El Norte de Castilla
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Saskia Moro, armonía y transparencia

LA ARTISTA EXPONE HASTA EL 23 DE FEBRERO EN LA GALERÍA LA MALETA DE VALLADOLID

Ya desde sus años de formación, Saskia Moro (Londres, 19667) se interesó por las técnicas del grabado y en esa especialidad se licenció en Bellas Artes en Madrid. Antes de concluir su licenciatura ya había fundado su primer taller de grabado. Pero no es la única especialidad en la que Saskia se expresa como artista, pues también pinta, realiza instalaciones, practica la cerámica ­–casi una tradición familiar, ya que su madre es ceramista— y construye objetos con diversos materiales. Pero el grabado es la materia de su primera exposición en Valladolid que se inaugura mañana en la galería La Maleta. ‘Gráfica’ es el significativo título de una muestra que se ha convertido en una pequeña retrospectiva de esta artista que vive entre Madrid y Lisboa, y cuyas últimas exposiciones se han llevado a cabo en la capital portuguesa, pero también en Amsterdam y en Madrid.

Las obras presentes en La Maleta han sido seleccionadas entre varias series en las que Moro ha venido trabajando desde los años noventa del pasado siglo hasta la actualidad: ‘Mareas’, ‘Castilla’, ‘Looking South’, ‘Agua y sal’ y ‘Fragmentos’. Una primera lectura de estos títulos, así como los de otras obras sueltas (‘Niágara’) o el título de su última exposición portuguesa, ‘Memoria: entre el cielo y el agua’, dan ya una de las claves de su obra: el agua es un elemento fundamental en su trabajo, tanto si se trata de obras abstractas, como de paisajes más o menos explícitos. La línea del horizonte que separa cielo y mar está presente de forma recurrente en grabados y acuarelas. La geometría resultante de estilizar el paisaje, abstrayéndolo hacia sus líneas elementales es el tema de numerosas obras y últimamente de instalaciones a bases de hilos que llevan las líneas del horizonte y del paisaje al espacio de la galería.fragmentos-turquesa-38x38

Aunque muchas de sus obras tienen reminiscencias de una abstracción lírica que permanece vigente en la obra de muchos artistas contemporáneos, Saskia Moro no puede desprenderse ni quiere de la paisajista que hay en ella, y que se muestra de muy diversas formas. En la serie ‘Castilla’, por ejemplo, tras el explícito título se oculta un estudio del color, del sentimiento que el amarillo o el ocre dominantes en la llanura castellana producen en la artista y que relacionan la serie con otras plenamente abstractas como ‘Fragmentos’.

Por el contrario, en otras ocasiones Moro desarrolla esa mirada a la tierra que la rodea de un modo más concreto (como en su muestra ‘Terras de azeite’, que data de 2009). Este no cerrarse a ninguna posibilidad expresiva es también una constante en su trabajo.

Algunas obras que se pueden ver en la galería vallisoletana proceden de su serie ‘Looking South’ en la que la artista desarrolla otro de sus bloques temáticos preferidos: la relación de los contrarios. En este caso la relación entre las culturas del Norte y el Sur. Piezas como ‘Ibn Zaydum I’ e ‘Ibn Zaydum II’ hacen referencia a la obra del poeta árabe andalusí que vivió entre los años 1000 y 1071 y algunos de cuyos fragmentos aparecen en los grabados de la misma manera sutil como realiza el resto de las obras.06-mareas-vivas-solsticio-de-verano-100x50

El común denominador de las obras seleccionadas en ‘Gráfica’ es el gusto por la técnica de la estampación que para ella tiene que ver con un proceso casi mágico. El resultado de trasladar el motivo de la plancha al papel le produce un placer similar al que encuentra en el proceso de la fotografía analógica. Y el proceso lleva siempre a un resultado en el que la búsqueda de la armonía tanto cromática como de líneas produce en el espectador una sensación de calma. Nada compromete la serenidad con la que estas obras se muestran desde una proyección del color que a menudo tiende a la transparencia. No hay rupturas ni transiciones abruptas ni en el tratamiento del color ni en la disposición de las manchas.

Sutileza es un adjetivo que casa con la totalidad de los planteamientos de Saskia Moro, y vale también para sus instalaciones en las que colores y materiales parecen disponerse hacia esa búsqueda de la armonía que preside su trabajo.

Imágenes: ‘Turquesa’, de la serie Fragmentos. 2005 y ‘Marea viva. Solsticio de verano’, de la serie ‘Mareas’ 2001

(Crítica publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla)

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Mis Goyas favoritos

Es como una tradición. Termina la gala de los Goya y comienzan las duras, ácidas críticas. Antes había que esperar al día siguiente. Ahora (redes y webs mediante) son ‘en tiempo real’, sea lo que sea el ‘tiempo real’. Y la verdad es que casi siempre cargadas de razón. Sobre todo después de la de anoche. Debo de ser de las pocas personas a las que el humor chanante no le dijo nunca nada y mis temores se confirmaron. La gala no tuvo gracia y lo que es peor (y esto no es culpa de los presentadores) tampoco organización. Vamos, que como leí en un twit, esto no nos sale. Había quien echaba de menos a Dani Rovira. Yo me remonto más atrás, creo que Rosa María Sardá le ponía mucha más inteligencia y gracia. Visto lo visto, igual habría que darle una oportunidad a Boyero…cartel-2

Pero ya. Dejemos el espectáculo (incluso el espectáculo feminista, pues al final la reivindicación sonaba forzada como si a última hora se hubieran “apuntado al carro”, como se les escapó a uno de los presentadores. Con estas ayudas no es de extrañar lo mucho que queda par la ansiada y justa igualdad) y  vayamos al cine.  Me alegro de los goyas que consiguió ‘Handia’, pues sus directores me parecen dos de los valores que tiene nuestro cine. Supongo que esas diez estatuillas les dejarían un sabor amargo al ver que los premios importantes se les escapaban de las manos. Pero mi corazón estaba con Isabel Coixet y con Clara Simón. Con la primera, por haber hecho una buena película con una novela excelente a la que ha limado las aristas más amargas. Y todo sea por otra reivindicación crucial: la de la cultura de verdad. El agradecimiento que la directora hizo expreso “a todas las personas que todavía compran libros” fue para mí una de las frases de la noche. Y qué pena que Bil Nighy que está espectacular en el filme se fuera de vacío.

Con Clara Simón, por haber dirigido una de las películas si no “la” película del año. Intimista, sí, dura y tierna como la vida misma, pero sobre todo de una verdad arrolladora. Simón hizo lo más difícil en creación: convertir algo real, algo que le afectó en su vida y la condicionó para siempre, en materia artística, sin sentimentalismos vacuos, sin dramatismos excesivos, con una naturalidad apabullante.  Y al mismo tiempo hacer de esa experiencia un foco de empatía. Y, más difícil aún, atreverse a contar la historia de una niña (dos en realidad) a la que hay que dirigir y de la que se tiene que conseguir esa verdad que brilla en el guion. Creo que es de las poquísimas veces (ahora solo me acuerdo de Erice y  hace ya tanto tiempo…) que veo a dos niñas tan bien dirigidas en el cine español.carte1

A Natalie Poza le tenía que llegar su momento. En forma de ese papel en el que pudiera expresarse del todo. Se lo proporcionó Lino Escalera  y dio en la diana. Venía dando pasos hacia un Goya merecido.

Pero casi el premio que más me alegró fue el que consiguió Adelfa Calvo por su papel de portera en ‘El autor’. Qué acierto el de Martín Cuenca el haber dejado en sus manos un trabajo nada fácil, que podía deslizarse peligrosamente por el lado de la caricatura o de la risa fácil. Pero Adelfa Calvo lo desarrolla en todos sus matices y sí, de nuevo, en toda su verdad. Da rabia recurrir al tópico pero es que en ‘El autor’ se come la pantalla. Literalmente no puedes dejar de mirarla y hace sombra a un actorazo como Javier Gutiérrez. Y lo hace desde un cuerpo que reivindica también la belleza diferente, que trastoca la tiranía del canon.

Ahora que lo pienso… Sí fue la noche de las mujeres… A pesar de todo…

 

(Carteles de las películas ‘La librería’ y ‘Verano 1993’)

 

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Algo más que un pacto

Mientras escribo estas líneas, una madre granadina espera que encuentren a sus hijos desaparecidos desde que su padre los recogiera conforme estipulaba el régimen de visitas. El hombre, ex policía local (expulsado del cuerpo al parecer por su comportamiento violento) tenía una orden de alejamiento de su ex mujer por violencia de género. Mientras escribo esta primera columna del año, el cuerpo de Diana Quer es analizado para detectar las causas últimas de su muerte. Aunque parece claro que la causa fue el fatal encuentro con un delincuente con antecedentes por violación y tráfico de drogas.

2017 se cerró con un aumento en el balance de la violencia machista. 48 mujeres (cuatro más que el año anterior) han muerto a manos de sus parejas o exparejas. Y eso sin contar los casos aún en proceso de investigación que elevarían la cifra por encima de la cincuentena (y algunos son tan evidentes que parece imposible llegar a otra conclusión que no sea que el fin se debió al maltrato al que estaban sometidas las víctimas). Pero el horror no se detiene ahí y muestra además otra cifra espeluznante: durante 2017 ocho niños murieron a manos del mismo hombre que acostumbraba a torturar a sus madres y 27 quedaron huérfanos de madre, asesinadas por sus progenitores. Eso sin contar la cantidad de menores que asisten como parte de su rutina diaria al maltrato que sufren sus madres, al clima de violencia que imponen en el día a día familiar sus progenitores, con las presumibles consecuencias que dicho menú cotidiano tiene en su formación y en su futuro.

2017 pasará también a nuestra historia reciente como el año del Pacto de Estado contra la Violencia de Género. Parecería fácil un acuerdo de todos los grupos parlamentarios ante una injusticia tan flagrante en el mismo año en que muchas mujeres han salido del armario del miedo, del silencio y la vergüenza ante el estigma social para denunciar que fueron abusadas a veces por extraños, a veces por quienes tenían en deber de protegerlas. No lo fue tanto. Pero ahí está el acuerdo que, desde el punto de vista presupuestario supondrá sobre el papel la inversión de 1.000 millones de euros en cinco años, a partir de este 2018. Una buena noticia sin duda, pero ante la que no puedo evitar mi escepticismo. Cuántas veces los presupuestos se quedan sin ejecutar, cuantas veces se pierde el dinero necesario para lo más básico en laberintos administrativos y desidia burocrática.

Además, nada será realmente eficaz si no se atajan los orígenes: la educación, el clima social que fomenta aún una imagen secundaria de la mujer, la crisis sobre la que solo oímos ya mensajes triunfales… en este país, donde se rebajan los presupuestos de la enseñanza, se subvencionan con dinero público colegios que segregan a los niños por género, se maltrata la Cultura y se eliminan asignaturas como Educación para la Ciudadanía. Ya veremos…

 

(Publicada en mi columna de Opinión ‘Dìas nublados’ el 4 de enero de 2018)

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El Musac y la Fundación Cerezales, unidos en un excelente proyecto

'Elñ agua y sus sueños', instalación de Rogelio López Cuenca y Elo Vega en el Musac./El Norte
‘Elñ agua y sus sueños’, instalación de Rogelio López Cuenca y Elo Vega en el Musac. / El Norte

El Musac y la Fundación Cerezales retoman desde el ángulo de los embalses de Riaño y el Porma el origen y las consecuencias de las grandes obras hidráulicas

ANGÉLICA TANARROValladolid

Hubo una época en que la construcción de pantanos se entendió como un signo de progreso y como la única manera de luchar contra la falta de agua en amplias zonas del país y contra el atraso de una España seca y deprimida. Y esta idea, que siempre se asocia a la dictadura de Franco, periodo en el que las grandes obras hidráulicas fueron una constante y un elemento habitual de la propaganda del régimen, hunde en realidad sus raíces en el siglo XIX y emparenta con la corriente regeneracionista. España vivía entonces el fin de un imperio y para autores como Joaquín Costa o Lucas Mallalda la sequía, la falta de terrenos de regadío, estaba en el centro del atraso del país. Transformar en regadíos zonas secas, por un lado, y producir energía eléctrica, por otro, estuvieron en el inicio de esos proyectos hidráulicos que anegaron pueblos, supusieron grandes movimientos de población y no pocas polémicas. Y, en contra de la idea que ha llegado hasta nosotros, esos proyectos abarcaron el reinado de Alfonso XIII, las dictaduras de Primo de Rivera y Franco, la Segunda República y el gobierno democrático encabezado por el socialista Felipe González, durante el cual se recuperó y se llevó a cabo, contra la opinión pública y un buen número de intelectuales y especialistas en ingeniería y medio ambiente, un proyecto que parecía olvidado como fue el embalse de Riaño.

Instalación con fotografías de casas de pueblos inundados en León.
Instalación con fotografías de casas de pueblos inundados en León. / El Norte

Ahora, cuando han pasado décadas desde el último de los grandes pantanos españoles, una exposición conjunta entre el Musac y la Fundación Cerezales Antonino y Cinia plantea una reflexión sobre lo que supusieron dichas obras para la transformación de un territorio y las preguntas que acerca de sus consecuencias, de su real o ficticia utilidad, de la situación actual de dichos territorios y de su futuro, acerca del cual no hay que olvidar las consecuencias del cambio climático, cabe hacerse hoy en día.

Cuando los comisarios de esta muestra, en la que han embarcado a una serie de artistas contemporáneos además de rescatar la obra de artistas del pasado, empezaron a trabajar sobre el proyecto, hace ya más de cuatro años, el agua y su ausencia no estaba en la agenda informativa. Así lo ponían de manifiesto Bruno Marcos y Alfredo Puente durante el acto inaugural que, si ocupó pequeños espacios en los informativos de aquel dos de diciembre pasado, compitió con los muchos minutos que los informativos dedicaban al tema de portada: la sequía y las impactantes imágenes de los embalses vacíos que dejaban al descubierto pequeños esqueletos de lo que un día fueron pueblos con vida.

‘Región (Los relatos). Cambio de paisaje y políticas del agua’ es el largo título de una exposición que sin embargo se inspira en uno mucho más corto: ‘Volverás a Región’, de Juan Benet, el conjunto de relatos que el autor escribió inspirándose en una zona que durante años fue su lugar de trabajo y que quedaría anegada precisamente por uno de los embalses, el del Porma, en el que trabajó como ingeniero. Era la década de los cincuenta y Juan Benet, que empezaba a ser un escritor reconocido, se trasladó junto a su mujer y sus tres hijos a la zona nororiental de la provincia de León para supervisar la construcción del pantano, y quedó atrapado por el territorio y sus gentes a las que dedicó la que está considerada como una de sus mejores obras.

Benet está muy presente en esta muestra, y no solo por el título, sino por los materiales que su familia, en especial sus hijos han prestado: desde mecanoescritos de la obra y primeras ediciones de la misma (una de ellas dedicada de su puño y letra a su madre), hasta otros documentos relacionados con su trabajo, o el polémico artículo en el que muchos años después defendería la construcción de Riaño.

Hay que decir antes de continuar que la exposición encaja en una de las líneas de trabajo, quizá la principal, que caracteriza los proyectos del Musac: la reflexión a través del arte contemporáneo sobre el territorio y sus transformaciones, el papel de la creación en la recuperación de la memoria, y la mirada al futuro desde el compromiso de los artistas del presente. En esta ocasión, ha trabajado con la complicidad de otra institución que comparte su preocupación por este tema: la Fundación Cerezales, auténtico ejemplo de revitalización de un territorio a través de la cultura. La exposición, por otra parte, profundiza en una de las líneas del arte contemporáneo: el rescate documental.

Instituciones como la Confederación Hidrográfica del Duero, el Ministerio de Agricultura, el Museo de León, la Fundación Sierra Pambley, la Asociación de Agricultores Leoneses (1977-1985), la Filmoteca Nacional, y medios periodísticos como Televisión Española o ‘National Geographic’, así como numerosas familias afectadas de una u otra forma por las expropiaciones han abierto sus archivos para prestar desde los proyectos técnicos de las obras de ingeniería, a los expedientes de expropiación, pasando por antiguos documentales del NO-DO, fotografías aéreas de los pueblos afectados o vídeos mucho más recientes sobre las zonas objeto de estudio en la muestra.

En el apartado audiovisual la exposición presenta desde la película ‘La aldea maldita’ filmada por Florián Rey en 1930, cuando el cine en España aún no tenía voz, o el corto procedente del archivo real de Alfonso XIII que muestra al monarca en un día de caza por los Picos de Europa, al célebre ‘El Filandón’ de Chema Sarmiento. Mucho más reciente, del pasado 2017, es el vídeo documental de Raúl Díez Alaejos sobre una acción de Hamish Fulton, considerado uno de los principales artistas del land art británico, que se ha especializado en caminatas por todo el mundo y que organizó una caminata colectiva por una de las carreteras que llevan al borde de las aguas del embalse de Riaño.

En el apartado de objetos curiosos, se pueden encontrar las llaves de numerosas casas sumergidas por este pantano, o el tesoro aparecido durante la sequía de hace dos años en este mismo lugar. Una prospección arqueológica de un yacimiento paleolítico, realizada aprovechando la retirada de las aguas, dejó al descubierto un conjunto de doscientas monedas de plata pertenecientes a la dinastía de los Trastámara y fechadas entre los siglos XI-XII.

Transformación y paisaje

En el aspecto estrictamente artístico, pasado y presente conviven con el mismo engarce que el resto de los apartados de la muestra. Los comisarios han querido mostrar dos obras del considerado padre del paisajismo en España: ‘La cruz’ (Monasterio de Piedra) y ‘Cañada en el Puerto de Pajares’ que Carlos de Haes pintó entre 1872 y 1874 y que presta el Museo del Prado. De la colección del Reina Sofía es ‘Autoridades de pueblo’ (1920) de Valentín de Zubiaurre (reflejo de esa España seca que los regeneracionistas querían rescatar del atraso) y del Museo de la Universidad de Navarra, las fotografías de Ortiz Echagüe, realizadas a comienzos del siglo pasado por uno de los principales exponentes de la fotografía pictorialista española.

Entre los artistas contemporáneos que han prestado o realizado obras exprofeso para esta muestra, figura un nombre ya mítico en nuestro presente como el premio Nacional de Artes Plásticas y premio Velázquez, Isidoro Valcárcel Medina. Este pionero del arte conceptual español presta un imaginativo e irónico ‘Plan de salvación’ para Riaño.

Consagrados y emergentes se dan la mano con obras de distintas técnicas y lenguajes, aunque la mayoría encuadrables en ese territorio fronterizo de la instalación y la vídeoinstalación. Rogelio López Cuenca y Elo Vega proponen un vídeo-ensayo, un vídeo-poema y una tarjeta postal con una reflexión de fondo sobre los excesos de la promoción turística del paisaje. Anne Laure Boyer aporta un ‘Atlas oculto’, una instalación que da cuenta sobre el mapa de los pueblos anegados por pantanos en Europa. Juan Pablo Ordúñez recrea mediante un paseo en barca lo que fue otro pueblo inundado por un pantano, Sant Romá de Sau. Abelardo Gil Fournier rescata en una instalación sonora melodías del viento y canciones populares relacionadas con las tareas del campo. Daniel G. Andújar plasma en ‘Notitia’ noticias y textos cruzados sobre el agua. Carlos Irijalba reflexiona sobre la transformación del paisaje a través de sondeos geotécnicos en la zona de Vegamián, y Manuel Laguillo documenta esa transformación siguiendo los ríos afectados en sus fotografías.

Una exposición tan prolija y documentalmente tan completa que es imposible abarcar en una sola visita. La buena noticia es que permanecerá abierta hasta el 27 de mayo.

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Ya lo pensaré mañana (6). La vida en un plano secuencia

Fuera de las salas, ayer era en nuestro país ‘otra’ jornada ‘histórica’. Otra agotadora y tensa jornada histórica que, mientras escribí­a estas líneas aún estaba en pleno suspense. Este paréntesis vital que es la Seminci, para quienes la seguimos intensamente, se nos antojaba este año más apetecible que nunca por su inmediatez balsámica. Tení­amos cierta sensación de alivio: pensar que durante unos d ías podríamos esquivar la realidad, la dura realidad de esa especie de película de ciencia ficción en la que venimos sumidos desde aquella distópica sesión del Parlamento catalán del pasado septiembre.

Pero el cine, por fantástico que sea, siempre nos toca de cerca. Al menos mientras lo sigan haciendo seres humanos y no una máquina siguiendo algoritmos. Y dio la casualidad que las dos películas programadas en pase de prensa de la Sección Oficial de la mañana de ayer me (hablaré por mí­) hicieron pensar en el conflicto catalán, también llamado ‘el procés’.

Sobre todo la primera, ‘El insulto’, apreciable filme de Ziad Doueiri: el relato de un conflicto casi doméstico que acaba en los tribunales y enfrentando a dos comunidades religiosas ya enfrentadas de antemano. Estamos en el Lí­bano y una cañería ilegal puede encender la mecha de una revuelta callejera. No sabemos si intencionadamente o no, (si hacemos caso a su director, no) el mensaje que rezuma la pelí­cula es claro: las heridas que deja una guerra, o ‘conflicto bélico’ como nos gusta llamarlas para suavizar, son difí­ciles de cicatrizar, las heridas duran tanto que parece increíble que la gente no aprenda del pasado y deje que los intereses políticos cortoplacistas, la falta de diálogo, los malos entendidos y la insolidaridad ganen la batalla de la división cuando son más las cosas que nos unen que las que nos separan. Y solo tenemos una vida. Doueiri, sin embargo, a pesar de haber ambientado su film en el Lí­bano, de haber enfrentado en él a un miembro del Partido Cristiano y a un palestino, y de haberse tenido que plegar al deseo del Gobierno libanés de especificar que ‘las opiniones vertidas en el filme son exclusiva de su director’, aseguró una y otra vez en la rueda de prensa que estaba al margen de debates y polémicas políticas (?). ‘Nadie tiene el monopolio del sufrimiento’, dice uno de los personajes en un momento clave de la película. Amén.

La segunda, ‘Bajo el árbol’ cuenta, inicialmente en tono de comedia, cómo un aparentemente banal conflicto entre vecinos puede acabar en tragedia casi griega. Y eso que estamos en la frí­a Islandia. Aquí­ sí­, su director, Hafsteinn GunnarSigurDsson, reconoce que ha querido mostrar que la violencia nunca es el camino. Una bola de nieve va creciendo en el corto verano islandés. Gente herida que, o bien acaba proyectando su dolor en asuntos nimios, o es incapaz de gestionar sus emociones. Si en ‘El insulto’ hay una luz al final del camino, en ‘Bajo el árbol’ solo queda una sombra heladora.

Detrás de ambas, sendos buenos cineastas que es de lo que se trata.

 

(Columna publicada en el Suplemento de Seminci de la edición impresa de El Norte de Castilla del 27 de octubre de 2017)

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Ya lo pensaré mañana (3) Sostener la mirada a los refugiados

Se hace raro salir del cine a tomar un café después de sostener la mirada a los refugiados. Porque de eso se trata en ‘Human flow’, la obra con la que el artista chino Ai Wei Wei ha introducido el documental en la Sección Oficial de la Semana de Cine. De ponernos a prueba, de que hagamos, aunque sea en la comodidad de nuestro mundo, de nuestra butaca y con la lejanía de una pantalla entre medias una visita a esa zona oscura que él vivió en directo: y comprobar si somos capaces de sostener la mirada de esa gente a la que las guerras, las dictaduras, un sistema global injusto le robó su futuro. Puede que por ello en su película haya tantas miradas. Miradas de niños, de mujeres, de hombres de todas las edades. Miran a cámara en silencio, fijamente y en calma, y nos interpelan.  Aunque en ellas no haya ni una pizca de odio. Más bien de dolor, de incertidumbre o de tristeza, pero no de odio, aunque tendrían motivos.

Ai Wei Wei ha recorrido 400 campamentos de refugiados de 23 países y ha entrevistada a 600 de esas personas que vemos fugazmente en los rescates de las pateras, en las crisis de las fronteras. Hizo 900 horas de grabación. Ayer consumimos algo más de dos. Y, francamente, me importa muy poco si la pelí­cula le salió excelente, o del montón. La calificaré, sí­, como al resto de la Sección Oficial, y hablaré de ella en mi blog de una manera crí­tica como vengo haciendo estos días. Pero aquí no. Aquí­ solo diré que deberí­a ser de visionado obligatorio en parlamentos, oficinas, escuelas, universidades, centros cí­vicos, culturales, deportivos…

Sí­, ya sé. A los refugiados los vemos todos los dÃías en el Telediario. Minuto y medio es la dosis que soportamos, la que nos vacuna para poder mirar el resto del tiempo hacia otro lado. Durante los festivales de cine los telediarios quedan lejos. No tenemos tiempo: estamos ocupados viendo cine, escribiendo de cine, comentando de cine… Pero ayer, mientras veí­a las risas de esos niños que no han conocido otro horizonte que un hacinado campamento de refugiados (muchos de ellos no conocerán ya otro paisaje) no podÃía dejar de pensar en nuestra ‘actualidad polí­tica’. Sí­, todo este asunto que nuestros gobernantes (de aquí­ y de allá) parecen incapaces de resolver me parecía una pelí­cula de ciencia ficción. Que hagan una sesión conjunta de ‘Human Flow’ antes de ponerse a debatir cualquier otra cuestión.  Quizá así­ lleguen a alguna conclusión positiva y podamos seguir adelante con la cabeza alta.

La pregunta queda sobre la mesa en un momento del documental: El futuro de Europa ¿será  el de los Derechos Humanos, ese aliento que le dio sentido o se acabará convirtiendo en una comunidad cada vez más racista, más xenófoba y excluyente?

No nos llamemos a engaño. El mundo se ha estrechado y los campamentos rozan nuestras urbanizaciones, hombres y mujeres se ahogan frente a nuestras playas y será así­ por más fronteras y muros que levantemos. Y nos atañe a todos. A todos y cada uno.

 

(Columna publicada en el Suplemento de Seminci de la edición impresa de El Norte de Castilla el 24 de octubre de 2017)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.