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Categoría: televisión
Mis Goyas reposados

¿Qué fue de los actores con personalidad? ¿Qué fue de esa gente que parecía vivir en la frontera de los cauces trillados y que al menos decía lo que pensaba? Viendo la alfombra roja cuadriculada por mor de la televisión, pensaba que las declaraciones de unos y otros eran absolutamente intercambiables y, lo peor, totalmente previsibles

Al grano. Aunque no era mi favorita me alegro del éxito de ‘No habrá paz para los malvados’. Por una parte, porque diversifica los premios pero, sobre todo, porque premia a un director, Enrique Urbizu, que se enfrenta a su trabajo desde un grado de compromiso tal que merece reconocimiento, aunque haya sido a costa de una película más compleja y de mayor calado como es ‘La piel que habito’. También me gustó que una película distinta y por eso mismo arriesgada, ‘Eva’, se colara con fuerza entre las que parecían partir con todo el pescado vendido. Y alegría por ‘Un cuento chino’ que es también un soplo de aire fresco. Una comedia de las que te dejan la sensación de que todavía quedan historias por contar.

En cuanto a la gala, es un asunto que tiene mala solución (29 categorías con un mínimo de 29 premiados dedicando el premio a su comunidad de vecinos en pleno no es fácil de sujetar) y aunque no me quiero sumar al coro de las críticas fáciles de todos los años, pero lo cierto es que resultó pesada. Y eso que yo soy una forofa del acto en sí (creo que el cine español necesita un poco de metaespectáculo, hacerse a sí mismo unos guiños por la vía del esplendor aunque sea una vez al año) y aguanto lo que me echen.

Lo mejor: el escenario, decorado a la manera de esos cines de antes, con ese empaque (hasta en el nombre, ‘Palacio de la Música’, ‘Palacio de la Prensa’) que, cuando entrabas, pensabas que siempre ocurriría algo importante. Y no como ahora que igual puedes ir a que te cuenten una historia maravillosa que a las rebajas de un ‘chino’.

Y, en cuanto al contenido… Hubo momentos: el discurso de Santiago Segura vino a despertarnos (¡qué lástima que no utilice su ingenio en empresas cinematográficas de mejor tono!). Muy bien la forma en que se presentó el premio al mejor largo de animación, uno de las presentaciones más brillantes de un guión que falló sin embargo en su columna vertebral. Las cuatro incursiones de Eva Hache (que empezó bien pero se fue desinflando) en las películas que se disputaban el premio final estaban cogidas por los pelos y el guion era flojo, flojo. Por otra parte, presentar una gala es dominar el escenario, llenarlo y llegar al auditorio también por la vía de la correcta vocalización, algo que cada vez falla más en los actores y que falló también en la presentadora. Tenían más gracia los consejos de Cayetana, pero estaban metidos a presión, como para cubrir el expediente. Lástima que al rap de El Langui le faltara u hervor por parte de los ocasionales colegas, porque la idea era buena, como el guiño musical del comienzo. Lo malo de estas cosas es que si no se ensayan hasta la extenuación resultan como de función escolar o de programa de fin de año.

Bueno, se acabó, no será la gala más recordada de la historia de los Goya. Hay un año entero para planear cómo volver a no acertar.

 

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Unas buenas 'españoladas'

Vuelvo al cine. A hablar de cine, quiero decir. No en vano estamos en vísperas de la gala de los Goya y mis planes son sentarme ante la tele y tragármela de cabo a rabo como hago siempre. (Cada cual tiene sus debilidades más o menos confesables).
La anécdota que me ha disparado la columna le ocurrió a un compañero precisamente cuando hacía una encuesta sobre las películas nominadas a los premios del cine español. Una de las personas ‘encuestables’ al saber de qué se trataba contestó con desprecio: «¡Yo no veo españoladas!».
¿Se acuerdan de a qué se llamaban españoladas? Eran esas películas de bajo presupuesto y parejo interés artístico (aunque el término se aplicó a veces con injusticia) que se decía que el régimen franquista favorecía para distraer a la gente de cuestiones de mayor calado. Tenían de bueno que su finalidad no era otra que esa: distraer y a ser posible divertir y que daban trabajo a media profesión porque los repartos eran larguísimos y ‘estaban todos’. Hoy llenan la programación de ‘Cine de barrio’ gracias a la cual los salones se llenan de caspa cada sábado por la tarde. Hay gente que se ha quedado ahí. que sigue despreciando cuanto ignora. Lo pensaba el martes por la noche cuando volví a ver, gracias al acierto de ‘Versión española’, el programa de cine de La2, ‘Tres días con la familia’ esa joyita-ópera prima de Mar Coll, con la que se ganó el Goya a la mejor dirección novel. Un despliegue de talento y de intuición desarrollado sin retóricas, con los planos justos y los diálogos justos, sin la habitual verborrea de algunos principiantes. Claro que muchos enterados igual la hubieran hecho caso si su nacionalidad fuera francesa, es un suponer. (Y un suponer con sentido pues el filme bebe en lo mejor del realismo galo).


Pero tampoco es tan extraño que salvo a algunos exquisitos a mucha gente lo único que le haga levantarse del sillón y acercarse a las salas sea la americanada de turno, bien provista de efectos especiales machacantes para los sentidos (o lo que quede de ellos) o de gafas tridimensionales. Entonces no importa que el producto en cuestión lo hayamos visto cientos de veces disfrazado de western, de thriller, de comedia romántica o de historia de ciencia ficción. ¿Acaso hay prisa por estrenar lo último de Guerín al que, como sigan así las cosas, solo vamos a poder verlo en festivales y museos (por cierto acérquense a ver su proyecto en el Esteban Vicente de Segovia y no saldrán defraudados)? ¿Y qué me dicen de Víctor Erice, al que literalmente aburrieron las dificultades para sacar sus proyectos adelante? ¿Y cuántos otros valiosos directores se han quedado en el camino? ¿Se acuerdan de cuándo fue la última vez que rodó José Luis Borau? Alto precio se paga en este país por el talento.
Y ahora, enredada la profesión e la penúltima trifulca, no parece claro que las cosas vayan a mejorar a corto plazo. ¿Y n sería por esto por lo que habría que protestar? Digo yo…

(Publicado en la sección de opinión ‘Días nublados’, de la edición impresa de El Norte, el jueves 10 de febrero del 2010)

(En al foto, una imagen de ‘Tres días con la familia’, de Mar Coll)

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Gente que sabe

Entre los telediarios –con su carga de desastres naturales y de los otros, y su vocación de altavoces de la pelea y la mediocridad política– y los programas de debate basura, cotilleos y enaltecimiento disperso del cutrerío patrio, hay pequeñas islas escondidas en el bosque de la parrilla televisiva, milagrosamente salvadas por fieles seguidores que encuentran –sobre todo en el reducto de la cadena pública– un clavo ardiendo al que agarrarse.

Una de esas islas flotantes en el proceloso mar de la vulgaridad está en La 2, y acaba de cumplir tres mil programas. Tres mil días saliendo al aire sin aspavientos, con un presupuesto mínimo, con un horario complicado, muy lejano por supuesto de los lugares estrella. Muchos habrán adivinado ya que estoy hablando de ‘Saber y ganar’, un concurso cuyo título es ya un manifiesto de intenciones que da idea de su originalidad: aquí gana el que más sabe, no el que más grita, ni el que más provoca o insulta, ni el que más memeces dice, aquí funciona el que sabe en qué época de la historia de la humanidad se construyó el Acueducto de Segovia, o las pirámides de Egipto.

Un programa raro, ya digo, presentado por un ser creado para comunicar, como es Jordi Hurtado, donde unos concursantes también raros –no quieren ser famosos, no van a contar su vida ni la de sus vecinos– miden sus conocimientos sobre las más variadas materias y, de paso que se divierten y divierten al espectador –doy fe: el concurso es entretenido y, como siempre ocurre con esta fórmula vieja como la televisión, sirve para que cada cual mida el estado de su cultura general– se ganan un dinerito, no mucho tampoco, cantidades ridículas si se comparan con lo que se gana en otros concursos donde lo que se mide no es el saber sino, como mucho, la suerte del que apuesta. Algunos concursantes logran sus propios récords de permanencia (porque el mejor de cada día repite) y acceden al estatus de ‘magnífico’. ¡Qué raro! Los magníficos son una especie de sabios… Ya quedan pocos lugares donde la sabiduría, aunque sea pequeñita y accesible sea magnífica. Ahora lo normal es presumir de ignorancia.

El programa tiene audiencia, me consta. Aunque sea una audiencia modesta, que nunca es objeto de titulares (ahora con los tres mil programas hasta ha salido en el telediario) y que nunca compite (tampoco es su hora) con las grandes audiencias del fútbol, la tele-realidad y las miniseries que aprovechan el tirón de algún famoso para contar su vida.

Está ahí, impertérrito (salvo por algunos cambios de horario) desde el 17 de febrero de 1997 y se ha ganado (vale, esto no es muy difícil, un espacio en la wikipedia). Hemos visto madurar a sus presentadores (con Jordi están desde el principio Juanjo Cardenal y Pilar Vázquez) delante de un decorado que cambia poco, tan sencillo que parece una llamada al ascetismo.

Permanece como un ejemplo de que otras formas de hacer televisión son posibles. En este tiempo se han sucedido gobiernos, directivos del Ente y han surgido en ésta y otras cadenas programas que han tenido una muerte súbita a pesar del ruido publicitario. ¡Que cumpla otros tres mil!


(Publicado en la ediciónimpresa de El Norte de Castilla el 22 de abril del 2010. Columna de opinión: Días nublados)

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Balance 'provisional'

Hoy concluye la primera edición del festival Seminci TV. Es por tanto momento de balance, aunque sea ‘provisional’, y no sólo por el hecho de que hasta dentro de unas horas no se conocerán los datos de asistencia de público y participación en las votaciones, sino porque parece un poco prematuro juzgar sobre una experiencia que acaba de dar sus primeros pasos.
Pero, con toda la relatividad que las circunstancias imponen, sí se pueden hacer algunas reflexiones sobre lo vivido. Algunos ‘seminceros de pro’, gente adepta a la Semana de Cine de Valladolid desde el origen, consideran innecesario la celebración de este festival, porque piensan que restará esfuerzos a su hermano mayor que, no olvidemos, está en proceso de afianzamiento. Su director, Javier Angulo, para quien este festival de ficción televisiva es una apuesta personal desde el principio, ha afirmado por activa y por pasiva que eso no ocurrirá y que tiene muy claro que son parcelas distintas.
¿Era necesario este festival? No lo sé, ciertamente, pero ahora ya quizá esa no sea la pregunta. Dados los tiempos de crisis en los que estamos y dado que lo primero que sufre siempre es la cultura no deja de ser un riesgo tentar a la suerte con una iniciativa más. Pero tampoco es mala cosa que el sello Seminci tenga otra cita con la que convocar a las gentes del cine, que, no nos engañemos, son y parece que van a ser aún en mayor medida también las de la televisión.
Una cosa parece haber quedado clara, estamos ante un campo recién inaugurado, con grandes posibilidades y que en ese país está también en mantillas. Sólo dos muestras de lo que se hace en Europa han sido suficientes para marcar las diferencias. Aquí la comparación no es odiosa sino necesaria.Y el Festival ha estado atento a proporcionarla.
Hacer una Seminci TV por tanto puede tener mucho sentido. Nos guste o no, dadas las circunstancias, la televisión parece un campo propicio para hacer productos que consigan audiencias millonarias (lo único que hoy en día aparece importar) y directores y actores no se cansan de repetir que es una oportunidad de trabajo. (Lo cual casa mal con el complejo y la posición a la defensiva de la que han hecho gala algunos directores en las ruedas de prensa, quizá conscientes de las muchas limitaciones a las que se enfrentan todavía).
Bien, pero dado que el certamen tiene el sello y el nombre de un festival con fama de exigente no estaría de más que Seminci TV importara esta cualidad y cuidara los productos a mostrar.
El Festival ha cumplido su primera edición y sus primeros modestos objetivos. En cuanto a la calidad de lo mostrado quizá demasiado modestos, pero puede ser un buen primer paso. Habrá que esperar.
Y aunque parezca contradictorio una Seminci fuerte será cada vez más necesaria para poner su grano de arena en la salvaguardia de la creatividad en el cine. Esto por sí solo es ya un esfuerzo suficiente.

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Días de cine y ausencias

Pues lo siento mucho. Lo de la marha de Antonio Gasset de ‘Días de cine’, digo. (El dichoso ERE ha causado estragos en el ente, se ha ido una parte de lo mejorcito que tenía la casa. ¿Era necesario ese derroche?). Es raro encontrar un programa con sello. Con libro de estilo. Gasset se lo había imprimido a esta revista de cine que se paseó por la programación de madrugada como ocurre siempre con los programas culturales, que parecen una patata caliente en la televisión pública. (En las otras, simplemente, apenas existen). La disyuntiva siempre es la misma. O verlos o acostarse a una hora decente.
Al conductor de ‘Días de cine’ le traía sin cuidado ser o no políticamene correcto. Yo creo que esta tendencia se acentuó al final cuando menos iba teniendo que perder. Pero su estilo fue inconfundible desde el principio. Creo que su mayor innovación fue hacer ‘entradillas’ a la publicidad y que éstas se recogieran en páginas de Internet, como se recogen en libros de consulta las frases célebres de escritores, artistas y pensadores. Dependían de su humor y tocaban temas diversos: la actualidad política, el estado de la profesión periodística, la tontuna medioambiental… Era pequeños editoriales y aunque no siempre se compartieran ponían algo de color y sabor a la insípida programación habitual. Iba de niño malo y ahora costará trabajo acostumbrase a otra cosa.

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.