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Adriana Bustos, historia y compromiso

EL MUSAC ACOGE LA PRMERA EXPOSICIÓN INDIVIDUAL EN ESPAÑA DE LA ARTISTA ARGENTINA

Cada una de las series que conforman la exposición ‘Prosa del Observatorio’, primera individual en España de la argentina Adriana Bustos (1967), merecería una visita reposada, pues debajo de cada elemento que las componen hay un trabajo de investigación, documentación, análisis y planteamiento que es difí­cil de captar en un recorrido apresurado. Con todo, los distintos capí­tulos de la muestra, correspondientes a tres series diferentes en una trayectoria muy cohesionada, componen un todo perfectamente coherente y dan idea cabal de las preocupaciones de esta artista que se sirve de técnicas de documentación y de la investigación histórica y en ciencias sociales para reflexionar sobre opresiones sociales, polí­ticas y religiosas en distintos periodos históricos, pero en particular para relacionar hechos acaecidos tanto en  España como América Latina y en sus interrelaciones desde la época colonial hasta nuestros días.

Ya en el título ‘Prosa del observatorio’ subyace este afán por relacionar hechos aparentemente inconexos en los que encuentra filiaciones inesperadas. Está tomado de la obra homónima de Julio Cortázar en la que el escritor argentino establece paralelismos entre la migración de las anguilas por los ríos europeos y las observaciones nocturnas del maharajá Jai Singh creador en el siglo XVIII de observatorios astronómicos en Jaipur y Delhi. En ‘Antropologí­a de la mula’ la primera de las series de la exposición, Adriana Bustos traza un paralelismo entre las rutas comerciales de la época colonial y las del narcotráfico en América Latina, y reflexiona sobre el tráfico de personas y cosas como elemento sustancial de las dinámicas de explotación, producción y comercialización desde las colonias hasta nuestros días.adriana-bustos_antropomorfia-del-sistema_2016

El origen de esta serie de trabajos en los que Bustos mezcla el dibujo (una técnica que domina a la perfección) con el vídeo y la fotografí­a, fue comprobar cómo la crisis argentina y la búsqueda de trabajos precarios habían llevado a la proliferación de mulos dedicados a la recogida de cartòn en la ciudad de Córdoba (Argentina), hecho que coincidía en el tiempo con el escándalo en el que se vio envuelta la empresa aérea Southern Wings en 2005 por el transporte de droga en valija diplomática. La artista dibuja sus personales ‘mapas’ en los que mezcla las rutas que siguieron las mulas en la época colonial desde Córdoba al Potosí­ para la explotación de los minerales preciosos, con las de las ‘mulas’ (término con el que se conocen en el argot del narcotráfico a las personas, mujeres en muchas ocasiones, que transportan la droga clandestinamente) actuales. Especialmente significativo dentro de este capí­tulo es la serie ‘Ilusiones’. Bustos entrevistó a varias mujeres que cumplían condena por narcotráfico en la prisión cordobesa de Brouwer: Fátima, Anabella, Leonor, el último escalón del negocio del tráfico de drogas, también el más vulnerable. La artista las fotografía de espaldas y las sitúa en un escenario ilusorio que representan los sueños por los que se enrolaron en el negocio. Una peluquerí­a, un quirófano, un paisaje selvático, entornos inalcanzables en vidas truncadas. Al lado de cada una de ellas, fotografía a la mula real en el mismo escenario.adriana-bustos_retrato_cortesia-de-la-artistade la artista, ‘El retorno de lo reprimido’, en el que documenta el tráfico de esclavos procedentes en su mayoría del África Subsahariana a través del Atlántico desde el siglo XVI hasta el XIX. E investiga en un hecho poco conocido: los cien mil ciento once esclavos negros introducidos por los españoles en Cuba en un periodo reducido de tiempo, entre 1816 y 1819. Setenta y siete expediciones partieron de La Coruña, según las investigaciones realizadas por la artista, con el fin de abastecer a los hacendados de mano de obra antes de la definitiva prohibición del comercio negrero cuya fecha lí­mite era 1820. El racismo, el tráfico de personas, la explotación están presentes en estas obras donde el habitual aspecto crí­tico del trabajo de Adriana Bustos es aún más patente si cabe.

Capí­tulo aparte merece la serie central de la exposición, ‘¿Quién dice qué a quién?’, una aportación original sobre la censura y sobre cómo la historia se repite en un aparentemente imparable bucle. De nuevo, las dotes de dibujante de Bustos al servicio de una reflexión sobre los libros prohibidos, el control de la información por parte de las dictaduras históricas, el arte como propaganda de regímenes ilegí­timos. La visión paralela de un fragmento del documental ‘Olympia’, dirigido por Leni Riefensthal en pleno auge del nazismo sobre los Juegos Olí­mpicos de Berlí­n de 1936 y de un fragmento filmado del Mundial de Fútbol celebrado en Argentina en plena dictadura militar pone de manifiesto, para la artista, “los modelos de propaganda fascista de ambos periodos y la similitud de sus estructuras formales y estéticas”.

Viendo la obra de Adriana Bustos se podrí­a hablar de un nuevo concepto de ‘arte aplicado’. Aquel en el que las cualidades técnicas y expresivas, la pulcritud formal y la exhaustividad documental están de forma evidente o más clara que en otros casos al servicio de una reflexión política sobre la sociedad en la que vivimos, de una visión crí­tica del mundo y de una manera creativa de preguntarnos sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro.

 

Fotos:

  1. ‘Antropomorfia del sistema’, obra de Adriana Bustos en el Musac
  2. La artista argentina Adriana Bustos. (Cortesía de la artista)

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El mundo era más ancho y menos ajeno

Mi homenaje a Julio Michel, director del Titirimundi, fallecido el 24 de junio en Barcelona

 

Querido Julio: busco en el papel lo que solo puedo encontrar si me miro por dentro y pienso en tantos titirimundis compartidos. Y aun así, encuentro en la portada de un ‘Norte de Castilla’ atrasado una foto en la que estás subido a uno de esos pequeños monstruos del carrusel Catimini que, como un ritual, se instalaba en Segovia para anunciar la llegada de los titiriteros. Era 1999, el año que me invitaste a pregonar el Festival. Nunca te lo agradecí bastante.

Me estremece tu sonrisa. Si alguien no acabó de entenderlo es porque no te miró con detenimiento: en esa sonrisa estaba tu alma de niño, tu fantasía, la que te hizo ver como posible que en una ciudad apartada de los grandes circuitos dramáticos hubiera un festival que pusiera a Segovia, y con ella a la Comunidad, en el mapa de los acontecimientos internacionales de las artes escénicas.

El día que se levantó el telón del primer Festival Internacional de Títeres de Segovia (aún no era Titirimundi) se descorrieron muchos velos y cayeron muchos prejuicios. Ese día lejano comenzó a ensancharse nuestro mundo. Cayó la ignorancia sobre un arte que había quedado relegado a un asunto para niños, y que era mirado incluso con cierto desprecio por los profesionales de las artes escénicas. Empezamos a saber que dentro de ese universo aparentemente pequeño, simple, sin grandes presupuestos ni enrevesadas dramaturgias, cabía la tradición y la vanguardia, la poesía y la crítica social, pequeñas joyas del siglo XVIII y las nuevas tecnologías. Que las artes tienen vasos comunicantes que se enriquecen mutuamente y cuando llegan a su destinatario le cambian por dentro. Fuimos distintos, yo diría que mejores, después de ser un poco más sabios gracias a tu mundo. Más solidarios, más abiertos, más cultos. Más felices.

En aquellas primeras ediciones donde la convivencia entre titiriteros era más natural y prolongada, aprendimos a mirar al otro y a reconocernos en él. En su arte. Por lejana que fuera su procedencia y distinta su cultura. Porque tiene que ser el arte el que denuncie la fatuidad de las fronteras. Todavía Internet no nos había hecho presuntamente globales.

Aún lloro si recuerdo aquel 25 de abril en el que sentada en el autobús de la compañía Abellis Magiska, asistía junto a una decena de afortunados a un pase de su cuento oriental. Los objetos eran tan pequeños que un autobús bastaba para reunir el aforo de cada sesión. Alguien puso un clavel rojo en mis manos y en la penumbra escénica cantamos el ‘Grândola, Vila Morena’ para acompañar a los miembros de los Bonecos de Santo Aleixo… Las primeras veces quedan impresas en nuestra memoria: descubrir la ‘Opera dei pupi’ siciliana y la familia internacional de Don Cristóbal y Mr. Punch, hacer un máster en marionetas de guantes y muñecos de hilos, acompañar en su viaje a París a los personajes de las pinturas negras de Goya… Pero, en un momento de descuido, ha venido la marioneta de Phillipe Genty y te ha introducido en la maleta como años antes hizo vengativa con su manipulador. En ella te ha llevado a unirte a Rod Burnett y ahora os estáis partiendo de risa juntos, mientras nosotros aquí intentamos contener las lágrimas.

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Películas habladas, silencios remotos

Hay películas llenas de silencios y películas llenas de palabras. Películas habladas, por tomar prestado el título que Oliveira puso a una de las suyas. De estas últimas hemos visto ya en el Festival la muy estimable ‘45 años’. Y en esta edición ‘El mundo abandonado’, el filme con el que la realizadora alemana Margherite von Trotta vuelve al festival tras el buen sabor de boca que dejó con ‘Hanna Arendt’. A Trotta le van esas películas en las que se centra en el personaje de una mujer para acercarle la cámara todo lo posible y dibujarlo en imágenes. Lo hizo con la mística Hildegard von Bingen, en ‘Visión’; después con la filósofa alemana en los días en los que siguió como periodista el juicio contra el nazi Adolf Eichmann, y en esta última con un personaje imaginado, una cantante de ópera que desconoce la verdad de sus orígenes. Para ello vuelve a confiar en Barbara Sukowa que encaja en el perfil de una cantante de ópera de éxito, fría e impenetrable, que en la madurez de su vida tiene que afrontar una inesperada noticia sobre su pasado. Película de personajes obligados a recomponer su biografía a destiempo, otro rasgo que la relaciona con la citada ‘45 años’. Película coral en la que los diálogos son fundamentales. Von Trotta ha sustituido la densidad de ‘Hanna Arendt’ por una estética fotografía y por la inclusión de unos temas de jazz que interpreta la otra protagonista del filme, hermanastra de la primera, que también es cantante.
Naturaleza
El filme no conmociona –hasta ahora dentro del buen nivel general ninguna de las películas vistas ha supuesto una enorme conmoción– pero se sigue con agrado, con el agrado de ver una historia bien contada por alguien que maneja la cámara con tal seguridad.
Los pases de prensa matinales comenzaron con ‘Hrútar’, película islandesa que nos traslada a la soledad de las tierras del norte. Y a su silencio. Dos hermanos dedicados por tradición familiar a la cría de una raza especial de ovejas viven uno al lado del otro en un solitario valle. Hace cuarenta años que no se hablan, solo el perro que comparten les sirve literalmente de mensajero cuando las necesidades de una naturaleza a menudo hostil les pone en la tesitura de tener que comunicarse . Ambos mantienen el ‘linaje’ de sus ovejas y rivalizan entre sí por criar el mejor carnero para el concurso local. Uno de ellos descubre que el ejemplar ganador de su hermano tiene una enfermedad que obligará a sacrificar todos los rebaños de la comarca y poner las granjas en una cuarentena de dos años, lo que supondrá para los más jóvenes tener que replantearse su futuro. La adversidad servirá sin embargo para unir a los dos hermanos en una misión común salvar la única vida que conocen.
Segundo largometraje de ficción del director islandés Grímur Hákonarson (1977) que logró con él el premio de la sección ‘Una cierta mirada’ en Cannes.
Excelente filme sobre la estrecha relación del hombre con la naturaleza y con los animales, y la, en ocasiones, mucho más difícil relación del hombre con sus semejantes. Película sobre la soledad y la aceptación de un modo de vida difícil –por más que los avances tecnológicos lo hayan suavizado– y sobre cómo la inteligencia es el verdadero colchón para las dificultades. Hákonarson trata con igual naturalidad, y ese es uno de los aspectos más atractivos del filme, la fisicidad de las ovejas y la fisicidad de los humanos, en particular de esos dos ya casi ancianos granjeros, cuyos desnudos se fotografían con una gran sensibilidad. Hákonarson se arriesga con un sorprendente plano final y deja en el espectador una extraña sensación de paz.
Pesadilla
Paz no es precisamente lo que encuentra la pareja protagonista de ‘La adopción’ de Daniela Fejerman, primer y único filme español a concurso en esta edición de la Seminci. Fejerman, argentina de 1964, codirigió varias películas con Inés París ( ‘A mi madre le gustan las mujeres’, ‘Semen, una historia de amor’) y este es su segundo largometraje en solitario tras ‘Siete minutos’.
Aquí encara el asunto de las adopciones internacionales, que afecta a tantas parejas en nuestro país. Seguro que quien más quien menos conoce alguna historia de una adopción que se presumía burocráticamente controlada y acabó convirtiéndose en una pesadilla. Una agonía solo olvidable si al final se consigue el propósito de volver con un niño en los brazos.
Natalia (Nora Navas) y Daniel (Francesc Garrido) viajan a una república del Este con el decidido propósito de convertirse en padres. La única condición es adoptar un niño sano o al menos con una dolencia curable. Poco a poco se encontrarán con un medio corrupto y hostil que hará no solo tambalear su propósito sino también su relación de pareja.
Navas y Garrido se meten en la piel de sus personajes con verdad y son sin duda el mejor activo de la película. La historia está bien contada aunque la tensión que viven sus protagonistas no llega a encoger las tripas del espectador. Hacia la segunda parte pierde algo de gas, que afortunadamente recupera al final.

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AUTORAS TEATRALES, POR FIN VISIBLES

LA HORA DE LAS AUTORAS TEATRALES

Un libro de Cátedra y otro de La Uña Rota traen a primer plano de la actualidad editorial el palpitante trabajo de las dramaturgas españolas

 

A María Lejárraga fue otra mujer la que le hizo justicia. Fue el libro de Antonina Rodrigo, ‘María Lejárraga, una mujer en la sombra’ el que descubrió al público lo que en su tiempo fueron rumores y después algo que solo los expertos sabían: que las obras de teatro que tanto éxito habían dado a su marido, Gregorio Martínez Sierra, estaban escritas por ella.
María Lejárraga escribió la mayor parte de sus obras cuando el siglo XX estaba aún en sus inicios (murió en 1974) pero no estaba bien visto en su tiempo que una mujer escribiese y menos si además se dedicaba a la enseñanza, como era su caso. Esconderse tras el nombre del marido era una solución pero el precio a pagar –en su caso lo fue– era demasiado alto.
Las dificultades sin embargo venían heredadas de siglos atrás. Por remontarnos solo al Siglo de Oro,  las escasa mujeres ‘dramaturgas’ de las que tenemos noticia también lidiaron contra los prejuicios, en ocasiones de ilustres escritores como Francisco de Quevedo, que tacharon de «inmoral» su incursión en el mundo de las letras, como pone de manifiesto un estudio de María José Mesa.
Con todo, podemos recordar el nombre de María de Navas autora de comedias y empresaria teatral (una conjunción que se mantiene necesariamente hoy en día) o María de Zayas y Sotomayor, autora de la comedia ‘La traición en la amistad’, que le valió que otro insigne, Lope de Vega, dijera de ella que era un genio «raro y único», o Ángela de Acevedo.
Muchas cosas han cambiado desde entonces, por supuesto, pero no tanto como para que en este comienzo del siglo XXI podamos hablar de autores dramáticos (de autores y autoras) en pie de igualdad. Sobre las mujeres, como en tantos otros ámbitos, pesa aún el techo de cristal y la pátina de invisibilidad. Si hiciéramos una encuesta al público habitual en las salas teatrales sobre cuántas mujeres autoras españolas podrían mencionar, quizá la sorpresa fuera mayúscula.
Y es que, si acotamos, por ejemplo, las décadas posteriores a la guerra civil apenas tres o cuatro mujeres (descontadas aquellas novelistas que hicieron alguna incursión teatral como Carmen Martín Gaite, o poetas como Ana Rosetti) destacan como dramaturgas: Dora Sedano, Julia Maura, Ana Diosdado…
Más cerca de nosotros (y también dejando a un lado nombres como Nuria Espert, cuya labor ha trascendido la interpretación, pero no es estrictamente una autora dramática; o el caso más reciente de Ana Zamora y su impagable reconstrucción del teatro Renacentista) apenas ejemplos como Paloma Pedrero nos vienen a la memoria. Y sin embargo en estos momentos las autoras teatrales españolas están siendo fuente de interesantes piezas que no siempre tienen la posibilidad de llegar a los escenarios, aunque para ello las ‘abajo firmantes’ tengan muy claro que deberán compaginar esta labor con la de empresarias, además de formar parte de colectivos cuya misión es precisamente ‘sacarlas a escena’.
Dos libros, llegados a las librerías con pocos meses de diferencia, vienen sin embargo a apoyar las iniciativas de asociaciones como las Marías  Guerreras en España o

las Roswitas en Francia.
El primero de ellos sale del sello La Uña Rota, que no ceja en su empeño de dar a conocer la obra teatral de autores contemporáneos y que al mismo tiempo ofrezcan una línea de trabajo original y rompedora. Se trata de ‘El centro del mundo’, un volumen que recoge tres piezas de Angélica Liddell: ‘Maldito sea el hombre que confía en el hombre: un project d’alphabétisation’, ‘Ping Pang Qiu’ y ‘Todo el cielo sobre la tierra (el síndrome de Wendy)’. No es la primera vez que Liddell merece la atención de este sello. Y ella es probablemente una de esas pocas autoras que consigue superar la cuarta pared (que en el caso de las mujeres se torna en muchas ocasiones en un muro inexpugnable) y lograr que su nombre ‘suene’. No en vano es una de las dos autoras que ha conseguido el premio Nacional de Literatura Dramática.
Como ya ocurriera con su anterior trilogía ‘La casa de l  fuerza’ Liddell vuelve a sus temas fundamentales: el paso del tiempo, el miedo a crecer, la pérdida de la inocencia. Junto a su descubrimiento de la cultura china, y la fascinación por todo lo que se nos antoja difícil de comprender.
Del Siglo XXI
El segundo libro que La Sombra del Ciprés trae a su portada es un disparo directo al centro de esa invisibilidad de la que venimos hablando. Porque, bajo el título de ‘Dramaturgas del siglo XXI’, el catedrático de la Uned Francisco Gutiérrez Carbajo, habitual estudioso de las tendencias escénicas y del teatro escrito por mujeres, ha reunido una antología de textos de once autoras dramáticas españolas en pleno ejercicio, en plena pelea por sacar adelante su obra y hacerla llegar al espectador.
Varios han sido los criterios de selección que le han guiado a la hora de subrayar estos once nombres. Por un lado, que representaran a distintas generaciones. Así encontramos autoras que, como Carmen Resino, escribían ya en la última década del siglo XX, incluso adscritas a movimientos como el llamado Nuevo Teatro Madrileño, del que es principal figura José Luis Alonso de Santos, a otras que como Lola Blasco, la más joven de las antologadas, nacieron en los ochenta.
El segundo criterio de selección de la antología (publicada por Cátedra) es que hubieran tenido un papel fundamental en el desarrollo de las nuevas dramaturgias. Es el caso de Itziar Pascual, creadora de las Marías Guerreras, o de Antonia Bueno, fundadora de Donas en Arte, asociaciones que velan por el trabajo de las mujeres en la escena, no solo desde el punto de vista de la autoría.
El tercero, que estuvieran representadas las distintas comunidades autónomas del país. Incluso su intención primera había sido publicar los textos en sus versiones originales (los escritos en catalán euskera o gallego), aunque finalmente aparecen solo en español. Así, encontramos la obra de la autora vasca Aizpea Goenaga, la catalana Beth Escudé o la gallega Vanesa Sotelo. Por último, un cuarto criterio ha destacado aquellas autoras que, además, combinan la creación con tareas de gestión, tanto de sus propias compañías como de montajes ajenos, o con la docencia.
Aparte de las ya mencionadas, completan la lista de las antologadas Diana de Paco, Juana Escabias, Diana I.Luque y Gracia Morales.
Siguiendo las líneas de trabajo mencionadas, Gutiérrez Carbajo reunió cincuenta nombres lo que da idea de la vitalidad del momento actual en cuanto a la escritura dramática hecha por mujeres. Descartó aquellas de las que ya se había ocupado en anteriores estudios, como la propia Lidell, o nombres que sí habían tenido una mayor popularidad como la ya citada Paloma Pedrero, para incidir en autoras menos conocidas para el ‘gran público’.
«Su escritura –afirma el autor – no solo no desmerece sino que en muchas ocasiones supera en calidad a la de sus compañeros hombres, más conocidos y ahora muy renombrados como Juan Mayorga, José Manuel Corredoira o César López Llera. Por otra parte, todas ellas son un elemento muy activo en la representación de los textos y a ello se deben en parte sus logros».
El punto de vista feminista no está ausente en las obras, como corresponde a unas autoras que tienen muy presente la necesidad de saltar las barretas de la desigualdad. En muchas ocasiones son obras que de una forma no necesariamente evidente tienen en cuenta las posturas de destacadas pensadoras que han hecho de las cuestiones de género parte importante de sus investigaciones, como Amelia Valcárcel, Victoria Camps o Celia Amorós.
Desde este punto de vista es muy interesante la introducción que sitúa históricamente la tradición de los estudios de género e informa también de las iniciativas comunitarias que vienen trabajando a favor de la representatividad de las mujeres del teatro.
«Esto no quiere decir que en las obras que escriben no estén presentes otros temas de interés en la sociedad actual, en el día a día de cualquier persona, y son textos también más ricos desde el punto de vista emocional».
Para completar el interés del libro, cada una de las autoras presentes contesta a cuestiones relacionadas con la situación del teatro en general y del escrito por mujeres en particular, sobre premios y reconocimientos, asociaciones como la Asociación de Dramaturgas, la labor de las creadoras como gestoras de sus propios montajes y otros temas de interés.
Dos libros que, unidos a otras iniciativas y movimientos auguran un futuro más normalizado, a pesar del momento tan difícil que se vive en las artes en general.

(En la fotografía de El Norte, Angélica Liddell en su último montaje)

LAS CIFRAS LO DICEN TODO 
Los datos son concluyentes y están expuestos en el libro de Gutiérrez Carbajo. Desde su creación en 1978, el Centro Dramático Nacional ha sido dirigido por ocho hombres y solo dos mujeres: Nuria Espert, que compartió la dirección con José Luis Gómez y Ramón Tamayo entre los años 1979-1981 e Isabel Navarro que ocupó el cargo entre 1994 y 1996.
Hasta el año 2007 ninguna mujer había dirigido una obra en el Teatro de la Zarzuela de Madrid y hasta 2011 a ninguna se le había encargado una dirección en el Teatro Real.
Con los premios, la situación es similar. El Premio Nacional de Literatura Dramática solo lo han recibido a lo largo de su historia dos mujeres: Lluïsa Cunillé y Angélica Liddell. En cuanto al más veterano, el Lope de Vega, que se inició en los tiempos de la II República, solo lo ha obtenido una mujer, Tania Cárdenas. El Calderón de la Barca ha sido concedido desde 1981 a 21 dramaturgos y a siete dramaturgas y el Tirso de Molina lo han alcanzado entre 1990 y 2012 dieciocho autores y una sola autora, Carmen Losa. Como respuesta a esta situación surgieron premios  reservados a las mujeres dramaturgas, como el María Teresa León que nació en 1994 y ya no se convoca.
Como ocurre en otros ámbitos de la vida, las mujeres tienen una importante presencia durante la etapa estudiantil, presencia que luego no se refleja en su visibilidad posterior, al no ocupar cargos de responsabilidad en sus distintos ámbitos. Aquí también las cifras cantan: la Real Escuela Superior de Arte Dramático (RESAD)  publica una colección de textos, bajo el título ‘Promoción RESAD’ que recoge las creaciones que los estudiantes han de hacer al finalizar sus estudios. La colección cuenta desde sus inicios en 1993 hasta el 2009, treinta y dos textos de autores y cuarenta y dos de autoras. En otra colección de la RESAD, titulada ‘Piezas breves’ y que también publica textos de estudiantes, el autor de la antología cuenta y seis textos de autores y setenta y tres de autoras. Es cierot que no todos los estudiantes publican sus textos pero«estas cifras reflejan una realidad que no repercute ni en los escenarios, ni en los premios».

(Reportaje publicado en el suplemento literario de El Norte ‘La Sombra del Ciprés’ el 3 de mayo de 2014)

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Vanguardia e ideario político

(A própósito de la exposición ‘Los progresistas de Colonia’ en el Museo de la Pasión de Valladolid)

 

No todo sucedió en París. Si hay un periodo fundamental en la historia de las Artes en Occidente por los cambios, a menudo revolucionarios, que tuvieron lugar en todas las artes ese fue sin duda el periodo entre las dos Guerras Mundiales.
Y París se convirtió en  el foco al que todos querían acudir. La Orilla Izquierda del Sena se convirtió en lugar de peregrinación, no solo desde Europa sino desde Estados Unidos, de artistas y escritores (en este caso sería adecuad añadir la coletilla y ‘escritoras’ por la importancia de las ‘mujeres modernistas’ en la literatura.
Pero no todo sucedió en París. Y eso es lo que pone de manifiesto la exposición que desde ayer ocupa las salas del Museo de Pasión en Valladolid, organizada por la Fundación Municipal de Cultura. ‘Los progresistas de Colonia. August Sander y su círculo de amigos’ pone el foco en un microcosmos artístico y social cuya influencia irradió más allá de su lugar de origen temporal y espacial: la ciudad de Colonia durante la República de Weimar. La exposición llega en un momento oportuno. Las circunstancias históricas (algunos de sus componentes murieron durante la ocupación nazi, otros tuvieron que dejar Alemania y murieron en el exilio) contribuyeron a que el grupo permaneciera en el olvido. Pero ahora ‘Los Progresistas de Colonia’ empiezan a suscitar un mayor interés tanto desde el punto de vista de la historia como, incluso, en el mercado del arte. La muestra que podrá verse en Valladolid hasta el 20 de enero del año próximo nunca ha salido de Alemania y, como tal, solo se ha expuesto en la ciudad de Colonia.
Colección Sander
El nombre asociado al título general de la muestra, August Sander, ya da una pista acerca de su contenido. El fotógrafo August Sander protagonizó una extraordinaria exposición el mes de marzo pasado en la también vallisoletana Sala de Las Francesas. Se mostró en aquella ocasión una selección del trabajo que hizo célebre a este artista, ‘Personajes del siglo XX’, un catálogo sociológico de personajes de la vida alemana de su tiempo, acompañados en muchos casos por sus ‘atributos’ de trabajo, que pretendía ser un muestrario de las distintas clases sociales que convivían en su época.
Sander mantuvo estrecha relación con los progresistas de Colonia, como lo demuestra el hecho de que esta exposición sea posible gracias a la colección  que de las obras de estos artistas atesora el nieto del genial fotógrafo,  Gerd Sander.
Pero vayamos a los comienzos. Los Progresistas de Colonia fue un grupo de artistas unidos por sus ideas en torno al arte y la política. Ese era su deseo: ser considerados como artistas políticos con un ideario en el que, entre otros objetivos, figuraba el de una sociedad sin clases. El grupo existió como tal entre 1920 y 1933 y sus fundadores fueron Heirinch Hoerle  (1895-1936) y Franz Wilhem Seiwert (1894-1933), a los que pronto se unió uno de los miembros más destacados del grupo,  Gerd Arntz (1900-1988), que abrazó la vía didáctica del arte, a través de la cual pretendía dotar a la clase obrera de un lenguaje visual universal de símbolos y pictogramas que la ayudara a comprender ideas complejas sobre economía, sociedad y política. La plasmación artística de este objetivo fue el proyecto Isotipo en el que Arnt colaboró con el marxista vienés Otto Neurath. El isotipo como concepto está en la base icónica de las señales de tráfico o en pictogramas gubernamentales que hoy podemos reconocer en todas partes.
En la obra de Adler, como en la de otros miembros del grupo, se pueden rastrear influencias de Picasso, de Léger y de Klee, con el que mantuvo amistad. En 1933 dos de sus cuadros fueron exhibidos en el Centro de Arte de Mannheim por los nazis como muestra de ‘arte degenerado’. Y como otros miembros del grupo se vio obligado a exiliarse de Alemania.
En general, los artistas del movimiento Progresistas de Colonia – al que también pertenecieron Gottfried  Brockmann, Heinrich  M. Davringhausen, Otto Freundlich, Hannes M. Flach, Martha Hegemann, Angelika Hoerle, Hans Schmitz, Ernst Ludwig Ronig, Jankel Adler y Franz Jansen, entre otros –  creían en la necesidad de volver a plasmar en sus obras temas como la revolución, los acontecimientos sociales y políticos, o el hombre y su posición social.
En su forma de entender el arte, la obra gráfica del grupo fue fundamental y en ella se aprecia aún más sus relaciones con el constructivismo, aunque sus abstracciones geométricas no llegaran a la radicalidad de sus colegas rusos. En las obras de la exposición es fácilmente rastreable la influencia de artistas como el mencionado Fernand Léger, László Moholy-Nagy o El Lissitzky. También es notoria la influencia del movimiento más célebre dentro de la vanguardia alemana, el de La Nueva Objetividad.
‘De la A a la Z’
Los Progresistas de Colonia contaron con una publicación para difundir su arte y sus ideas: la revista ‘a bis z’ (’de la A a la Z’)  fundada en 1929  por Seiwert, Hoerle y Walter Stern. Para entonces las vanguardias artísticas no pasaban su mejor momento no sólo en Alemania, sino también en la Rusia comunista. Fue su principal órgano de comunicación y entre sus colaboradores, además de los miembros del grupo, se encuentran figuras destacadas del arte alemán como Raoul Hausmann. En ella, algunos de cuyos ejemplares puede verse en la exposición, se publicaron muchas de las fotografías de August Sander.
El régimen de Hitler, que prohibió la reproducción de sus obras, supuso la desbandada del grupo. La muerte, el exilio y la clandestinidad fueron los destinos más habituales entre ellos. Sobre su obra se extendió un silencio que se rompió en 1975 cuando Wulf Herzogenrath mostró en el Kunstverein de Colonia la exposición ‘Desde Max Dada al Cinturón Verde’. Esta exposición contribuye a su reconocimiento.

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Cuando la ficción se pasa de frenada (Seminci III)

SOBRE ‘LITTLE BLACK SPIDERS’ Y ‘DÍAZ-DON’T CLEAN UP THIS BLOOD’

 

Cine pegado a la realidad. Cine que trata temas que son importantes para la sociedad de hoy. Eso es lo que programó la Seminci en su sesión del lunes. Películas, de entrada, interesantes para el espectador  que a veces echa de menos que le cuenten lo que pasa en el mundo en el que vive. Luego los resultados pueden o no ajustarse a las expectativas. Las películas del lunes cumplieron a medias.
La primera. ‘Pequeñas arañas negras’ sería la traducción literal del título original ( ‘Little Black Spiders’), un filme de la realizadora belga Patrice Toye que en la 43 Seminci participó con ‘Rosie’ y en esta ocasión vuelve con un filme sobre niños robados. Diez adolescentes que van a ser madres viven sus últimos meses de embarazo prácticamente recluidas en una institución religiosa. No pueden ver a nadie. No pueden ser vistas. Y esa clandestinidad se debe a que al final sus niños les serán robados y dados en adopción a familias que esperan ansiosas ese momento. Futuras madres, casi niñas aún, que viven entre el miedo y el desconocimiento esa experiencia crucial  sin saber (aunque alguna lo intuyen e incluso cree pensar que será un alivio) que apenas verán a sus hijos en el momento del parto. Patrice Toye narra esta dura historia intentando no recrearse en el dolor, ni en la hipocresía de las religiosas que rigen el centro clandestino situado en un ático de una institución hospitalaria. Como ya hiciera en su opera prima bucea en el mundo de la adolescencia, en sus búsquedas, miedos y sus inseguridades. Lo mejor  y lo peor del filme se centran en este asunto.
En cuanto a lo mejor, Toye comienza la película con vigor. La cámara nos muestra la llegada a ese peculiar internado de Katherine, de 17 años, (una angelical y buena actriz Line Pillet). No sabe muy bien  que hace ahí pero es huérfana, se ha criado en un orfanato y debe de pensar que estará ahí hasta que nazca su bebe. Desconoce por completo que su niño le será arrebatado y que el plan ha sido diseñado por el padre de la criatura, su profesor de griego, un hombre casado que piensa librarse así del problema.
Van apareciendo las otras protagonistas. Todas ellas viven en un recinto asfixiante continuamente vigiladas por una ‘hermana’ que antes vivió la misma experiencia, pero son jóvenes y encuentran la manera de inventar juegos que les hagan olvidar su situación.
El problema es que la película tiene ‘lapsus’: paréntesis esteticistas, oníricos, que demoran la narración sin aportar nada, al contrario, lastrándolo. Una lástima porque el filme acaba haciéndose pesado cuando debería interesar, siendo un tema de tan triste actualidad en nuestro país. Quizá a ese mérito y no a los estrictos valores cinematográficos se debieron los aplausos del público que asistía a la sesión matinal.
Pero aún le quedaba al espectador la prueba más dura de la mañana. ‘Díaz- Don’t clean up this blood’, cuarto largometraje de ficción del italiano Daniele Vicari. El cine  denuncia ha dado ejemplos notables en la historia del séptimo arte. No es este el caso. Lo peor de contar algo realmente duro y escabroso es no aportar matices, hacerlo con trazo grueso, sin acudir a la gama de grises que tiene siempre la realidad. Porque entonces se corre el peligro de caer en la caricatura y conseguir el efecto contrario. Eso pasa.
La realidad es en este caso el asalto por parte de la policía italiana a la escuela Díaz en Génova, la medianoche de la última jornada de la cumbre del G8 que se celebró en esa ciudad en 2001, y a la que habían acudido activistas de distintos puntos de Europa para mostrar su rechazo a la política internacional. La excusa de los mandos policiales y políticos para el asalto era encontrar a los anarquistas del llamado Bloque Negro. En la Escuela se encontraban unos noventa jóvenes y algunos periodistas extranjeros que pasaban allí la noche. Y de nada sirvieron las manos en alto en señal de rendición de todos ellos, la policía se empleó a fondo en un lugar sin salidas. El resultado además de las graves heridas y la humillación fueron varios policías procesados por abuso de fuerza.
Dejando a un lado que es difícil juzgar sin haber estado allí, lo cierto es que Vicari cuenta la historia recreándose en la extrema violencia. Sin ahorrar un ápice el horror, Cuesta creer en tamaña irracionalidad policial, en tamaña brutalidad. Cuesta creer que entre los centenares de policías que participaron en la operación solo uno mostrara algo de humanidad, que el resto solo fueran máquinas de golpear, con odio y saña inexplicables. Si las imágenes son fieles a lo que pasó cuesta creer que solo hubiera un joven muerto, porque de tamaña y gratuita brutalidad (cuerpos heridos y rotos arrastrados sin motivo por las escaleras, amontonados como basura) tendrían que haber salido muchos más. Los mandos policiales que refleja Vicari de puro malos resultan ridículos. Y ese es un fallo difícil de aceptar cuando de lo que se trata es precisamente de denunciar un hecho imperdonable.

(Fotograma de ‘Little Black Spiders)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.