El Norte de Castilla
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Autor: EsperanzaOrtega
El sueño de Cifuentes
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Esperanza Ortega | 17-04-2018 | 11:10| 0

El caso Cifuentes es tan mediático porque muchos llevamos la culpa de haber falsificado alguna vez un documento público. Yo lo hice cuando tenía 10 años y cursaba Primero de Bachillerato. Recibí mi boletín de notas mensual con un cuatro en Aritmética y consideré que no sería difícil convertir el cuatro en un nueve, con ayuda de mi bolígrafo Bic, que era el único instrumental con el que contaba entonces para realizar tal fechoría. El resultado no fue enteramente satisfactorio, pues la tinta del bolígrafo era más oscura que la del boletín de notas, y mis intentos de suavizarla con la goma de borrar Pelican acabaron por dar al traste con mis expectativas.  Además, tenía mucho miedo de que me descubrieran, no porque mis padres fueran muy exigentes en eso de las notas -mi intento de llevar a casa un sobresaliente en matemáticas provenía únicamente del deseo de hacerles felices- Tenía mucho miedo porque cada vez que pensaba en ello me subía desde el cuello hasta las orejas una suerte de calentura, que provenía de un sentimiento que entonces llamábamos “vergüenza” y que cualquiera que lo haya experimentado puede entender sin más explicaciones: tú misma te juzgas y tú misma decides que eres culpable, y presentarte ante los demás con esa culpa, aunque el engaño no sea descubierto, te hace sufrir lo indecible. Hasta llevarte a hacer lo que yo hice con mi boletín, cortarlo en trocitos diminutos diminutos y tirar los trocitos en un charco de los de entonces, cuando había muchas calles a medio pavimentar y charcos tan profundos que, si los pisabas en su parte central, el agua te empapaba los tobillos. Pero las malas intenciones no se olvidan del todo, permanecen en el subconsciente con los colmillos afilados, esperando la ocasión de lanzarse sobre su presa. ¿Y qué mejor ocasión que un mal sueño para abalanzarse y devorarla? Eso es lo que me ha ocurrido a mí más de una vez y más de dos en mi vida “onírica”. En la primera de estas pesadillas, me llegaba una carta del Instituto comunicándome que me tenía que examinar de la Biología de PREU porque había habido un error y no encontraban el acta. Pese a mis protestas, tenía que volver a examinarme, y de no aprobarla, se consideraría nula mi carrera de Filosofía y Letras. Imagínense ustedes el alivio que sentí al despertar de aquella pesadilla. En el segundo sueño tenía que examinarme de Griego de quinto de bachillerato: me pasé la noche reconstruyendo la conjugación y me estrellé contra el aoristo. Estaba a punto de renunciar a mi oposición de profesora cuando la claridad del alba vino a rescatarme. Y todo quedó en un fuerte dolor de cabeza mañanero.  ¿Me entenderían ahora si les dijera que, sin llegar a solidarizarme, siento que es humano el intento de Cifuentes de acumular máster para hacer felices a sus papás y a los capos de su partido? Eso pasa en todas las familias, no solo en las sicilianas, como creen algunos. ¿Pensará Cifuentes que está viviendo un mal sueño del que va a despertar para verse convertida de nuevo en el látigo de la corrupción? Seguro que sí, y esto es lo que explica que todavía no haya dimitido. Quizá Rajoy espera lo mismo, al menos hasta que la moción de censura, que no parece cosa de sueño, sea inminente. Como ellos no conocen la vergüenza, yo les aconsejaría que actuaran igual que Segismundo, el protagonista de la obra de Calderón de la Barca, que viendo lo difícil que era distinguir el sueño de la realidad, decidió actuar siempre bien, de manera que, si fuera sueño, no se arrepintiera de sus actos al despertar. Y mañana será otro día.

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Máster en aplausos
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Esperanza Ortega | 10-04-2018 | 9:15| 0

¿Han visto cómo aplaudían a Cristina Cifuentes sus compañeros de partido?  No me extraña, porque esto de aplaudir es contagioso, sin duda. A mí me encanta aplaudir sobre todo en el teatro, cuando estoy en las primeras filas y tengo  delante a los actores, ¡cómo te lo agradecen con la mirada mientras saludan una y otra vez! Con lo poco que cuesta…. Aunque el aplauso más sentido es el que se daba hace tiempo en los aviones interoceánicos, cuando se llegaba a Europa desde un país de Sudamérica. En mi último viaje a México ya no sucedió, pero hace unos años era una práctica común la de que los viajeros aplaudieran al piloto cuando daba fin al aterrizaje y el avión se paraba ¡Por fin!, después de tomar tierra. Alivio y gratitud, eso era lo que expresaba aquel aplauso unánime y cerrado. En el polo opuesto, el aplauso más triste es el que se dedica al difunto en un entierro civil. Se debería patear a la muerte por llevarse al pariente o al amigo, patearla con rabia y rencor, pero se aplaude al muerto para agradecerle el tiempo que estuvo con nosotros, vivo. Volviendo a los aplausos, los más ridículos que he visto últimamente son los que dedican los coreanos a su “amado líder”. Aplauden con tanto furor y durante tanto tiempo que llegan a levantarse la piel de las manos. Aunque en el caso de los coreanos se entiende su vehemencia en el vitoreo, pues más de uno ha sido fusilado debido el poco entusiasmo que denotaba la tibieza de sus aplausos.  Y a los militantes de PP, ¿con qué les amenazarán para que aplaudan de esa manera tan unánime y compulsiva?, ¿qué les lleva a aplaudir con tanto entusiasmo sobre todo a sus compañeros más presuntamente corruptos?, ¿será que desean dejar en ellos un buen recuerdo antes de leerles la sentencia de muerte política? Sí, en el PP hay gente de verdad muy compasiva. El último aplauso sonado, sonadísimo, ha sido el que recibió Cristina Cifuentes en la convención de Sevilla. A ella le dedicaron no un aplauso sino lo que se conoce con el nombre metafórico de “salva de aplausos”, que es el que usan para despedir con cariño a sus compañeros cuando han sido nominados y se tienen que marchar para siempre del escenario, antes de sentarse en el banquillo. ¡Eres la mejor!, ¡Te queremos, Cristina!, ¡Ninguna como tú! -aunque mañana mismo recoges los bártulos, así lo mandan las reglas-.  El mensaje está claro, pero hay que reconocer la maestría con que aplauden en ese partido. Son tan acordes que cualquiera diría que están realizando un trabajo remunerado mientras chocan sus palmas la una contra la otra con tesón, en medio de la algarabía. Nerón, el romano, contrataba a grupos de hasta 5000 personas para que le aplaudieran en público, pero en el PP lo hacen gratis, por afición, y denotan en el aplauso una satisfacción solo comparable con la de los “diputados en cortes” de la Dictadura, cuando aplaudían al Generalísimo. ¡Qué placer tiene que dar aplaudir de esa manera! Me lo estoy imaginando y me da un gusto… Pero para disfrutar de ese placer hay que ser del PP y tener delante un presunto corrupto o presunta corrupta que sepa recibir las ovaciones. Y haber hecho previamente un máster en aplausos, en la Universidad Juan Carlos I, a poder ser.

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¿Vencer o convencer?
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Esperanza Ortega | 03-04-2018 | 9:16| 0

A mí, la escena de  los cuatro ministros -Catalá, Zoido, Cospedal y Méndez de Vigo- cantando a voz en grito el himno de la Legión que comienza “Soy el novio de la muerte…” me recuerda a la escena del Apocalipsis  en que Jesús despliega el pergamino sellado  y aparecen los cuatro jinetes que representan a la Guerra, el Hambre, la Victoria y la Muerte. ¡Vaya tropa! Millán Astray se hubiera sentido orgulloso de haber presenciado tal escena en la España democrática que se define como Estado aconfesional. Sí, y enardecido, hubiera gritado con ellos: ¡Viva la muerte!, ¡Muera la Inteligencia!, como lo hizo el 12 de Octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca, delante de don Miguel de Unamuno. Para los que no conozcan lo sucedido aquel día, diré que allí se reunieron, entre otros, el claustro de profesores y el general Millán Astray. Unamuno no pensaba hablar, pero al oír y las invitaciones a los jóvenes estudiantes para que participaran en la sublevación y dieran su vida por “España”, Unamuno se levantó y comenzó aquel discurso inolvidable que fue a un tiempo su testamento, pues murió a los pocos días.  Millán Astray  pegó un puñetazo en la mesa y le interrumpió gritando: ¡Viva la muerte!, ¡Abajo la inteligencia!, mientras los jóvenes armados que le acompañaban, cantaban el himno de la Legión, es de suponer que con el mismo ardor -por lo menos- que lo hicieron Cospedal, Zoido, Catalá y Méndez de Vigo el Jueves Santo pasado. Pero Unamuno no se arredró, sino que, más elocuente que nuca, pronunció la frase por la que se recordará siempre su discurso: “Venceréis pero no convenceréis”, para luego establecer la diferencia entre dos mutilados de guerra: Cervantes y Millán Astray.  Dijo Unamuno: “Acabo de oír el grito de ¡Viva la muerte! El general Millán Astray es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Por desgracia hoy tenemos demasiados inválidos en España y pronto habrá más si Dios no nos ayuda. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes se sentirá aliviado al ver cómo aumentan los mutilados a su alrededor. El general Millán Astray no es un espíritu selecto: quiere crear una España a su propia imagen. Por ello lo que desea es ver una España mutilada. Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España”. Yo no he oído nunca algo más contundente que sus palabras para contestar a los que enaltecen la muerte y presumen de ello. Para los que me contesten que el Cristo de la Legión representa la devoción popular como ninguno, y que por consiguiente yo no debo hablar de lo que no entiendo, les contesto con el poema que el andaluz Antonio Machado dedicó al Cristo de los gitanos y que termina con estas palabras:  “¡Cantar de la tierra mía, /que echa flores/ al Jesús de la agonía,/ y es la fe de mis mayores! /Oh, no eres tú mi cantar!/¡No puedo cantar, ni quiero/ a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en la mar!” Que cada jinete se suba al caballo que le corresponda. Los que deseamos ver un día a Jesús -o a cualquier otro hombre- realizando el prodigio de vencer a la muerte, preferimos ir a pie por la vida.

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Las tribulaciones deCristina Cifuentes
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Esperanza Ortega | 28-03-2018 | 11:25| 0

He leído en un periódico muy bien considerado que, según un estudio muy científico, de la realización de una tesis doctoral se pueden derivar graves dolencias psicológicas. Dice, por ejemplo, dicho estudio que los doctorandos se sienten infelices, sometidos a demasiada presión y sufren insomnio, por lo que necesitan asistencia psiquiátrica. A mí, que fui una pésima estudiante universitaria, me ocurría precisamente eso cuando tenía un examen y estaba a años luz de haber estudiado lo suficiente. El remedio para tales dolencias consistía en levantarme de la cama y ponerme a estudiar de manera compulsiva. Así acababa con el insomnio,  daba escape a la presión y me sentía feliz si conseguía aprobar la asignatura. También es verdad que yo no hice la tesis: nada más terminar la carrera aprobé las oposiciones a Profesora de Instituto de Enseñanza Media. Así que me salvé por los pelos. Lo digo porque el estudio demuestra que las mujeres doctoras tienen un 27% más de posibilidades de sufrir estos problemas psiquiátricos que los hombres. ¡Vaya por Dios! A las mujeres siempre nos toca el de la cabeza gorda. Esto es lo que debió de pensar Cristina Cifuentes cuando dejó para más tarde la realización de su trabajo de máster en la Juan Carlos I -o eso dicen que hizo-. No se iba a exponer a tales males ahora que había asumido la misión de acabar con la corrupción en la Comunidad de Madrid. Vamos, que se había convertido en una especie de Zorro en femenino, sin caballo pero con moto, vestida de cuero y con un espadín invisible. ¡Por algo la persiguen sin denuedo sus enemigos allegados! Porque, ¿quién que no sea muy allegado puede saber si le quedaban dos asignaturas para terminar el máster?, ¿y qué importa tal cosa en una Universidad como la Juan Carlos I, famosa por los plagios de su rector, Fernando Suarez? Hablamos mucho de él con ocasión de sus publicaciones plagiadas, aunque al final todo quedó en “dimes y diretes”. Por cierto, pocos compañeros salieron en su defensa, excepto el mediático Marhuenda, que aseguró que Suarez era un tipo estupendo. Fue antes de que Marhuenda fuera denunciado por la policía bajo la acusación de coaccionar precisamente a Cristina Cifuentes, dentro de las escuchas del caso Lezo. Pero Cifuentes, que es muy echada para adelante, respondió que no se había sentido coaccionada y otro caso cerrado.  La vida sigue su curso, ya no nos acordábamos de aquella anécdota, hasta que nos preguntamos qué profesor de la Juan Carlos I tendría interés en desacreditar a la Presidenta de la Comunidad de Madrid. Pero no hay que ser malpensados. Sobre todo porque Cifuentes esquivará  los pequeños obstáculos que alguien va dejando en su camino. Por ejemplo, que sus notas varían con los años, que su trabajo de máster no aparece, que no se sabe quién lo dirigió, que sus compañeros no tuvieron nunca el gusto de verla por clase, que se matriculó de asignaturas que ya había aprobado -con notable- etc etc etc. Pelillos a la mar, porque lo que de verdad importa es que Cristina Cifuentes no se vuelva majareta, y eso es lo que le podría haber ocurrido si se hubiera estresado con su trabajo de máster.  Para eso se crearon universidades como la Juan Carlos I, para que la salud mental de sus alumnos y alumnas no se deteriore como les ocurre a los estudiantes de otros campus.   ¡Gaudeamus igitur!, como dice la canción.

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¿Segregación educativa?
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Esperanza Ortega | 20-03-2018 | 8:45| 0

Creíamos que la ley Wert había pasado a la Historia, sobre todo desde que el gobierno planteó la necesidad de un “pacto educativo”, pero nos equivocamos. Una cosa es que Wert disfrute de un exilio dorado en París, junto a su millonaria esposa –se lo ganó cuando abrió la caja de los vientos independentistas al decir que iba a “españolizar” a los estudiantes catalanes-, y otra cosa muy distinta es que la derecha española vaya a renunciar a uno de sus grandes baluartes históricos. Esta misma semana el Tribunal Constitucional establecerá, en coherencia con su composición conservadora, la constitucionalidad de los apartados segregacionistas de la ley Wert. Me refiero a la segregación en la educación de niños y de niñas por separado en la enseñanza concertada, es decir, la que pagamos todos con nuestros impuestos. El otro punto a tratar es la segregación de los alumnos en base a sus resultados académicos, es decir, los torpones con respecto a los “alumnos de excelencia”. El tercer punto es el de la religión como asignatura evaluable y no solo como catequesis optativa. Los escritores que han recordado en sus memorias de infancia su educación en colegios católicos han ofrecido de ella un relato lamentable, desde el “Retrato de un artista adolescente” de Joyce hasta “Un armario lleno de sombra” de Antonio Gamoneda. ¡Qué diferencia con el respeto con que Antonio Machado recordaba sus paso por la Institución libre de Enseñanza o el cariño con que Luis Mateo Díez recuerda en “Días de desván” a sus maestros de enseñanza primaria en la escuela de su pueblo en la montaña leonesa. Pero volviendo al segregacionismo, que es lo que parece que va a bendecir el Tribunal Constitucional, quiero recordar un texto de “Diario de invierno”, de Paul Auster, en donde explica la gran virtud de la educación anti-segregacionista que él disfrutó: “Tus compañeros iban desde los brillantes, pasando por los de inteligencia normal, hasta los semirretrasados mentales. Eso es lo que suele ocurrir en la enseñanza pública. Todos los que viven en el barrio pueden ir gratis, y como tú creciste en una época anterior al advenimiento de la educación especial, antes de que establecieran colegios aparte para dar cabida a niños con presuntos problemas, cierto número de tus compañeros de clase eran discapacitados. (…) Echando ahora la vista atrás, consideras que esas personas constituían una parte fundamental de tu educación, que sin su presencia en tu vida, tu idea de lo que entraña el hecho de ser humano quedaría empobrecida, carente de toda hondura y simpatía, de toda comprensión de la metafísica del dolor y la adversidad, porque aquellos eran niños heroicos, que tenían que trabajar diez veces más que cualquiera de los otros para encontrar su sitio. Quienes hayan vivido exclusivamente entre los físicamente dichosos, los niños como tú que no sabia apreciar su bien formado cuerpo, ¿cómo podrían aprender lo que es el heroísmo?. Esta claro que, por desgracia para ellos, ni Wert ni Gomendio acudieron a la misma escuela que Auster, pero no por eso es más verdad que ningún tribunal puede dictaminar a favor de algo que va contra la ética individual y la justicia social, o al menos no debería hacerlo en nuestro nombre ni con los impuestos que pagamos todos. El gobierno dice que al establecer distintos “itinerarios” educativos defiende la libertad de los padres. Pero, ¿los niños son un bien exclusivo de sus familias o es la sociedad la que debe velar por que “todos y todas” gocen de los mismos derechos?

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.