El Norte de Castilla
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La primera mirada

Hace años leí un texto de León Tolstoi titulado “La muñeca de porcelana”. Parecía la descripción de un sueño erótico: el protagonista acariciaba a una mujer mientras ella iba desapareciendo entre sus manos, hasta reencontrarla en medio de la almohada, convertida en una figura minúscula, del tamaño de una de esas vírgenes de marfil fosforescente de nuestra infancia, que lucían en la oscuridad.  Cuál no sería mi sorpresa cuando hace muy poco, leyendo las memorias de Tolstoi, me encuentro con un recuerdo que tiene con aquel relato una gran similitud.  Cuenta el autor de Ana Karenina cómo veía a su madre mientras de niño conversaba con ella en la cama antes de dormirse:

Cuando tras haber acabado mi taza de leche bien azucarada se me cerraban los ojos llenos de sueño, permanecía quieto y me quedaba escuchando a mamá (…) La miraba fijamente con los ojos ofuscados por el sueño y en mis pupilas se hacía pequeña, pequeña; su rostro no era mayor que uno de los botones de mi chaqueta, pero lo distingo claramente y veo que me mira y me sonríe ¡Qué bueno es tener una mamá tan pequeñita! Cierro aún más los párpados  y va disminuyendo, disminuyendo; ya no es más grande que la imagen de un niño en el fondo de una pupila.

He traído a colación este texto porque es un recuerdo de la madre particularmente original. La madre, que sin duda ocupa el lugar central entre las figuras infantiles, sin embargo, en los libros de las memorias suele ser evocada por medio de lugares demasiado comunes. Normalmente todos coinciden en atribuirle una belleza y una dulzura excepcionales, por lo que los relatos de los escritores más diversos pueden resultar intercambiables. Las escritoras, al contrario, revelan en sus autobiografías relaciones difíciles con sus madres, ante las que manifiestan incluso una suerte de rivalidad. Los años pasados no borran de la memoria de Rosa Chacel, por ejemplo, la virulencia de las riñas con su madre, cuando ésta ejercía con ella la doble tarea de madre y maestra:

Se levantaba de la mesa, me reconvenía o me insultaba, pero el furor le cortaba la palabra y se echaba a llorar. Andaba de un lado para otro de la habitación sollozando, y cuando ya no podía contenerse daba con la cabeza en la pared como si fuese una cabeza ajena (…) Yo en estos casos no decía nada: lloraba desesperadamente y todo terminaba así, las dos llorábamos mucho rato y luego dejábamos de llorar.

Sin duda, lo que enfrentaba a Rosa Chacel con su madre era la conciencia de ser menos inteligente de los que ella hubiera deseado que fuera su hija, en la que proyectaba sus propias frustraciones. Muy semejante es el reproche que Esther Tusquets hace a su madre cuando recuerda su relación infantil con ella:

Pero si nuestra relación se quebró, si en algún momento de la adolescencia me enfrenté a ti y no bajé durante tantos años la guardia, no fue por nada que me dijeras, me hicieras, me dejaras de hacer, por nada que dijeras, o hicieras o dejaras de hacer a otros. Fue porque comprendí – en una súbita revelación que debía de haber madurado largo tiempo en secreto en mi interior- que nunca (y, en cuanto se relaciona contigo “nunca” es un nunca sin paliativos ni esperanza), por mucho que me aplicara, lograría tu aprobación. (…) y por consiguiente el único modo de afirmarme y de no sucumbir era enfrentarme a ti. Pero descubrí algo todavía más grave y por igual irreversible, y era que tampoco nunca, por mucho que nos esforzáramos, ibas a permitir que te hiciéramos feliz.

Al contrario que Esther Tusquets, las escritoras que rememoran una relación apacible con la madre son las que encontraron en la figura materna una complicidad a la hora de realizar su vocación artística. Así recuerda Carmen Martín Gaite a su madre, como una aliada, al menos en el deseo de escapar de la realidad cotidiana por medio de la imaginación:

Mi madre siempre tuvo la costumbre de acercar a la ventana la camilla donde leía o cosía, y aquel punto del cuarto de estar era el ancla, era el centro de la casa. Yo me venía allí con mis cuadernos para hacer los deberes, y desde niña supe que cuando abandonaba sobre el regazo la labor o el libro y empezaba a mirar por la ventana, era cuando se iba de viaje. “No encendáis todavía la luz –decía-, que quiero ver atardecer”. Yo no me iba, pero casi nunca hablaba porque sabía que era interrumpirla. Y en aquel silencio que caía con la tarde sobre su labor y mis cuadernos, de tanto envidiarla y de tanto mirarla, aprendí no sé cómo a fugarme yo también.

 Y la madre pobre, la madre inculta, la madre zafia y fea –habremos de convenir que también existiría-, ¿cómo es recordada? La miseria en nada contribuye a la expresión de los afectos, es verdad, sin embargo las escritoras poseen una sensibilidad especial para distinguir los gestos con los que sus madres pobres manifestaban un amor nunca expresado con palabras. Herta Müller, en el discurso de recepción del Premio Nobel, nos ofrece un relato insuperable del hilo secreto que le unía a su madre, recordando la pregunta que ella le hacía cada vez que salía de casa para ir al trabajo:

¿Tienes un pañuelo? me preguntaba mi madre cada mañana en la puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no tenía el pañuelo, y como no lo tenía, regresaba a la habitación y sacaba un pañuelo. No tenía el pañuelo cada mañana, porque cada mañana aguardaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. A otras horas del día, más tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de mí misma. La pregunta ¿Tienes un pañuelo? era una ternura indirecta. Una directa hubiera sido penosa, algo que no existía entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta. Sólo así podía decirse a secas, en tono de orden, como las maniobras del trabajo. El hecho de que la voz fuera áspera realzaba incluso la ternura. Cada mañana estaba yo una vez sin pañuelo en la puerta, y una segunda vez con pañuelo. Sólo después salía a la calle, como si con el pañuelo también estuviera mi madre.

Todas las madres citadas aparecen como madres reales, que vivieron al lado de sus hijos. Y sin embargo es la madre de la que el niño recuerda apenas el grito que dio al morir la protagonista del relato a mi entender más revelador de la relación intima entre madre e hijo. Me refiero a la madre ensoñada de Aharon Appelfeld, que se muestra en su imaginación con un realismo inalterable después de muerta. Appelfeld huyó de un campo de concentración nazi a los 8 años, y estuvo vagando por los campos a punto de morir de sed. Habiendo hallado un arroyo providencial, dio el primer sorbo de agua, y fue entonces cuando se le apareció su madre, tal como él la recordaba, antes de que fuera asesinada por los nazis:

Me arrodillé y bebí. El agua me abrió los ojos y vi a mi madre, que hacía días que había desaparecido de mi mente. Al principio la vi junto a la ventana, de pie, observando, como tenía por costumbre hacer, pero de pronto volvió su cara hacia mí. Se asombró de que estuviera solo en el bosque. Fui a su encuentro, aunque enseguida comprendí que si me alejaba no volvería a encontrar el arroyo, y me quedé de pie. Volví para mirar el círculo pequeño por el que mi madre se me había aparecido y el círculo se cerró.

 Es curioso que escritores con infancias tan opuestas como León Tolstoi y Aharon Appelfeld coincidan en hacer disminuir la figura de la madre hasta que desaparece en su memoria. Sin embargo, el sentimiento de su proximidad invisible sigue siendo, en los dos casos, igual de consolador. Pienso ahora, comparando ambos textos, que quizá el agujero por el que desaparece y vuelve a asomarse la madre en los momentos decisivos puede ser la pupila del niño que conserva su imagen pequeña mientras, ya grande, observa las presencias del mundo. Sí, quizá por debajo de todas esas presencias, asoma el rostro en cuyos ojos nos vimos por vez primera como en un espejo minúsculo. Y quizá, para todos, la madre sea eso exactamente: la primera mirada.

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La mujer y la ciencia

“Una vez  una monja muy santa y cándida me mandó que no estudiase. Yo la obedecí durante tres meses en cuanto a no leer libros, pero no en lo de no estudiar, porque esto a mí no me es posible, pues, aunque no leía libros, estudiaba observando todas las cosas creadas por Dios, sirviéndome ellas de letras y de libros todo el Universo”. Esto le contestó Sor Juana Inés de la Cruz, la poeta mexicana del Siglo XVII, a un obispo preocupado por su afán de saber, insano, a su parecer, para una mujer de su tiempo. Y es que el caso de Sor Juana, como el de todas las mujeres que han destacado por su sabiduría a lo largo de la Historia, desde Leonor de Aquitania hasta madame Curie, inquietaba especialmente a quienes intuían que, debajo de sus cofias y sus tocas, las descendientes de Eva escondían un cerebro potente. Traigo hoy a colación la carta que Sor Juana Inés escribió a Sor Filotea –seudónimo que utilizaba el obispo – porque el sábado pasado se celebró el Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia, y el mero hecho de que haya que celebrar este día nos indica que niñas y mujeres siguen chocando con los Filoteos cuando intentan utilizar su inteligencia. Primero se orientaron hacia las Humanidades, y en los últimos tiempos a los campos de la Educación, la Medicina y los estudios jurídicos. Es en la investigación científica donde más están tardando en penetrar ¿Por qué se sigue  eligiendo siempre, en el caso de que haya igualdad en los méritos, al hombre y no a la mujer para los trabajos relacionados con la investigación científica?, ¿por qué será? Por la misma razón que a Madame Curie se le impidió entrar en la Academia Francesa de las Ciencias en 1911, el mismo año en que obtuvo su segundo Premio Nobel. Efectivamente, hay casos que nos ponen los pelos de punta, como el que refiere  Petra Barnés en su libro “Frutos del exilio”, publicado por la Universidad Metropolitana de México en 2010: “En unas oposiciones a catedrático de universidad celebradas en España en 1940, el tribunal prefirió dejar una plaza desierta antes que permitir que fuera ocupada por una mujer”. Hay en la raíz del problema una gran injusticia, es verdad, pero pocos piensan que es mucho más lo que ha perdido y  sigue perdiendo el  mundo de la investigación al despreciar el talento de las mujeres. Sor Juana Inés de la Cruz reflexionaba también sobre esto en su carta a Sor Filotea: “Pues ¿qué os pudiera contar de los secretos naturales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite y, por contrario, se despedaza en el almíbar; veo que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo u otra fruta agria… Yo suelo decir viendo estas cosillas: si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito”.  Ángeles Ruiz Robles, la maestra que inventó el libro electrónico en los años cincuenta, es un ejemplo de cuánto talento femenino ha sido desperdiciado: su enciclopedia, que hoy es una pieza de museo,  nunca fue fabricada. Sí, las mujeres sirven para mucho más que para ser el descanso al guerrero, aunque la Señorita Francis proclamara en sus programas radiofónicos que esta era la misión más alta a la que podían aspirar. Por cierto, ¿saben cómo se llamaba realmente Elena Francis? Se llamaba Juan Soto Viñolo, y era otro impostor, como el obispo enmascarado en sor Filotea. Para que luego digan que las mujeres tradicionales, tontorronas e indocumentadas,  eran más femeninas.

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El primer día de la creación

Estaban comenzando los años sesenta, la década en la que entraron en mi casa todos los inventos modernos. Llegó el túrmix y la televisión, y mi padre decidió comprarse un coche. ¿Por qué se habría comprado un coche cuando todos sabíamos lo poco que le gustaba viajar? Así que el día en que lo estrenamos yo estaba tan encantada como sorprendida. ¿Dónde íbamos? Me imaginaba  –entonces no tenía ni idea de las distancias- que iríamos a Valladolid o a Santander, las dos únicas ciudades que figuraban en mi geografía particular. Sin embargo paramos enseguida,  al entrar en Autilla del Pino. Así me dijeron que se llamaba aquel pueblo. En cuanto salí del coche me fui corriendo en dirección a la plaza, pero enseguida tuve que volver sobre mis pasos. Mi padre caminaba hacia un lugar en donde solo había una barandilla. ¿Qué se veía desde allí? Nada -pensé tras una primera ojeada- , nada en absoluto. El inmenso cielo azul y una explanada de tierra que parecía infinita. Al fondo, lejanísimas, entre una suave neblina que difuminaba sus perfiles, se distinguían unas montañas de color sonrosado. Así que habíamos venido a mirar la nada, más o menos. Escudriñé el paisaje con atención y fui descubriendo unos montículos  que parecían pequeños oteros de adobe, flotando en la inmensidad. ¿Qué era eso? Eran los pueblos de Palencia, pueblos de adobe, pálidos pueblos que se confundían con la tierra desnuda, como si hubieran crecido sin la intervención de la mano del hombre: Grijota, Villaumbrales, Villamartín de Campos, Pedraza, Mazariegos… Había que fijarse para distinguirlos, y esa suerte de invisibilidad concertaba con el silencio que nos invadía. Eso lo recuerdo muy bien, que mi padre no decía nada, atento como estaba a una voz interior, inaudible. Como me aburría, me dio por pensar en lo que nos habían explicado por la mañana en el colegio. Estábamos estudiando la Creación del mundo. Todo lo hizo Dios, en solo siete días. El primer día hizo la luz. Mira que luz -me decía mi padre en ese momento-, mientras miraba al cielo, diáfano, igual que el primer día. Luego dejó que la tierra se secara, tras haberla separado del agua de los mares….. Para entonces ya había descubierto lo que habíamos venido a mirar: el mundo tal como era al comienzo de la Creación, cuando cielo y tierra aún no se habían separado del todo. Desde Autilla, todavía se confundían tierra y cielo en la lejanía, en la línea sutil del horizonte.  Se lo dije a mi padre, que se rió con ganas de mi ocurrencia; lo digo porque lo contaba una y otra vez: habíamos comprado el coche para eso, ahora ya lo había entendido. Desde entonces el Mirador de Autilla  es aquella tarde de un otoño lejano en que vi el mundo recién nacido. Ese desnudo contundente muestra el páramo, hollado lo indispensable para que exista la vida. Aquella tarde sumergida en un silencio que se huele y se toca, que invita a callar, a mirar hacia dentro, sigue allí, esperándonos. Siempre. Siempre que vuelvo al mirador se superpone aquella nada primigenia a lo que veo hoy, de tal manera que consigo abstraerme y evitar  las señales eléctricas,  los molinos de viento o los tejados de uralita verde que ahora asaltan la plenitud de la creación, virgen, intacta. “No hemos venido a ver sino a no ver”,  advertía San Juan de la Cruz a sus hermanos, cuando se detenían a admirar hermosos parajes. A no ver, es eso lo que se aprende mirando atentamente desde el otero de Autilla. Luego me he asomado a muchos miradores, con la misma curiosidad, con la misma esperanza. En Palencia también tenemos el de  Piedrasluengas, desde donde se ve un paisaje majestuoso, inolvidable, pero ni en Piedrasluengas ni en ningún otro mirador  se distingue con tanta nitidez la infinitud habitada, que transforma en habitable a la nada, al vacío. He visto, sí, el mismo panorama en los cuadros de Díaz Caneja, el pintor palentino, cuya obra, para verse de verdad,  necesita ser mirada con los mismos ojos que miran desde el mirador de Autilla. Pasados los años, ojeando los libros de mi padre, Teófilo Ortega, hallé un texto que también está escrito desde aquí. Pertenece a su libro “La voz del paisaje”, obra en la que intenta traducir en palabras la voz milenaria de la tierra que vimos aquel día. Una voz silenciosa, profunda, anterior a la humana, que nos invita a callar. Dice al describir precisamente este paraje: “El áncora que sujeta, en el puerto de todo lo efímero y terreno, el bajel de nuestro espíritu, abandona las quietas profundidades concediéndonos la deseada libertad. Olvidamos este lugar y este siglo, y fuera de los enojosos límites de espacio y de tiempo, paralizamos nuestros movimientos, sobrecogidos de extraordinaria emoción. Cerramos los ojos, y en posesión de lo contemplado, permitimos que, a costa de nuestro callado vivir material, se desarrolle y expanda la vida del espíritu. Para lo que está desnudo y se proyecta más allá del tiempo, también nuestra alma desnuda sobre la caediza actualidad…” Sí, hay que cerrar los ojos para ver lo invisible, esa cualidad que Pino identificaba con la tierra de Castilla: “¿Existirá Castilla en la mañana?”, se pregunta el poeta, y la voz del paisaje  le contesta que sí, “donde se escucha volar, aunque el sonido se pierda….” Rilke también lo había dicho con su voz de poeta total: “…porque los hombres somos las abejas de lo invisible. Libamos desesperadamente la miel de lo visible para acumularla en la gran colmena de oro de lo que no se ve”. Para ver lo invisible, los seres humanos abandonaron su instinto animal de vigilancia y se entregaron al placer contemplativo.  ¿Fue aquí donde un día decidió erguirse el primer hombre? Yo creo que muy bien pudo ser aquí donde abandonó la ruin existencia a cuatro patas que únicamente le permitía ver su propia sombra sobre el suelo. Aquí precisamente, en esta tierra sin caminos, donde solo sus huellas comenzaron a dibujar un destino humano. Cuando la tierra aún era plana y todo era más allá. Pero el mundo ha dado muchas vueltas desde entonces, y se han sucedido las noches y los días. Y en aquella tarde rememorada,  el día acabó cediendo y se puso el sol. ¡Qué puesta de sol la de Autilla del Pino!¡Qué dramatismo sosegado el de su luz en derrota! No intenten contarle a nadie cómo es, díganles que vengan hasta aquí a mirar.

De entre las muchísimas veces que volví durante mi infancia al mirador de Autilla, hay otra que no he olvidado. Lo conté en mi libro “Las cosas como eran”, y no voy a repetirlo aquí de nuevo, con todos sus detalles. Solo diré que fue la última tarde que mi padre salió de casa, el día en que yo me di cuenta de que se iba a morir. Casi no se tenía en pie cuando se apoyó en la barandilla del mirador. La tarde aquella, ni mi madre ni yo mirábamos el paisaje, le mirábamos a él, que miraba por nosotros el día sin final. Desde entonces veo siempre lo mismo en Autilla del Pino: vida y muerte mirándose a los ojos, promesa y olvido, destino y ocaso, primer y último día. Y escucho una voz tan ancestral como la del Génesis. Me dice: en la placidez de esta planicie ilimitada, Dios se quedó en silencio y decidió tenderse a descansar. ¿Aún sigue allí?

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Adiós Rouco Varela

 

Bien, Rouco Varela la ha vuelto a armar, como se esperaba. No podía dejar pasar la oportunidad que le brindaba la muerte de Adolfo Suarez para ser protagonista de los noticiarios. Y ciertos columnistas, como yo misma, vamos al trapo. Pero algún desahogo nos merecemos entre tanta alabanza a la concordia los que somos de naturaleza levantisca. Pues sí, Rouco nos amenaza con su voz meliflua y su aspecto de cuervo disfrazado para carnavales con una nueva Guerra civil entre los españoles. Él, que impulsaba a los católicos a salir a la calle para insultar a los partidarios de que los homosexuales ejercieran su derecho a casarse. Y lo hace desde el púlpito, como sus antecesores del año 36, los que impulsaron a los españoles a participar en la Santa Cruzada contra el comunismo y la masonería, los mismos que llevaron a Franco bajo palio, en agradecimiento a los servicios prestados por el nacionalcatolicismo. Servicios que incluían fusilamientos masivos, robo de niños a las madres presas, represión a los maestros y todo tipo de desmanes sin cuento. Pues sí, señor Rouco, a usted ya le gustaría que comenzara otra fiesta de sangre como aquella, pero los españoles no queremos. No queremos ahora otra guerra como no la queríamos tras la muerte de su amado Generalísimo. No la queremos y no la habrá, se lo aseguro. Tampoco la querían ni Tarancón ni Suarez, a los que tanto se recuerda estos días. Pero que conste que la Transición se hizo más o menos tranquilamente –más o menos porque también hubo mártires, como los Guardias Civiles asesinados por ETA o los abogados comunistas de Atocha, víctimas del terrorismo de extrema derecha, por citar solo dos ejemplos- gracias a la decisión de todos los españoles a los que les horrorizaba que figuras como Rouco volvieran a dirigir nuestro futuro. Aún a costa de que los fusilados durante la Guerra civil permanecieran tirados entre los escombros, como siguen estando la gran mayoría de ellos, sin un entierro digno de seres humanos. No quisieron la guerra tampoco los sindicalistas que habían pasado por la Dirección General de Seguridad y habían padecido las torturas y la cárcel, como Marcelino Camacho. Tampoco querían la guerra los militantes de partidos de izquierda que se habían pasado media vida en prisión, como Marcos Ana, ni quisieron la Guerra los exiliados que volvían tras cincuenta años sin afán de venganza, ni siquiera la quisieron los que habían pasado por campos de concentración como el alcalde Tierno Galván. A todos ellos les debemos la “concordia” que unos pocos se atribuyen en exclusiva. Y mira que tenían razones para odiar, y sin embargo, perdonaron, porque así lo quiso el pueblo de España, una España unida contra los nostálgicos del Régimen desde Cataluña hasta el último rincón de Andalucía. Es verdad que tampoco Azaña quería la guerra, pero Azaña se equivocó al pensar que España ya no era católica, es decir, que los Roucos Varelas de entonces no tendrían tanta influencia como para desencadenar una masacre. Fue su gran equivocación, como fue la gran equivocación de la Iglesia creer que, con la Transición, se iba a olvidar quienes fueron y lo que habían hecho. No, no lo hemos olvidado, como tampoco le olvidaremos a usted, aunque desde mañana mismo dejemos de escribir sobre su persona, por mucho que se desgañite amenazándonos con todas las penas del Infierno. Hasta siempre, Ilustrísima.  

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Memoria de la pobreza

 

No hay nada más difícil de explicar a un niño que la aceptación social de la pobreza como algo inevitable. La pobreza engendra vergüenza, tanto si el niño la padece como si la percibe en su entorno. En mis memorias de infancia, explico la vergüenza que me asaltaba al confrontar mi vida de niña afortunada con la vida miserable de las heroínas de los cuentos, entre las que destacaba “La Cenicienta”. Mis cenicientas reales eran las niñas gratuitas del colegio, que poseían, a mi parecer, un talismán contra la mala suerte, mientras las niñas ricas acabaríamos por rabiar en medio de nuestra opulencia inmerecida. La mayoría de los escritores no pertenecen a familias pobres, pero no todos tienen la misma percepción de la pobreza ajena. Voy a comparar a dos autores provenientes de la aristocracia: Nabocov y Tolstoi. Nabocov vive en la burbuja de su mundo de privilegio familiar, sin fisuras. En Tolstoi, en cambio, la burbuja se quiebra por el sentimiento de compasión hacia sus sirvientes. Leyendo sus memorias, nos conmovemos tanto como él mismo ante la ingratitud de su padre cuando echa a la calle a su anciano preceptor. Pero la relación más íntima es la que establece con su vieja aña, que, en su pobreza, siempre guardaba en su cajita algún regalo para él. En una ocasión el aña le riñe, el niño se enfada con ella y llora rabioso. Así describe Tolstoi la escena: “sacó de debajo de su toquilla una cajita encarnada, que me ofreció con mano temblorosa. Contenía dos caramelos y un higo seco. No tuve valor para mirar a la cara a aquella buena vieja. Tomé la cajita, volviéndome de espaldas, con las lágrimas aún en los ojos. Pero no eran lágrimas de ira, eran lágrimas de ternura y de vergüenza” ¿Fue aquella vieja criada la que le regaló su conciencia social, junto con los higos y los caramelos? En el ámbito rural es en el que aparecen más casos de escritores de origen pobre. En los pueblos se daba entre los niños una relación interclasista, por eso Luis Mateo Díez, cuyo padre era funcionario, escribe sus memorias de infancia con una voz plural, en la que no se distinguen ni pobres ni ricos. En la Alcarama de Abel Hernández, la pobreza era común a todos sus habitantes, por lo que tampoco lastraba la vida infantil. Además, la maravilla de la naturaleza que les rodeaba y el hallazgo continuo de tesoros gratuitos: piedras, plantas, sapos, lagartijas, pájaros…, borraba de la pobreza su faz miserable.  Nadie como Janet Frame, la poeta neozelandesa,nos hace percibir el atractivo de la infancia pobre en medio de una naturaleza edénica.  Así describe los alrededores de la caseta cercana al ferrocarril donde se ve obligada a vivir su familia tras el derribo de su casa: “Pantano colorado, animalucho dorado, cielo gris, tren rojo, tren amarillo, carpa verde, hierba fina dorada, naranjitas de penique anaranjadas, bayas blancas y lechosas, todo iluminado por el firmamento que reflejaba la luz de la nieve de la Antártida” Más tarde, cuando abandona el ámbito rural, la pobreza le impide arreglarse sus dientes podridos, engendrando en la adolescente una vergüenza de la que no se librará en toda su vida. Otro ejemplo de esa pobreza avergonzada es el relato de infancia de Antonio Gamoneda. Gamoneda vive la escasez de la postguerra española, que se cierne también sobre familias como la suya, en la que la muerte temprana de su padre, maestro y autor de un libro de poemas, deja en la pobreza a madre y a hijo. Una escasez humillante que motiva su abandono de los estudios cuando en el colegio se mofan de que no tenga dinero para comprar los libros de texto: “No fue el sadismo ni los diversos aspectos y grados de la pederastia frailuna lo que me echó de los agustinos y acrecentó mi maldad; fue la vergüenza de ser publicado pobre”. Ésta y otras humillaciones están en el origen de su rabia contra la injusticia, pero también funcionan como un correlato poético de la profunda y hermosísima tristeza de su obra. Aunque, para los futuros escritores, la pobreza nunca es un peso imposible de sobrellevar, porque su riqueza estriba en el lenguaje, y este es un tesoro que se distribuye a partes iguales entre pobres y ricos; para comprobarlo solo hace falta leer a Eudora Welty o a Natalia Ginzburg, cuyos recuerdos infantiles se conforman en torno a la memoria de las palabras. La pobreza absoluta solo la he encontrado en Appelfeld, cuando relata su peregrinaje tras haberse escapado a los 10 años del Campo de exterminio nazi. Hambre, sed y soledad absoluta, abandono sin expresión posible. Y sin embargo, ante el hallazgo de un árbol cargado de manzanas, su asombro propicia la presencia encantada de la madre perdida. El hambre también engendra estos prodigios. Leyendo a Appelfeld me he vuelto a avergonzar ante el brillo de las manzanas que ofrece en cada una de sus páginas, igual que de niña me avergonzaba, al dewslumbrarme, el resplandor mortal de “La niña de los fósforos”. En eso estriba la maravilla de la literatura, en el poder de transformar lo despreciable en envidiable, digno de ser guardado en la memoria igual que el aña de Tolstoi guardaba en su cajita los higos y los caramelos, y de ser ofrecido a los lectores como se ofrece un talismán.

Memorias infantiles citadas:

Aharon Appelfeld. “Historia de una vida”. Península, 2004.

Luis Mateo Díez: “Días de desván”. Edilesa, 1997.

Janet Frame: “Un ángel en mi mesa”. Seix Barral, 1991.

Antonio Gamoneda: “Un armario lleno de sombra”. Galaxia Gutenberg, 2009.

Natalia Ginzburg: “Léxico familiar”. Lumen, 2009.

Abel Hernández: “Historias de Alcarama”. Gadir, 2008.

Vladimir Nabocov: “Habla, memoria”. Anagrama, 1994.

Esperanza Ortega: “Las cosas como eran”. Menoscuarto, 2000.

León Tolstoi– “Memorias. (Infancia-Adolescencia- Juventud). Casa editorial Maucci,1907.

Eudora Welty: La palabra heredada. Impedimenta, 2013.

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Hermano cronopio, hermana polilla. (Sobre Julio Cortázar)

 

Llegamos a las cuatro de la madrugada tras un viaje infernal: avería en el tren, literas-potro de tortura, calor africano…, y aunque estábamos rendidos, decidimos salir a la calle, no habíamos llegado hasta allí para descansar. Tampoco habíamos venido a ver la torre Eiffel o los Campos Elíseos, así que comenzamos a andar sin rumbo fijo, hasta que las primeras luces nos anunciaron que estábamos amaneciendo en una calle cualquiera de París. Sabíamos que no íbamos a encontrar la ciudad de la toma de la Bastilla ni la del spleen de Baudelaire, aquellas dos ciudades ya habían pasado a la Historia. Habíamos salido a recorrer una ciudad nuestra, presente, el París de Cortázar, que posiblemente ya estaría mirando desde la ventana el mismo cielo que nosotros, en la ciudad donde había escrito sus “historias de cronopios y famas”. Hablo en plural porque fui a París por primera vez con un grupo de amigos y porque los cronopios no tienen nada de originales -“somos muchos y todos vivimos en la calle Humbolt”- , pero también porque entonces percibíamos su obra como una tarea común, en la que el autor estaba rodeado de cientos de lectores tan interesados como él mismo en su escritura. Cortázar no tenía una placa en la Coupole ni nos lo imaginábamos en los elegantes cafés parisinos, así que lo esperamos en los vagones de metro, en las oficinas de correos, en los bancos de los parques… Pero Cortázar no llegó, aunque en muchas ocasiones sentimos su proximidad de la misma manera que cuando abríamos un libro suyo. Cortázar es uno de esos escritores a los que sientes respirar a tu lado mientras te leen ellos mismos su obra: cuando tuve ocasión de ver un video en el que leía una de sus páginas, me percaté de que esa voz ya la había escuchado en mi interior. Su tono de confidencia produce en el lector una anagnórisis, un reconocimiento entre dos semejantes. Él mismo lo expresa refiriéndose a Keats: ”El poeta es ese hombre que escribe nuestros poemas. Descubrirlos, entre tantos que no nos tocan, es hallar nuestra verdad dicha por alguien que es nuestro doble, el doble del aire, el doble sin nombre ni impedimentos ni renuncias”. La prueba de que algo nos hermanaba la encontrábamos en detalles tan irrelevantes como la torpeza para administrar la pasta dentífrica o la desconfianza hacia los relojes de pulsera, pero también y sobre todo en el deseo de librarnos de la red en la que nos sentíamos atrapados dentro de una casa tomada. Habíamos leído a los existencialistas, pero no era eso; aunque al comienzo de  “historias de cronopios y famas” encontráramos frases como ésta, que hubieran podido figurar en “La nausea” de Sartre: “la vida como la tarea de abrirse paso en la masa pegajosa que se proclama mundo”. Habíamos leído a Marx, pero tampoco era eso. La división entre proletariado y burguesía no daba cuenta del entramado a un tiempo complejo y absurdo en el que estábamos enredados, como sí lo hacía la división entre famas, cronopios y esperanzas. Cortázar iba mucho más adentro, nos abría una rendija por donde escapar de las redes más tupidas, con su talento de prestidigitador de las palabras, que anunciaba la actualidad de otra vida posible: “Y si de pronto una polilla se para al borde de un lápiz y late como un fuego ceniciento, mírala, yo la estoy mirando, estoy palpando su corazón pequeñísimo, y la oigo, esa polilla resuena en la pasta de cristal congelado, no todo está perdido”. En un momento en que el Mayo francés se había revelado más generacional que clasista, los cronopios expresaban esa lucha librada dentro de cada familia y de cada individuo, no exenta de ternura y sentido del humor. El mundo daba asco, pero eso no impedía que nos entusiasmáramos con la vida, un entusiasmo que Cortázar también reconoce cuando analiza el romanticismo inglés en su libro sobre Keats: “el mundo es deplorable, pero la vida –en o contra el mundo- guarda toda su belleza y puede, en la realización personal, transformarlo” Es decir, que cada uno podía librar la batalla entre el mundo y la vida, para eso se había inventado “el-palito-que-habla”, su arma, su pluma. También se ha tomado a “historias de cronopios y famas” como ejemplo de escritura automática, surrealista. Yo creo que nada hay de automático allí donde el desorden se organiza de forma matemágica, tan exacta como impredecible. El mismo Cortázar se anticipa y nos disuade de la tentación de interpretar sus textos como surrealistas en “Esbozo de un sueño”, donde un cronopio se ve envuelto durante el día en sucesos propios de una pesadilla, y de noche sueña con situaciones cotidianas, que nada tienen de particular. Además, Cortázar añadía al surrealismo un nuevo ingrediente, el humor, su personal cortesía hacia la claridad de la vida diurna. La gracia nacía de la inevitable inadecuación de sus personajes, inmersos en situaciones tan cotidianas como delirantes. Con respecto a la finalidad que perseguía en sus textos, Cortázar estaba mucho más cerca del análisis de los formalistas rusos, que conciben el arte como una técnica de des-automatización de las conciencias. Para conseguirlo, había que situar al lector al principio de la carrera, cuando todavía no conocía los obstáculos con los que se iba a encontrar y no podía soslayarlos de manera tópica, automática.  Vivir volvía a ser una aventura, dar de nuevo los primeros pasos sobre el terreno movedizo de lo impredecible. De ahí sus instrucciones para hacer lo que parece consabido: subir unas escaleras, cantar, llorar o poner en marcha un reloj. Hacerlo todo por primera vez, conscientes de que cada uno de nuestros gestos tenía una transcendencia, o por última vez, tras haber olvidado costumbres, monotonías, pactos con lo previsible. Así se comporta un amateur, sin automatismos profesionales; así se comportó siempre Cortázar, en la vida y en la literatura, como Adán el primer día de la creación. De ahí su afinidad con escritores tan poco profesionales como Macedonio Fernández o Henry Michaux, el creador de “Pluma”, el cronopio que se anticipó al propio Cortázar. Y de ahí su fidelidad al Che, que siempre fue un aficionado y no un profesional de la política, el médico motorista que terminó muriendo comandante de la guerrilla. Por eso nuestra muerte de Cortázar nos duele ahora igual que hace treinta años. Digo “nuestra muerte” porque sus lectores sufrimos con él la derrota del deseo de vida común. La segunda vez que fui París había pasado mucho tiempo desde mi primera visita, ya tenía una hija que había leído a Cortázar, y busqué con ella su tumba en Montparnasse. No coincidí con ningún cronopio, porque los cronopios no acuden nada más que a los velorios falsos y éste no lo era. Pero se me vinieron a la cabeza los versos que él había dedicado a la muerte del Che: “Yo tuve un hermano,/ no nos vimos nunca, pero no importaba/ mi hermano despierto mientras yo dormía…” Sí, tuvimos y tenemos un hermano que aún nos da instrucciones para abstraer el encanto incluso de las lágrimas, con la ayuda de la imaginación, ese arma que él manejó siempre con suma destreza. Y me acordé también de uno de los episodios de “historias de cronopios y famas”, aquel en que una secretaria llora mientras lee una carta de despido dirigida a un compañero, y él la contempla abstraído en el prodigio de sus lágrimas. Al final de esta escena, leemos lo siguiente: “y por un rato me deleité con esas diminutas fuentes cristalinas que nacían en el aire y se aplastaban en el secante y el boletín oficial. La vida está llena de hermosuras así.” La predilección por todo lo que posea esa diminuta e irrelevante hermosura me hizo pensar en Francisco de Asís, el santo que se consideraba hermano de todo lo creado y que se dedicaba a ocupaciones tan raras, tan propias de un cronopio como predicar a los pájaros o conversar con los lobos. Por eso termino yo este artículo con las palabras que podrían haber salido de sus labios: hermano cronopio, hermana polilla… 

(Artículo publicado el 15-2-2014  en “La sombra del ciprés”, suplemento literario de El Norte de Castilla)

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.