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Categoría: Columnas opinión
Charles Manson

Varias cabeceras han definido, en el anuncio de su muerte, a Charles Manson como <<asesino en serie>>. No lo fue. A Manson se le colgaron siete asesinatos <<por proximidad>>, pero la ejecución material la llevaron a cabo los adláteres que componían su familia, que el jurado consideró <<una extensión>> del propio Manson. Manson, pues, fue condenado por una suerte de ósmosis. No es un matiz baladí, ni jurídica ni informativamente. Claro que, ¿qué tiene más gancho, el estudio etiológico/psicológico de los participantes o las pintadas sangrientas en la pared que escupen de <<cerdos>> a los asesinados?

Y es probable que la etiológica/psicológica sea la más fascinante arista de un caso que no carece de ellas. Si uno repasa los acontecimientos previos a las noches Tate/LaBianca, no puede dejar de asombrarse del magnetismo que debía de irradiar Manson, un Hamelín pequeño, enclenque y sucio capaz de convencer de los actos más atroces o banales a cuantos le salieran al paso, personas inteligentes que como por ensalmo se veían transmutados en autómatas obedientes. Más que un psicópata sádico fue un psicótico delirante que sublimó vilmente su frustración artística con la eliminación de quienes consideraba indignos de estar donde estaban; quiso reparar una injusticia cósmica, pues no soportaba que su descomunal talento no recibiera el crédito que merecía, la mansión con piscina y la legión planetaria de fans. Lo otro —la inminente guerra racial, los mensajes satánicos cifrados en los surcos del ‘Álbum Blanco’ de Los Beatles, el predicarse el diablo redivivo…— no son sino atrezo de humo que enmascara una esencial impotencia y frustración, y si no pudo tenerla planetaria, recolectó y programó a una legión de soldados letales. No un logro menor. Como no lo es el que hoy lo ubiquemos en esa categoría de huéspedes variopintos conocida como ‘icono pop’, junto al Ché Guevara o Marilyn Monroe. Pero esta es otra arista que requeriría más espacio.

(El Norte de Castilla, 23/11/2017)

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Simbólico

Se han hecho muchas risas a costa de la calificación que Carme Forcadell de la Declaración Unilateral de Independencia como <<simbólica>>, sobre todo en el sentido de verle las (o)rejas al lobo carcelario. También Ada Colau, poco antes, había declarado que si Catalunya en Comú-Podem (o como sea que al final se denominen) se lo pedía, concurriría en las listas en puesto <<simbólico>>. Nos hemos internado así en terreno harto pantanoso, uno que con el procés aún no habíamos hollado. Tanto Forcadell como Colau —y la casi totalidad de agentes y figurantes de cualquiera de los bloques, incluido el bloque mediático— reducen el símbolo a sinónimo de insignificante, de brindis vacío al sol.

No debería desdeñarse el poder real del símbolo. Como explicara Lévi-Strauss, ¿qué es la cultura sino un conjunto de sistemas simbólicos —lenguaje, ciencia, religión…? En un plano concreto, individual, el símbolo es justo lo opuesto al recipiente vacío que se ha dado a entender. El símbolo (significante) remite, de forma más o menos indirecta, a un significado que no está nunca delimitado del todo, con un componente a veces mítico que le otorga una fuerza extra capaz de alcanzar al hombre sin que este sepa muy bien cómo. En política el epítome del símbolo es la bandera, como sin duda dos nacionalistas como Colau y Forcadell saben muy bien; en puridad, solo un trapo de colores arbitrarios; tomado globalmente, un agente capaz de desencadenar guerras fratricidas. Por supuesto, el símbolo por excelencia es la palabra, y el que las pronunciadas en el acto de la DUI no tengan efectos jurídicos y las pronunciadas ante el juez sí no hace sino incrementar su efecto: la DUI se hizo, se puso en escena (símbolo icónico), y al renegar obligadamente luego de ella, Forcadell, acaso sin saberlo, la ha afianzado en el pecho nacionalista con, si cabe, mayor fervor.

¿Solo un símbolo? Por símbolo del americano hecho a sí mismo ganó Trump las elecciones, no por político.

(El Norte de Castilla, 16/11/2017)

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Acuso acoso

El ‘Weinsteingate’ ha despertado la memoria colectiva con la potencia de una magdalena proustiana atómica. Como fichas de dominó varios nombres de portada han seguido al otrora capo de Miramax, desde un Kevin Spacey acusado por un supuesto abuso ocurrido hace casi una década hasta un octogenario Dustin Hoffman por unas insinuaciones que datan del 85 y el 91. Pero la Babilonia cinematográfica no es el único lugar donde poder y sexo se alían como una serpiente de dos cabezas: hasta en el exquisito Parlamento británico la serpiente ha plantado algunos huevos, llevando uno de ellos a Michael Fallon a dimitir como ministro de Defensa por poner la mano <<repetidas veces>> en la rodilla de una periodista durante una cena en 2002, y por dejar de hacerlo cuando se le pidió; la propia afectada ha manifestado su sorpresa: <<No creo que dimita por mi rodilla>>. Que muchas de las acusaciones vertidas a otros colegas se hayan probado falsas tampoco ha contenido a Fallon: reconoce que hubo mano en la rodilla y por eso dimite. No entraremos a valorar si este harakiri no pedido resulta excesivo; pero al menos se debe a un hecho con certeza acontecido. Los otros citados es probable que también, pero hasta el momento solo constan las acusaciones, que en la mentalidad americana —y no solo en la americana— sobran como prueba cuando hay sexo de por medio. Los acusados han sido ya no solo relegados al ostracismo social del gremio sino también al laboral —despidos y cancelaciones de contratos—, y así, previo al proceso judicial, se han visto obligados a reconocerse culpables de unos hechos que no recuerdan, con la esperanza de intentar lavar su nombre y minimizar daños futuros.

Antes de ondear la bandera de la ira debería hacerse un ejercicio, si no de estoicismo, al menos de paciencia. ¿Es que hemos perdido —justamente— el juicio, la perspectiva más básica de los derechos humanos, garantes de la dignidad? Lo que primero hay que acusar es el acoso a la razón.

(El Norte de Castilla, 9/11/2017)

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Días-de

Si no me fallan los dedos, la ONU ha conseguido la nada despreciable hazaña de embutir en el calendario más de ciento cuarenta días-de, entre internacionales y mundiales (aunque los proponen órganos distintos, en la práctica la diferencia es nula, y por tanto la discriminación léxica absurda, otro ejemplo del uso laxo, confuso y con frecuencia reiterativo que hacen del lenguaje las instituciones con sustrato político). La lista está abierta a nuevas adhesiones, y ya hoy ciertas fechas apiñan más de un día-de. Como siga la fiebre, habrá que meterle más meses al calendario y diseñar años de cuatrocientos días o así, con perdón de Galileo.

Las nominaciones de los días-de abarcan un espectro tan variopinto como intrigante, de lo más específico a lo más general. Día Internacional de la Lengua Materna, de la Vida Silvestre, de Reflexión sobre el genocidio cometido en Ruanda, de la Gente de Mar, contra el Cáncer… Hay hasta un Día Mundial del Retrete y un Día Internacional de la Felicidad (20 de marzo), acaso el más sorprendente: ¿cómo obligarse a ser feliz, incluso aunque la ONU te lo recomiende? Se trata de <<sensibilizar>> al pueblo de problemas acuciantes —el de los retretes no es baladí—, y también, en menor proporción, de informar de las bondades posibles de ciertas disciplinas (practicar yoga, escuchar jazz) o de reconocer la labor de algún colectivo.

Todo lo cual está fetén, si no fuera porque la saturación fomenta el hastío, y el hastío la indiferencia y hasta el rechazo. Además, la inclusión de ciertas nominaciones cuando menos dudosas devalúa aun más la repercusión que pudieran despertar las que merecen atención —criterio este también poroso y discutible, pero para el que la respuesta intuitiva a la propuesta suele resultar válida—. Ver el calendario acribillado de fechas señaladas le deja a uno la sospecha de que muy poco van a cambiar las cosas, y de que la mera mención justifica el tinglado. Total, el mundo sigue girando.

(El Norte de Castilla, 2/11/2017)

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Luto encendido

La reciente muerte del actor mayúsculo que fue/es Federico Luppi ha prendido la siempre en alerta indignación de los justicieros sociales, que no han respetado ni veinticuatro horas de luto para saturar el éter digital con los dardos amarillos de los pecados, delitos y faltas que jalonaron, al parecer, la vida de FP. Al otro lado del Atlántico, es decir al pie del Pacífico, la bola de nieve de acusaciones por agresiones y abusos sexuales ha sancionado a Harvey Weinstein como el demonio oficial de la todavía meca del cine. (Y decimos sancionado porque el demonio, como el rey, estaba desnudo y todos lo sabían, pero seguían inclinándose a su paso, no se le fuera a caer un papelito secundario o una propuesta de dirección.)

¿Fue Luppi un manirroto, financiera y físicamente? ¿Empleó Weinstein tácticas mafiosas para promocionar sus películas, violó a aspirantes a y a actrices? Los justicieros sociales ya han dictado sentencia, y el que tengan o no razón no es lo que debería preocupar (casi seguro la tengan y las pruebas lo demuestren, aunque para los justicieros sociales el hecho y el rumor sirven como dardos por igual): lo que debería preocupar es el ansia vengativa y farisaica; es como si estuvieran resentidos por el talento o el éxito del célebre, como si supusieran una afrenta personal y el hecho de descubrir sus miserias íntimas los reafirmase en la convicción de que no son, ni mucho menos, mejores que ellos, y que la miseria íntima invalida los logros públicos que hubieran podido alcanzar.

Pero ¿quién no guarda algún cadáver en el armario? ¿A quién no lo han acosado los fantasmas al apagar la luz? Esas debilidades y acciones son inherentes al hombre, volcanes que pueden erupcionar. No digo ya mostrar compasión por el caído, pero sí algo de comprensión global. Si Weinstein violó y se prueba, que vaya a la cárcel y cumpla. Y sí, uno lo siente mucho, pero no le cabe duda de que volverá a revisar Pulp Fiction u Hombres armados.

(El Norte de Castilla, 26/10/2017)

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La pela

Mientras Puigdemont deshoja la margarita del sí y del no, los tenedores de la pastizara ya han decidido que, por si acaso sí, mejor comenzaban a moverse ya. Los tenedores de la pastizara saben bien que tiempo es dinero, y que arriesgar capital es necesario si se quiere crecer pero que tampoco es cuestión de apostar contra uno mismo: en definitiva, como siempre se ha dicho en Cataluña, o como siempre se ha dicho que se ha dicho en Cataluña, la pela es la pela, y ante la pela no hay margarita que valga. Algo que parece se les ha olvidado a los promotores intelectuales del desafío, quizá por lo básico del principio —lo básico es con frecuencia lo que pasamos por alto—, quizá porque daban por supuesto que la estructura ideológica arrastraría la estructura económica, cuando la historia ha demostrado que es al revés, o quizá porque <<la pela es la pela>> les parecía un cliché indigno de tan alto empeño. Pero pese a los ideológos del futuro y a los estetas exquisitos, si una sentencia o pensamiento ha pasado del plano de la anécdota u ocurrencia al del cliché, suele deberse a que se ha demostrado verdad recurrente. Cliché archisobado en el cine de acción/FBI es que el malo fume; si un tipo enciende un cigarrillo durante un interrogatorio al sospechoso, sabemos al punto que se trata de un infiltrado, por mucha identificación del FBI que le cuelgue de la solapa. Con la pela igual. <<Denme un punto de apoyo y moveré el mundo>>, dijo el griego. Ese punto de apoyo es la pela. Y lo ha sido desde el griego y lo será hasta siempre, y si no, que Puigdemont le pregunte a su chófer. Puigdemont y Cía. pensaron que bastaba con hacer de la legalidad una herramienta a voluntad (este artículo me gusta, este no y me lo salto) y sacar pecho. Ahora duda, recapitula, se pregunta si no habrán comenzado la independencia por el tejado, y si el tejado no tendrá goteras. ¿Dejará Cataluña el euro y volverá a la pela? Esta es la cuestión que late en cada pétalo.

(El Norte de Castilla, 19/10/2017)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.