lo querido y terminado —el fin de semana— y lo temido y por venir —el lunes—. Es en este tiempo fuera del tiempo donde se ubica el film, en este espacio que nunca sabe uno bien cómo ocuparlo y que, cuando queremos darnos cuenta, ya ha concluido y no se puede ocupar. La comentada propuesta formal de cámara muda e interiores estáticos subraya este aspecto, y con él el aislamiento de los personajes. Los cuatro personajes están aislados de la ciudad (por hallarse en el apartamento), de sus familias (por distintos motivos) e incluso de sus sueños. Pero a veces, sin que lo esperemos, surge la chispa, incluso un domingo por la tarde. Y entonces es posible el despertar.

 

 

 

 

 

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A la segunda, más vencida

¿Otra de treintañeros que le tienen miedo al compromiso y no quieren madurar? ¿Y ubicada en Manhattan? ¿Es que no hay otro enfoque desde el que afrontar la comedia? Estas y otras preguntas similares acaso se agolparon en la mente del espectador cuando hace un par de años se presentó ―fugazmente― en salas happythankyoumoreplease. Reticencia en todo punto razonable que sin embargo, si al final el espectador se decidió a ir a la sala, comprobaría infundada, o infundada en gran parte. happy…puede que publicitariamente no difiriese de otros tantas cintas olvidables ―y rentables―, pero desde luego sí en el plano cinematográfico: era fresca, modesta en el mejor sentido, y lograba mantener durante casi todo el metraje ese difícil equilibrio entre la sonrisa triste y la amargura esperanzada. Ahora, tras ver el segundo título escrito y dirigido por Josh Radnor, a uno le queda la sensación de que, pese a todas sus bondades, happy…fue solo el borrador de Liberal arts: un borrador necesario y en modo alguno desechable, pero un borrador al fin y al cabo. Todas las promesas que el debut apuntaba se ven ahora realizadas plenamente, y limado todas o casi todas las carencias. Liberal arts, sin abandonar la estela fijada por su antecesora, es una cinta más equilibrada, más completa, más entera que happythankyoumoreplease, el punto de inflexión de un realizador que ya nadie podrá considerar una estrellita de teleserie que tuvo una vez el capricho de dirigir, y que lo hizo con oficio, sino un cineasta de cuerpo entero. happy… obtuvo en su momento el Premio del Público en el festival de Sundance, y a uno no le sorprendería que Liberal arts obtuviese idéntico galardón en la presente edición de SEMINCI.

Los dos aciertos más notables de Liberal arts radican en la eficacísima selección y dirección del elenco y en la construcción de un guion que fluye con la gracia amortiguada de los buenos ballets, con unas escenas cuya duración/tensión se encuentra perfectamente dosificada, engarzadas con un ritmo perfecto, ni urgente en exceso ni en exceso moroso, y plagadas de diálogos inteligentes, cercanos y cotidianamente musicales, eso que tantos buscan y tan pocos logran; asimismo la información que en cada escena se aporta es la justa no solo para mantener sino para incentivar el interés (hay una excepción que es la escena final: la única que sobra en toda la película, un apósito que repite por boca de los personajes las tesis planteadas hasta entonces ―error máximo en cine― e incluso incurre en la moralina; una lástima, porque el espectador sale con un sabor de boca que no se corresponde con lo paladeado hasta ese momento).

El segundo acierto ―el cuerpo de intérpretes― comienza por el propio Josh Radnor, quien, como ya hiciera en su debut, se reserva el papel de héroe del drama ―héroe con barba de pocos días, delgado y con dudas, pero héroe al fin y al cabo―, pero no concluye con él; todos los miembros del elenco, desde el primer secundario hasta el último cameo, resultan singulares, personajes con peso que cumplen su función dramática a la perfección. La joya de la corona es la réplica femenina de Radnor, Elizabeth Olsen, cuya prodigiosa interpretación supera, por poliédrica, a la que ofreciera en Martha Marcy May Marlene (y ya es decir). La edad y las angustias y los deseos de los personajes, y sobre todo el tono de comedia meláncolica y urbana, colocan a Liberal arts entre Adventureland y Annie Hall. Y es cierto que se ha comparado a Radnor con Woody AllenLiberal arts incluye incluso un homenaje explícito a Manhattan—, pero uno sospecha que más por compartir origen étnico y amor por Nueva York que por identificación artística; Radnor está, por el gusto por los detalles sugeridos, por la aproximación literaria y diagonal en lugar de frontal, por la cadencia sin prisa, por la planificación naturalista, más cerca de Eric Rohmer que de Allen, solo que de Rohmer lo separa un océano y no un puñado de rascacielos, aparte una falla temporal que no tiene remedio.

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El farmacéutico frustrado

¿Qué decir cuando ya está todo dicho? ¿Se puede decir todavía algo que haga vibrar la sorpresa o incluso el asombro cuando el tema en cuestión es Hitler, García Lorca, los Beatles? ¿Y Woody Allen? Se puede, siempre se puede. Así lo ha estimado y demostrado en parte el director y guionista Robert B. Weide con su último trabajo documental, titulado concisa y llanamente Woody Allen: a documentary. (Weide no es neófito en las lides de documentar la vida y carrera de cómicos singulares, aunque todo buen cómico sea singular; su otro documental, y por el que se dio a conocer, retrataba al mítico Lenny Bruce.) Su biografía sobre el cómico-guionista-dramaturgo-director-actor-clarinetista de Brooklyn adopta la que podría demoninarse “fórmula-Rashomon”, esto es: dar la imagen del retratado de forma indirecta, a través de los testimonios que de él proporcionan sus colaboradores más cercanos, amigos y familiares. Fórmula conocida que sin embargo presenta dos peligros. El primero y más evidente, que los testimonios no tengan interés; en este peligro no incurre el filme de B. Weide: los testigos elegidos (entre los que se encuentra el propio Woody Allen, pero en una proporción equitativa, que no desmiente la fórmula) suelen decir cosas inteligentes pero no por ello pedantes, y parecen en todos los casos encantados de participar en el proyecto. El segundo, en el que sí incurre, es que la radiografía del protagonista se incline del lado de la hagiografía; si no como un santo, sí que pasa de puntillas por las zonas de sombra de la biocarrera del protagonista; le hubiera gustado a uno la presencia de testimonios a la contra, que nos mostrasen, o al menos nos sugiriesen, el perfil menos amable de Mr. Allen, si es que lo tiene, o las carencias de su trabajo, que estas sí sabemos existen —reconocidas por él mismo— y que en el documental apenas si se esbozan de pasada.

Fuera de esto, el otro pero que cabe ponérsele es la descompensación de metraje desde un plano cronológico: se dedica demasiado tiempo a los comienzos de la carrera de Allen y demasiado poco al periodo que cinematográficamente tiene más esplendor, el que va desde finales de los ochenta —desde Hannah y sus hermanas— hasta finales de los noventa —hasta Celebrity, que por cierto ni siquiera se cita—, periodo en el que WA encadena una serie de obras asombrosas —Delitos y faltas; Maridos y mujeres; Misterioso asesinato en Manhattan; Balas sobre Broadway, etc.—, tan maduras como frescas. Pero la propia cantidad y frecuencia de la serie hace que no se valore en justicia la calidad individual de cada título. Cualquier otro director que hubiera encadenado la mitad de los títulos apuntados en el doble de años, sería considerado como un hito difícilmente comparable; el hecho de que WA las hiciera todas seguidas y en apenas una década juega paradójicamente en su contra: cada título es considerado <>: otro más sin más, cuando desde luego hay mucho más. El olvido es  muy fácil, y el olvido del público es más fácil todavía; esto también juega en contra de Allen. Sus últimos filmes, sin duda fallidos —y hay que decirlo—, hacen olvidar la estupenda ristra de la que vienen. Al menos Woody Allen, a documentary, si no ofrecernos grandes novedades nos ha servido para recordárnoslo, y para dejar patente un rasgo esencial que con frecuencia se obvia: la incansable y envidiable capacidad de trabajo de este pequeño gran hombre.

Al final del metraje confiesa WA que ha tenido mucha suerte en la vida (confesión que le honra: no conozco a otro triunfador público que lo haya reconocido), que ha podido realizar todos los propósitos que se ha planteado y que ya hemos nombrado en esta columna; su madre sin embargo dice al principio que lo que ella quería para Woody era que se convirtiera en farmacéutico. Pero el hijo le salió díscolo y se dedicó a otros menesteres; aunque bien mirado, quizá ni siquiera haya sido Woody Allen un farmacéutico frustrado, pues en el fondo no se ha dedicado a otra cosa que a extender recetas para el alma desde que comenzase a mandar sus primeros chistes para el periódico, recién entrado en la adolescencia. Por suerte no solo para él sino también para nosotros.

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.