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Categoría: Textos críticos
La poesía de Lezama Lima es buena para los pulmones

Escribo este artículo mientras tengo entre las manos un ejemplar de la Poesía completa de Lezama Lima, que acaba de publicar Sexto piso, en edición de César López. No me extraña que Sexto piso edite a Lezama Lima, pues la colección de poesía de esta editorial mexicana y española es una de las más exigentes y novedosas de la actualidad. Y Lezama se dirige siempre a un lector exigente –un lector macho, decía Cortázar- y refractario a lo manido y previsible. Hermoso en el continente, con un círculo deslumbrante de Kenneth Noland en la portada que nos atrae a abrirlo como un imán inevitable, la edición respeta hasta tal punto al poeta que su prefacio aparece como epílogo, al final del libro, para no inmiscuirse en la lectura entre autor y lector. Ninguna nota que interrumpa el discurso del verso, diáfano lo escrito en un papel y una tipografía que denota el respeto hacia el autor editado. Y leemos de nuevo a Lezama. ¿Cómo nos sonarán ahora sus sonetos y sus décimas fulgurantes, engarzados en esta nueva vida nuestra? , ¿seguirán sus imágenes hechizándonos con sus conjuros secretos en Enemigo rumor?, ¿volveremos a sentir su respiración en el oído mientras nos emocionamos leyendo Fragmentos a su imán? Acudimos al libro como lo haríamos a una cita con un viejo amigo, que no sabemos si vamos a reconocer o si él nos reconocerá a nosotros. Y le encontramos allí, en cada uno de sus versos, desde “La muerte de Narciso”, su primer poema publicado en 1937, hasta sus últimos poemas familiares, añadidos a la edición porque no habían aparecido en ninguno de sus libros. Y tras la primera lectura volvemos a sentir que despertamos de un sueño. Queremos continuar ese sueño, contárnoslo y contarlo, volver a penetrar con la palabra dentro de su recinto imaginario e  indecible. Y nos es imposible porque mientras intentamos pensarla y retenerla, su poesía, como el sueño, se borra de la memoria, desaparecen sus huellas y nos deja únicamente la certeza de haber recorrido con él un camino. Nunca se regresa a los poemas de Lezama, siempre se acude a ellos por primera vez. Quizá por eso ha sido tildado de hermético, cuando su poesía es abierta, desbordante y luminosa, opuesta a lo cerrado, a lo frío u oscuro.  Como un espigador, Lezama acude a  la playa y recoge la brisa marina que se respira en sus poemas, acumula también los excrementos que el océano  ha dejado en la arena y los convierte en oro puro. Es entonces cuando los poemas nos hablan y se echan a andar, sin posible explicación, sin ironía, con absoluta inocencia. Porque no hay poeta menos irónico que Lezama Lima, cuya sabiduría rebosante, tanto como su originalidad, no supuso nunca un lastre, sino la atalaya en la que se subía para ver lo que había más allá del horizonte -¿aquí mismo?- . Mientras los poetas europeos recibían la cultura como un cadáver del que tenían que desprenderse para avanzar, Lezama toma la cultura que en sus manos y en sus manos vuelve a ser barro de moldear. No necesita pinchar con un alfiler a la mariposa para estudiar el color y textura de sus alas, las mariposas de Lezama Lima sobrevuelan libremente y no hay persecución en su mirada porque sabe que el vuelo nunca las aparta de su órbita; ellas, como todo lo vivo, también son fragmentos atraídos por su imán. Por eso el poeta adánico se despierta diciendo cada día la primera palabra, peregrino inmóvil, sin necesidad de salir nunca de su isla y encarnando el tiempo indeciso de la hora del alba, cuando no se sabe si termina la noche o está comenzando un nuevo día. No quiero decir con esto que tenga su obra nada de surrealista, por mucho que nos sorprendan sus imágenes visionarias: la poesía de Lezama Lima es pura elaboración alquímica, en ella el gesto de escribir es siempre intencionado, lo más opuesto a la escritura automática de la vanguardia del surrealismo. Y  en el lector, ¿qué queda al acabar de leer el poema que le ha subyugado? Desde mi punto de vista, solo una sensación vivificadora y transcendente: he entrado por la puerta, he subido las escaleras, incluso me he asomado a sus ventanas, pero al salir al jardín, he bebido en la fuente las aguas del olvido.  Evocaba Lezama Lima en una entrevista a un lord inglés que escribía sus versos en papel de fumar. Se los fumaba con delectación,  tras haberlos escrito, y no quedaba de ellos más que humo y silencio. A mí, como lectora, me ocurre lo mismo con la poesía de Lezama. Me la fumo mientras la voy leyendo, incluso en los bares, en los trenes y otros lugares públicos. Sé que está feo confesarlo, pero les aseguro que siento cómo se ensanchan mis pulmones y respiro con más profundidad. Luego me miro en el espejo y tengo la certeza de que algo en mi interior ha resucitado.

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Natalia Ginzburg o la palabra como talismán

Si a Proust  el olor de una magdalena le hizo partir en busca del tiempo perdido, Natalia Ginzburg solo necesitó repetir las voces de sus familiares para que su pasado regresara a su lado y se hiciera presente. Así escribió “Léxico familiar”, un libro de memorias en donde lo recordado, su infancia y juventud, se organiza siguiendo el hilo finísimo y a un tiempo indestructible de las palabras. Muchos escritores sienten en determinado momento la necesidad de escribir una obra en donde ellos y su entorno familiar sean los protagonistas, pero  todos tratan de encontrar un ángulo especial para escribirla, de manera  que, lejos de ser un anecdotario costumbrista, se convierta en una verdadera obra de arte. Así vemos como algunos distorsionan el punto de vista y establecen un diálogo con el niño que fueron, como hizo Paul Auster en “Diario de invierno”, o se incluyen en la primera persona del plural, en el “nosotros”, queriendo dar la impresión de que la suya forma parte de una historia colectiva. Otros justifican el hecho de detenerse a  contar su vida en la necesidad de transmitir un legado a sus descendientes, a los que dedican sus recuerdos. Natalia Ginzburg no necesita de tales artificios ni justificaciones para realizar una obra absolutamente original, narrada de una manera sencilla y directa, por medio del recuerdo de las frases características de su abuela y sus padres. Y lo hace de una forma tan precisa que nos permite a los lectores escuchar sus voces e imaginarnos rostros, actitudes, escenarios e incluso aspectos íntimos y morales. No pensemos en frases lapidarias ni en reflexiones solemnes, el suyo es el monumento a la gracia de lo cotidiano, a la grandeza de lo coloquial, a la frase común, que cada uno de estos personajes pronuncia de una manera única e intransferible, constituyéndose así en identificación de la familia. Y aquí llega lo realmente misterioso y artístico: los lectores, al leer este libro, rememoramos no tanto el léxico familiar de la autora como el léxico nuestro, las frases que recordamos de nuestra propia infancia, que ella nos hace reconocer e identificar. Como en todas las grandes libros de memorias, ante éste, el lector tiene la sensación de que entre sus páginas de alguna manera se cuenta algo de su propia vida.

La idea de que son las palabras familiares las que nos permiten internarnos en la profundidad de la infancia subyace en otros libros de memorias, especialmente las femeninas. Eudora Welty titula “La palabra heredada” a su autobiografía de lectora infantil, y la poeta neozelandesa Janet Frame rememora así en “Un ángel en mi mesa” la inolvidable algarabía de su niñez: “En aquellos días de Outram, en que numerosos parientes vivían cerca, había muchas idas y venidas y conversaciones y risas, y las palabras viajaban como el viento en cables invisibles”. Pero es Virginia Woolf la que echa en falta de forma dramática esa cualidad rememorativa de las voces y expresiones que Natalia Ginzburg derrama a raudales en “Léxico familiar”. Dice Virginia Wooolf en “Memorias de vida”, refiriéndose a la dificultad de contar cómo era realmente su madre a su sobrino, destinatario literario de su relato: “Las palabras escritas por una persona muerta o viva suelen, desdichadamente, quedar envueltas en suaves pliegues que anulan todo rastro de vida. No encontrarás en lo que digo la semblanza de una mujer a quien tú puedas amar….A menudo he lamentado que nadie escribiera las frases de tu abuela y los vividos giros de su habla, pues tenía el don de emplear las palabras de manera muy personal…Cuánto daría por recordar una sola frase suya o el tono de su voz clara y redonda” Pues ese don es el que tenía Natalia Ginzburg y del que se vale para conseguir que amemos el mundo en que nació y vivió como si se tratara de algo propio. Sería interesante reflexionar más detenidamente sobre la razón de que sean las mujeres las que transmiten el tesoro lingüístico, que pervive en la memoria como el olor de la casa. Quizá sea la carencia de una presencia pública, lo que las haya permitido constituirse en centinelas de ese tesoro familiar, el único suyo. O quizá esté relacionado con el valor nutricio del lenguaje y con que las mujeres hayan sido las encargadas de la alimentación de sus hijos. Cuando un ser humano es arrojado al mundo incomprensible de la soledad y la identidad, recibe de su madre dos bienes impagables: la leche materna y la lengua materna, es decir, las palabras suyas, sobre las que edificará su pensamiento y su memoria. “Léxico familiar” es un ejemplo de este valor nutricio del lenguaje.

No debemos pensar, sin embargo, que Natalia Ginzburt se  deleita contando la historia jocosa de una familia pintoresca. En absoluto.  Por debajo de este animado concierto de voces, escuchamos el lamento de los muertos y la soledad apenas susurrada de los vivos, las desdichas propias de una época convulsa que fue especialmente cruel con una familia antifascista de origen judío como era la suya, víctima de la persecución política y racial. Pero Natalia Ginzburg poseía un arma especialmente eficaz contra sus adversarios: las palabras con las que contar su historia. Con ese talismán consiguió hacer a su mundo digno de ser amado y, por tanto, invulnerable al olvido.

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Don Quijote y Celia, lo que dicen

Hace unos días, una amiga me pidió que le aconsejara una adaptación de “El Quijote” para su hija de 8 años. ¡Vaya compromiso! Considero que enfrentar a una niña con “El Quijote” es la más terrible de las crueldades. ¿Cómo le quitaría yo esta idea de la cabeza? Así que me puse a pensar en alguna lectura infantil cuyo protagonista fuera equivalente al personaje cervantino, y enseguida se me vinieron a la cabeza Tom Sawyer y Guillermo Browm. En ambos alienta una inocencia transgresora curiosamente parecida a la de Don Quijote, además de la similitud entre su espíritu imaginativo y la supuesta locura del hidalgo manchego. Digo “supuesta” porque, como demuestra Torrente Ballester en “El Quijote como juego”, Don Quijote no confundía los molinos con gigantes, porque no estaba loco, sino que hacía lo que hacen todos los niños: jugar. Igual que Sancho, Don Quijote ve una bacía de barbero, pero es capaz de ver también el yelmo de Mambrino. Al afirmarse en la segunda opción, se comporta como el niño que juega a que las cosas no son lo que parecen. Al hilo de este pensamiento, me acordé de una vieja amiga: Celia, de Elena Fortún. Abrí al albur “Celia, lo que dice”, y allí seguía ella, con el mismo desparpajo de siempre, mostrándole a su hermanito de apenas un año cómo es el mundo, con un estilo inconfundiblemente quijotesco. Dice Celia: “Hoy me he dedicado a enseñarle todas las cosas bonitas que hay en la casa, explicándole que no son lo que parecen… Esto que parece un baño no lo es, sino un auto forrado de raso blanco… en el fondo ponemos los cojines del salón y nos sentamos… y nos vamos de viaje”. Don Quijote se niega a ser únicamente Alonso Quijano, igual que a Celia le angustia ser siempre y solo Celia. Lean este fragmento que reproduce una conversación de la niña con su madre: “¿Siempre Celia, mamá?./ Siempre, aunque no igual que ahora. Serás mayor, te casarás, tendrás una casa como ésta…/ ¿Igual que ésta?/ Muy parecida. Después serás viejecita…/ ¿Pero siempre Celia?/ ¡Vaya, hija! ¡Déjame en paz, que esto parece el cuento de la buena pipa!” Y Celia se sume en sus reflexiones hasta que nos anuncia con alborozo: “¡He conseguido no ser Celia todos los días! Algunos ratos soy un hada”. Celia comparte además otra característica quijotesca: su radical sentido de la justicia. Ni ella ni Don Quijote pactan con la realidad como hacemos los adultos, disfrazando nuestra cobardía de cordura. La intolerancia a la injusticia explica que la primera hazaña de don Quijote consista en defender a un niño que está siendo azotado, y que la primera travesura de Celia sea la de repartir con la hija de la portera los juguetes de los Reyes Magos, que olvidaron pasar por la portería.  En efecto, Celia no entenderá nunca el absurdo clasismo del mundo en que vive. ¿Hay algo más difícil de explicar a un niño que la desigualdad social?. Prueben a hacerlo, se verán atrapados en un laberinto de incoherencias, y sucumbirán ante sus sencillas razones. Así lo explica Celia: “Pensando y pensando, he entendido que, siendo los mayores tan grandes y tan ásperos, tan diferentes en todo a los niños, no pueden comprender nada de lo que los niños piensan o hacen”. Por cierto, ¿por qué será tan semejante esta observación a la del Principito, de Saint-Exupéry?: “Las personas mayores nunca pueden comprender algo por sí solas y es muy aburrido para los niños tener que darles explicaciones una y otra vez”. De ahí la rebeldía soterrada que escondían todos los antihéroes infantiles, los que vivían en un tiempo en que la infancia no tenía el prestigio empalagoso que hoy ha adquirido, cuando los niños aún no eran clientes potenciales y el mercado del mundo les atribuía un escaso valor. Celia carecía de cuarto propio y deambulaba por los rincones de la casa en busca de un lugar y un sentido, los mismos que sigue buscando cualquier niño que juega. Como lo hacía Celia, hasta que dejó de ser niña para convertirse, no en un hada, sino en una muchacha vulgar y corriente. En su último libro, “Celia, madrecita”, nuestra heroína recuperaba la cordura, igual que Don Quijote antes de morir. Obligada a  ocuparse de la educación de sus hermanos, se había vuelto responsable  y correcta. Y a sus lectoras se nos hizo un nudo en el estómago, cuya causa no entendíamos bien, como todas las cosas de mayores. Celia ya no podía ser más que Celia Gálvez, como su madre había vaticinado. ¿Por qué los mayores, siendo sus razonamientos tan absurdos, siempre acababan teniendo razón? De aquella niña traviesa que tanto nos había enseñado –yo nunca tomé a broma sus ocurrencias- quedó solo su insistente invitación a la lectura, pues es entre las páginas de los libros donde ella reconocía su ser verdadero. “¿En dónde habrá leído eso?” se preguntaba su madre cada vez que hacía una travesura. Porque Celia no hubiera sido Celia sin sus cuentos de hadas. Los cuentos, como a don Quijote las novelas de caballerías, le daban fuerza para resistirse a separar la realidad de la literatura, y, aunque también fueran la causa de algunos berrinches y más de una azotina, eran su razón de ser y la mantenían viva. Ahora entenderán por qué le respondí a mi amiga que la mejor adaptación del Quijote se titula “Celia, lo que dice” y que su autora es Elena Fortún. Le aconsejé también que esperara a que su hija  fuera capaz de leer entre líneas lo que Celia no dice para poner en sus manos El Quijote. Así no conseguirá que, de mayor, presuma de haber leído a Cervantes en edad muy temprana, pero estará segura de que, llegado ese momento, tendrá capacidad para entender y ganas de disfrutar con la obra inadaptable del mayor inadaptado de todos los tiempos.

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El poeta y su doble.

 

         

En los primeros libros de Juan Ramón Jiménez se encuentran las claves de muchos de los hallazgos de su poesía posterior. Para demostrarlo, voy a fijarme en la figura del doble, que recorre toda su obra. Yo no soy yo, soy este/ que va a mi lado sin yo verlo/ que, a veces, voy a ver,/ y que a veces olvido./ El que calla, sereno, cuando hablo/el que perdona, dulce, cuando odio,/ el que pasea por donde no estoy,/ el que quedará en pie cuando yo muera. ¿A quién no le fascinan estos versos de “Eternidades”? Pues bien, la figura del doble no aparece en sus primeros libros con un tono tan conciliador, sino con un aspecto mucho más inquietante. Leemos en “Arias tristes”: Alguna noche que he ido/ solo al jardín, por los árboles/ he visto a un hombre enlutado/ que no deja de mirarme… En “Jardines lejanos”, vuelve a aparecer el hombre enlutado, con el que llega a identificarse, aunque su aspecto sea el de un anciano de barba blanca: ¿Soy yo quien anda esta noche/ por mi cuarto, o el mendigo/ que rondaba mi jardín/ al caer la tarde…? Leyendo “Recuerdos”, un libro de memorias  de J. R. Jiménez para el que me pidieron el prólogo, encontré la prehistoria de aquel mendigo enlutado, extraño y paradójicamente familiar al poeta, que aparecía en sus libros iniciales: Era un hombrecillo enano, magro, carnavalesco, iba envuelto en harapos sombríos y, en la suciedad del rostro, los ojos eran de un brillo, de un guiño, de una burla inolvidables. Cuando fui a darle una limosna había desaparecido. Y quedó en mí un frío extraño, algo así como una entrada de calentura, una inquietud moral absurda y violenta. Y el texto continúa con la descripción de otro encuentro: Pasaron los años (…) en las altas horas de la noche de Madrid, el hombrecillo enano, magro y carnavalesco abrió la portezuela. Brillaron los ojillos fijos y burlones. Vaciló un instante, con el mismo frío de la otra vez, bajé del coche y miré. Había nevado y la luna añadía plata azul a la plata blanca y fría. Ni una sombra de hombre. ¡Nada! Y termina: Aún no ha llegado la tercera vez. Pero yo sé que llegará, que es inevitable. Esa tercera aparición es, sin duda, la que le espera en el momento de la muerte. En otro fragmento, el poeta se preguntaba: ¿El hombre ese siempre era el cochero? Y yo me pregunto: ¿Acaso el cochero será la imagen urbana de Caronte? La seguridad de que inevitablemente volverá a presentarse el doble siniestro proviene de su certeza de que cualquier acontecimiento significativo se presenta antes o después en el texto. Pero la experiencia de la vida no se traslada al poema de manera automática, sino que sufre siempre una metamorfosis. Lo que nos muestran los poemas citados no es al hombrecillo mismo, sino la perturbación que produjo su presencia en la psique del poeta. Lograr que el texto opere como talismán contra este doble inquietante, que es la imagen misma de la muerte, será desde entonces la tarea de juan Ramón Jiménez. Y lo conseguirá, en la etapa de su “poesía desnuda”. Entonces ya no tendrá que refugiarse en la fantasía y el ensueño para huir de una realidad destructiva, sino que el descubrimiento de la “realidad invisible” hará de la tarea del poeta una forma de desvelamiento de la vida escondida, presente en el mundo de las cosas cotidianas. Es en esta realidad nueva donde se encuentra con su doble benéfico. En “Eternidades”, Juan Ramón formula en palabras su descubrimiento: el envés de la realidad visible no es un agujero negro sino un foco de luz cegadora . El poeta Tomas Carlyle decía en un texto dedicado a su padre muerto: Adiós por última vez en este mundo de sombras. En el mundo de las Realidades, ¡ojalá el gran Padre nos reúna de nuevo en perfecto amor! En ambos poetas, la realidad visible, aparente, aparece identificada con la sombra, al contrario que la “realidad invisible”, el “mundo de las Realidades”, que posee el poder de comunicarnos con la verdad luminosa. Y estas dos miradas, la de Carlyle y la de J. R. Jiménez,  remiten al mito de la caverna platónica: el oscuro mendigo del jardín no era más que una sombra de la que el poeta ha de desembarazarse para desvelar la realidad total, luminosa, de su doble poético. Entonces se atreverá a hablarle a la muerte cara a cara, al darse cuenta de que vida y muerte, luz y sombra, hombre y poeta, son aliados en la búsqueda del equilibrio absoluto, Al menos esto es lo que leemos en “Cenit”, otro poema de “Eternidades”: Yo no seré yo, muerte,/ hasta que tú te unas con mi vida/ y me completes así todo;/ hasta que mi mitad de luz se cierre/ con mi mitad de sombra/ -y sea yo equilibrio eterno/ en la mente del mundo:/Unas veces, mi medio yo, radiante;/ otras, mi otro medio yo, en olvido-./Yo no seré yo, muerte,/hasta que tú en tu turno, vistas/ de huesos pálidos mi alma. Esta evidencia, la de la muerte como reencuentro con el doble añorado, es el mensaje de todos los poetas místicos, pues la experiencia mística es la experiencia de la muerte en vida:  Vivo sin vivir en mí/ y con tanta vida espero/ que muero porque no muero, decía Teresa de Ávila. ¿Y cómo conciliar este misticismo con un pensamiento materialista, en el que no hay ninguna certeza de que exista otra vida después la muerte? En uno de sus últimos poemas, Juan Ramón Jiménez responde a esta pregunta, y lo hace por medio de una petición: Cuando esté con las raíces/ llámame tú con tu voz./ Me parecerá que entra/ temblando la luz del sol. ¿A quién dirige su petición de ayuda? Se la dirige a sus posibles lectores futuros, imprescindibles para que el poeta regrese desde las frías sombras de la tumba a la luz de la existencia real, carnal, plena. Ellos son los únicos que pueden evitar la mirada del hombrecillo nocturno, los que tendrán el poder de neutralizar su energía tan prosaica como maléfica. De esa manera el poeta hará realidad su deseo imperioso de existir fuera de la caverna, y mirar con nuevos ojos el mundo, finalmente libre de las cadenas de su propia sombra.    

 

 

“Recuerdos. Tempo”, Juan Ramón Jiménez. Prólogo de Esperanza Ortega. Visor, Madrid,2012.

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Zenobia, Tagore y Juan Ramón Jiménez, una relación triangular

(Artículo publicado en “La sombra del ciprés”, suplemento literario de El Norte de Castilla. Sábado 5 de Mayo de 2012)
En 1916, Juan Ramón Jiménez parte rumbo a los EE.UU en un trasatlántico. Ese viaje va a ser una de las experiencias más importantes de su vida. La idea de que los acontecimientos de su biografía tenían una escasa incidencia en su obra es falsa, hasta el  lector menos avisado percibe que la poesía de J. R, Jiménez cambia de rumbo en el momento en que, tras aquel viaje, publica “Diario de un poeta recién casado”. Enamorarse de Zenobia Camprubí sin duda transforma su visión del mundo, que en adelante va a estar menos ensimismada, más atenta a la transcendencia de una realidad cuyo conocimiento antes había sido descartado a favor ensoñación. Él mismo señaló también lo decisivo que fue en ese momento la lectura de los poetas de tradición anglosajona que Zenobia conocía desde hacía ya mucho tiempo, pero nadie ha insistido en otra figura fundamental, tan importante para su evolución poética como para su relación amorosa. Me refiero a Tagore, el poeta bengalí. Sabemos que, en el curso de su noviazgo y en los primeros años de matrimonio, la pareja Zenobia –Juan Ramón se dedicaba a traducir a Tagore y hacía de esta labor un acto íntimo y amoroso. Como Francesca y Paolo en el Infierno de Dante, ellos se enamoraron mientras leían un libro, en este caso un libro de Tagore. En 1919, Zenobia le había escrito: “Constantemente ha sido usted nuestro compañero espiritual desde el momento en que comenzamos a conocerle hace cinco años. Ha sido una compañía maravillosa  y parece que usted se ha compenetrado en todas las cosas nuestras” Quiero subrayar la primera persona del plural que utiliza Zenobia: “nuestro compañero, las cosas nuestras” Y “compenetrar” significa “penetrar con alguien, al unísono”. Esto es lo que ocurre cuando Zenobia y Juan Ramón traducen a Tagore, que se compenetran entre ellos dos, cuando penetran juntos en su obra. Y al mismo tiempo que se esfuerzan en buscar las palabras en castellano que equivalen a los términos de Tagore en inglés, le hacen penetrar a él con ellos en el territorio lírico español, no como un extranjero, sino como un auténtico poeta andaluz. ¿Acaso traducían del inglés? Sí, a los partidarios de las traducciones fieles, las versiones de Tagore de Zenobia y J. R. Jiménez han de parecerles una herejía, pues Zenobia traducía del inglés los poemas que el mismo Tagore había trasladado a esta lengua desde el bengalí, y de manera nada literal. Además, Juan Ramón aportaba su impronta en el ritmo y la expresión poética, de tal manera que el Tagore que hemos conocido los españoles es un Tagore vertido en los frascos que todavía conservaban el perfume de la poesía de J. R. Jiménez. Y ocurre también lo contrario: leyendo la prosa poética que Juan Ramón escribía en aquel tiempo, notamos una identificación que nos llevaría a hablar de un Juan Ramón oriental, imbuido por la idea de la comunidad entre el hombre y la naturaleza, con un espíritu indú. Elisa Martín Ortega lo ha señalado con acierto en el prólogo a “El ala compasiva”, un libro que mantiene una relación estrechísima con “Luna nueva” de Tagore. En ambas obras aparece la misma visión trascendente de la niñez, e incluso un ritmo en la prosa que quizá el poeta de Moguer no hubiera hallado sin su labor de traductor. No quiero decir con esto que la tarea de Juan Ramón fuera meramente imitativa, sino que él descubrió las posibilidades de su propia sensibilidad al hilo del esfuerzo que hacía para verter al español a Tagore. “ ¿Te vemos sin que tú nos veas, absorto en tus sueños, o nos habías tú visto ya por el borde blanco de una nube negra, una noche de estío, sin que nosotros lo supiéramos?”, le pregunta J. R. Jiménez a Tagore en el colofón de “Luna nueva”. Ortega y Gasset parece contestar a esa pregunta cuando le explica a Zenobia en una carta cómo la lectura de un gran poeta le revela al lector algo de sí mismo que antes ignoraba, y produce la sensación de que expresa algo ya vivido por él. No es extraño que esta carta figure al comienzo de la Antología de Tagore que preparan juntos Zenobia y Juan Ramón. Aunque cuando la influencia de Tagore va a ser más patente en Juan Ramón Jiménez es en sus últimos libros, en la etapa que él llamaba intelectiva o inmanente, cuando el poeta se identifica con lo absoluto, lo eterno y, en definitiva, con la poesía misma. La poesía llega a ser entonces para J. R. Jiménez un dios “deseado y deseante”, ajeno al paradigma del dios judeocristiano. Se ha hablado mucho de la influencia de la filosofía krausista en la conformación de este dios que depende del poeta para existir, pero no se ha hablado lo suficiente de la tradición oriental, y en concreto de la poesía de Tagore, para explicar este encuentro íntimo del poeta con la Poesía. Me refiero al dios que en el poema titulado “La transparencia, Dios, la transparencia” Juan Ramón define como “la luminaria del clariver” y al que describe enredado con él “en lucha de amor”, el dios “de lo hermoso conseguido, conciencia mía de lo hermoso”. Tan semejante al dios que Tagore llama “Señor del silencio, señor de las canciones” y al que se dirige con estas palabras: “Señor de todos los cielos, si yo no existiera, ¿qué sería de tu amor?”  El dios de Tagore es el dios de la sed, del deseo, un dios que, como el de Juan Ramón Jiménez, necesita ser mirado y escuchado para que su potencia creadora se exprese. Dice Tagore en el poema titulado “La cosecha”: “Cuando tú vivías solo, no te conocías. Ninguna llamada, ningún mensaje llevaba el viento de una a otra orilla. Vine yo, y te despertaste, y los cielos florecieron con su luz”  Les propongo un juego: dirijan estas palabras de Tagore a Juan Ramón Jiménez y verán que tienen sentido. Y viceversa. Entonces, ¿se despertaron ambos poetas al unísono, mientras los cielos florecían?, ¿hasta tal punto llegó la compenetración de ambas escrituras? La contestación a estas preguntas la encontramos en otra frase de la carta antes aludida de Ortega y Gasset. Con su perspicacia característica no exenta de ironía, Ortega le asegura a Zenobia: “Todo gran poeta, señora, nos plagia”.

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Sobre Catalina Montes

 

“Lágrimas”, de Catalina Montes.

(Texto leído en la Presentación del libro, el 20 de Abril de 2012, en la Fundación Segundo y Santiago Montes de Valladolid)

Es muy difícil para un poeta llegar a la altura de su obra, por eso conocer a los autores suele decepcionar las expectativas del lector. En el caso de Catalina Montes sucede lo contrario. Los que la conocisteis sabéis que es casi imposible que un texto esté a la altura de la poesía que su vida derramó entre vosotros. Sin embargo, este libro, “Lágrimas” –así se titula- lejos de decepcionaros, os va a asombrar.

 

En primer lugar, os cuento cómo llegó a mis manos: Catalina me entregó sus “Lágrimas” algunos años antes de su muerte, después de que muriera su sobrino Eduardo, a quien dedica el libro.  Lo hizo muy discretamente, con la promesa de que no lo daría publicidad. De hecho, nunca quiso leer sus poemas en público, y se negó tajantemente a publicarlos. Quería que yo guardara sus poemas, después de manifestarle mi opinión sobre ellos. Así lo hice. En una primera lectura percibí la huella de la cadena de desapariciones de buena parte de su familia: su hermano Segundo, asesinado en El Salvador, Santiago, Elisa, Cristina, Pilar y, por último, Eduardo… No hacía falta que aparecieran  sus nombres ni ninguna otra anécdota. La poesía tiene este poder, el de trasmitir la emoción y la verdad de un sentimiento sin abrir el cofre invisible en donde se guarda.

 

En mi atalaya,

cercada por la muerte,

tengo la luz

de atardecida, el cielo

y el canto que me nace.

 

Esto dice el primero de sus poemas, su primera lágrima.  Está escrita desde la distancia suficiente para observar a su enemiga, la muerte, y poder hablar de ella. Nos imaginamos a la pobre Katy, a la pequeña Katy, asediada por una presencia tan feroz. Pero enseguida nos muestra sus dos escudos: la luz y el canto, el canto que nace de ella misma, como nace del tallo una flor.

Así de claros son todos sus poemas. Poemas breves, de cinco versos cada uno, escritos en un lenguaje tan sencillo como misterioso. Misterioso porque nunca acaba de contarnos nada, claro porque nada oculta, porque no se esconde bajo ningún disfraz. Decía Juan Ramón Jiménez, en un aforismo que la poesía de Catalina Montes corrobora: “Para los oscuros tengo lo claro, para los claros, lo secreto”. Son, pues, poemas sencillos, misteriosos y tristes, muy tristes.  La tristeza todo lo preside, y el poema es la lágrima que encarna la tristeza, la palabra que se derrama en el silencio, atenta a la exigencia del dolor, como expresan estos versos:

 

En pie, acosada

por ladrillos de muerte

-Todos idos-

me grita su reclamo

más alto que el aullido

 

Cuando le comenté a Katy lo que me parecían sus poemas, recuerdo que asocié sus lágrimas a las perlas. A ella le gustó esta metáfora, aunque fuera tan manida. Me acordaba yo de un cuento en el que una pobre leñadora lloraba desconsoladamente sin percatarse de que las lágrimas, mientras corrían por sus mejillas, se iban convirtiendo en piedras preciosas. Esa es la metamorfosis propia de la poesía, su poder de transformación, que domestica el horror y acaba por hacerlo codiciable. La imagen  remite también al sufrimiento de la ostra, que atesora en la oscuridad el dolor que la oprime y convierte el sufrimiento en perla. Cada una de estas lágrimas –le decía entonces a Katy- está engarzada por la música del poema, y juntas conforman una figura que todavía no se ve con nitidez. No eran únicamente quejas, eran algo más que ni siquiera ella veía desde su atalaya, como tampoco la leñadora veía lo que derramaban sus ojos nublados por la angustia. Habría que preguntarse qué sentido conformaba el engarce de tantas lágrimas vertidas. Pero Katy no podía demorarse mucho tiempo en su atalaya. El mundo la reclamaba para que acudiera en su auxilio. Aún cuando las perlas no acabaran de conformar el collar del sentido. A esa pregunta por el significado, Katy contestaba como Antonio Machado: “¿Dices que nada se crea? No te importe, con el barro de la tierra, haz una copa para que beba tu hermano”. Ella había encontrado el sentido de su vida en la urgencia de saciar la sed de los otros, con esa visión cristiana de que las obras valen más que las palabras. Así llenó su vida, así consiguió mantener siempre fresca la flor de su sonrisa. Pero la respuesta a la pregunta sobre el caos, sobre absurdo de la muerte seguía sin producirse. Y Katy seguía buscando a tientas en el orden paradójico, a un tiempo sensual y trascendente, de la poesía:

 

Mi tacto busca

y busca mi mirada

lo que han acariciado

tus ojos y tus manos

lleno de ti sin ti.

 

Yo tampoco entendía aún que su obra estaba incompleta, y que esa cualidad asimétrica era consustancial a su significado, que solo iba a hallar su simetría, sólo se iba a completar cuando la muerte la visitara a ella misma. Entonces es cuando todas sus lágrimas engarzadas se cerrarían conformando el sentido completo, más allá de la manifestación del dolor.

 

Al recibir la noticia de su muerte, cuya proximidad ocultó con el mismo secreto que sus versos, recibí también una carta suya en la que, además de añadir los poemas finales, expresaba su deseo de que el libro saliera a la luz. Esta publicación es, pues, el último mensaje de Catalina Montes. Y es un mensaje no en vano cifrado en la lengua del poema, con toda su valentía y toda su soledad. En la última parte del libro, la titulada  “A solas tú y yo”, la que añadió en sus días finales, Catalina dialoga directamente con la muerte, mirándola a los ojos. Sabíamos que Katy era valiente, pero nos sigue asombrando que fuera capaz de enfrentarse a la muerte con las palabras solas, desnudas. Nadie que no sea muy valiente se atreve a hablarle a tal adversario. Y nada más que una verdadera poeta lo hace con las palabras precisas, sin renunciar a la música del verso:

 

Y aquí estamos tú y yo.

¿Qué deseas?, ¿qué esperas?,

¿ayes?, ¿lamentos?,

¿estar aquí conmigo?,

¿o tan solo silencio?

 

Hay una afirmación de poder en el gesto de la mujer frágil, enferma, que, sin embargo, no se encoge, no desciende, y sigue firme en su atalaya, enérgica, tras el escudo de la poesía. Entonces repite el primer poema del libro, iluminado por la misma luz, pero con la diferencia de que ahora el canto no está naciendo, sino negándose a morir :

 

En mi atalaya

cercada por la muerte,

tengo la luz

de atardecida, el cielo

Y el canto que no muere.

 

Quiero aclarar algo muy importante para entender este libro: el poder del canto no solo reside en la mágica exactitud de su lenguaje, sino sobre todo en el misterio de la bondad. La bondad es el arma que hace fuertes a los frágiles, y que consigue enmudecer a la muerte misma. Es verdad que el dolor que Katy ocultaba detrás de la sonrisa con la que cubría su tristeza, está en el origen de cada una de sus lágrimas; pero el encanto de cada poema reside en algo más: en el amor profundo, rayano en lo sublime, que ilumina sus versos con un aura de promesa.

 

Desde su atalaya, Catalina veía crecer una flor hermosísima que nunca se decidió a cortar, hasta que la muerte lo hizo por ella. Aquí pervive ahora su perfume, entre las páginas de su libro. Dije hace un momento que éste era el último mensaje de Katy Montes. Pero ahora pienso que es algo más, es Katy misma derramada en palabras, ofrecida en la mesa en la que leemos su libro, una mesa que ella nunca hubiera consentido en elevar a la dignidad de altar. Es la misma Katy la que se nos ofrece sonriendo al abrir sus páginas, mientras nos insiste tan generosa como obstinada: “Tomad y comed….”.

 

Nos lo dice sonriendo porque sabe que con este gesto acaba de esquivar el peor golpe de la muerte: la soledad. Nos lo dice en sus últimos versos, al enunciar la buena compañía que la protege y la arropa:

 

Cuidados infinitos

de familia y amigos

la bendición de mis ancianos

el amor de mis pobres.

 

Solo me queda un detalle para terminar: ¿os habéis dado cuenta de que a este último poema le falta un verso? Y le falta también a la enumeración de la compañía protectora otro elemento fundamental: el lector, los lectores. Entre sus ancianos, entre sus pobres, entre la familia y los amigos, asoma este nuevo huésped. Los ojos del lector son los últimos invitados a la cena, pero los más importantes, porque han de realizar la metamorfosis de las lágrimas en perlas mientras leen sus versos. Ellos serán los encargados de recoger las palabras vertidas por la poeta que fue y que será siempre Catalina Montes.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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