El Norte de Castilla
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Autor: EsperanzaOrtega
¡Un poco de por favor para la portavoza!
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Esperanza Ortega | 13-02-2018 | 12:04| 0

Mientras Correa y Costa confesaban, ¡por fin!, que el PP se financiaba con el dinero negro de empresarios tan aprovechados como afines, y que estas operaciones mafiosas las organizaban las altas instancias del ppartido, ocurría algo mucho más relevante para los españoles: Irene Montero acuñaba por primera vez el término “portavoza”. Sí, y los españoles -y las españolas- de toda condición se rasgaban las vestiduras al unísono ante lo que consideraban colosal vituperio para su venerada lengua madre. Pero he aquí que el mismo locutor que hace unos instantes aseguraba tan contento que “han habido” muchos automovilistas multados este fin de semana, “mismo” que la semana pasada, y que había ganado un concurso de disfraces una pareja de carnaval en la que “ambos dos” iban vestidos de bomberos, pues la misma persona, señoras y caballeros, se escandalizaba acto seguido de que Montero hubiera dicho “portavoza”, tanto, tanto como si hubiera insultado a su propia madre que en paz descanse. A mí lo de portavoza también me suena fatal, todo sea dicho. Y sé que portavoz es una palabra compuesta, como bocacalle o sacapuntas, por lo que el femenino de voz no ha lugar. Pero también es verdad que me sonaban fatal “médica” y “jueza” hasta hace bien poco, y que la primera vez que oí “enfermero” o “azafato” me tuve que volver para que no se dieran cuenta de que me estaba dando la risa. No me extrañaba entonces, sin embargo, que se llamara “modisto” al sastre de postín –aunque no se dijera “periodisto” o “dentisto”-. A un artista del diseño textil no se le iba a llamar “modista”, profesión sin glamur, al fin y al cabo oficio de mujeres. Igual que a los cocineros se les llama chef para diferenciarles de las cocineras, porque se dan mucha menos importancia. ¿Cómo habremos de llamar entonces a Fina Puigdevall, a Carme Ruscadella y a Beatriz Sotelo, cuyo arte culinario ha sido reconocido con estrellas michelín? ¿Cocineras o “chefas”? ¿Y a los hombres que tienen el oficio de comadrona –que hoy los hay- se les llama comadronos o matronos? ¿o simplemente el matrona? ¡Ay! ¡Qué miedo!, que ya les veo venir a los puristas con las antorchas encendidas. Difícil tesitura. Está claro que si una -o uno- no quiere acabar en la hoguera, es mejor que no se meta en estos berenjenales lingüísticos, que puede salir trasquilada. Pero el caso es que no acabo de entender esta santa indignación, tan semejante al sentimiento religioso, que les ha entrado a tanta gente al oír el neologismo de Irene Montero. Todos los días muchos hablantes acuñan nuevas palabras; unas pasan sin pena ni gloria y otras se quedan en el habla popular, que es el que hace evolucionar la lengua que estudian los gramáticos. Y nada podemos hacer los individuos contra los neologismos si es que echan raíces en la tierra del habla. Por ejemplo, a mí me repatean los verbos “implementar” y “empoderar”, pero sé que es inútil despotricar contra su uso, que en poco tiempo se ha generalizado. Y más me repatea todavía que las anécdotas sin importancia, como la de la “portavoza” de Irene Montero, se conviertan en controversias nacionales. ¿Y qué me dicen de las super-heroínas académicas que se ofrecen a salvarnos del ataque léxico en las portadas de algún vetusto periódico? Sin comentarios, porque la cursilería rancia no lo merece. A mí de tanto oírlo ya me suena mejor, y si lo digo en diminutivo casi me deja de disgustar: el portavocito, la portavocita.. ¿y la portivoce? ¡Un poco de por favor!

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La España sumergida
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Esperanza Ortega | 06-02-2018 | 10:57| 0

¡Por fin llegó la lluvia y la nieve! Esperemos que sea en grado suficiente para que se remedie el desastre producido por la severa sequía que padecimos en los últimos tiempos. Aunque la sequía nos descubrió algunos de los tesoros escondidos debajo del agua que guarda nuestra historia reciente. Me refiero a la multitud de pueblos anegados que emergieron al bajar el nivel de los pantanos. Las primeras en aparecer son las torres de las iglesias, las mismas que un día convocaban con sus campanas al pueblo hoy desperdigado, desaparecida su comunidad de sueños y de afectos. Cuando veo las ruinas de estos campanarios me acuerdo de “Historias de Alcarama”, libro en donde Abel Hernández revive su infancia en Sarnago (Soria), anegado no tanto por el agua como por la pobreza y el olvido. Uno de sus mejores capítulos se titula precisamente “Las campanas”. Mientras lo leemos, sentimos cómo su tañido nos convoca a una romería imposible. La buena literatura puede hacer resucitar a los muertos y resurgir los pueblos de las aguas, al menos durante el tiempo que dura la lectura. Y no solo ocurre con los libros de memorias, también lo logra en algunos casos la literatura de ficción. Al hablar de los pueblos sumergidos es inevitable que me venga a la memoria el recuerdo de Valverde de Lucerna, el pueblo imaginado por Unamuno, en donde transcurre la historia de “San Manuel Bueno y mártir”. “Campanario sumergido/ de Valverde de Lucerna/ toque de agonía eterna/ bajo el caudal del olvido”, decía Unamuno en uno de sus poemas. La idea de escribir esta novela se la dio una leyenda que oyó contar en un viaje al Lago de Sanabria. Este relato hizo que apareciera en su imaginación el lago por cuyas orillas paseaba cavilando, como un nuevo Hamlet, el párroco del pueblo de Valverde de Lucerna. ¿Qué hubiera escrito Unamuno de haber visto la torre de la Catedral de los Peces, que flota entre las aguas del pantano del Ebro? Es como llaman a la Iglesia de Villanueva, pueblo anegado en 1952, al igual que otros siete ayuntamientos contiguos. España es tierra de pantanos, a Franco le fascinaban estas obras civiles. A una dictadura le es más fácil que a un régimen democrático “convencer” por las buenas o por las malas a los vecinos para que abandonen el mundo en que nacieron y vivieron ellos y sus antepasados. En algunos casos se construyó un pueblo gemelo en las cercanías al pantano, como pasó con el de Belesar (Lugo), pero en la mayoría fueron el dinero y las amenazas de destrucción masiva los que expulsaron a sus habitantes de las casas. Eso es lo que sucedió en el embalse de la Almendra (Zamora) que anegó al pueblo de Argusino . Hoy todavía se acercan los descendientes de sus antiguos habitantes a dispersar las cenizas de sus padres sobre las aguas del embalse, para que su espíritu descanse con el de sus abuelos y tatarabuelos, que duermen bajo el cementerio sumergido. La historia de España está llena de muertos sin sepultura y pueblos fantasmas. Cada día surge una torre que nos recuerda lo que fuimos y espera que un escritor cuente la historia completa de esta patria ahogada entre el odio y la melancolía. Pero vuelve a nevar, y la memoria vuelve a borrarse, esperando que otra sequía avive nuevamente la hoguera del recuerdo.

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Mujeres con los ojos abiertos
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Esperanza Ortega | 30-01-2018 | 10:50| 0

El día veinticinco murió en Nicaragua la poeta Claribel Alegría. Al enterarme, releí el discurso que pronunció en España el año pasado, cuando recibió el Premio Reina Sofía, ya con más de 90 años. Se dedicó a denunciar el machismo de las letras hispánicas, por ejemplo en la concesión del Premio Cervantes, que solo ha recaído en cuatro escritoras, aunque se ha concedido en cuarenta ocasiones. Estos días, que tanto se habla del acoso que han sufrido muchas mujeres en el mundo del espectáculo, me vuelvo a acordar yo de Claribel y de sus versos inolvidables. Y me acuerdo también de Virginia Woolf, que nació otro 25 de Enero, de 1882. A “La habitación propia” que Woolf exigía para cualquier escritora dedicaba Alegría un comentario en aquel mismo discurso. Pero las mujeres han hecho muchas cosas además de escribir. La semana pasada murió a los 96 años Naomi Parker Fralley, la mujer que nos mira con el puño en alto mientras dice con los labios apretados: We Can. Do It!, es decir, ¡Nosotras podemos!, en el poster de Howard Miller que se convirtió en emblema del movimiento feminista. Seguro que lo han visto alguna vez: “Rosi, la remachadora”, que es el nombre artístico de Noemi Parker, lleva en la cabeza un pañuelo rojo con lunares blancos y una camisa del color azul de los monos de trabajo. Yo la tengo en un imán, en la puerta del frigorífico, y cuando miro su rostro decidido y sus brazos orgullosamente musculosos, pienso en el puñetazo que se habría llevado cualquiera que hubiera intentado sobrepasarse con ella. Y pienso también en las denuncias del acoso sufrido por tantas actrices, que han terminado por propiciar manifestaciones contrarias en otras veteranas del oficio, como Brigitte Bardot o Catherine Deneuve. Yo creo que habría que diferenciar el acoso del cortejo contumaz. ¿Qué diríamos de García Márquez, que conoció a su mujer cuando ella tenía nueve años, la propuso en matrimonio cuando acababa de cumplir catorce y no dejó de cortejarla hasta que se casó con ella a los 26 años? Fuera de bromas, creo que la frontera entre el acoso y el cortejo es bien sencilla: acosa el que tiene poder sobre la mujer deseada, ya sea poder físico o poder económico: el que obtiene lo que desea por medio de la violencia o el que amenaza a la mujer con perjudicar su presente o futuro si no cede a sus requerimientos. Es ante ese abuso ante el que muchas mujeres se sienten indefensas. Y hay otro machismo igual de atroz. Me refiero al que sufren las mujeres que cobran menos que sus compañeros de trabajo. Esa discriminación que a Rajoy –según declaró esta semana- no le parece importante es la madre de todas las batallas feministas. ¿Han oído que en Cantabria se celebró hace unos días un campeonato de surf cuyo premio para la categoría masculina era de 2000 euros y en la femenina solo 500? Por algo el perfil de la precariedad en España es el de una mujer enferma, mayor de 50 años. Esa mujer ha trabajado sin seguros sociales gran parte de su vida, pero cuando lo necesita, la sociedad no le devuelve nada, absolutamente nada. Las escritoras, al menos, tenemos una voz para defendernos. Claribel Alegría cuidó esa voz suya como su única arma contra el miedo, siempre con el corazón en la mano y con los ojos bien abiertos. En coherencia con esa actitud valiente el año pasado escribía estos versos premonitorios: “Quiero entrar a la muerte/ con los ojos abiertos/sin máscaras/ sin miedo/ sabiendo y no sabiendo/ enfrentarme serena/ a otras voces/ a otros aires/ a otros cauces/ olvidar mis recuerdos/ desprenderme/ nacer de nuevo/ intacta”

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La gran familia
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Esperanza Ortega | 23-01-2018 | 10:37| 0

Henri Michaux escribió un libro titulado “En otros lugares”, en el que se interna por lugares imaginarios, habitados por pueblos de costumbres tan extrañas como sus propios nombres: los emanglones, los omobules, los ecorabietas etc. Entre ellos encontramos a los hasc que “se las arreglan para formar cada año algunos niños mártires a quienes infligen malos tratos y evidentes injusticias. De esta manera han formado grandes artistas y poetas pero también han formado asesinos, anarquistas (siempre hay excepciones) y, sobre todo, reformadores y extremistas inauditos”. Recordé el método educativo de los hasc cuando leí en el periódico la vida torturada de los 13 hijos de la familia Turpin. Lo que más me impresionó de esta historia es que fueran sus padres los autores de este rapto perpetuo, cuyo motivo nadie alcanza a explicarse. ¿Sadismo?, ¿locura? Y me llamó la atención un detalle: no les dejaban a los niños otro entretenimiento que cuadernos en blanco para que escribieran sus diarios. Me acordé enseguida de la maravillosa libreta que me daban a mí cuando hacía ejercicios espirituales en un internado religioso, libreta en la que escribí mis primeros poemas, en aquellos largos días en los que todo estaba prohibido: hablar, cantar, jugar o reír. Y me acordé también, claro está, de los niños mártires salidos de la imaginación de Michaux. Pero enseguida me quité de la cabeza la idea de que los dos descerebrados Turpin quisieran hacer de sus hijos grandes escritores y pasé a analizar qué les habría impulsado a realizar tales atrocidades. Me fijé en la apariencia de familia feliz que conseguían en las fotos que colgaban en Facebook: las hijas uniformadas con recatados vestidos escoceses y los hijos con trajes impolutos, alrededor de sus dos progenitores, orgullosos sin duda de su numerosa prole. Irradiaban ternura. Me recordaban a los protagonistas de “La gran familia”, aquella película inolvidable que veíamos en la época en que Franco repartía sus premios de natalidad entre las familias numerosas. Aunque, mirando la fotografía con más atención, pienso en la familia Trapp. La afición de los Turpin por Disney y su acendrada religiosidad confirman esta última idea. Sí, parece que en cualquier momento se van a poner a cantar “Do, estrato de varón, re, selvático animal…”, aunque sabemos que en la vida de estos pobres niños no parece que hubiera ninguna sonrisa, sino lágrimas y dolor constante. Luego nos imaginamos lo duro que sería para sus padres ver cómo sus hijos llegaban a la adolescencia y ya no cabían en los vestidos escoceses o simplemente no querían ponérselos ni salir en la foto. ¿Así es como sucedió?, ¿decidieron que fueran niños perennes? Empezarían por prohibirles comer lo suficiente, luego enfadarse, luego reírse de ellos, y luego… respirar, bajo amenaza de terribles castigos. Pero a la familia perfecta le fue imposible evitar que una de sus hijas se saliera del marco de la foto y escapara por la ventana hacia la libertad. Menos mal que lo hizo. Y ojalá se olviden pronto de los Turpin los medios de comunicación para que puedan conseguir ser libres de verdad. Aunque yo me quede sin saber una cosa: ¿qué escribían en aquellos diarios?, ¿habría entre ellos alguno que, como Segismundo encadenado, se preguntara qué delito habría cometido para recibir ese trato?, ¿habría alguno que, mirando los renglones del cuaderno, decidiera salirse de su prisión de papel por medio de la escritura?, ¿qué secreto esconden los diarios de la gran familia?

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Correspondencia
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Esperanza Ortega | 16-01-2018 | 10:27| 0

La semana pasada fue la semana de las cartas. El miércoles leí una carta en este mismo periódico que había enviado un preso hace 80 años y que hasta ahora no había llegado a su destino. En su perfecta caligrafía, Tomás Gallego, ferroviario de la CNT, escribía desde su celda de aislamiento. “Queridos esposa e hijos: me alegraré que al recibo de la presente estéis bien, yo bien en el día de la fecha” Y la fecha era el 27 de octubre de 1936. En la carta pedía su reloj, aún no sabía qué hora marcarían sus manillas cuando poco tiempo después fuera fusilado. Al leerla, pensé que las cartas más emocionantes son las que no llegan nunca a su destino. Y me acordé de una carta que vi en el Museo Bíblico y Oriental de León. Más de 2.500 años lleva cerrada aquella carta. Procede de Mesopotamia, que es donde apareció la semilla del primer servicio postal del mundo. La escritura de los sumerios era cuneiforme, pictogramas grabados en arcilla blanda, que, una vez endurecida, era imborrable. Y al ser el sobre de barro, para abrirla había que romperla. Así que se conserva en una vitrina, cerrada para siempre. ¿Qué será?, ¿una carta de amor?, ¿la carta de un viajero? Lo más probable es que se trate de una carta comercial, pero en cualquier caso, el barro guarda aún el misterio. Recuerdo entonces las cartas de “Doña Rosita la soltera”, la protagonista de la obra de Lorca. El novio de Doña Rosita se fue a la Argentina para hacer fortuna y le siguió escribiendo cartas de amor aún después de haberse casado en Tucumán. Doña Rosita envejeció leyendo aquellas cartas mientras esperaba su regreso imposible. Por cierto, ¿saben que “Doña Rosita la soltera” fue la última obra representada en la vida de Lorca?. Pensándolo bien, la gente de mi generación hemos crecido esperando y escribiendo cartas: la carta de los reyes, las cartas del novio, las cartas de las amigas… Y los domingos las epístolas de Pablo de Tarso, que escuchábamos en misa, como quien se entromete en una casa ajena. Pablo se las había escrito a los gálatas, a los corintios, a los filipenses…. Bien, pues la semana pasada fue la semana de las cartas porque vi una película hermosísima que se titula “Correspondencias” y cuyo guión son las cartas que se dirigieron mutuamente dos poetas portugueses: Sophía de Melo y Jorge de Sena. De Sena las escribía desde el exilio americano en donde vivió y murió. Y De Melo las recibía en su exilio interior, adonde conducía el camino de los versos de ambos. Las cartas eran el único mensaje que lograba salir del laberinto en el que se encontraban encerrados los dos poetas, igual que el minotauro cretense. Por eso De Sena escribe: “El Minotauro me comprenderá, tomará café conmigo, en tanto/ que el sol serenamente desciende sobre el mar y las sombras…” ¡Cómo se iban a imaginar ellos que las palabras íntimas de sus cartas iban a ser proyectadas en un cine de España! Por eso hay que escribir bien las cartas, porque nunca se sabe quién habrá de leerlas. Todo el que escribe cartas tiene algo de náufrago que espera ser salvado por el que lee la nota encerrada en la botella. A ese lector hay que seducirle para que no nos abandone. Y nos preguntamos: ¿llegará a su destino?, ¿cuándo? ¿ya la habrá leído? Hay un misterio en una carta que nunca se desvela del todo. He aquí su delicia. “Correspondecias” nos anima a escribir a quienes siempre están detrás, esperando: ustedes, por ejemplo. Queridos lectores…

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.