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El final de un sueño
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Esperanza Ortega | 20-09-2017 | 08:22| 0

Han pasado ya más de dos años desde que publiqué en esta misma sección una columna titulada “El poder de un sueño”. En aquella columna me congratulaba de la existencia de los llamados “dreamers” o “soñadores” en español, que es la lengua materna de la mayoría de ellos, pues los dreamers son los hijos de inmigrantes ilegales, generalmente hispanos, que llegaron muy niños o incluso nacieron en el territorio de los E.E.U.U. Los llamaron “soñadores” porque luchaban por conseguir la nacionalidad en la única patria que consideraban suya y porque, como Lutero King, pretendían hacer realidad su sueño de forma pacífica. Lutero King, en su famoso discurso “He tenido un sueño”, formuló la utopía de un país sin distinción racial, con justicia social y derechos civiles para todos. Una multitud de negros y blancos tuvo esa noche el mismo sueño y acabó por conseguir gran parte de sus objetivos, aunque el propio Lutero King fuera asesinado en el transcurso de su aventura de liberación. Los soñadores actuales no tuvieron que morir por realizar su sueño -decía yo en aquella columna de hace dos años-, ellos consiguieron que Obama, el primer hombre negro que ocupó la Casa blanca, aunque no reconociera su identidad estadounidense, al menos permitiera que los dreamers se pudieran matricular en cualquier universidad o ser contratados legalmente para realizar cualquier trabajo remunerado. Pero los sueños sueños son, y hace unos días Trump les hizo despertar o, mejor dicho, convirtió su sueño utópico en una pesadilla real al anunciarles su inmediata deportación . “El hombre es un dios cuando sueña y es un mendigo cuando piensa”, esta frase es de otro gran soñador, el poeta Friedrich Hölderlin, que murió habiendo perdido el juicio, quizá porque prefería la locura a salir del edén ensoñado de la divina poesía. Los dreamers, en cambio, no tienen más remedio que pensar y pensar en cómo salir del laberinto en el que se encuentran atrapados, mientras contemplan sus manos vacías, cada vez más pobres e inermes, pues no poeseen ni siquiera una tierra donde vivir y morir. Y muchos de nosotros, con ellos, nos sentimos expulsados de un sueño en el que ya no tenemos cabida. Considerábamos de los nuestros a los dreamers porque, al luchar por lo que indudablemente es justo, mantenían encendida la llama de la utopía, demostrando que lo que parecía un sueño sí que era posible. Sabiendo que había dreamers en el mundo nos considerábamos parientes de los dioses, aunque nuestro parentesco fuera un tanto lejano. Y a decir verdad, no hay sueños lejanos ni cercanos, en los sueños todo sucede aquí y ahora, ¿no es el sueño presente continuo de imágenes que se suceden al unísono en su ámbito umbrío sin frontera posible?. Sin embargo, en el mundo en conclusión, todos sueñan lo que son, aunque ninguno lo entiende, que diría Calderón de la Barca. En lo que todos coincidimos es en que ni en los peores sueños pensamos que podía gobernar un personaje como Trump, vulgar, vergonzoso –o avergonzante, como diría Soraya Sáez de Santamaría-. Por eso dormíamos tranquilos antes de que llegara Trump, sin saber que existían ni su lenguaje soez ni su flequillo de mono teñido con agua oxigenada; dormíamos tranquilos porque sabíamos que los dreamers soñaban despiertos con una salida para el laberinto en la que todos estamos inmersos, pero hemos tenido que despertar. ¿Qué será de este mundo si Morfeo lo abandona para siempre? Contra toda esperanza, estos 800.000 jóvenes inmigrantes han de saber que contamos con ellos, que sus sueño es el nuestro y nuestro será tanto su Infierno como su Paraíso.

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No soy de aquí ni soy de allá
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Esperanza Ortega | 13-09-2017 | 14:08| 0

Si para algo está sirviendo el espectáculo que se representa en el Parlamento Catalán es para que muchos rellenemos nuestras lagunas en la asignatura de Historia de España. Me refiero, por ejemplo, a la sublevación cantonalista de la Primera República, de la que nada nos contaron ni en el bachillerato ni en la universidad. En la a facultad de Filosofía y Letras estudiábamos con detalle a los hititas, pero no estudiábamos lo que sucedió en España tras la caída de Amadeo de Saboya. Sin embargo, la trayectoria del independentismo catalán ha puesto de actualidad nuevamente lo que pasó en Cartagena y otras localidades españolas al poco de proclamarse la Primera República. El 12 de julio de 1873, en el Cantón de Cartagena, los federalistas “intransigentes” proclamaron la República Federal Española de “abajo arriba”, inspirada en los principios de Pi y Margall, saltándose el trámite de la reforma de la Constitución, antes de que en el Parlamento se votara la Carta Magna. Pero hay grandes diferencias entre aquellos intransigentes, de una inocencia conmovedora, y los actuales, que alojan en sus filas el nido de la corrupción. Lo que les asemeja son detalles pintorescos como la lucha de las banderas, pues los cantonalistas de la Primera República también detestaban la bandera roja y gualda y por eso la cambiaron por otra completamente roja. Aunque a decir verdad la primera bandera que ondeó entre los sublevados fue la bandera del Imperio Otomano. Todo vino porque la bandera turca era la más roja que tenían a mano, a pesar de que llevara estampadas una estrella y una media luna blanca. Cuando sus adversarios conservadores les afearon a los intransigentes su deseo de ser más otomanos que españoles, un cantonalista tuvo el pundonor de rasgarse una vena y con su propia sangre teñir de rojo la media luna, con lo que el problema de las banderas fue superado. Ya ven qué fácil. Con la misma buena voluntad, Antoñete, el líder del Cantón de Cartagena, fue superando todas las dificultades que se le presentaron durante los meses que permaneció al frente del Cantón, con un sentido ético y práctico propio de Sancho cuando gobernaba la Ínsula Barataria. En realidad, fueron las luchas intestinas las que dieron al traste con estos proyectos anarco federalistas. Se harán una idea de la confusión que reinaba por entonces si leen la declaración del primer Presidente de la República, el catalán Estanislao Figueras, que dijo al abandonar el poder: “Señores, voy a serles franco: estoy hasta los cojones de todos nosotros” Dicho esto, se fue a Atocha y tomó un tren para París, donde sí sabían lo que era una República como Dios manda. Pero fíjense que finura la suya: no dijo que estaba harto de todos vosotros, sino de todos nosotros, incluyéndose él mismo en el grupo de los intratables. La ironía de Figueras y la inocencia bienintencionada de Antoñete hoy brillan por su ausencia en el Parlamento catalán, donde cantan Els Segadors con una solemnidad mojigata más propia del himno de un colegio de monjas que del Parlamento de un país europeo. También brilla por su ausencia la autocrítica y la tolerancia de Figueras ¡Cómo se estarán riendo mientras tanto Mas y Rajoy, subido cada uno en su peana de corrupción e hipocresía patriotera! A todos ellos les contestó de antemano Facundo Cabral con aquella canción que decía: “No soy de aquí ni soy de allá, no tengo edad ni porvenir y ser feliz es mi color de identidad” Yo propondría que todos los que estamos de ellos y de nosotros hasta donde ustedes saben nos manifestáramos cantando el himno de Cabral con la bandera otomana, sin la media luna pero sin borrar la estrella. No sé si seríamos secundados por muchos, pero al menos por un rato nos sentiríamos felices felices.

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De anuncios e incendios
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Esperanza Ortega | 27-06-2017 | 22:08| 0

Con el verano llegaron los asquerosos anuncios de la Lotería Nacional. Este año los protagoniza un psicópata que gorronea a la familia con piso en la playa o barco en el muelle. La publicidad supone que todos somos igual de egoístas que ese hombre que sueña con ser dueño de casa y yate, para ningunear a sus parientes, si es que le favorece a él la fortuna. ¡Menos mal que nunca es una mujer la que protagoniza este tipo de anuncios! No sé si lo he explicado bien, es mejor que se fijen si lo ven en televisión, yo no doy más detalles porque me da nauseas contarlo. La radio no le va a la zaga a la televisión en el buen gusto. Hay un programa en la cadena de mayor audiencia en donde unos humoristas hacen algo tan gracioso como leer un poema. El poema es una majadería sin gracia ninguna que se le ocurre al locutor. Así la poesía, tan inútil en sí misma, sirve para algo: para hacer reír a los tontos. Y mientras… el fuego en Moguer, la patria de la poesía. No puedo evitar pensar en Platero. En tiempos de los romanos Moguer se llamaba “Mons aurium”, por el color dorado de su tierra, iluminada por un sol crepuscular, sanguinolento. ¿Habrán sido devorados por las llamas los parajes por donde paseaban Platero y su poeta? Algo intuía Juan Ramón cuando escribió esta frase, al llegar la primavera: “Parece que estuviéramos dentro de un gran panal de luz, que fuese el interior de una inmensa y cálida rosa encendida”. Pero dirán que solo me ocupo del paisaje, ante un acontecimiento tan trágico como el incendio de Doñana. Y es que Doñana surge también de un sentimiento poético hacia la naturaleza. Frente a los que consideran a la tierra solo como una forma de producir riqueza, Doñana protege esa debilidad, esa hermosura. La debilidad y la hermosura de aquello de lo que no se saca provecho económico. ¿Será por eso por lo que vale mucho más?. Sabemos lo que ha sido de los linces ibéricos, ¿y qué habrá sido de sus pájaros? ¡Qué nombres!: Ánade azulón, Malvasía cabeciblanca, Gaviota reidora, Tórtola turca, Curruca tomillera, Serrín verdecillo… Criaturas de verdad afortunadas –no como el tipo del anuncio- a las que el poeta de Moguer cantó entusiasmado al estilo más franciscano: “Qué alegre eres tú, ser,/ con qué alegría universal eterna./ Rompes feliz el ondear del aire,/ bogas contrario el ondular del agua./ ¿No tienes que comer ni que dormir?/ ¿Toda la primavera es tu lugar?/¿Lo verde todo, lo azul todo,/ lo floreciente todo es tuyo?” Me dirán, ¿es que ahora le interesa más la suerte de las aves que la de las personas? No, en absoluto. A quien no le interesa para nada la suerte de las personas ni de las aves ni del paisaje es al incendiario que ha quemado la tierra intencionadamente. Su visión del mundo sin duda es semejante a la visión egoísta del tipo que protagoniza el anuncio. Quizá el incendiario es alguien a quien no le tocó la lotería el año pasado y se venga destruyendo lo que no es suyo por rabia, por despecho. De Noah Scallt, el jefe indio que osó interpelar a Franklin, es esta frase reveladora: “el hombre blanco piensa que la tierra le pertenece y el indio que él pertenece a la tierra”. Y eso sí es poesía, como es indio el espíritu del poeta, y era alado y poético el espíritu del indio. No, con todos los premios de la Lotería Nacional no se compra el mar, ni el aire, ni la tierra nuestra, a la que pertenecemos, que no es de nadie porque es de todos.

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¡Lo que lee el ministro!
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Esperanza Ortega | 20-06-2017 | 21:30| 0

¿Escucharon a Irene Montero en la moción de censura? Estuvo muy bien, pero fue más revelador todavía ver la repercusión de sus palabras en la banda del PP. La actitud despectiva de sus señorías me recordó a aquella compañera suya que, en medio de las protestas por la Ley de la Reforma laboral, exclamó gritando sin ambages: “¡pues que se jodan!” Está visto que la vergüenza y la educación son dos nociones ausentes en esa bancada, pero algunos nos sigue admirando su desfachatez. Y hablando de educación, ¿no vieron al ministro de Educación y Cultura haciendo como que leía un libro de poemas? La manera ostentosa de tomar el libro entre las manos ya delataba no sé si el desapego a esa obra en concreto o la falta de costumbre de la lectura en general. ¿Y saben qué libro había escogido para montar el número en el Parlamento? Como no podía ser de otra manera, se trataba de un libro de Miguel Hernández. ¿Por qué será que a los señoritos del PP les gusta tanto decir que les gusta Miguel Hernández? Es una reacción sadomasoquista que debería ser estudiada. Yo lo tengo constatado desde que todavía eran “los de AP”, cuando aún se congregaban debajo de la sombra de Fraga. Sí, cualquier alusión a la poesía en presencia de uno de ellos desembocaba en: ¡Cuánto me gusta a mí Miguel Hernández!. Daban ganas de decirles: no se preocupe, ya sé yo que usted no tuvo nada que ver con su muerte en la cárcel. Miguel Hernández comenzó a escribir “Vientos del pueblo”, libro al que pertenece “Andaluces de Jaén”, su poema más popular, en 1936, cuando ingresó en el Regimiento de Zapadores. Lo publicó al año siguiente, en el Socorro Rojo Internacional de Valencia. Lo había escrito para animar a los milicianos del frente, pero no cabe duda de que ahora que ya es un clásico lo lee hasta un ministro del PP mientras desoye la censura a la corrupción de su partido. “Me da el viento, Señor, me da una gana/ el viento de volar, de hacerme ave/ de lo más viva, de lo más lejana…”, decía Miguel Hernández en otro poema, como si intuyera ya en qué manos iban a acabar sus versos. ¿Qué sucedería si Miguel Hernández apareciera en el Parlamento? Quizá el olor a cabra y su apariencia palurda serviría de divertimiento a sus señorías, que no dejarían por eso de rechiflarse mientras se liman las uñas. Y que conste que él se hubiera puesto su mejor traje para entrar en el hemiciclo, porque es lo que tiene ser pastor y ser comunista, que uno respeta sumamente la soberanía del pueblo. Y si se le hubiera permitido decir algo, estoy segura de que hubiera hablado en verso libre y de que sus palabras hubieran sido escuchadas con el mismo aire de superioridad por sus señorías del PP, entre sonrientes y despectivos. Los que hace tiempo que nos sabemos a Miguel Hernández de memoria –somos unos cuantos millones, aunque no lleguemos a la mayoría absoluta- mientras el ministro hacía que leía, recordábamos los mejores versos de Miguel Hernández: “Mi corazón/ pecera melancólica/ penal de ruiseñores moribundos..” y lo hacíamos en silencio, sin ostentación ninguna, porque estaba hablando Irene Montero y, aunque lo que decía se podría resumir en que el partido del Gobierno desgraciadamente para todos es lo que ustedes ya saben, la escuchábamos con el respeto y la educación que merecía su pasión elocuente, como sin duda hubiera hecho el autor de “El rayo que no cesa”. Sin duda ninguna.

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Ignacio Echeverría, a la altura de las circunstancias
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Esperanza Ortega | 13-06-2017 | 19:22| 0

En Camelot, en presencia del Rey Arturo y alrededor de la Tabla Redonda, juraron los allí presentes los votos de la caballería. Hoy pocos leen estas historias, pero si lo hicieran, verían que todavía nos hablan de sentimientos dignos de ser valorados: los caballeros juran usar su fuerza y su destreza no para atacar, sino para defender la justicia, y muy especialmente a los que necesitan de su apoyo: los más débiles, quienes no pueden valerse por sí mismos. Dentro de este grupo están las mujeres de todas las edades y condiciones, tanto nobles como campesinas, tanto viudas como doncellas. Decir siempre la verdad y estar dispuesto a morir por mantener la palabra dada, he aquí los dos mandatos finales del juramento. Si cumple con lo prometido, el caballero generoso un día llegará a beber de la copa del Santo Grial, la que guarda la sangre que recogió José de Arimatea mientas Cristo moría en la Cruz, y de esa forma se restaurará un orden justo y humano en este mundo degenerado y salvaje. Sin duda la hazaña de Ignacio Echeverría es la propia de un valiente caballero. Ante los gritos de socorro de una mujer, no pudo ser indiferente y se enfrentó sin miedo a los felones. Como comprenderán los que me leen de vez en cuando, aunque parezca mentira no hablo en broma en absoluto, pienso realmente que mejor nos iría si los ideales caballerescos inspiraran a los hombres y a las mujeres de hoy. Y si tanto ha conmovido el comportamiento de Ignacio Echevarría en el puente de Londres –los caballeros elegían los puentes para demostrar su valor, sin duda porque el puente simboliza el paso de un mundo a otro mundo-, si tanto ha conmovido su noble comportamiento es porque en nuestro imaginario moral tenemos una idea del héroe que coincide con la de aquel que arriesga su vida por la comunidad, en defensa de los indefensos. Ponerse de parte del débil convierte en justa incluso la idea más peregrina, lo decía Antonio Machado por boca de su apócrifo, Juan de Mairena: cuando no sepáis qué bando elegir en una contienda, poneos siempre de parte de las víctimas, de los pobres, así estaréis a la altura de las circunstancias. Hoy muchas abominan de estas ideas caballerescas por considerarlas machistas, pues relegan a la mujer a un papel secundario, de víctima a defender o de mera inspiradora del caballero. Pero deberían saber las que así hablan que fueron las mujeres, especialmente la reina Leonor de Aquitania, las que impulsaron los ideales del honor caballeresco, hasta el punto de que muchas piensan que fue la misma reina la que escribió la obra firmada por Chrétien de Troyes. Lo que está claro es que el machismo cobarde de los que atacan a diario a las mujeres aprovechándose de superioridad física, nada tiene que ver con la caballería, más bien está en sus antípodas. Los caballeros de la Tabla Redonda, al igual que Ignacio Echeverría, nos salvan a todos y a todas del círculo infernal en donde reina el egoísmo, y nos devuelven a Camelot, el reino de mito. Mujeres muertas a manos de sus parejas masculinas, conversaciones entre ladrones que se escudan en el poder para traicionar a sus votantes, pequeños ahorradores perplejos que ven como de un día para otro se quedan en la ruina, energúmenos que se lanzan armados de cuchillos contra la multitud….Gracias, Ignacio, por propiciar que por unos minutos vivamos como si estuviéramos muy lejos de ellos, gracias de todo corazón.

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Juan Goytisolo, el exiliado de aquí y allí.
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Esperanza Ortega | 05-06-2017 | 20:10| 0

Ha muerto Juan Goytisolo. Leí “Señas de identidad” a los 19 años, la misma edad que tenía su autor cuando leyó el “Retrato de una artista adolescente” de Joyce. Lo dijo en un artículo que escribió el año pasado, que había leído esta novela en 1950. Tres años antes de que yo naciera, ya leía a Joyce Juan Goytisolo. Así que, cuando yo leí “Señas de identidad”, Juan Goytisolo era un joven novelista experimental. Ya estaba exiliado, aunque todavía buscara las señas de su identidad española que rechazaría más tarde, con ese resentimiento cernudiano tan típico de los que renuncian a lo que más aman. Juan Goytisolo ha muerto y será enterrado en Marruecos, donde vivía con su familia desde hace décadas. Y ha muerto al día siguiente de que tres energúmenos apuñalaran en el centro de Londres a todo el que encontraban en la calle. Juan Goytisolo era uno de los europeos que mejor conocía el mundo islámico, y venía advirtiendo desde hacía tiempo lo que iba a suceder si Occidente no cambiaba su política. En “El exiliado de aquí y allí” anunció de forma premonitoria que el terrorismo acabaría por ser un elemento más de nuestra vida cotidiana. Nos advertía, con la ironía que le caracterizaba, que un día todo hijo de vecino estaría en peligro, que todos habríamos de convivir con el miedo: “No estés donde no deberías estar. Ni en las terminales de aeropuerto de vuelos nacionales o a otros puntos de destino, ya sean comunitarios o al resto del mundo. Ni en las líneas de metro, trenes y autobuses, por muy seguras que te parezcan. Ni en cafés, discotecas y otros locales de esparcimiento nocturno. Ni en oficinas, talleres, fábricas y demás lugares de trabajo. Tampoco en edificios administrativos, bancos y hospitales habitualmente atestados. Ni en estadios, conciertos raperos ni sitios incluidos por las agencias de viaje en sus circuitos turísticos. Las horas punta y los atascos urbanos son particularmente peligrosos. Como los ascensores, rascacielos, grandes almacenes y aparcamientos subterráneos. Sobre todo, no te quedes en casa a hojear los periódicos, seguir la tele o follar con tu cónyuge. Éste será siempre nuestro objetivo estratégico primordial”. El más anti-nacionalista de los escritores, odiaba al ISIS, lo odiaba y lo entendía, como un doctor sabe por qué la pus emana de una herida profunda, tan profunda que quizá sea ya imposible limpiar su centro infectado. Juan Goytisolo lo venía advirtiendo en cada uno de los artículos de prensa. Pero nadie se dio por enterado. En el discurso del aceptación del Premio Cervantes, tras declararse de nacionalidad cervantina, arremetió contra las concertinas que impiden la entrada a los refugiados, igual que lo hubiera hecho Don Quijote, sin que le temblara voz, como el que sabe que no se ha equivocado de bando. Y al final de este mismo discurso, el más desencantado de los escritores españoles se animó a declarar su indignación, que compartía con el manco de Lepanto : “¡Digamos bien alto que podemos! Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.” Juan Goytisolo ya se ha exiliado para siempre, igual que Cervantes hace cinco siglos. En su allí, al encontrarse, se habrán sonreído, a los dos les gustaba regocijar a las musas, aunque Cervantes fuera más amable. Juan Goytisolo siempre tuvo algo de renegado, de apátrida. Y sin embargo, mientras leo ahora “Señas de identidad”, siento que me habla una lengua vecina, cercana, familiar. Que me habla en silencio, sin labios, como hablan las palabras de los libros.

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En defensa de la Filología etrusca
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Esperanza Ortega | 30-05-2017 | 21:04| 0

¡Por fin se marchó Trump! Ya estábamos cansados de comentar su mala educación, que tanto nos hizo reír durante el pasado fin de semana. Pero qué les voy a contar que no sepan ya. Y sin embargo, mucho más cerca de nosotros –y por eso con un peligro más inminente- tuvimos dos personajes que podrían competir en zafiedad con el presidente del imperio americano. Me refiero a Íñigo Méndez de Vigo y Juan Rosell Lastortras y a sus declaraciones sobre el sistema educativo español. La pareja bien avenida que forman el ministro de Educación y el presidente de la CEOE se estuvieron carcajeando de los estudios de Humanidades delante de las cámaras: Ja,ja,ja, el estado no va a potenciar los estudios de Filología etrusca –presumían ufanos- ¡Claro que no! Ni de Filología etrusca, que no existe en España, ni de ninguna otra filología, ya sea española, alemana, griega, semítica… ¿Para qué tanto estudio?, ¿acaso los contratos basura se escriben en etrusco?. El inglés es la única lengua que hay que estudiar, no nos suceda lo que a Rajoy cuando se encontró con Trump, que no supo ni declararse su más fiel servidor con buen acento. La otra asignatura obligatoria sería la de Emprendimiento. Eso sí, de empresas situadas en Panamá, país donde nadie estudia Filología, sino otras habilidades por todos conocidas, con contenidos mucho más actuales. El que nuestro alfabeto derive del etrusco no les impresiona a estos dos adalides del analfabetismo, y como no han leído “La sonrisa etrusca”, de Sampedro –no van a leer la novela de un “indignado” estos dos encantados de la vida- tampoco les diría nada el nombre del sarcófago de los dos esposos. ¡Misterio de hermosura la de aquel amor, intacto en la piedra, más allá de la muerte! Y qué casualidad, “La belleza, el misterio y el dolor”, así se titulaba la exposición a cuya inauguración asistí precisamente el mismo día en que Méndez y Rosell protagonizaron su escenita. Se trataba de la obra de Luis Sáez, el universal pintor burgalés, de quien Oscar Esquivias dice en el catálogo que “su arte llega a nosotros como una melodía cantada en un idioma que no entendemos del todo, pero cuya música nos inflama el alma”. ¡Ah, el idioma del arte, que habla en silencio a quien lo escucha con deseo! El hijo de Sáez ha donado las obras que se exponen al Secretariado gitano, para que con ellas se den becas a estudiantes gitanas postgraduadas. Sí, han leído bien, jóvenes estudiantes gitanas que están haciendo el doctorado en la Universidad. Da igual cuál haya sido la carrera elegida, de ciencias o de letras, con tal de que sea provechosa para su formación y, por supuesto, para la sociedad. Tendrían que haber visto a estas cuatro jóvenes, tan guapas e inteligentes como Preciosa, la protagonista del romance de García Lorca, que en vez de llegar tocando “su luna de pergamino” venían con sus libros bajo el brazo. Emocionante, de verdad, uno de esos actos que te reconcilian con el ser humano y con la cultura. En esta época negra, en la que se nos ofrecen a cada minuto los peores ejemplos, qué necesitados estamos de estos rasgos de generosidad! ¿Vencerá la ignorancia enseñoreada a la discreción del conocimiento? ¿Qué les hubiera contestado Unamuno a la parejita del Ja, ja, ja? Pues lo mismo que contestó a Millán-Astray cuando oyó sus gritos de “¡Viva la muerte y abajo la inteligencia!” en la Universidad de Salamanca: “Venceréis pero no convenceréis”. A nadie, y por mucho tiempo.

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Monstruos y perdedores
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Esperanza Ortega | 23-05-2017 | 21:36| 0

Hay sucesos tan espantosos que no es fácil encontrar palabras para denominarlos porque no las hay. Me refiero, por supuesto, a la noticia con la que nos despertaron ayer: la bomba que había acabado con la vida de 22 niñas y herido a otras 50 en Mánchester, al salir de un concierto de Ariana Grande. El hecho de que fueran niñas en su mayoría las asistentes al espectáculo acrecienta la dificultad de hallar palabras de consuelo ante tanto dolor en telegramas y correos electrónicos de pésame. Leídos en los medios de comunicación, cuando los firman los políticos, suelen parecer convencionales, dictados por la mera conveniencia. Pero hay que reconocer que es casi imposible expresar la rabia y la pena de una manera que resulte más convincente. Por eso escuché con una especial atención las palabras que Trump dedicó al tema, siendo como es un hombre espontáneo –hay que reconocerlo, espontáneo sí es- muy poco dado a las fórmulas convencionales de la diplomacia. ¿Qué habrá dicho Trump? –me dije- y subí la radio. Y lo que había dicho estaba a su altura, es decir, que era propio de un ser como él, y tan horrible como el mismo hecho que parecía condenar. Dijo Trump que a los autores del atentado no se les debía llamar “monstruos” porque eso era lo que ellos deseaban. Yo entendí que deseaban dar miedo, como de hecho dan. Pero continuó: en realidad lo que son es unos “perdedores”. Perdedores. El calificativo, con sentido de insulto, cayó sobre mí como un golpe bajo, como una bomba fétida que viniera a ahondar aún más en el malestar que me había embargado al oír la noticia. Perdedores. Seguramente para Trump perder es lo que les ocurre a los seres más despreciables, y ganar lo ´mas deseable que existe en el mundo. Él mismo es un ganador, por eso está donde está, en la copa del árbol de todos los deseos. Y eso lo dijo Trump en Israel, ante el pueblo que debería tener como mayor dignidad el haber sido víctima y enemigo del ganador más cruel e inhumano: Adolfo Hitler. Sí, sin duda Hitler hubiera dicho exactamente lo mismo que Trump ante un acontecimiento semejante, tan orgulloso como estaba él de pertenecer a la etnia de los vencedores. No importa que los ganadores acaben siempre perdiendo, esa es una ley de vida que para nada los absuelve. Hace poco, y salvando las enormes distancias, oíamos decir a Susana Díez que ella era una ganadora nata, y miren ustedes qué chasco se ha llevado. Yo diría que uno de los atractivos de Pedro Sánchez es precisamente ese, el de haber resucitado de entre las cenizas del perder. Porque cuando los ganadores pierden, se abre una rendija en las paredes de la realidad, una rendija que nos permite respirar con alivio a los que ya estábamos a punto de asfixiarnos. Luthero King fue un perdedor, lo mismo que Che Guevara o Jesucristo, por citar solamente algunas figuras de nuestro imaginario cultural. Por eso los anarquistas libertarios del Siglo XIX gritaban “¡Viva el perder!”, cuando iban a ser fusilados. Es esta elegancia del fracaso, que tan bien encarnaron Antonio Machado y Francisco de Asís, el único consuelo ante la monstruosidad del gusto por la muerte. No, bien pensado no debería de extrañarme que un monstruo como Trump haya dicho que el asesino de Mánchester es un perdedor. ¿Quién ha ganado?, ¿la muerte?.

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La vergüenza
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Esperanza Ortega | 16-05-2017 | 21:19| 1

La primera acepción de vergüenza que encontramos en el diccionario es la de “sentimiento de pérdida de la dignidad por una falta cometida”, es decir, que la vergüenza no es más que una expresión peculiar del sentido de culpa. Y los primeros avergonzados fueron Adán y Eva tras haber probado el fruto del árbol prohibido.  Aunque para ser más precisos, lo que dice el Génesis es que se avergonzaron cuando, mirándose el uno al otro, se dieron cuenta de que estaban desnudos, es decir, descubiertos. La idea es que el ser humano esconde siempre algo para sí, algo que se debe tapar y que, en el caso de ser descubierto, le lleva a él mismo a ocultarse, para que no se refleje su rostro en el espejo del mundo. Me hacía yo estas reflexiones mientras oía al fiscal Moix dar sus explicaciones sobre los obstáculos que ha puesto en la investigación del caso de Ignacio González. Pero el señor Moix se ve que no tiene ningún sentimiento de vergüenza, ni siquiera  cuando su nombre aparece en las conversaciones entre González y Zaplana calificándole como un tipo de lo más conveniente para ellos. El fiscal no se inmuta, se encoge de hombros, como diciendo ¿Y a mí qué me importa? Bien sé que legalmente nada pueden contra mí; como yo no me miro nunca al espejo, nunca veré la verdad desnuda. Quizá esta actitud es propia de quien sabe que entre lo legal y lo moral hay un gran trecho y que nada vale la verdad si no puede ser demostrada. ¿Se acuerdan del señor Pujalte?,  contestó a quién le preguntaba si le parecía ético su comportamiento: “no será ético, pero es legal”. Y se fue tan contento, a seguir disfrutando de la vida. Sin embargo, hay algo que no me cuadra en el argumento de esta historia. Puedo entender que unos empresarios mafiosos extorsionen para sacar beneficio, puedo entender también, -antes me costaba hacerlo, pero ahora lo tengo completamente asumido- que un grupo inmenso de politicastros  se corrompa,  pero me sigue pareciendo difícil  comprender que un jurista de la categoría profesional del fiscal que nos ocupa  proteja a estos mafiosos y politicastros. ¿Por qué iba a hacerlo? , ¿qué ganaría con ello?. Quizá esto me ocurre porque mi educación moral no se funda en las lectura de la ética de los filósofos  sino en el ejemplo de los protagonistas de las novelas de aventuras que leí en la adolescencia –no nos ofrecían nuestros educadores otros ejemplos de bondad o heroísmo-.  Me refiero a los libros de Dumas o de Walter Scott, por citar dos cimas en el género.  En aquel territorio de ficción se vivía y se moría por defender la verdad y no había pérdida más grave que la del honor ni mayor satisfacción que la de haber cumplido con la palabra dada. En cambio, en el mundo real, a la mentira se la llama posverdad. Da igual que sea Trump, Maduro o Kim Jong-un u otro personaje más cercano a nosotros,  sigo sin explicarme que deseen pasar a la Historia en el papel de Juan sin Tierra.  Adán y Eva se taparon al ser descubiertos, estos personajes que nos rodean exhiben sus vergüenzas sin pudor. Solo se me ocurre que lo hacen porque saben que con esa actitud acabarán ganando las elecciones. A ellos parece dedicado este pensamiento de Simone de Beauvoir: “Lo más escandaloso que tiene el escándalo es que uno se acostumbra”.  

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El trabajo gustoso
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Esperanza Ortega | 09-05-2017 | 22:06| 1

Así tituló Juan Ramón Jiménez uno de sus textos en prosa: “El trabajo gustoso”. Hay quien sostendrá que el trabajo es precisamente lo opuesto a lo que se hace por gusto: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente…” le anunció Dios a Adán, cuando le expulsó del Paraíso, y desde entonces los hombres –no todos, pero sí la gran mayoría- han tenido que trabajar les guste o no les guste. La etimología lo corrobora: trabajo viene de “tripalium”, cepo hecho con tres palos al que se ataba al esclavo para torturarle cuando cometía una falta. Así que nuestra cultura asocia el trabajo tanto con la esclavitud como con el sufrimiento. Coincide esta visión tan tétrica con la que enuncia Marx en El Capital, cuando establece el concepto del trabajo alienante del proletariado, que vende su fuerza convirtiéndose en esclavo la mayor parte del día a cambio de un salario de miseria. ¡Cuántos soportan hoy los mismos grilletes en trabajos basura! Estoy muy impuesta en el tema porque el domingo pasado participé en la Presentación de un libro titulado “Cultura y trabajo”, que ha editado el ateneo de CC.OO.  Para que las condiciones de trabajo de los asalariados fueran cada vez menos penosas surgieron los sindicatos, sin los cuales no habría pensiones, ni salario mínimo, ni bajas por enfermedad, ni derecho a paro, ni días de fiesta.., todo eso que hoy nos parece lo más natural pero que no tendríamos si quienes nos precedieron no hubieran luchado con uñas y dientes por conseguirlo. Nada tiene que ver este trabajo penoso con el “trabajo gustoso” de Juan Ramón Jiménez,  ni con la actividad de quién se dedica a la cultura, ya sea como artista, como investigador científico o desarrollando una profesión vocacional. En estos casos, el esfuerzo halla su recompensa en la obra lograda o al menos en la satisfacción de haber intentado alcanzar la presa con denuedo: en la noche oscura del trabajo, se vislumbra una luz a lo lejos, que es una promesa de meta conseguida. Por eso tenemos suerte los que nos podemos dedicar a una tarea  creativa, y debemos de colaborar de alguna manera con los que no han tenido tanta suerte. Juan Ramón Jiménez, con el radicalismo poético que le caracterizaba, señaló que el trabajo gustoso no era solo propio del artista, sino de cualquier ser humano capaz de poner en su oficio la atención y el deseo suficientes. Y ejemplificó al trabajador gustoso en un mecánico de automóviles malagueño con el que se encontró después de haber puesto su coche en manos de otros mecánicos: “todos le daban golpes, tirones bruscos, palabras brutas, sudor vano”. Hasta que el trabajador gustoso “levantó con exactitud la cubierta del motor, miró dentro con precisa inteligencia, acarició la máquina como si fuera un ser vivo, le dio un toquecito justo en el secreto encontrado, y volvió a cerrar en ritmo y medida completos. -El coche no tiene nada, es que lo han tratado mal. A los coches hay que tratarlos como a los animales (no dijo personas), con mimo”. Que todos los trabajos sean así de gustosos quizás es una utopía, sin embargo es la utopía necesaria para que el hombre pueda realizar algún día el sueño de regresar al Paraíso. ¡Ah!, pero esta vez aquí, sin levantar los pies de la tierra. El que estemos tan lejos de conseguirlo no es óbice para que éste sea el único objetivo por el que merezca la pena esforzarse cada jornada de nuestra trabajosa vida.

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Sobre el autor Esperanza Ortega
Esperanza Ortega es escritora y profesora. Ha publicado poesía y narrativa, además de realizar antologías y estudios críticos, generalmente en el ámbito de la poesía clásica y contemporánea. Entre sus libros de poemas sobresalen “Mudanza” (1994), “Hilo solo” (Premio Gil de Biedma, 1995) y “Como si fuera una palabra” (2007). Su última obra poética se titula “Poema de las cinco estaciones” (2007), libro-objeto realizado en colaboración con los arquitectos Mansilla y Tuñón. Sin embargo, su último libro, “Las cosas como eran” (2009), pertenece al género de las memorias de infancia.Recibió el Premio Giner de los Ríos por su ensayo “El baúl volador” (1986) y el Premio Jauja de Cuentos por “El dueño de la Casa” (1994). También es autora de una biografía novelada del poeta “Garcilaso de la Vega” (2003) Ha traducido a poetas italianos como Humberto Saba y Atilio Bertolucci además de una versión del “Círculo de los lujuriosos” de La Divina Comedia de Dante (2008). Entre sus antologías y estudios de poesía española destacan los dedicados a la poesía del Siglo de Oro, Juan Ramón Jiménez y los poetas de la Generación del 27, con un interés especial por Francisco Pino, del que ha realizado numerosas antologías y estudios críticos. La última de estas antologías, titulada “Calamidad hermosa”, ha sido publicada este mismo año, con ocasión del Centenario del poeta.Perteneció al Consejo de Dirección de la revista de poesía “El signo del gorrión” y codirigió la colección Vuelapluma de Ed. Edilesa. Su obra poética aparece en numerosas antologías, entre las que destacan “Las ínsulas extrañas. Antología de la poesía en lengua española” (1950-2000) y “Poesía hispánica contemporánea”, ambas publicadas por Galaxia Gutemberg y Círculo de lectores. Actualmente es colaboradora habitual en la sección de opinión de El Norte de Castilla y publica en distintas revistas literarias.

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