El Norte de Castilla
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Categoría: Columnas
La mala educación

Esta semana ha sido casi enteramente femenina, para bien o para mal, según donde se mire. Mujeres asesinadas y violadas, y mujeres en la calle, exigiendo justicia a unas autoridades perplejas ante su inusitado poderío. El motivo está claro: no solo Arcadi Espada, incluso uno de los jueces de la Manada sugiere que la víctima disfruta con la violación, y por tanto no hay delito. Si trasladáramos su argumento al relato tradicional, se contaría así: no está claro que hubiera violencia cuando el lobo se comíó a Caperucita. Fue ella misma la que se acercó a la cama y estuvo comentando con la fiera algunas características de sus rasgos físicos: las orejas grandes, los ojos grandes, hasta que llegó a los dientes y el lobo atacó, creyendo que era eso lo que la niña le sugería mientras se le iba acercando a la boca. Por cierto, ¿saben que los amiguitos de la Manada se llamaban antes “Los cinco lobitos”?, ¿a que suena premonitorio?  Sí, quizá se debería cambiar un código penal que parece redactado por el lobo. Por eso Catalá se ha visto obligado a añadir a los magistrados del consejo consultivo unas cuantas mujeres invitadas. Pero no crean que siempre defiendo a las mujeres por el hecho de serlo yo misma. En absoluto. Reconozco, por ejemplo, que algunas de nuestras políticas están dando muy mal ejemplo últimamente. Me refiero a Santamaría y a Cospedal. ¡Vaya papel que hicieron en las celebraciones del Día de la Comunidad de Madrid! Se comportaron como si fueran lo que son: dos señoritas maleducadas con un deje soez. Ni se miraron entre sí, ni miraron a los periodistas, ni miraron al pueblo de Madrid, que sin embargo no les quitó ojo. Parecido comportamiento al de la reina y la princesa Leonor la semana anterior, cuando despreciaron en público a la abuela Sofía.  Puede que algunos crean que la urbanidad es solo una forma de ocultar los verdaderos instintos, pero es también el espejo en donde se refleja la imagen de los valores morales, tan importantes en la política, aunque hoy brillen por su ausencia. Kant reconocía que en las fórmulas de educación hay mucho de teatro, pero afirmaba también que “en la medida en que los hombres representan sus papeles, esas virtudes que, durante un tiempo, solo han sido aparentes y artificiales, se van poco a poco despertando y acaban pasando al acervo moral”. Y la educación también tiene algo de poético- aunque ese aspecto a Santamaría y a Cospedal les traiga al fresco-.  Elizabeth Bishop, por ejemplo, en el poema titulado “Modales” recuerda cómo su abuelo le aconsejaba cuando iba con él en la carreta: “No olvides que debes conversar/ con todas las personas que te encuentres” Y esa conversación tan educada es la que traslada a sus versos. Lo contrario que nuestras ministras. La gente de derechas tiene muy mal perder, al menos en este país, quizá por eso Santamaría y Cospedal no saben disimular su rabia ante las encuestas que no les son proclives, y la toman la una contra la otra. Siguiendo con Elizabeth Bishop, yo les aconsejaría a las dos un poema especialmente dedicado al arte del perder, que termina diciendo: “Perdí dos ciudades adorables/ Y todavía más, algunas de mis posesiones, dos ríos, un continente/ Aunque los echo de menos, no fue ningún desastre”. El PP puede perder Madrid, es cierto, pero no por eso sus ministras tienen derecho a dar el espectáculo. El verdadero desastre es su mala educación, eso es lo único que ensombrece la fiesta de la polis.

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Secuestros y falsificaciones

La noticia no tiene desperdicio. Me refiero al descubrimiento de que el 80% de las obras del impresionista Étienne Terrus, que se exponían en el museo de Elne, eran falsificaciones. El tema de los plagios y falsificaciones plantea una pregunta importante sobre el valor verdadero del Arte y la Literatura, aunque el plagio literario opera de manera inversa a la falsificación artística. El plagio consiste en presentar como propia una obra ajena y la falsificación ofrece como ajena una obra propia.  Como ejemplo de plagio, tenemos el de la “Epístola moral a Fabio”, de Andrés Fernández de Andrada, usurpada por otros poetas barrocos, mientras su autor, ajeno a la fama de su obra, moría abandonado en las Américas. El caso contrario es el de esos internautas que se dedican a colgar textos cursis y simplones haciéndoles pasar por poemas de Neruda o de Borges. ¿Por qué lo harán?  Pero hablando de Borges, cuenta Héctor Abad Faciolince en “El olvido que seremos”-una obra autobiográfica que les recomiendo vivamente- cómo encontró, en la chaqueta que llevaba su padre cuando le asesinó un sicario en plena calle, un papel con un poema escrito a mano que se titulaba “El olvido que seremos” y cuyo autor era Borges, según figuraba escrito en el mismo papel. Tras el hallazgo, buscó el poema en los libros de Borges, pero no encontró nunca ni rastro de él en su obra. Y ahora recuerdo otro caso de verdad curioso. Me refiero a la rima de Bécquer titulada “A Elisa”. Rafael Montesinos descubrió que su autor era Fernando Iglesias Figueroa, médico madrileño bromista y enamoradizo que se lo dedicó a Elisa, su novia, y luego lo hizo pasar por obra de Bécquer ¡Qué hermosa historia! Que tu novio consiga que Bécquer te dedique una rima tiene que ser definitivo. En el mercado artístico, las falsificaciones obedecen a una razón menos romántica. Recuerdo el caso del claustro románico de Mas del Vent de Palamós, que primero se creyó una amplificación del claustro de la Universidad de Salamanca y los últimos estudios aseguran que pertenece al “románico del siglo XX”, realizado para dar el timo a los anticuarios norteamericanos. María José Martínez, profesora de Historia del Arte de la Universidad de Valladolid, nos dio cumplida cuenta del tema en la Fundación Segundo y Santiago Montes, antes de que los periódicos consignaran el hecho. También comentamos aquella tarde, como es lógico, “Fraude”, la película  de Orson Wells, centrada en la figura del falsificador Elmyr D’Hory, capaz de pintar picassos, matises y modiglianis con una maestría admirada por los propios autores falsificados, por supuesto realizando cuadros originales, no simples copias. Y hay una anécdota que contaba uno de los hijos de Unamuno que no me resisto a consignar: sufriendo él en París grandes estrecheces, le pidió dinero a Picasso, que le regaló unos dibujos para que pudiera aliviar sus penurias económicas con lo que sacase por la venta de los mismos. Pero uno fue rechazado por los compradores, convencidos de que era una falsificación. Cuando se lo comentó al pintor, éste no dudó en contestarle con sorna: es que yo también sé pintar picasos falsos. Lo contrario le ocurrió a Charlie Chaplin cuando se presentó a un concurso de imitadores de Charlot y quedó el segundo. La lista sería interminable, y sin embargo cada vez que se descubre una nueva falsificación -no me refiero a las meras copias, sino a cuadros originales pintados a la manera de…- surge de nuevo la pregunta sobre la verdad y la mentira en el arte, y sobre el papanatismo que impera en el gusto del público. Sí, los falsificadores se encargan de que no duerman del todo tranquilos los millonarios que secuestran las obras de arte que deberían pertenecernos a todos. Por cierto, ¿saben que la palabra “plagio” viene del griego y significaba “secuestro”?

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Con Pipe por el Campo Grande

La cultura de una ciudad no se calibra por sus escuelas y por sus librerías, sino por el número y calidad de sus jardines públicos. Porque un jardín es un remedo del Edén primordial, ese lugar preparado para el disfrute del género humano, del que fuimos expulsados por nuestra mala cabeza en medio de una naturaleza hostil, donde todos los placeres nos acaban pasando factura. Por eso los poderosos se prepararon pronto sus jardines propios, hasta que, en el siglo XVI, se abrieron los primeros jardines para el uso público y general. Fue en el tiempo en que se creía que los hombres mismos podían crear “lugares amenos” donde sentir la dicha de nacer de nuevo. Y desde entonces el jardín en una ciudad no representa solo su pulmón, sino también su corazón palpitante. Los jardines son la memoria de lo que fuimos y fundan en ella un nuevo pacto con la naturaleza, para vencer las inclemencias sin dejar de ser humanamente perdedores. De ahí que sus plantas tengan solo una función ornamental, sin otra utilidad que el hacernos libres e inocentes de nuevo. ¿Por qué si no los jardines están llenos de niños y de ancianos, es decir, de aquellos que viven en el presente, que es el tiempo imposible del Paraíso Terrenal? Pues bien, en Valladolid, los jardines están abandonados a su suerte, como si la ciudad no los necesitara. Me lo digo mientras paseo por las Moreras, ese parque deshilvanado que nunca ha llegado a ser jardín, con la excepción del milagro de su Rosaleda. Llego al Poniente con mis cavilaciones, y lo hallo herido por las excavadoras, entre los escombros y la desmemoria. ¿Y qué me dicen del Campo Grande, cuyos árboles languidecen, enfermos de abandono y melancolía, desde el tiempo en que León de la Riva levantó su puerta monumental, más apropiada para entrar en el Infierno de Dante que en el Paraíso perdido de Milton? ¡Ay sus ramas tendidas, esperando un nuevo renacimiento de la ciudad!  Me siento en un banco polvoriento, mientras un pavo se enseñorea en su paseo central, y a lo lejos aparece Pipe, que decidió abandonarnos la semana pasada, sin aviso previo, como él hacía siempre las cosas. No, no busquen en Internet. Pipe no escribía ni pintaba ni se subió nunca a un escenario, aunque haya sido el más auténtico entre una generación de artistas vallisoletanos. Porque Pipe, como Adán irredento que era, no se amoldó nunca a vivir en este valle de lágrimas. Caín y Abel convivían en su interior, en donde batallaban la ternura y la desobediencia, su brutal originalidad y su inocencia salvaje. ¡Pobre Pipe! El ansia de paraíso acabó por convertir su vida en un infierno. Y sin embargo, lo único que queda de él en mí ahora es su risa y sus relatos maravillosos y sus silencios densos, cargados de palabras exactas, indecibles, iluminadas por el resplandor de lo verdadero. Amante de los niños y de los animales, con esa preocupación suya, propia del que no ha tenido una infancia feliz, siempre me preguntaba al mirar a mis hijos, como si fuera el inspector de la alegría infantil: ¿Les llevas al Campo Grande? Pipe se me aparece como el guardián entre el centeno, igual que entonces, en la primavera aquella en que hasta la desdicha olía a promesa inmerecida. Sí, Pipe, llevé a mis hijos y ahora llevo a mis nietos. Por eso hay que salvar el Campo Grande, para que los niños sigan corriendo entre las sombras de los muertos y de los que vivimos todavía, como tú lo hacías de niño, en aquella foto que nos enseñabas, con tu abrigo largo de paño color beige. Pipe, cargado ya para siempre de razón, contra toda esperanza.

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El sueño de Cifuentes

El caso Cifuentes es tan mediático porque muchos llevamos la culpa de haber falsificado alguna vez un documento público. Yo lo hice cuando tenía 10 años y cursaba Primero de Bachillerato. Recibí mi boletín de notas mensual con un cuatro en Aritmética y consideré que no sería difícil convertir el cuatro en un nueve, con ayuda de mi bolígrafo Bic, que era el único instrumental con el que contaba entonces para realizar tal fechoría. El resultado no fue enteramente satisfactorio, pues la tinta del bolígrafo era más oscura que la del boletín de notas, y mis intentos de suavizarla con la goma de borrar Pelican acabaron por dar al traste con mis expectativas.  Además, tenía mucho miedo de que me descubrieran, no porque mis padres fueran muy exigentes en eso de las notas -mi intento de llevar a casa un sobresaliente en matemáticas provenía únicamente del deseo de hacerles felices- Tenía mucho miedo porque cada vez que pensaba en ello me subía desde el cuello hasta las orejas una suerte de calentura, que provenía de un sentimiento que entonces llamábamos “vergüenza” y que cualquiera que lo haya experimentado puede entender sin más explicaciones: tú misma te juzgas y tú misma decides que eres culpable, y presentarte ante los demás con esa culpa, aunque el engaño no sea descubierto, te hace sufrir lo indecible. Hasta llevarte a hacer lo que yo hice con mi boletín, cortarlo en trocitos diminutos diminutos y tirar los trocitos en un charco de los de entonces, cuando había muchas calles a medio pavimentar y charcos tan profundos que, si los pisabas en su parte central, el agua te empapaba los tobillos. Pero las malas intenciones no se olvidan del todo, permanecen en el subconsciente con los colmillos afilados, esperando la ocasión de lanzarse sobre su presa. ¿Y qué mejor ocasión que un mal sueño para abalanzarse y devorarla? Eso es lo que me ha ocurrido a mí más de una vez y más de dos en mi vida “onírica”. En la primera de estas pesadillas, me llegaba una carta del Instituto comunicándome que me tenía que examinar de la Biología de PREU porque había habido un error y no encontraban el acta. Pese a mis protestas, tenía que volver a examinarme, y de no aprobarla, se consideraría nula mi carrera de Filosofía y Letras. Imagínense ustedes el alivio que sentí al despertar de aquella pesadilla. En el segundo sueño tenía que examinarme de Griego de quinto de bachillerato: me pasé la noche reconstruyendo la conjugación y me estrellé contra el aoristo. Estaba a punto de renunciar a mi oposición de profesora cuando la claridad del alba vino a rescatarme. Y todo quedó en un fuerte dolor de cabeza mañanero.  ¿Me entenderían ahora si les dijera que, sin llegar a solidarizarme, siento que es humano el intento de Cifuentes de acumular máster para hacer felices a sus papás y a los capos de su partido? Eso pasa en todas las familias, no solo en las sicilianas, como creen algunos. ¿Pensará Cifuentes que está viviendo un mal sueño del que va a despertar para verse convertida de nuevo en el látigo de la corrupción? Seguro que sí, y esto es lo que explica que todavía no haya dimitido. Quizá Rajoy espera lo mismo, al menos hasta que la moción de censura, que no parece cosa de sueño, sea inminente. Como ellos no conocen la vergüenza, yo les aconsejaría que actuaran igual que Segismundo, el protagonista de la obra de Calderón de la Barca, que viendo lo difícil que era distinguir el sueño de la realidad, decidió actuar siempre bien, de manera que, si fuera sueño, no se arrepintiera de sus actos al despertar. Y mañana será otro día.

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Máster en aplausos

¿Han visto cómo aplaudían a Cristina Cifuentes sus compañeros de partido?  No me extraña, porque esto de aplaudir es contagioso, sin duda. A mí me encanta aplaudir sobre todo en el teatro, cuando estoy en las primeras filas y tengo  delante a los actores, ¡cómo te lo agradecen con la mirada mientras saludan una y otra vez! Con lo poco que cuesta…. Aunque el aplauso más sentido es el que se daba hace tiempo en los aviones interoceánicos, cuando se llegaba a Europa desde un país de Sudamérica. En mi último viaje a México ya no sucedió, pero hace unos años era una práctica común la de que los viajeros aplaudieran al piloto cuando daba fin al aterrizaje y el avión se paraba ¡Por fin!, después de tomar tierra. Alivio y gratitud, eso era lo que expresaba aquel aplauso unánime y cerrado. En el polo opuesto, el aplauso más triste es el que se dedica al difunto en un entierro civil. Se debería patear a la muerte por llevarse al pariente o al amigo, patearla con rabia y rencor, pero se aplaude al muerto para agradecerle el tiempo que estuvo con nosotros, vivo. Volviendo a los aplausos, los más ridículos que he visto últimamente son los que dedican los coreanos a su “amado líder”. Aplauden con tanto furor y durante tanto tiempo que llegan a levantarse la piel de las manos. Aunque en el caso de los coreanos se entiende su vehemencia en el vitoreo, pues más de uno ha sido fusilado debido el poco entusiasmo que denotaba la tibieza de sus aplausos.  Y a los militantes de PP, ¿con qué les amenazarán para que aplaudan de esa manera tan unánime y compulsiva?, ¿qué les lleva a aplaudir con tanto entusiasmo sobre todo a sus compañeros más presuntamente corruptos?, ¿será que desean dejar en ellos un buen recuerdo antes de leerles la sentencia de muerte política? Sí, en el PP hay gente de verdad muy compasiva. El último aplauso sonado, sonadísimo, ha sido el que recibió Cristina Cifuentes en la convención de Sevilla. A ella le dedicaron no un aplauso sino lo que se conoce con el nombre metafórico de “salva de aplausos”, que es el que usan para despedir con cariño a sus compañeros cuando han sido nominados y se tienen que marchar para siempre del escenario, antes de sentarse en el banquillo. ¡Eres la mejor!, ¡Te queremos, Cristina!, ¡Ninguna como tú! -aunque mañana mismo recoges los bártulos, así lo mandan las reglas-.  El mensaje está claro, pero hay que reconocer la maestría con que aplauden en ese partido. Son tan acordes que cualquiera diría que están realizando un trabajo remunerado mientras chocan sus palmas la una contra la otra con tesón, en medio de la algarabía. Nerón, el romano, contrataba a grupos de hasta 5000 personas para que le aplaudieran en público, pero en el PP lo hacen gratis, por afición, y denotan en el aplauso una satisfacción solo comparable con la de los “diputados en cortes” de la Dictadura, cuando aplaudían al Generalísimo. ¡Qué placer tiene que dar aplaudir de esa manera! Me lo estoy imaginando y me da un gusto… Pero para disfrutar de ese placer hay que ser del PP y tener delante un presunto corrupto o presunta corrupta que sepa recibir las ovaciones. Y haber hecho previamente un máster en aplausos, en la Universidad Juan Carlos I, a poder ser.

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¿Vencer o convencer?

A mí, la escena de  los cuatro ministros -Catalá, Zoido, Cospedal y Méndez de Vigo- cantando a voz en grito el himno de la Legión que comienza “Soy el novio de la muerte…” me recuerda a la escena del Apocalipsis  en que Jesús despliega el pergamino sellado  y aparecen los cuatro jinetes que representan a la Guerra, el Hambre, la Victoria y la Muerte. ¡Vaya tropa! Millán Astray se hubiera sentido orgulloso de haber presenciado tal escena en la España democrática que se define como Estado aconfesional. Sí, y enardecido, hubiera gritado con ellos: ¡Viva la muerte!, ¡Muera la Inteligencia!, como lo hizo el 12 de Octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, delante de don Miguel de Unamuno. Para los que no conozcan lo sucedido aquel día, diré que allí se reunieron, entre otros, el claustro de profesores y el general Millán Astray. Unamuno no pensaba hablar, pero al oír y las invitaciones a los jóvenes estudiantes para que participaran en la sublevación y dieran su vida por “España”, Unamuno se levantó y comenzó aquel discurso inolvidable que fue a un tiempo su testamento, pues murió a los pocos días.  Millán Astray  pegó un puñetazo en la mesa y le interrumpió gritando: ¡Viva la muerte!, ¡Abajo la inteligencia!, mientras los jóvenes armados que le acompañaban, cantaban el himno de la Legión, es de suponer que con el mismo ardor -por lo menos- que lo hicieron Cospedal, Zoido, Catalá y Méndez de Vigo el Jueves Santo pasado. Pero Unamuno no se arredró, sino que, más elocuente que nuca, pronunció la frase por la que se recordará siempre su discurso: “Venceréis pero no convenceréis”, para luego establecer la diferencia entre dos mutilados de guerra: Cervantes y Millán Astray.  Dijo Unamuno: “Acabo de oír el grito de ¡Viva la muerte! El general Millán Astray es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Por desgracia hoy tenemos demasiados inválidos en España y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray no es un espíritu selecto: quiere crear una España a su propia imagen. Por ello lo que desea es ver una España mutilada. Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España”. Yo no he oído nunca algo más contundente que sus palabras para contestar a los que enaltecen la muerte y presumen de ello. Para los que me contesten que el Cristo de la Legión representa la devoción popular como ninguno, y que por consiguiente yo no debo hablar de lo que no entiendo, les contesto con el poema que el andaluz Antonio Machado dedicó al Cristo de los gitanos y que termina con estas palabras:  “¡Cantar de la tierra mía, /que echa flores/ al Jesús de la agonía,/ y es la fe de mis mayores! /Oh, no eres tú mi cantar!/¡No puedo cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en la mar!” Que cada jinete se suba al caballo que le corresponda. Los que deseamos ver un día a Jesús -o a cualquier otro hombre- realizando el prodigio de vencer a la muerte, preferimos ir a pie por la vida.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.