img
Categoría: poesía
“La política llega a la poesía cuando es cuestión de vida o muerte”, afirma la poeta Ana Blandiana

LA ESCRITORA RUMANA PRESENTA ESTOS DÍAS EN ESPAÑA EL LIBRO ‘MI PATRIA A4’

“La realidad política llega a la poesía cuando se ha convertido en una cuestión de vida o muerte». La frase puede parecer muy dramática pero si la dice Ana Blandiana (Timisoara, Rumanía, 1942) no suena tan terrible. Porque nada en su mirada, o en su gestualidad o en su lenguaje corporal traduce la dureza que le tocó vivir bajo el régimen comunista de Ceaucescu, cuando sus libros se prohibieron, o cuando el teléfono intervenido y la vigilancia a la puerta de su casa eran las coordenadas vitales cotidianas. Por el contrario, su sonrisa, sus ademanes, la amabilidad que transmiten sus ojos o sus manos hablan de cualquier cosa menos de rencor o de dolores no resueltos.
Blandiana está en España para presentar su último libro de poemas, ‘Mi Patria A4’, en una mini gira que la lleva de Pamplona a Salamanca y de ahí a Madrid. En el primer tramo de su viaje hace un alto en Valladolid para esta entrevista, en un día típico vallisoletano nublado aunque todavía no frío, que permite la charla al aire libre rodeada, como está, de maletas y de flores.
Blandiana es además de una poeta reconocida un referente ético en la literatura de su país. Escribe su traductora Viorica Patea (que ha trabajado en este libro junto a Antonio Colinas) en la introducción del poemario, que ella, como Ajmátova para la literatura rusa o Václav Havel en la checa, encarna «el arquetipo de escritor cuya obra y vida asumen el destino colectivo». Y menciona otros ejemplos como el de Nadejda Mandelstam, Iván Chmeliov o Alexander Soljenitsyn como autores conscientes «con su deber para con el presente» y cuyo testimonio los convierte en un legado para las generaciones futuras.
Pero cuando la autora de ‘Proyectos de pasado’ se refiere a ese periodo difícil de su vida es como si todo hubiera sido fácil. «Par mí, las cosas eran simples. Yo sabía que tenía que escribir lo que pensaba, el problema lo tenía después para poder publicarlo y , si finalmente lo conseguía, el problema era la represión posterior: estar todo el día vigilada, pero cuanto más visible era la represión me iban convirtiendo en una persona cada vez más importante. Pero al mismo tiempo fue un periodo de tranquilidad que me permitió escribir una novela. Sabía que solo tenía que procurar estar tranquila y transformar en literatura  todo ese material». Así surgió ‘El cajón de los aplausos’ que se publicó en Alemania y que según afirma «me salvó la vida. De no haber sido por la escritura me habría vuelto local. Luego fue distinto, llegó la libertad y la vida se llenó de ruido».
A ella misma le parece que dicho así puede resultar extraño y matiza. «No quiero que suene frívolo. Fueron tiempos muy duros por los amigos desaparecidos y por el aislamiento. Cuando alguien se atrevía a visitarte siempre te quedabas con la duda de si venía porque era muy valiente o si en el fondo su misión era sacarte información. Ahora puede parecer absurdo pero vivíamos como si aquello no fuera a acabarse nunca. Yo  era más joven que Ceaucescu y sin embargo siempre creí que ‘El cajón de los aplausos’ sería un libro póstumo». Y recuerda una ocasión en el que viajando con su marido por carretera tuvieron un extraño accidente que no debió de ser tal. «Probablemente solo querían asustarnos».
El más personal
Pero lo que le ha traído aquí es su último libro, el poemario que establece las fronteras de un folio en blanco como la patria de la escritura. De todos sus libros, es «el más íntimamente relacionado conmigo. El más personal. Porque no habla tanto del sufrimiento de un pueblo como del mío propio. De la sensación de estar sometida al paso del tiempo  y de la necesidad de descubrir aquello que continúa y no se acaba en este mundo. Aquello que, dentro de lo que existe en la tierra, tiene un sentido eterno».
Y se refiere a un poema, ‘Panales’ en el que se pregunta «si solo somos tristes formas, vacías y de las que ha desaparecido la miel de la eternidad, la intensidad de la fe en la eternidad».
Un libro marcado también por la muerte de su madre, que ocurrió mientras lo escribía. «Me sentí que había perdido la relación con mis raíces, como si me hubiera quedado suspendida entre la vida de aquí y un cielo cuya existencia es cada vez más problemática». («No me dejes / Caer en el futuro,/ Y deshacerme en el tiempo venidero…») ‘Mi patria A4’ se convierte así en un diálogo con la divinidad un tanto herético, «porque más que una oración es una protesta». («Me gustaría saber qué has sentido/ cuando has establecido las proporciones/ De los venenos, colores y perfumes,/ Cuando en un pico pusiste el canto / Y en otro el cacareo,/ En un alma el crimen y en otra el éxtasis/ Daría cualquier cosa por saber / Si tuviste remordimientos/ Porque a unos los hiciste víctimas y a otros verdugos…»)
Y como si hablara consigo misma, añade: «Es como si el mero hecho de hablar con Dios fuera un intuición de que existe. Esto lo comparo con Goya y con el hecho de que en su tumba haya unos ángeles representados. ¿Por qué? ¿Porque él pensaba en ellos, porque para él no eran una frivolidad o una abstracción? ¿Espera pensando en ellos tener de esa manera alguien con quien hablar?»
La referencia a Goya es un hilo tendido para preguntarle por su conocimiento de la poesía española, por si hay algún poeta en español entre sus referentes y por estos en general. «Escribo desde antes de saber escribir y está claro que lo que cuenta en la formación de una persona son los escritores que leyó en la adolescencia. Bajo el régimen comunista lo que se traducía en Rumanía era Lorca y yo me enamoré de él» y fue como un ‘primer estadio’ de su ser poeta. Ahora se siente cercana a dos poetas «que no tienen nada que ver entre sí, como son Rilke y Emily Dickinson, pero con los que yo me siento en relación al unísono».
El rastro de Dickinson está  evidentemente en esa forma de utilizar lo cotidiano para hablar de lo trascendente. (Algo se enciende en el corazón de las hojas/ Que no entienden qué sucede/ Y no dan crédito a lo que está pasando./ Perciben una luz/ Que sin querer engendran/ Como vírgenes asustadas por el Niño…»)
Ana Blandiana, tras una larga relación con las palabras, descubrió «que en un mundo en el que se habla y se escribe tanto, el significado del poema consiste en restablecer el silencio».

 

Publicado en La Sombra del Ciprés del 29 de noviembre del 2012

La foto de Ana Blandiana en Valladolid es de Wellington Dos Santos

Ver Post >
Un tiempo para probar todos los géneros

Del diario sin edulcorar a la poesía, pasando por la autoficción, la memoria y el ensayo

“Un diario es una escritura en tiempo real. Es una escritura interior sin concesiones y en presente». Quien así se expresa es el periodista y escritor Ignacio Carrión (San Sebastián, 1938) en el prólogo a ‘Molestia aparte’, el libro que recoge sus  diarios entre los años 2001 y 2005 y que acaba de salir en el sello Reino de Cordelia. Carrión, que en su larga trayectoria como profesional del periodismo ejerció como corresponsal y enviado especial para diverso medios como ‘Efe’, ‘Diario 16’ o ‘El País’, es autor de varias novelas, entre ellas ‘Cruzar el Danubio’ con la que obtuvo el Nadal en 1995  y no es la primera vez que publica parte de los diarios que escribe desde hace cincuenta años y cuyos originales ha donado a la Universidad de Valencia.
Quien recuerde sus crónicas de estilo incisivo y lectura adictiva las reconocerá en estos apuntes, en los que tan pronto aparecen Faulkner o Bataille, junto a anotaciones de absoluta cotidianidad. Aunque el trasfondo bien lo resume esta entrada: «Toda escritura y sobre todo la que menos lo parece es ficción. En realidad tu familia son las palabras. Y debes llevarte bien con ellas».
A las novelas del noruego  Karl Ove Knausgard (1968) que forman parte del ciclo irónicamente titulado ‘Mi lucha’ se las suele etiquetar en ese confuso territorio de la autoficción. Pero lo de menos son las etiquetas o saber si en realidad la historia responde más o menos a la realidad de lo vivido (aunque parece que se ajusta con bastante exactitud, por los problemas familiares que le reporta su publicación). Lo sorprendente es la capacidad hipnótica de su escritura torrencial, su manera descarnada de reflejar el comportamiento humano a través de sus peripecias, tanto en los momentos más significativos de la vida como en aquellos que no pasarían a la historia  universal. ‘Un hombre enamorado’ es la segunda parte del ciclo que comenzó con ‘La muerte del padre’.  Anagrama, editorial que está publicando la saga en España, anuncia que en la primavera del año próximo saldrá la tercera parte que ya es un fenómeno editorial en EE.UU. El verano puede ser un buen momento para atacar esta pelea entre las palabras y los recuerdos.
Ni diario, ni autoficción, ‘Julio Cortázar y Cris’ es un homenaje y una sucesión de recuerdos. Una conversación interrumpida por la muerte. La que mantuvieron durante los años de su amistad Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi, autora del libro recientemente publicado por Cálamo. Dos escritores que apenas hablaban de sus respectivas obras, que nunca se mostraban los manuscritos, pero que nunca dejaron de hilar su amistad con palabras y literatura. «Vos serás mejor escritora que yo porque sos valiente», le dijo Cortázar a una incipiente escritora que ahora más que recordarlo continúa sintiéndolo cerca, y que da testimonio de esa cercanía en este emocionado libro.
¿Quién dijo que el verano solo puede albergar ese asunto que no se sabe muy bien en qué consiste llamado ‘lecturas refrescantes’? Acaso disponer de más tiempo libre no ayuda a esas otras lecturas que requieren un cierto reposo? ¿Por qué no ‘atacar’ en estos días de transcurrir lento un ensayo como el que propone César Antonio Molina (La Coruña, 1952) en ‘La caza de los intelectuales’? El subtítulo ‘La cultura bajo sospecha’ es suficientemente esclarecedor de hacia donde apuntan las intenciones del autor al recoger una serie de artículos sobre el papel de los intelectuales tanto en los tiempos en que nuestra cultura daba sus primeros pasos como en épocas más recientes. El libro que se abre con la muerte de Cicerón y continúa con el suicidio de Séneca, rescata a algunos ‘mártires de la intolerancia como Miguel Servet o analiza a través de ‘El pensamiento cautivo’ de Milosz la ‘esterilidad del realismo socialista’. En ‘Cultura sin cultura’ hace un pesimista –dirían algunos– realista –otros– análisis de una sociedad en la que «la pérdida de peso que tenían las obras literarias, artísticas o filosóficas, en la esfera pública es una triste realidad».
Pilar Adón (Madrid, 1971) debe buena parte de su prestigio como escritora a su acierto como cuentista ( ‘El mes más cruel’ y ‘Viajes inocentes’) aunque también ha escrito novelas ( ‘Las hijas de Sara’, ‘El hombre de espaldas’). Sin embargo la distancia corta tiene en ella otro registro en el que se prodiga menos pero en el que logra esa misma capacidad para vislumbrar algo que no se da a primera vista aunque lo tengamos delante. Es la poesía. El segundo poemario que publica en La bella Varsovia sigue la línea trazada por ‘La hija del cazador’. En este caso lo que tenemos delante es el mundo animal, tan lejos y tan cerca al mismo tiempo de nosotros, tan misterioso en ocasiones. Un libro por el que hay que transitar con inteligencia del águila y la paciencia de la tortuga. Un placer de lectura en una obra nada complaciente.
Pre-Textos acaba de publicar el último poemario de Ana Blandiana (1942), figura capital de las letras rumanas contemporáneas. Autora de catorce poemarios, dos volúmenes de relatos fantásticos, nueve ensayos y una novela, ha sido candidata al Nobel. Llega hasta nosotros su último libro en edición bilingüe con las versiones en español de Viorica Patea y Antonio Colinas. Es la voz de una mujer que ha entendido, como otros autores de su generación que lucharon por la democracia, la literatura desde una perspectiva moral. En su voz lo trascendente y lo pequeño se unen desde la perspectiva del sentimiento trágico de la existencia aunque  ajena  a cualquier estridencia.

Ver Post >
Veneno sólo para adictos

LA REVISTA VENENO, VINCULADA AL LLAMADO ‘GRUPO DE VALLADOLID’, HA CUMPLIDO 30 AÑOS ¡Y SIGUE!. EN ‘LA SOMBRA DEL CIPRÉS’ CELEBRAMOS EL CUMPLEAÑOS Y SOBRE TODO LA SUPERVIVENCIA

Hay algo táctil, emocionante y hasta misterioso en la acción de desdoblar un folio cuando sabemos que dentro espera un poema. Es en sí una acción poética. De pequeños pero significativos detalles como éste está hecha la revista ‘Veneno’. Treinta años, varias ‘sedes’, 177 números… son sus credenciales. “Una historia de supervivencia” dice Francisco Aliseda, su alma mater, el que ha mantenido viva la llama, a pesar de las vicisitudes y de los cambios de residencia, para que algo tan frágil (lo es siempre una revista de poesía, ésta, además, lo es por su concepción material) se mantenga. Se mantiene también porque desde siempre ha sido una empresa colectiva.

A Francisco Aliseda, Egidio Huerga y Secundino Naves pertenecen las manos que empezaron a doblar ‘venenos’, una lejana tarde de verano de 1983 en Palencia, aunque hasta el traslado de Aliseda primero a Bilbao y luego a Andalucía siempre se imprimió en Valladolid, en Reprografía Mata, por más señas. Doblar un folio en cuatro partes esa era la contracultural acción que encendía los motores por los cuales llegaba a puntos bien dispares de la geografía en una época en que imprimir tenía como apellido el sistema ‘off set’ y el correo, sobre y sello incluido, era la vía de comunicación por la que se hacía llegar el veneno a los adictos.

Porque siempre, salvo la penúltima etapa en la que estuvo vinculada al Centro de Poesía Visual de Peñarroya, la revista se hizo a mano, una por una, y todas distintas. Ahora se diría ‘tuneadas’. Ningún propietario de un número atrasado (se guardan como un tesoro, me consta y sus propietarios forman un club o una secta literaria casi secreta) tiene el mismo número. Son las mismas palabras, son las mismas ilustraciones, tienen la misma la maqueta pero en todas hay algo que las personaliza. 200 veces ‘personalizadas’. Podía ser un billete de metro, una hoja de álamo, una pequeña flor, un paquete arrugado de tabaco Jean, un trocito de madera, uno de esos modelos recortables que usaban las niñas para vestir a sus muñecas de papel. El pintor y grabador Marco Temprano tuvo la paciencia de pintar 200 pequeñas piedras y convertirlas en unas sorprendentes mariquitas, para uno de eso milagros primerizos.

Pegadas a cada número hay pequeñas historias, como se pegaban esos leves elementos diferenciadores. Porque cada autor una vez asumido el qué y el cómo (“como era algo un poco enloquecido costaba entenderlo, o quizá no, quizá era sencillo de entender”) se volcaba. Es lo que tienen las aventuras diferentes, si llegan a enganchar es para siempre. Ullán lo entendió rápido. Pero también Francisco Pino. El poeta del Pinar de Antequera estaba ya en el número 10 de la revista. “Era sorprendente su generosidad Ahí estaba alguien como él de una trayectoria tan poderosa volcado con nosotros”, recuerda su promotor que desde la localidad onubense donde vive asiste emocionado, una vez más, al comprobar el interés que despierta una aventura que “nació como respuesta a la falta de medios de producción litararia alternativa que había entonces no solo en Valladolid sino en toda España”.

Así, se cuela en la conversación una España diferente, de principios de los ochenta, con todo por hacer. Distinta pero con una sensación de precariedad que puede compararse de alguna manera con el tiempo actual, precisamente este tiempo en que ‘Veneno’ vuelve a ser lo que fue siempre: ese hoja tamaño Dina4 (el folio sobrevivió unos pocos números) doblada en cuatro partes. Miguel Casado y su poema coloreado a mano, número a número otra vez, son los protagonistas del regreso.

Una España diferente sí. Y un Valladolid de una efervescencia cultural pero sobre todo plástica y literaria magnífica. “Se lo oí decir por primera vez a Bernardo Atxaga. Fue el primero que habló del ‘Grupo de Valladolid’ y sí claro, visto desde aquí claro que existió”. Y es que por la revista pasaron y se quedaron Carlos Ortega, Miguel Suárez, Olvido García Valdés, Esperanza Ortega, Adolfo García Ortega, Ramón García Domínguez, Gustavo Martín Garzo… Y luego los que se sumaban desde orillas más lejanas como Severo Sarduy y hasta Ted Hughes traducido por Jordi Doce. Y quienes desde iniciativas como ésta hicieron un camino en la poesía visual, como Julián Alonso.

Manuel Sierra fue un elemento clave sobre todo en su primera etapa. No solo como dibujante sino como ‘constructor’ de portadas y maquetas. Como lo ha sido siempre Aliseda o como lo fueron ocasionalmente otros artistas como Ángeles Morgade, Javier Codesal, Alfonso Serra o José Noriega que en el número que le tocó en suerte acompañaba con sus dibujos algunos poemas de Miquel Martí i Pol. Era el año 86 y este número 23 de ‘Veneno’ preludiaba esa obra conjunta que llegaría años después cuando Noriega hubo hecho realidad el sueño de su editorial El Gato Gris.

Porque esta es una faceta de la revista nada despreciable. Un repaso a su historia (un repaso a mano, detenido, desdoblando y volviendo a doblar sus números) demuestra que entre sus pliegues está el germen de obras muy importantes que cuajarían con los años.

¿De dónde ‘Veneno’, el nombre? De algo tan cimple como que sus primeros promotores estaban enganchados a la música del grupo Pata Negra del cual Kiko Veneno era valedor fundamental.

Hay números cercanos a la estética del cómic, otros al pensamiento dadá, otros coquetean con el surrealismo y en general tiene un aire a contracorriente. Quizá porque lo que les une sea la falta de impostura, el calor que transmiten estos papales, se mantienen frescos y vivos. No han amarilleado sus propuestas y cuando Gamoneda o la propia Clara Janés miren atrás, a su paso por la revista, no podrán sino sentirse contentos de haber sido parte de esta pequeña gran aventura.

‘Veneno no venal’, como escribí cuando la revista cumplió su decimoquinto aniversario, pues su gratuidad es otra de las premisas del proyecto. “’No se vende se regala’, como decían los que predicaban mercancía”, afirma Aliseda que ha sido el mago que conseguía de aquí y de allá la mínima financiación que necesita la revista, donde los trabajos no son remunerados pero que genera unos gastos de edición y distribución. Calcula que con 50 euros saldrán los números siguientes cuya tirada alcanzará los 300 ejemplares. Luego, sus más fieles allegados se encargan de la onda expansiva.

Ver Post >
Entre la fiesta y la batalla

A PROPÓSITO DEL LIBRO ‘LAS FLAUTAS DE LOS BÁRBAROS’ QUE ACABA DE VER LA LUZ

(Acaba de ver la luz el último poemario de Carlos Aganzo, con el que obtuvo el Premio Universidad de León. Sus páginas, que animan a practicar el ‘carpe diem’ mientras quede un rastro de belleza, son un buen antídoto contra las amenazas bárbaras que nos persigue)

Aunque el poemario tenga un tono premonitorio de un desastre por venir, y aunque las flautas de los bárbaros vengan a subrayar la decadencia de la cultura occidental, el último libro publicado por Carlos Aganzo no puede evitar, ni lo pretende, el fondo de apacible optimismo que subyace en los ojos de quienes acostumbran a fijarse en la belleza como una forma de estar en el mundo. Incluso ese rumor a trompetas finales la hace más intensa: «Todo más bello aún, / más alto, más intenso/ por saber que se

acaban/ los racimos de música/ y la antigua fragancia de los tilos».
Aún habrá tiempo para otra primavera y quizá en ella descanse la esperanza de superar el tiempo oscuro si sabemos tomar ejemplo de la amapola: «como erupción de vida/ en los desmontes de la primavera/ las amapolas gozan/ del aroma apacible del instante».
Fluyen los poemas de ‘Las flautas de los bárbaros’ entre el clasicismo de los ecos mitológicos y la precisión de la palabra justa cuya búsqueda no oculta el autor: «(…) a manotazos busco/ la palabra primera, la no contaminada,/ la que abre las puertas de la música/ y no ofende al silencio».
El silencio sanjuanista, otra de las constantes en la obra del autor – premio Gil de Biedma por ‘Las voces encendidas’– pasea por los versos de un poemario donde se dan la mano Ávila y Taormina, sin bien es la ciudad amurallada la que prevalece como el lugar donde el poeta aprendió quizá lecciones esenciales para su obra futura: «Desnudo del ornato,/ reducido a sus líneas esenciales,/ el castaño de indias/ resiste con arrojo/ las últimas semanas del invierno».
La naturaleza es el paisaje de fondo, la que suaviza el verbo y las metáforas, la que equilibra el miedo a la derrota y la esperanza de la vida que se renueva. Y el vuelo de los pájaros como una promesa: «con ellos, celebrantes/ del tiempo y la memoria, la provisión de fe para el camino: amar siempre a las piedras/ como las piedras aman/ a aquellos que sostienen».
Porque al fin de las cenizas surgirá la vida renovada. La que se expresa en la palabra firmemente asentada en los cimientos de la poesía: «Todos los hombres llevan/ un Ícaro en los ojos./ Todos los hombres tienen devoción/ por el alma de los pájaros».

Ver Post >
Ese agujero negro

La muerte es un agujero negro que atrapa la mirada. Un viento helado que te coloca al borde de un abismo en el que no hay respuestas. En el que la perplejidad es la única respuesta. Le ponemos apellidos para hacerla creíble, soportable. Así, llamamos ‘natural’ a una muerte esperable. (¿Esperable?) Lo malo es que cuando la miramos de cerca nos parece lo más antinatural e inasumible del mundo.
Puede que el tiempo nos ayude a mirar a ese agujero y a fuerza de mirarlo, o de permanecer al borde de esos abismos que la vida nos va tendiendo, acabemos encontrando alguna luz en él. La luz de recuerdos, de momentos, de palabras, de gestos, de vida compartida, de todo lo que llenó ese vacío. Y quizá lleguemos a comprender que el agujero se cierra como se cierra un círculo porque toda aquello que ahora sentimos como ausencia es en realidad la ‘materia’ que nos constituye, que lo importante sigue donde siempre estuvo. Y nos da sentido. Da sentido a lo vivido.
Desde los medios de comunicación se tiene una relación extraña con la muerte. Como un rumor de fondo que acompaña el día a día. Se asume con ‘profesionalidad’. Pasa a nuestro lado, la medimos y pesamos. Una especie de autopsia, porque algunas noticias (incluso su concepto) dependen del tamaño del agujero negro, de su contabilidad. También de su proximidad. Hay muertos cercanos y muertos lejanos, muertos que ocupan titulares y otros que se quedan sumidos en la fosa común de la letra pequeña. Porque la mayoría de las veces hablamos de una muerte anónima, a veces masiva, atroz porque va acompañada de violencia. Llena las páginas de sucesos (ajustes de cuentas, violencia de género, ataques de locura, individuos enajenados que siembran el pánico porque no pueden contener el suyo) y las páginas dedicadas a seguir la lista de esos conflictos armados a los que nos cuesta llamar guerras quizá porque somos vagamente conscientes de su obscenidad. ¿No es tremendamente obsceno lo que está ocurriendo en Siria?
Cuando la muerte tiene nombre y apellidos ilustres nos conformamos diciendo que su protagonista no nos deja porque quedará en su obra. Todo el mundo queda en su obra. El que esta sea anónima no la hace menos destacable. Pero sabemos de qué hablamos. Febrero nos deja sin nombres de referencia. Algunos muy cercanos, otros  compartidos.  Murió Wislawa Szymborska, esa mujer de sonrisa ancha y manos dulces, transparentes, que nos enseñó que la poesía es una potencia que se expande con palabras sencillas. Nadie como ella para poner preguntas en la conformidad de lo sabido. Para encontrar las respuestas que, de tan claras, carecen de traducción en nuestro idioma cotidiano.
También nos dejó Tàpies, que hizo poesía con la materia menos solemne. Que, como Szymborska, buscó lo trascendente en un grano de arena, en un hierro retorcido. De ellos aprendimos y con ellos fuimos un poco más felices a ratos. Y nos enseñaron que solo somos eslabones, un fragmento en un discurso. O como ella lo dijo: «Todo principio/ no es más que una continuación,/ y el libro de los acontecimientos/ se encuentra siempre abierto a la mitad».

(Publicado en la columna de opinión ‘Días nublados’ de la edición impresa de El Norte de Castilla)

Ver Post >
De oficio, nombrador

 

Solo a un poeta se le podría ocurrir vivir de nombrar las cosas

 

Fernando Beltrán llevaba quince años dedicado al oficio que finalmente le dio fama y prestigio cuando una entrevista en un periódico de tirada nacional le sacó del anonimato y la penuria. Su empresa, El nombre de las cosas, surgió de una constatación: las empresas solían destinar un presupuesto a marketing, al diseño de su logo, a su imagen de marca, pero presupuesto cero para lo más importante: encontrar el nombre adecuado. ¿Cuántas veces un proyecto no desarrolla todo su potencial por llevar un nombre equivocado?
Pero esta historia debería contarse desde el principio. Fernando Beltrán es poeta. Lo es de verdad. Más allá del hecho de que a lo largo de su vida haya publicado diez poemarios. Solo a un poeta verdadero se le puede ocurrir intentar vivir del oficio de encontrar el nombre de las cosas. El oficio de nombrar que llamaba Octavio Paz a la poesía. Si la poesía es asunto ruinoso, lo otro no parecía, cuando se lanzó a la batalla, cosa fácil. Ahora tiene una importante cartera de clientes y en su curriculum aciertos tan señeros como el de Amena, quizá su nombre más conocido. Beltrán, escritor al fin, ha recogido en un libro sus experiencias. Un libro más que ameno como el nombre más famoso que inventó; lleno de pequeñas historias o solo de una: cómo ha ido desarrollando en este tiempo su fórmula, la que se grabó a fuego como método de trabajo, ‘romper el bloque, captar la emoción’. ‘El nombre de las cosas’ es también un diario, o, mejor, las memorias de un emprendedor loco. Y captan la atención.

Ver Post >
Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.