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Categoría: Teatro
El mundo era más ancho y menos ajeno

Mi homenaje a Julio Michel, director del Titirimundi, fallecido el 24 de junio en Barcelona

 

Querido Julio: busco en el papel lo que solo puedo encontrar si me miro por dentro y pienso en tantos titirimundis compartidos. Y aun así, encuentro en la portada de un ‘Norte de Castilla’ atrasado una foto en la que estás subido a uno de esos pequeños monstruos del carrusel Catimini que, como un ritual, se instalaba en Segovia para anunciar la llegada de los titiriteros. Era 1999, el año que me invitaste a pregonar el Festival. Nunca te lo agradecí bastante.

Me estremece tu sonrisa. Si alguien no acabó de entenderlo es porque no te miró con detenimiento: en esa sonrisa estaba tu alma de niño, tu fantasía, la que te hizo ver como posible que en una ciudad apartada de los grandes circuitos dramáticos hubiera un festival que pusiera a Segovia, y con ella a la Comunidad, en el mapa de los acontecimientos internacionales de las artes escénicas.

El día que se levantó el telón del primer Festival Internacional de Títeres de Segovia (aún no era Titirimundi) se descorrieron muchos velos y cayeron muchos prejuicios. Ese día lejano comenzó a ensancharse nuestro mundo. Cayó la ignorancia sobre un arte que había quedado relegado a un asunto para niños, y que era mirado incluso con cierto desprecio por los profesionales de las artes escénicas. Empezamos a saber que dentro de ese universo aparentemente pequeño, simple, sin grandes presupuestos ni enrevesadas dramaturgias, cabía la tradición y la vanguardia, la poesía y la crítica social, pequeñas joyas del siglo XVIII y las nuevas tecnologías. Que las artes tienen vasos comunicantes que se enriquecen mutuamente y cuando llegan a su destinatario le cambian por dentro. Fuimos distintos, yo diría que mejores, después de ser un poco más sabios gracias a tu mundo. Más solidarios, más abiertos, más cultos. Más felices.

En aquellas primeras ediciones donde la convivencia entre titiriteros era más natural y prolongada, aprendimos a mirar al otro y a reconocernos en él. En su arte. Por lejana que fuera su procedencia y distinta su cultura. Porque tiene que ser el arte el que denuncie la fatuidad de las fronteras. Todavía Internet no nos había hecho presuntamente globales.

Aún lloro si recuerdo aquel 25 de abril en el que sentada en el autobús de la compañía Abellis Magiska, asistía junto a una decena de afortunados a un pase de su cuento oriental. Los objetos eran tan pequeños que un autobús bastaba para reunir el aforo de cada sesión. Alguien puso un clavel rojo en mis manos y en la penumbra escénica cantamos el ‘Grândola, Vila Morena’ para acompañar a los miembros de los Bonecos de Santo Aleixo… Las primeras veces quedan impresas en nuestra memoria: descubrir la ‘Opera dei pupi’ siciliana y la familia internacional de Don Cristóbal y Mr. Punch, hacer un máster en marionetas de guantes y muñecos de hilos, acompañar en su viaje a París a los personajes de las pinturas negras de Goya… Pero, en un momento de descuido, ha venido la marioneta de Phillipe Genty y te ha introducido en la maleta como años antes hizo vengativa con su manipulador. En ella te ha llevado a unirte a Rod Burnett y ahora os estáis partiendo de risa juntos, mientras nosotros aquí intentamos contener las lágrimas.

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Tanta verdad

Cesan la palabras. Se apagan los focos. Suenan los aplausos. El público obliga a varios saludos y después silencio… La gente va abandonando la butaca en un extraño silencio. Incluso los saludos con los conocidos son breves, casi sin palabras, hasta que alguien rompe el fuego y dice «todavía estoy sobrecogido». Es el sentir general. La función que acaba de terminar es ‘La piedra oscura’, una obra premiada con el premio Ceres, con el favor de la crítica, que ha dicho cosas muy hermosas sobre ella, y con la pasión del público. Que incluso repite. En Madrid se estrenó hace ahora un año. Llenos. Volvió en septiembre. Llenos. Continúa la gira.
Yo la vi el sábado pasado en Segovia, en ese lugar que fue una cárcel y donde ahora ocurren cosas tan hermosas. Cuando te enfrentas a una obra de la que solo has oído y leído cosas buenas, te ronda el peligro de la decepción. Así que esperas, mientras la gente se acomoda en la butaca, a que Daniel Grao y Nacho Sánchez (que ya están en el escenario, a la vista de todos) recuperen la movilidad. Y comience la función. No ha pasado un minuto y la concentración es total. No quieres perderte nada: un gesto, un matiz, una sombra… Y eso que no hay muchas palabras, quizá por eso intuyes que todas son importantes.
Lo mejor que he visto en teatro desde hace tiempo.

¿Qué hace de ‘La piedra oscura’ algo tan digno de girar y girar hasta que haya estado al alcance del mayor número posible de espectadores? Tiene dos actorazos, sí, entregados a la tarea –de la que tienen que salir cada vez conmocionados– sólidos, en el punto justo de equilibrio. Detrás, desde luego, una acertada dirección. Pero sobre todo un texto de Alberto Conejero que es una joya. Más que el texto, la historia el aliento que lo hace tan de verdad. Porque eso es lo que se respira durante y al final de la obra: tanta verdad que duele.
Es mucho más que la historia imaginada de los últimos días de Rafael Rodríguez Rapún, secretario de La Barraca y el último amante de Federico García Lorca, teniente de artillería republicano que murió en un hospital militar de Cantabria, un año después que el poeta, fusilado por el ejército sublevado. Y de su primero tensa relación con Sebastián su joven carcelero, casi un niño que cree firmemente en la causa de los que ganaron la contienda. Y del verdadero encuentro entre ambos cuando cesan los eslóganes y comienzan las palabras con sentido.
Conejero da voz a los que no la tuvieron, rescata la memoria de los olvidados, habla de la redención y del verdadero heroísmo que suele consistir en mirarse por dentro y preguntarse si se estaba equivocado y donde está la verdad… Y lo hace con un texto lleno de ella, al que no le sobra nada, ni gota de grasa, ni asomo de obviedad…
Cuando recuperé el aliento pensé que la obra debería ser de obligada visión en todos los institutos de España. Y de obligada visión en el Congreso, y en los partidos políticos. Sí sobre todo entre nuestros aspirantes a gobernar el país, que tan penoso espectáculo están ofreciendo (unos más que otros, sería justo matizar) estos días. En abril vendrá a Valladolid. No se la pierdan. Es una obra íntima que busca espacios pequeños. En Segovia había gente de fuera que la había visto ya dos y tres veces. No es para menos.

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Franca Rame

Franca Rame. Un nombre sonoro, contundente, de una mujer ‘sonora’ y contundente. Y sin embargo uno de esos nombres que hay que aclarar con otro nombre, también sonoro y también contundente. ¿Quién dices?, Franca Rame, ‘la mujer de Darío Fo’. Parece una ironía del destino que una mujer tan luchadora a favor de los derechos de la mujer, no pudiera nunca dejar de ser ‘la mujer de’, como si las circunstancias jugaran a favor de ese aserto tan machista que, por cierto, no sé si tiene autor conocido y que desde luego ha desterrado del uso cotidiano la corrección política: «detrás de todo gran hombre hay siempre una gran mujer».

Hay dos cosas que pueden mantener joven a una mujer (y a un hombre, por supuesto). Una, la cirugía plástica (de perversos efectos secundarios para la sonrisa y el gesto en general). La otra: no claudicar. No sé si Franca Rame se hizo algún ‘arreglo’ en su físico pero está claro que no claudicó. No claudicó de la vida que, en su caso, transcurrió siempre por la orilla de la lucha. El activismo político, el

activismo feminista, el activismo cultural.

Ella y su marido formaban una pareja de teatro. El teatro fue su vida. Y al tiempo encarnaban el tipo de artista que considera que la creación debe mirar alrededor, y diseccionar con un afilado cuchillo los males del tiempo presente. Lo hicieron en ‘Aquí no paga nadie’ cuando la inflación asolaba Italia (qué oportuna obra para los tiempos que corren, por cierto); lo hicieron en ‘La violación’, para denunciar la violencia sexual contra las mujeres, una vez que la propia Franca Rame la hubiera sufrido en sus carnes sin que los culpables fueran nunca condenados; lo hicieron en ‘Pareja abierta’ (divertidísimo texto) a raíz de una crisis en su relación; lo volvieron a hacer en ‘Una mujer sola’. Y tantas veces… Escribieron decenas de obras de teatro a cuatro manos, y a cuatro manos mantuvieron su compañía, una vida entera dedicada por completo a la creación que tuvo compensación con el Nobel solo a una parte de la pareja. Por supuesto, a él.

No sé por qué (o mejor, sí lo sé) pensé en María de la O Lejárraga cuando me enteré de la muerte de Franca. Dos mujeres muy distintas y de vidas muy distantes, pero que compartieron algunas circunstancias: la más notoria, su dedicación al teatro. Como a estas alturas casi todo el mundo sabrá, Lejárraga fue la autora de las obras de teatro que firmaba en solitario su marido, Gregorio Martínez Sierra, y con las que triunfó en España y fuera de nuestro país. Ella aceptó esta situación, incluso cuando su marido la dejó por Catalina Bárcena, primera actriz de la compañía que habían fundado juntos. María Lejárraga siguió escribiendo para su famoso marido y atendiendo sus apremiantes requisitorias cuando se acercaba la fecha del estreno.

Muchas cosas cambiaron deprisa en las últimas décadas del siglo XX, pero ahora muchos de los logros conseguidos en todos los ámbitos (político, social, jurídico) se van desmontando también a gran velocidad. La diferencia entre un tiempo y otro es que ahora nos faltan referentes como el que encarnaba la pareja Fo-Rame a la que nadie puede negar (probablemente ni sus muchos detractores) su contribución al avance social.

 

Artículo aparecido en mi columna semana ‘Días nublados’

(En la foto de Alessandra Tarantino, Franca Rame y Darío Fo caracterizado como Berlusconi, en la sátira ‘L’Anomalo Bicefalo)

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Urdiales y el valor

En Granada, su Granada, sí hubo un teatro para despedirle. En Valladolid, su Valladolid, no lo hubo. Hablo de dos artistas que se fueron con horas de distancia, quiero pensar que al mismo lugar: al que vayan los artistas cabales que han cumplido con su oficio con sinceridad y entrega. Hablo de Enrique Morente y de Fernando Urdiales. El primero ha tenido una despedida como se merecen los grandes y su ciudad, la de los gitanos del Albaicín que lloran su pérdida y la de todos cuantos le admiraban, ha podido decirle adiós en un escenario, que es donde se despide a los artistas. A Fernando Urdiales sus compañeros, amigos y admiradores le despidieron en el tanatorio. Fue igual de cálido, pero tenía un lado injusto esa despedida. Y lo digo.


Urdiales pertenecía a esa raza de seres afortunados que descubren su verdadera vocación y ya nada les aparta del camino. Ni las dificultades económicas, ni la incomprensión, ni la enfermedad. Las últimas veces que hablé con él, consciente de su situación y de que nada se les había regalado nunca, su principal preocupación era el futuro de su compañía. Ese Teatro Corsario que, convendría tenerlo presente, llevó el nombre de Valladolid no ya por España sino por muchos países del exterior. Siendo como es éste (el de la promoción turística y el de la proyección exterior de la marca de una ciudad y de una autonomía) el único argumento que de verdad entienden nuestros gobernantes cuando se trata de invertir en cultura, me chirría aún mucho más la actitud cicatera, vergonzante, absurda del equipo de gobierno municipal negándole el salón de los espejos del Teatro Calderón para la despedida. No ya el escenario, que hubiera sido lo suyo. Y señalo así al ‘equipo de gobierno’ por no personalizar, porque cuando un gobernante se equivoca los que forman parte de su equipo (si es que de verdad existe) deben estar al quite: recordarle que no gobierna para sus adeptos, para sus votantes, sino para toda la ciudadanía a la que representa. ¡Qué sonrojo ante las excusas que impidieron que recibiera el homenaje de la ciudad en el momento oportuno!
Tampoco reaccionaron otras instituciones, incluso las que en vida le premiaron, que aquí en seguida tiramos de competencias y no queremos molestar al vecino no sea que nos pase factura. ¡Qué pobreza! Yo que tanto he criticado desde esta columna la actitud para mi gusto demasiado victimista en ocasiones de la profesión teatral, me doy cuenta de que para mucha gente siguen siendo como ciudadanos de segunda, o gente a ningunear dado su natural rechazo a las complacencias con el poder.
Una vez más la ciudad da un penoso espectáculo ante sí misma. ¿De verdad es lo que nos merecemos? Creo que no. Pero nadie cercano a quienes tienen la responsabilidad de estar a la altura de los acontecimientos parece dispuesto a aconsejarles cuando se trata de llevarles la contraria no sea que peligren sus puestos.
Pero ¡qué hago! Esta columna quería ser un homenaje personalizado en Fernando Urdiales a cuantos como él, como Morente, honran el regalo que les hizo la vida: descubrir su camino y andarlo con valor.

(Publicado en la columna de opinión ‘Días nublados de la edición impresa de El Norte de Castilla el jueves 16 de diciembre de 2010)
(La foto de Daniel Mordzinsky muestra a Fernando Urdiales en la Universidad de la Sorbona en París, donde participó en un curso de Lengua Española en 2007)

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Calderón, nueva etapa

(Publicado en la edición impresa de El Norte de Castilla el 11 de junio del 2009)

La marcha de Mercedes Guillamón de la gerencia del Teatro Calderón abre una nueva etapa en el primer teatro público de la ciudad, de la que cabría esperar también un nuevo rumbo.

Es justo reconocerle a la todavía directora el mérito de haber puesto en marcha la sala tras el parón inevitable de su rehabilitación hace ahora diez años y haber conseguido unas cifras de asistencia de público bastante aceptables (la puesta en marcha de un tercer turno de abono lo demuestra) y ello con un presupuesto realmente corto.
Pero es necesario decir que esos logros se han hecho paradójicamente a costa de un público entendido y afecto a las artes escénicas en general, que incluye también a los profesionales del teatro, cuyas aspiraciones no se han visto recompensadas por una programación marcada por el conformismo, lo comercial y lo ‘popular’, entendiendo el término como lo más fácilmente aceptable por una mayoría. En pocas palabras, una programación donde el riesgo, la ambición, la apuesta por nuevos lenguajes y montajes más exigentes y novedosos ha estado en general ausente.
Y si un teatro público no cumple esta función de programar lo que nunca programaría un teatro privado y atento solo a la cuenta de resultados (qué oportunidad perdida en el Zorrilla, ¡ay!) ¿quién lo hará?
El quid está en que, desgraciadamente, la rentabilidad del dinero público mal entendida, es decir, no como la búsqueda de nuevos públicos para espectáculos de calidad y exigencia contrastadas sino como la posibilidad de presentar unas cifras de asistencia apabullantes no es el mejor acicate para que un programador arriesgue. De nada sirve que, como aseguran los responsables políticos del Calderón, estos se mantengan al margen de la programación si al final el programador de turno está presionado por las cifras y por una contabilidad incapaz de entrar a valorar el asunto de la ‘excepción cultural’. (Por no hablar de que episodios como la marcha de Teresa Velázquez de la dirección del Patio Herreriano por no haber aceptado una injerencia en su programa no son el mejor precedente para un responsable cultural que valore su permanencia en el puesto).
Está claro que poco riesgo y audacia se puede pedir a quien tiene que hacer milagros para llenar una temporada con un presupuesto exiguo, pero aún menos se le puede pedir si aquellos ante quienes rinde cuentas sólo aspiran a llenar la sala sin mayores complicaciones.
Es decir, el nuevo rumbo deseable para el futuro próximo de un teatro que ni de lejos ocupa el puesto de liderazgo que debería tener en el panorama escénico de la región tiene que originarse en los responsables municipales de la cultura. En lo que entiendan por tal. Y después en un programador que aspire a algo más que a ir salvando el día a día entre las rebajas dinerarias y el miedo al que dirán los señoritos.
Ambas partes deberán planteárselo en el futuro.

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Contando con los dedos

(Publicado en la edición impresa de El Norte de Castilla el jueves 4 de junio del 2009)

Voy a tirar del hilo de un asunto que dejé apenas apuntado en mi columna anterior. Veo muy ufanos últimamente a programadores culturales y responsables políticos del ramo contando como locos espectadores, visitantes, cuidadanos que asoman la nariz por alguno de los macro o micro eventos culturales que jalonan nuestra geografía. La estadística se ha vuelto parte consustancial de las informaciones acerca de tal o cual exposición, de tal o cual concierto, de tal o cual festival de artes varias. Que si tantos pasaron, que si tantos eran de Pucela capital, que si no sé cuantos de allende el Duero y hasta que si un extraterrestre que pasaba por allí fue captado para la causa… me recuerdan a los responsables del ‘share’ (qué palabro) de las cadenas de televisión.
Sin ir más lejos, el alcalde el otro día se refirió en la clausura del TAC a la democratización del hecho teatral que supone este festival de calle de Valladolid. Desde luego no voy a ser yo quien contradiga este hecho incontestable y que es realmente satisfactorio. Soy la primera en alegrarme de ver cómo gente de toda edad y condición, que improbablemente coincidiría en su vida en un espacio de ocio comparte aunque sea por una hora una emoción común. Por no hablar de obviedades: que el acceso de todos los públicos a la cultura es una de las bases de la verdadera democracia.
Y aquí empiezan mis temores. (Qué se le va a hacer: tengo tendencia a preocuparme). Porque ¿realmente el dinero público, (o sea modestamente el mío también y el de todos) está siendo eficazmente gestionado para que ese acceso sea real? ¿O, bajo la excusa de la participación y la demanda, estamos invirtiendo en fenómenos de masas de dudoso calado cultural que deberían permanecer en el ámbito de lo privado? Porque lo mismo financiamos un Valladolid Latino que encargamos a Bob Wilson la elaboración de un Tenorio (esto último dicho sea de paso me parece una muy buena idea) pero siempre con la base común de lo ‘espectacular’. Y por supuesto que veo la necesidad de exportar Valladolid. Pero hablando de la verdadera democratización de la cultura, esta llega cuando públicos cada vez más amplios tienen los recursos suficientes (intelectuales y materiales) para acceder a fenómenos culturales cada vez más complejos y (perdón por el adjetivo) ‘elevados’. Esos que revierten en públicos con criterio, o sea constructivamente críticos, dispuestos a no tragar cualquier cosa, pero sabiendo por qué. Este es una labor cada vez más pendiente.
El problema tiene dos sentidos También veo una sociedad acomodaticia (porque no nos olvidemos que lo público está formado por la suma de ‘los privados’). Es decir, un receptor cada vez más perezoso al pequeño esfuerzo que a veces se requiere para acceder a ciertos contenidos y disfrutarlos. Y unas instituciones no precisamente encantadas con la idea de fomentar esos públicos. ¿Quizá porque podrían exigir mucho más de sus gobernantes?

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.