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Gobierno central
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Eduardo Roldán | hace 16 minutos| 0

Uno de los grandes atractivos de las palabras es su condición de recipientes polisémicos; otro, la exigencia que plantea ese abanico de naipes significativos para elegir el más adecuado —no necesariamente el más preciso, si tal no es el efecto deseado— o para no elegir ninguno; como bien saben los músicos y los poetas, a veces la omisión de alguna(s) nota(s) o palabra(s) otorga más fuerza a la frase musical o lingüística, que se habría visto lastrada de haberse incluido.

El plan de actuación promovido por quienes sueñan con una Cataluña autista no ganará la guerra de la independencia, aun por medios ilegales, pero ha ganado la batalla del lenguaje, o una importante batalla. No hay ya información oral, titular de periódico o comentario en mesa redonda en donde no se añada, cuando el emisor se refiere al Gobierno, el adjetivo ‘central’. Dentro de poco hablaremos de Mariano Rajoy como <<el Presidente del Gobierno Central>>. Con la difusión masiva de esta adición innecesaria los soñadores han conseguido, al menos, tres cosas: quebrar una antigua costumbre (la costumbre también es fuente del derecho); agregar otro elemento con el que apuntalar el hecho diferencial; y, sobre todo, dar la vuelta a la jerarquía entre ambos gobiernos, el del Estado y el Catalán, obligarse al del Estado a arrodillarse. Pues si se diera una posible confusión informativa porque se esté hablando de ambos gobiernos en una noticia, al que habría que distinguir, como ocurre en cualquier rama de la ciencia (ciencias naturales, sociales, políticas), sería al catalán, que es el accidente del todo, la rama del árbol, y no al revés. El Gobierno de España (también de Cataluña) es el Gobierno, y adosarle el adjetivo lo minora.

Se trata de una victoria psicológica, tanto más efectiva cuanto que inadvertida o aparentemente banal. Pero no podemos olvidar que el uso reiterado del lenguaje crea realidad, y eso es justamente lo que los soñadores quieren: una realidad distinta.

(El Norte de Castilla, 21/9/2017)

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Rusia
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Eduardo Roldán | 15-09-2017 | 10:43| 0

Hace cien años que Rusia se proclamó república, poniendo así fin a un imperio de salones, chorreras y arañas de cristal cuyo rigor esencial, sin embargo, se mantiene hasta hoy, pues forma parte indisoluble de ese ente misterioso y sugestivo que se dio en llamar alma rusa. La fascinación que despierta (la historia de) Rusia es la fascinación que despiertan las contradicciones, y en este sentido no hay otra nación que mejor simbolice/sintetice el siglo XX, esa contradicción coagulada entre la Primera Guerra Mundial y la caída del Muro de Berlín.

Rusia —y tómese Rusia como sinécdoque de la U.R.S.S., que es como el inconsciente colectivo la tomó en el siglo pasado y aún la sigue tomando— quiso con Lenin materializar una utopía de más de veinte millones de kilómetros cuadrados, y he ahí la contradicción de base de la que podrían derivarse las demás, si no fuera porque las demás son anteriores a Lenin y serán posteriores a Putin, pues no solo transmigran las naciones sino el alma del pueblo que les da vida. Rusia es capaz de donar 27 millones de compatriotas para detener al nazismo y después purgar a más de veinte millones en el archipiélago del Gulag; Rusia conjuga el formalismo más depurado con la emoción más visceral (Eisenstein), el folclore estepario con la poesía futurista, las acuarelas de veleros al pastel con la geometría estricta de Kandinsky o el blanco al cuadrado de Malévich; Rusia es el religioso que no tiene religión, el estoico melancólico, el físico trascendente. Solo un fatalismo que no se resigna y que excede el carácter, algo anclado en el alma, invisible pero tan real, si no más, que eso que llamamos realidad, es capaz de sobreponerse a un cataclismo de la magnitud de la disgregación de la U.R.S.S. y el aterrizaje brutal del capital sin freno.

Con el cambio de siglo llegó Putin, y una república con Putin como jefe de Estado es una contradicción que, ay, acaso ni Rusia sea capaz de conciliar.

(El Norte de Castilla, 14/9/2017)

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Jerusalén Este
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Eduardo Roldán | 29-06-2017 | 12:06| 0

¿Hasta dónde nos tenemos que remontar? ¿Quién fue el primer agraviado? Suponiendo que al menos se llegase a concordar el origen de la discordia, ¿quién, desde entonces, ha sufrido más daño? ¿Y cómo evaluarlo, si en gran medida el propio concepto de daño conlleva un componente espiritual, esto es subjetivo? Por otro lado, ¿cómo intentar ayudar a quien no se quiere dejar? Netanyahu habla —o hablaba antes de Trump— de la <<animadversión>> que el Consejo de Seguridad de la ONU profesa hacia Israel (desde la elección del magnate devenido presidente, se ha anunciado la construcción de 566 viviendas en Jerusalén Este, y están pendientes de aprobar otras 11.000). Pero la animadversión es un lujo que solo se puede permitir el fuerte; Palestina en cambio implora un árbitro, pero nada asegura que, de aceptarlo Israel, fuera a respetar tampoco lo acordado, en primer lugar porque casi seguro no la dejasen, independientemente del contenido: Abbas es la piñata a la que golpean quienes tiene delante y muchos de quienes se supone lo sostienen. Los menos belicosos de entre sus apoyos niegan de entrada la existencia de Israel, y el tener como contrapeso nuclear “aliado” a Irán es algo que limita las iniciativas al más audaz.

Hemos mencionado Jerusalén Este. Acaso sea la metonimia que sintetice mejor el conflicto. En la reciente conmemoración del medio siglo de la Guerra de los Seis Días en lo único en que los discursos oficiales de uno y otro lado —firmes pero no incendiarios— señalaban como innegociable era la soberanía sobre JE (que en el caso de Israel implica, por descontado, también la de la zona oeste). Si Israel lleva décadas ignorando las resoluciones condenatorias de la ONU, si considera que la ciudad le pertenece, que es su derecho divino —y por tanto defenderla su obligación—, y si Abbas está dispuesto a ceder —suponiendo le dejasen, insisto— máximo hasta la capitalidad de Jerusalén Este… El futuro es hoy, y hoy han sido los últimos 50 años.

(El Norte de Castilla, 29/6/2017)

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Frances McDormand
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Eduardo Roldán | 23-06-2017 | 10:53| 0

La con casi seguridad actriz más honesta —y el adjetivo no es paradójico: también fingiendo se puede o no ser honesto— y versátil que haya dado el cine en los últimos treinta y cinco años cumple sesenta y lo hace con la misma discreción que siempre ha caracterizado su trabajo. Posee la Triple Corona de la Actuación (Oscar —cine—, Tony —teatro—, Emmy —televisión—) y, más importante, se halla en plenitud de facultades y motivada; sin embargo, su presencia ha ido disolviéndose hasta quedarse estancada en un limbo o purgatorio de papeles como limosnas, no indignos pero ni mucho menos a la altura de su talento. Y es que ella todavía se puede permitir decir que no. McDormand ha tenido la suerte de haber mantenido durante toda su carrera un feliz matrimonio artístico con Joel Coen, que le ha regalado un abanico de roles memorables, principales y secundarios, y nada hace sospechar no se los vaya a seguir regalando. Otras sin embargo no tienen tanta suerte. No hace mucho conocíamos el caso de la extraordinaria Dianne Wiest, obligada a embalar su par de Oscars en una caja de cartón y cambiar de apartamento porque no le alcanza para el alquiler (Wiest mantenía también un fructífero matrimonio artístico, con Woody Allen, pero llegó a su fin en el 94).

Es triste que al doblar los cincuenta las actrices (y también los actores, aunque indudablemente en menor grado) de cine se den cuenta de golpe de que ya no las quieren. Y es triste sobre todo porque es una edad que ofrece una riqueza dramática enorme, al conjugar la experiencia con el dinamismo. ¿No hay guionistas interesados en explorarla? ¿Son los productores quienes se niegan? ¿Es que el cupo solitario de Meryl Streep basta para limpiar la conciencia —si la tienen? Citar a Streep como excepción se ha convertido en un cliché, pero como dice Neil LaBute muchos clichés han llegado a serlo por demostrarse ciertos repetidas veces. Aparte, el caso/Streep demuestra algo más importante: que sí se puede.

(El Norte de Castilla, 22/6/2017)

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A la escucha
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Eduardo Roldán | 17-06-2017 | 12:09| 0

No es frecuente que una obra de trascendencia radical, en no pocos sentidos visionaria, quede oscurecida por otra obra aun mayor. Mucho menos, que las dos vengan firmadas —en los tres campos creativos más determinantes para el resultado final de una película: guion, dirección y producción— por la misma persona. Es lo que sin embargo le ocurrió a la cinta que hoy comentamos, que de haber sido realizada por alguien distinto, o en un tiempo anterior o posterior, siquiera uno o dos años, sin duda no cabría en esta sección, pues desde su estreno habría recibido un reconocimiento masivo. No es el caso. La conversación tuvo la mala fortuna de estrenarse el mismo año y de concurrir a la misma edición de los Oscars que El Padrino II, y así verse condenada a ese limbo neblinoso en el que solo reparamos cuando el azar nos pesca algo de él. Como decía la canción, ¿quién se acuerda del capitán Scott?

la-conversacionY es un destino que no merece. Nos hallamos ante una de las más grandes muestras de lo que el lenguaje cinematográfico es capaz de ofrecer, de cómo exprimir los elementos genuinos que hacen del cine el arte que es: ante todo, un arte de síntesis y de tono. La conversación aúna y destila esos elementos —organización espacial a través del encuadre; organización temporal a través del montaje (visual y sonoro; este último merecería por sí solo un artículo); interpretación; fotografía; etc.— con un equilibrio, una originalidad y un magnetismo tan intensos como los que pueden encontrarse en El tercer hombre. Ya desde el plano cenital de arranque nos atrapa: ¿qué son esas interferencias? ¿De qué habla esa pareja paseante en la que el ojo de la cámara termina por centrarse? Grabar a la pareja es el objetivo para el que Harry Caul (Gene Hackman, en la más contenida y a la vez más rica y emotiva de todas sus encarnaciones), experto en vigilancia y seguimiento, ha sido contratado por <<El Director>>, esposo de la mujer de la pareja grabada. Los saltimbanquis, los músicos callejeros, los niños como gritos de alegría hacen casi imposible rescatar la conversación, pero Harry, el profesional más reputado de la Costa Oeste, lo consigue con el uso simultáneo de tres grabadoras, cuyos registros luego empalma.

Conviene detenerse en Harry, pues los temas fundamentales de que trata La conversación —el capital, la falla existente entre apariencia y realidad— se concentran en él, y porque la cinta es también un estudio de cáracter profundísimo. Harry es un hombre que trata de escudarse del entorno que lo rodea tanto como puede. Igual que el arquitecto no puede pasear sin que su retina se pose automática en los edificios que encuentra a su paso, Harry, cuya ocupación es penetrar en la intimidad ajena, tiene un sexto sentido para detectar, allá donde va, todos los posibles agentes que podrían penetrar en la suya, y así actúa en consecuencia, pero en consecuencia deformada. El sexto sentido ha devenido paranoico, y a Harry le resulta imposible establecer un contacto personal fuera de las convenciones más escrupulosas o rutinarias: ni siquiera a su novia es capaz de confiarle detalles íntimos; la puerta de entrada de su apartamento cuenta con un candado triple y a todo el mundo asegura que no tiene teléfono. El único relajo que su paranoia se permite es tocar el saxo tenor —por otro lado, el más solitario de los instrumentos en jazz—.

coppolaEn cualquier caso, estas precauciones no lo pueden proteger por completo. (A lo largo de todo el metraje Coppola utiliza la metáfora visual de la separación/transparencia: Harry aparece detrás de escaparates, de ventanas, de cortinas traslúcidas, y viste siempre, llueva o no, un impermeable de plástico transparente que le da un patético aspecto de condón humano; incluso el propio apellido —Caul— alude a la membrana que envuelve la cabeza del bebé en el periodo de gestación. Con ello se sugiere la voluntad del personaje de mantenerse a distancia, así como la intemperie real a la que está expuesto.) Harry se define como <<un profesional>>, esto es, un ejecutor: alguien contrata sus servicios y él graba al objetivo y entrega las cintas lo antes y lo más limpias posible. Lo que haga el contratante —Gobierno, corporación, grupo de presión, particular— con el material grabado no le concierne; en este último encargo tenía orden de grabar a la pareja y de entregarle las cintas a El Director en mano, y solo a él. Cuando va a hacerlo, el ayudante/secretario (Harrison Ford) lo detiene e insiste que se las dé a él, El Director está reunido, más tarde se las hará llegar. Harry, profesional sin fisuras, se niega y marcha con las cintas, topándose al salir con la pareja que ha grabado: al instante la paranoia se dispara. En su estudio vuelve a escuchar la grabación y, tras refinar el sonido una y otra vez, consigue extraer de entre el ruido el siguiente, perturbador susurro: <<Él nos mataría si tuviera ocasión>>. Y como un géiser del inconsciente la culpa, un agente frente al que no caben alarmas ni candados eficaces, lo anega, merced al recuerdo de dos turbias muertes que tuvieron lugar cuando trabajaba en el Este a raíz de un material que él había tomado. Con el levantamiento del afecto enterrado se produce la reversión del protagonista. Harry quiere mantenerse al margen: no puede; la carga moral se impone y le lleva a romper con sus costumbres y a sumergirse en un entramado que quisiera no conocer, pero no tanto para resolver el misterio como para demostrarse a sí mismo que en efecto es inocente y carece de culpa, que su vida no es una completa, pulida farsa.

Además de la fina línea que separa realidad y apariencia, por los otros temas tratados —la impunidad del Poder, la paranoia, el uso deformado de la tecnología, la violación de la privacidad— se quiso ver en La conversación una denuncia indirecta, metafórica, del escándalo de las escuchas del Watergate. Pero el Watergate estalló en el 72/73, y Coppola tenía apuntalado el proyecto desde el año 66 (irónicamente, fue el éxito de El Padrino el que le permitió llevarlo a cabo). Fue de hecho el visionado de Blow-Up (Michelangelo Antonioni, 1966) el que le condujo a cerrarlo. La conversación, así, confirma una vez más la paradoja de Oscar Wilde: es la realidad la que imita al arte, y no al revés.

 

Ficha del film

Tít: La conversación (The Conversation)

Año: 1974

Dir: Francis Ford Coppola

Int: Gene Hackman, John Cazale, Cindy Williams, Harrison Ford

113 mins., color

 

(La sombra del ciprés, 17/6/2017)

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Sobre el autor Eduardo Roldán
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