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Categoría: Actualidad
Gobierno central

Uno de los grandes atractivos de las palabras es su condición de recipientes polisémicos; otro, la exigencia que plantea ese abanico de naipes significativos para elegir el más adecuado —no necesariamente el más preciso, si tal no es el efecto deseado— o para no elegir ninguno; como bien saben los músicos y los poetas, a veces la omisión de alguna(s) nota(s) o palabra(s) otorga más fuerza a la frase musical o lingüística, que se habría visto lastrada de haberse incluido.

El plan de actuación promovido por quienes sueñan con una Cataluña autista no ganará la guerra de la independencia, aun por medios ilegales, pero ha ganado la batalla del lenguaje, o una importante batalla. No hay ya información oral, titular de periódico o comentario en mesa redonda en donde no se añada, cuando el emisor se refiere al Gobierno, el adjetivo ‘central’. Dentro de poco hablaremos de Mariano Rajoy como <<el Presidente del Gobierno Central>>. Con la difusión masiva de esta adición innecesaria los soñadores han conseguido, al menos, tres cosas: quebrar una antigua costumbre (la costumbre también es fuente del derecho); agregar otro elemento con el que apuntalar el hecho diferencial; y, sobre todo, dar la vuelta a la jerarquía entre ambos gobiernos, el del Estado y el Catalán, obligarse al del Estado a arrodillarse. Pues si se diera una posible confusión informativa porque se esté hablando de ambos gobiernos en una noticia, al que habría que distinguir, como ocurre en cualquier rama de la ciencia (ciencias naturales, sociales, políticas), sería al catalán, que es el accidente del todo, la rama del árbol, y no al revés. El Gobierno de España (también de Cataluña) es el Gobierno, y adosarle el adjetivo lo minora.

Se trata de una victoria psicológica, tanto más efectiva cuanto que inadvertida o aparentemente banal. Pero no podemos olvidar que el uso reiterado del lenguaje crea realidad, y eso es justamente lo que los soñadores quieren: una realidad distinta.

(El Norte de Castilla, 21/9/2017)

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Rusia

Hace cien años que Rusia se proclamó república, poniendo así fin a un imperio de salones, chorreras y arañas de cristal cuyo rigor esencial, sin embargo, se mantiene hasta hoy, pues forma parte indisoluble de ese ente misterioso y sugestivo que se dio en llamar alma rusa. La fascinación que despierta (la historia de) Rusia es la fascinación que despiertan las contradicciones, y en este sentido no hay otra nación que mejor simbolice/sintetice el siglo XX, esa contradicción coagulada entre la Primera Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlín.

Rusia —y tómese Rusia como sinécdoque de la U.R.S.S., que es como el inconsciente colectivo la tomó en el siglo pasado y aún la sigue tomando— quiso con Lenin materializar una utopía de más de veinte millones de kilómetros cuadrados, y he ahí la contradicción de base de la que podrían derivarse las demás, si no fuera porque las demás son anteriores a Lenin y serán posteriores a Putin, pues no solo transmigran las naciones sino el alma del pueblo que les da vida. Rusia es capaz de donar 27 millones de compatriotas para detener al nazismo y después purgar a más de veinte millones en el archipiélago del Gulag; Rusia conjuga el formalismo más depurado con la emoción más visceral (Eisenstein), el folclore estepario con la poesía futurista, las acuarelas de veleros al pastel con la geometría estricta de Kandinsky o el blanco al cuadrado de Malévich; Rusia es el religioso que no tiene religión, el estoico melancólico, el físico trascendente. Solo un fatalismo que no se resigna y que excede el carácter, algo anclado en el alma, invisible pero tan real, si no más, que eso que llamamos realidad, es capaz de sobreponerse a un cataclismo de la magnitud de la disgregación de la U.R.S.S. y el aterrizaje brutal del capital sin freno.

Con el cambio de siglo llegó Putin, y una república con Putin como jefe de Estado es una contradicción que, ay, acaso ni Rusia sea capaz de conciliar.

(El Norte de Castilla, 14/9/2017)

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Jerusalén Este

¿Hasta dónde nos tenemos que remontar? ¿Quién fue el primer agraviado? Suponiendo que al menos se llegase a concordar el origen de la discordia, ¿quién, desde entonces, ha sufrido más daño? ¿Y cómo evaluarlo, si en gran medida el propio concepto de daño conlleva un componente espiritual, esto es subjetivo? Por otro lado, ¿cómo intentar ayudar a quien no se quiere dejar? Netanyahu habla —o hablaba antes de Trump— de la <<animadversión>> que el Consejo de Seguridad de la ONU profesa hacia Israel (desde la elección del magnate devenido presidente, se ha anunciado la construcción de 566 viviendas en Jerusalén Este, y están pendientes de aprobar otras 11.000). Pero la animadversión es un lujo que solo se puede permitir el fuerte; Palestina en cambio implora un árbitro, pero nada asegura que, de aceptarlo Israel, fuera a respetar tampoco lo acordado, en primer lugar porque casi seguro no la dejasen, independientemente del contenido: Abbas es la piñata a la que golpean quienes tiene delante y muchos de quienes se supone lo sostienen. Los menos belicosos de entre sus apoyos niegan de entrada la existencia de Israel, y el tener como contrapeso nuclear “aliado” a Irán es algo que limita las iniciativas al más audaz.

Hemos mencionado Jerusalén Este. Acaso sea la metonimia que sintetice mejor el conflicto. En la reciente conmemoración del medio siglo de la Guerra de los Seis Días en lo único en que los discursos oficiales de uno y otro lado —firmes pero no incendiarios— señalaban como innegociable era la soberanía sobre JE (que en el caso de Israel implica, por descontado, también la de la zona oeste). Si Israel lleva décadas ignorando las resoluciones condenatorias de la ONU, si considera que la ciudad le pertenece, que es su derecho divino —y por tanto defenderla su obligación—, y si Abbas está dispuesto a ceder —suponiendo le dejasen, insisto— máximo hasta la capitalidad de Jerusalén Este… El futuro es hoy, y hoy han sido los últimos 50 años.

(El Norte de Castilla, 29/6/2017)

@enfaserem

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Frances McDormand

La con casi seguridad actriz más honesta —y el adjetivo no es paradójico: también fingiendo se puede o no ser honesto— y versátil que haya dado el cine en los últimos treinta y cinco años cumple sesenta y lo hace con la misma discreción que siempre ha caracterizado su trabajo. Posee la Triple Corona de la Actuación (Oscar —cine—, Tony —teatro—, Emmy —televisión—) y, más importante, se halla en plenitud de facultades y motivada; sin embargo, su presencia ha ido disolviéndose hasta quedarse estancada en un limbo o purgatorio de papeles como limosnas, no indignos pero ni mucho menos a la altura de su talento. Y es que ella todavía se puede permitir decir que no. McDormand ha tenido la suerte de haber mantenido durante toda su carrera un feliz matrimonio artístico con Joel Coen, que le ha regalado un abanico de roles memorables, principales y secundarios, y nada hace sospechar no se los vaya a seguir regalando. Otras sin embargo no tienen tanta suerte. No hace mucho conocíamos el caso de la extraordinaria Dianne Wiest, obligada a embalar su par de Oscars en una caja de cartón y cambiar de apartamento porque no le alcanza para el alquiler (Wiest mantenía también un fructífero matrimonio artístico, con Woody Allen, pero llegó a su fin en el 94).

Es triste que al doblar los cincuenta las actrices (y también los actores, aunque indudablemente en menor grado) de cine se den cuenta de golpe de que ya no las quieren. Y es triste sobre todo porque es una edad que ofrece una riqueza dramática enorme, al conjugar la experiencia con el dinamismo. ¿No hay guionistas interesados en explorarla? ¿Son los productores quienes se niegan? ¿Es que el cupo solitario de Meryl Streep basta para limpiar la conciencia —si la tienen? Citar a Streep como excepción se ha convertido en un cliché, pero como dice Neil LaBute muchos clichés han llegado a serlo por demostrarse ciertos repetidas veces. Aparte, el caso/Streep demuestra algo más importante: que sí se puede.

(El Norte de Castilla, 22/6/2017)

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Democracia/40

Tuvimos cuarenta años de dictadura y ya llevamos cuarenta de democracia. ¿Qué ha quedado de aquella incertidumbre ilusionada, de aquella fe inédita en no se sabía muy bien qué? La UCD, vencedora de los comicios, ha muerto; el PSOE, segunda fuerza, se halla sin brújula ideológica ni estructura de partido, sostenido solo por la inercia más recalcitrante, y el PCE, como la UCD. Son los herederos de AP, cuarta fuerza en el 77, quienes gobiernan, pero este cuadro no tiene otro valor que el de nota al pie (en realidad, el que se hayan producido cambios debería verse, en principio, como un síntoma saludable, valga la contradicción). Tampoco la merma de la participación es lo esencial: lo esencial es que entonces se votaba a favor y ahora se vota a la contra (salvo los aludidos que se resisten a bajarse del caballo de la inercia, sean de la marca que sean).

Para muchos de entre quienes nacimos al alimón del cambio este desencanto nos llegó con la mayoría de edad, justo en la época en que comenzábamos a forjarnos políticamente, al destaparse la caja de Pandora del terrorismo de Estado y la corrupción. No importaban tanto las siglas de la marca ejecutante como el hecho en sí, que sugería una podredumbre estructural, intrínseca. Cierto: no era justo meter a todos los actores del ruedo en el mismo saco —aunque más tarde se ha visto que la corrupción no era exclusiva, ni mucho menos, de una marca sola—, pero el panorama resultaba tan detestable que una verdadera ilusión democrática se inhibió antes de llegar a florecer (ojo: ilusión, no interés; el no votar no ha de suponer indiferencia). Falta de ilusión que se ha extendido a no pocos de los que una vez la tuvieron, y hoy, con los 40 cumplidos, la democracia en España está atravesando una crisis de la mediana edad que necesita de urgencia un gabiente psicológico/político que le haga un análisis a fondo; en caso contrario, corre el riesgo de enquistarse/oxidarse hasta un punto de no retorno.

(El Norte de Castilla, 15/6/2017)

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Palabras violadas

Al margen de las formas puramente físicas —esos índices acusadores al señor sentado en la bancada de enfrente; esos ademanes como golpes de kárate para puntuar su parlamento; esas sonrisas de desdén, tan falsas que acuden a sus rostros antes de que hayan terminado de escuchar aquello de lo que han comenzado a mofarse—, muchas veces tan ilustrativas, si no más, que lo que dicen, si hay algo que descorazona y enerva de la gran mayoría de las intervenciones orales de la clase política es la facilidad con que prostituyen el sentido más básico de las palabras.

La palabra es punto de encuentro entre quien habla y quien escucha, mano tendida y apretada, sinapsis de voluntad y aceptación. Y para que la conexión se produzca, ha de haber un pacto previo, implícito, que constate el contenido de lo que se transmite, la carga semántica, su valor comunicativo. Por supuesto, las palabras tienen sentidos plurales —esa es su gran riqueza y misterio—, y se les puede dar otro distinto al literal o más común, incluso el opuesto. Pero no hablamos aquí de ironía (de la que los políticos carecen) ni de los otros muchos recursos expresivos que la lengua ofrece; cuando el político habla, lo hace justamente en esos sentidos mencionados, el literal, el directo, el más común: tanto él como quien le escucha tienen una idea similar de a qué se está refiriendo. La violación del pacto es pues más obscena, por evidente, y más grave, por referirse con frecuencia a conceptos medulares para articular la convivencia.

La violación de este pacto implícito ha alcanzado su epítome más triste con las embestidas separatistas del señor Puigdemont. Para Puigdemont las palabras <<respeto democrático>> significan algo que a muchos nos resulta su opuesto. Así con <<independencia judicial>>. O con <<autonomía>>. Acaso lo que haga falta para deshacer el entuerto sea poner a Lázaro Carreter de árbitro parlamentario, con sus dardos preparados. Solo que —ay— eso ya no es posible.

(El Norte de Castilla, 8/7/2017)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.