El Norte de Castilla
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Categoría: Columnas opinión
Segunda Enmienda

La Segunda Enmienda —en la parte que se refiere al ciudadano, el no infringir su derecho a poseer y portar armas— es aludida cada vez que un iluminado de las tinieblas transmuta en fuego su frustración contra el Otro, que por supuesto no es otro que él mismo, solo que con otra vida; en lugar de pegarse un tiro o de pegárselo a una pirámide de botes de sopa Campbell‘s, cosas contra las que nada habría que objetar —siempre que los botes fueran tan suyos como su vida—, esparce su furia confusa con quienes más a tiro le quedan, cosa contra la que obviamente si hay. Pero ¿cómo? La posición mundial anti- es una mezcla casi invariable de indignación, incomprensión y condena, una lectura sentida y honesta que sin embargo se silencia ante el obstáculo, aparentemente irremediable, del <<genético>> radicalismo liberal de la mentalidad americana, que la intocable Segunda Enmienda sanciona y no menos simboliza.

Y ¿por qué intocable? En asuntos de leyes el cuándo importa tanto como el qué. El arma ejecutora del tirador de Parkland es capaz de emitir 30 balas en menos de 60 segundos (aparte, se puede adquirir por internet —véase la por otro lado discutible Elephant, de Gus Van Sant—, y hay tutoriales en You-Tube que explican en sencillos pasos cómo sacarle el partido más eficaz): este es un hecho. Otro es que la Segunda Enmienda data de 1791; entonces, cargar y disparar un mosquete o un trabuco era una empresa lenta y torpe (torpeza agudizada por el nerviosismo), y la precisión menos fiable que la de una escopeta de feria. Los lindes de la parcela propia eran asimismo porosos, y la función, mayoritariamente defensiva, caninamente territorial, no atacante.

Hoy la tecnología armamentística se halla a una distancia plutónica. La ley, sin embargo, sigue como inscrita sobre piedra. Esto en el país que polariza el mundo como ningún otro. Es como si defendiesen —tres de cada cuatro, ojo— el derecho de pernada empresario/trabajadora.

(El Norte de Castilla, 22/2/2018)

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(Efi)ciencia

Primero fue Homero; luego, Cicerón, pues el latín era un fósil casi tan carcomido como el griego, y al cabo cayeron el resto de las humanidades, minuciosa, metódicamente, como quien arranca de la margarita inocente los pétalos uno a uno. Lo que en ellas se enseñaba era (es) prescindible, quien quiera saber quién fue Homero que lo busque, quien conocer la pintura que vaya a un museo. Al fin y al cabo, a todos los niños se les enseña a leer y a escribir, o no. (Bueno, digamos que sí.) Y llegados a este punto, uno podría pensar que al menos las ciencias fuera de las humanidades saldrían reforzadas, siquiera por ocupar el hueco dejado.

Solo al principio. Si el latín era un fósil, las ciencias puras y exactas tampoco perros de caza; el propio adjetivo lo dice: puro, sin aplicación práctica. Y también a todos los niños se les enseña a sumar y a restar, ¿no? (Bueno, sí, digamos que sí, sí.)

Toda la cuestión educativa se reduce pues a una medición de la practicidad, de la utilidad <<real>>. Hay que enseñar las cosas que le van a pedir al alumno cuando termine, ni una más; hasta las materias más útiles pecan de conceptos y teorías suprimibles. No es solo lógico sino moral el suprimirlas.

Más bien mortal, pero ningún preboste educativo parece querer verlo. Luego subimos otro peldaño, quizá el peldaño irreversible, y este pensamiento <<práctico>> ha alcanzado hasta a la investigación científica. La fuga de cerebros puede tener mucha gracia en cine (o no), pero fuera de él desde luego que ninguna. Ni inversión privada ni presupuestos públicos se ocupan de dotar de las condiciones mínimas para investigar con ciertas garantías, y España es así un avispero que crea genios y les da la patada. Que investiguen otros. Es la borricada de don Miguel de Unamuno en versión 2.0. Confunden eficacia y utilidad —y sí, también riqueza— con inmediatez tangible: no es ya una visión cortoplacista sino sencillamente ceguera. Una distinta de la de Homero.

(El Norte de Castilla, 15/2/2018)

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Solitarios

La soledad del corredor de fondo es, además de un buen título, una imagen que concentra y revela la condición esencial/existencial del hombre: nos miramos, nos oímos, nos hablamos, nos tocamos incluso, interactuamos unos con otros de manera virtual o no virtual (ambas son reales: la expresión <<realidad virtual>> es pleonástica), pero en el fondo no dejamos de ser islas huxleyanas, solitarios que en última instancia no tienen otro lugar al que asirse que sí mismos. Sí, nos miramos; pero nos vemos menos; sí, nos oímos, pero mucho menos nos escuchamos; y con frecuencia el tacto nos hace sentir solo presión, solo mano pero nada más allá o detrás de la mano.

Lo que no quiere decir debamos fomentar el aislamiento, hacer la isla particular de cada uno más lejana, más perdida. La compañía, o la compañía adecuada, hace bien, siquiera porque nos sacude por un rato, o a ratos de un rato, del solipsismo, consciente o no, que arrastramos. Y porque se puede aprender algo, y hasta recibir la brisa de la sorpresa si uno se abandona de verdad. La epidemia de soledad de la que hablan, epidémicamente, los medios estos días ha de recordarse pues que se produce cuando una isla quiere comunicar con otra y la conexión no se produce. Y que no se ciñe solo a los viejos, como el discurso buenista —buenista y a veces ventajista— quiere hacer creer. De hecho los viejos, por haber vivido más y tener más cansada el alma, suelen aceptar la soledad con mayor entereza o naturalidad, como la última etapa de un camino que en buena medida ya han recorrido: por lo menos todavía siguen aquí, no como otros tantos conocidos, tampoco va a ser entonces cuestión de quejarse. Y por cierto que el cultivar la soledad, sea o no corriendo maratones, no debería considerarse, salvo llevado al extremo, preocupante. Si se cultivase más a lo mejor empezábamos a escucharnos.

Ahora el Reino Unido instaura una Secretaría de Estado Contra la Soledad. Suena a ministerio orwelliano.

(El Norte de Castilla, 8/2/2018)

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Woody, pederasta

<<El pasado no ha muerto. Ni siquiera ha pasado>>, escribió William Faulkner. Que se lo digan a Woody Allen. ¿Hasta dónde va a llegar la bola de nieve flamígera de ese grupo informe, transfronterizo y airado de los llamados justicieros sociales? ¿Habrá algún día en que se detenga, o hemos cruzado un Rubicón de no retorno? La sombra de la duda lleva acechando al cineasta de Brooklyn desde hace un cuarto de siglo, y ahora, alimentada por una plaga insomne de cazadores de brujas, se ha hecho cuerpo y amenaza con poner fin a su carrera, algo que solo la muerte parecía iba a ser capaz. Y si nos referimos a la carrera es porque el trabajo de un hombre, cuando tiene la verdadera condición de tal, es su vida: tanto como el amor o sus creencias religiosas. Mucho más en el caso de Allen. No se trata siquiera de la disyuntiva entre quedarse con el artista o quedarse con la obra, pues es evidente que todos guardamos cadáveres en el armario y los artistas no tienen por qué ser una excepción; si solo pudiera apreciarse el arte de los santos, no habría arte que apreciar. Se trata de algo más esencial, que atenta contra el que es quizá el principio donde derecho y moral se anudan más naturalmente, la presunción de inocencia. Hubo una investigación (hubo dos) y se desestimó la denuncia; hubo pues una decisión judicial, y desdeñarla de esta forma es una osada muestra no solo de desdeñar al juez —y por tanto a quienes testimoniaron sobre la fragilidad de la denuncia, entre ellos el hermano de la ¿abusada?—, sino de desdeñarse a uno mismo. ¿Se le ha ocurrido a alguno de los justicieros sociales ponerse en la piel del cineasta? ¿No querrían entonces que se respetase su inocencia a falta de pruebas? Porque tampoco se trata de <<creer>> o no creer en Allen, se trata de defender unos principios sin los cuales los justicieros no podrían, entre otras cosas, vomitar su furia.

(El Norte de Castilla, 1/2/2018)

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Multinacionales gobernantes

Ahora que los estados han dejado de ser territorios soberanos dotados de órganos de gobierno para convertirse en marcas, bien puede considerarse a las grandes multinacionales gobiernos de un estado sin fronteras, gobiernos de territorio global/virtual con su propia jerarquía administrativa y sus propias reglas de funcionamiento. La única diferencia sustancial con los partidos territoriales es que las multinacionales no convocan a la clientela periódicamente para que corroboren o repudien su gestión, sino que la vigilancia que ejerce el cliente es continua, lo que exige a las multinacionales un autoanálisis también continuo, y una renovación de y en los productos ofertados (que esta suela ser apenas una modificación cosmética es otro tema) tan frecuente como sea posible. <<Renovarse o morir>> es la máxima que rige la actuación de estos plurigobiernos, sabedores del ansia insaciable de novedades que tiene el cliente. La otra máxima esencial es que la oferta crea la demanda, y de este modo ellos mismos son los que incentivan el ansia del consumidor, lo que al tiempo repercute en su labor, una manera de obligarse a no dormirse en los activos alcanzados. Y que no pare la rueda.

Quizá ningún gobierno como el gobierno Apple haya llevado más lejos esta filosofía, según les gusta decir. Al extremo de pasar la rueda de rosca. No solo no dejan de ofrecer sino que lo que ofrecen nace condenado, con fecha de caducidad incorporada, para que, por si las dudas, el cliente tenga a la fuerza que votarles otra vez. El casi monopolio absoluto corrompe casi absolutamente. El objetivo es mantenerse en la cima, al precio —literalmente— que sea, y si para ello hay que retorcer la verdad un poco (solo un poco y por omisión), bueno, es en realidad en beneficio del cliente. Funcionan pues como cualquier dictador, que también se veían obligados a veces a tomar decisiones pelín desagradables, un pogromo aquí, una censura allá, pero solo por el bien del pueblo.

(El Norte de Castilla, 25/1/2018)

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Artísticos millones

Desde el urinario de Duchamp sabemos que las dos notas para que un objeto pueda calificarse de artístico son que sea expuesto y que alguien pague por él como tal objeto de arte. Por tanto, el valor artístico de ese objeto tiene una faz doble, a la vez contradictoria y complementaria: la faz estética y la faz económica. El urinario de Duchamp, que es tanto <<ironiario>> como urinario, presenta escaso valor estético, por no decir nulo, pero en el plano económico un valor incalculable, y por tanto también incalculable es su valor artístico. ¿Qué indica esto del mundo del arte? Lo primero, que si existe una jerarquía entre las dos faces, es la económica la que mayor peso tiene; lo segundo, que el sentido estético es como un partido de fútbol: cada espectador ve lo que quiere ver; y lo tercero, que las conclusiones uno y dos son por todos —artistas, galeristas, marchantes, compradores— conocidas, y no solo conocidas sino incuestionables.

¿Incuestionables? <<Pagar 382 millones por un cuadro me parece una inmoralidad>>, ha dicho la coleccionista, mecenas y filántropa venezolana Patricia Phelps de Cisneros, en el reciente acto de donación de 202 obras de su colección a distintos museos de todo el mundo. El cuadro en cuestión —Salvator Mundi, de Leonardo da Vinci— no tiene nada que ver con la afirmación; de hecho, la valentía de esta radica precisamente, en gran medida, en que la obra a la que se refiere pertenece, como su autor, al canon de las intocables.

Pero con toda la honestidad y buena voluntad de doña Patricia, parece un poco ingenuo aliar dinero y moral. El capital no tiene otro punto de referencia que sí mismo; solo busca perpetuarse/multiplicarse, y su fuerza radica en que no tiene límites. Ante una cuestión moral el capital ni siquiera se encoge de hombros. Han sido 382 pero igual podían haber sido 3820. Y sí, se agradece que por lo menos haya alguien que haga notar la locura, pero es la locura no solo del arte sino del mundo.

(El Norte de Castilla, 18/1/2018)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
Columnas, reseñas, apuntes a vuelamáquina... El autor cree en el derecho al silencio y al sueño profundo.