El Norte de Castilla
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Categoría: literatura
Mi adiós a Juan Pablo Ortega

Hoy el temporal ha impedido que las cenizas del escritor Juan Pablo Ortega descansaran al fin junto a sus padres, en su localidad natal, El Espinar. Algo que ocurrirá en próximas fechas. Aquí, mi emocionado y agradecido recuerdo al escritor y al amigo.

JUAN PABLO ORTEGA, UN INTELECTUAL, UN CABALLERO

Este artículo podría tener solo tres palabras, las que vinieron a mi mente tras conocer el fallecimiento de Juan Pablo Ortega. Tres palabras. Las que componen un verso de Antonio Gamoneda, también el título de uno de sus libros: ‘Arden las pérdidas’. Arde el corazón por la ausencia del escritor, del defensor de la educación laica, sobre todo del amigo.juan-pablo

Recuerdo a la perfección el día que le conocí. Comenzaba mi carrera periodística en El Adelantado de Segovia y nos presentó su entonces director, Pablo Martín Cantalejo. “Os vais a entender bien”, dijo al proponerme que le hiciera una entrevista con motivo del premio Planeta a la novela de mayor interés cinematográfico de las presentadas ese año al galardón y que había obtenido por ‘Las dos muertes de un tirano’. No se equivocó. Pelo blanco, ojos reidores, traje Príncipe de Gales. Lo del traje no es un detalle baladí. Juan Pablo era elegante por dentro y por fuera. Cuidaba su aspecto físico y su indumentaria por coquetería, sí, pero sobre todo por respeto a los demás. Y este fue uno de los emblemas de su vida. Respeto, tolerancia, empatía suma. Ningún drama humano le era ajeno y siempre estaba ahí para echar una mano, incluso a los desconocidos. Pero sobre todo a su familia, que era su debilidad. Un afecto, por cierto, muy correspondido.

La vida no siempre le devolvió tanta generosidad. Abandonó España en los sesenta, cuando este era un país difícil para un demócrata convencido, para un socialista que nunca renegó de sus ideas, pero respectó las del adversario con la firmeza de quien de verdad ejerce la tolerancia. Universitarios de Dijon (Francia) y alumnos de los colleges Colby, Vermont y Vassar (los tres en Estados Unidos) tuvieron la suerte de tenerlo como profesor de español. Estoy segura de que fue algo más que un idioma lo que aprendieron de él los jóvenes que acudieron a sus clases.

Con la democracia volvió a España. Y volvió no para cruzarse de brazos, sino para tratar de aportar su grano de arena a la construcción de un país social y culturalmente moderno. Ahora que tanto se oye la palabra patriotismo y se nos llena la boca diciendo ‘España’ muchos tendrían que aprender de alguien que sin jactarse y sin agitar ninguna bandera y menos ninguna bandera de exclusión dio un paso al frente. Hubiera sido un extraordinario secretario de Estado de Cultura un puesto equivalente para el que le llamó Adolfo Suarez y eso que él era, y estaba orgulloso de ello, militante del extinto Partido Socialista Popular de Enrique Tierno Galván, de quien también fue amigo. Pero el sueño de aportar algo de su enorme cultura desde la representación institucional duró un suspiro. Para alguien tan radicalmente honesto, determinados usos del juego político no entraban en su hoja de ruta. A partir de entonces, defendió sus ideas desde sus libros, desde una institución que amaba: la Liga Española para la Educación Laica de la que llegó a ser presidente de honor y, por encima de todo, desde su radical ejemplaridad personal. Nunca se escondió cuando creía que la causa era justa.

Escribió novelas, cuentos, (fue premio Doncel de Literatura infantil), obras teatrales y ensayos. Pero como todo buen escritor fue sobre todo un lector. Siempre le recuerdo leyendo varios libros a la vez y en varios idiomas distintos. Adoraba el ensayo histórico, era un fan silencioso del Real Madrid (“un buen partido también es una obra de arte”, me dijo una vez) y le gustaba la buena pintura, del Renacimiento al siglo XIX. Pero aún recuerdo cómo conseguí interesarle en las vanguardias tras una concienzuda visita al Museo Thyssen, lo que me agradecía con humor siempre que podía. Ah, el humor. Lo que me reí leyendo ‘Los Americanos en América’ o ‘Los terrícolas’, este último, publicado en 1976, ponía una irónica y divertida lente sobre nuestras costumbres desde la perspectiva de un extraterrestre que cae por error en la Tierra. En esta idea también se adelantó. Forges, con quien mantuvo una entrañable relación, fue el autor de la portada. Por cierto, con Antonio Fraguas presentamos en El Espinar uno de sus libros y fue uno de esos momentos que se recuerdan siempre, por la calidad humana de ambos.

Por la vida de una periodista pasa mucha gente y es un misterio por qué algunas de las personas que tienes la suerte de conocer se quedan en tu vida para siempre. Juan Pablo Ortega se quedó en la mía y si alguien cuidaba esa amistad era él. Siempre estaba ahí, sin exigencias, comprendiendo que la vida de un periodista no es la mejor para cuidar de los amigos. Estaba en sus cartas, con esa letra enrevesada que el temblor de sus manos imponía, en las llamadas, en los libros que te llegaban si consideraba que algo debías de leer sí o sí.

Sé que una de las grandes satisfacciones de la última etapa de su vida profesional fue cuando le llamamos para que formara parte del equipo de opinión de la recién estrenada edición de Segovia de El Norte de Castilla. Era la oportunidad de acercarse a sus orígenes y a una tierra en la que a veces se había sentido olvidado. Acudió puntualmente a su cita semanal con los lectores. Muchos de ellos no le conocían personalmente y cuando me alababan sus artículos siempre les contestaba: como persona es aún mejor. En ellos mostraba su inteligencia y ese sentido del humor que afortunadamente nunca le abandonó. Le recuerdo en su casa de Madrid, al lado del ‘Pirulí’, una casa atestada de libros y de esas figuritas sedentes de las que era coleccionista. Un lugar que rezumba paz, la alegría de una vida plena.

Sí. Se ha ido un hombre que por muchas razones parecía de otra época. Por su bondad, por su discreción, por su cultura, por su elegancia… Cuánta falta nos hacen en el momento político y cultural que atraviesa este país personas como él. Juan Pablo, te recordaremos siempre con amor y gratitud y mantendremos ese recuerdo con la esperanza de que ejemplos como el tuyo nos iluminen el camino.

(Publicado en la edición impresa de El Norte de Castilla, el 5 de enero de 2017. La foto es de FOTOPRENSA)

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Cultura, nada más

Hay proyectos culturales que me devuelven la confianza en los proyectos culturales. Por muchas razones. Por ejemplo, porque saben crecer sin perder pie, sin olvidar sus objetivos, sin desvirtuarse. Lo que no quita para que puedan evolucionar, desarrollarse, en definitiva, crecer sin morir de éxito.
Pensaba en ello recientemente, en la fiesta de aniversario de la editorial La Uña Rota. Veinte años. Quién iba a decir entonces, cuando surgió como una modesta locura de cuatro amigos locos por los libros y el teatro que veinte años después no solo estaría viva sino creciendo, ocupando un lugar respetado entre las editoriales ‘diferentes’, ente las editoriales sin más. La Uña Rota encontró su sitio y los cuatro amigos que la impulsaron desde la periferia de Madrid (para añadir más dificultades, más rarezas, el proyecto partía de Segovia) no solo siguen compaginando esta labor editorial que les apasiona con los trabajos que les dan de comer, sino que ¡siguen siendo amigos! Rodrigo González, Mario Pedrazuela, Arcadio Mardomingo y Carlos Rod continúan al frente del artefacto. Juntos han conseguido un catálogo en el que figuran nombres como Angélica Liddell (atención, está a punto de salir de imprenta el último texto de la dramaturga), Juan Mayorga (a quien, entre otros títulos, publicaron su obra reunida), Rodrigo García (la edición de sus ‘Cenizas escogidas’ fue uno de los hitos del sello…) Esto por la parte teatral, pero también Herman Melville, Antonio Valdecantos, Joseph Conrad, Graham Green… siempre buscando textos con ese punto de rareza, de originalidad que conforma su personalidad. Una de sus más atractivas colecciones es la llamada Libros inútiles, donde te puedes topar con Samuel Beckett o Kenneth Goldsmith y donde el adjetivo inclasificable sería el único que podría clasificarlos.
Pero hay más locos en el mundo de la cultura, no todo va a ser precariedad intelectual o de la otra. Y cuando no se me había quitado el buen sabor de boca de la fiesta de aniversario de La Uña Rota, asisto a otra celebración que te hace creer en el futuro de la lectura. Esta vez los anfitriones eran el equipo de Páginas de Espuma, el sello editorial que desde 1999 está empeñado en elevar a la primera línea de la relevancia literaria al género del cuento. También recuerdo como si fuera hoy cuando Juan Casamayor me contó el proyecto de publicar los cuentos completos de Anton Chéjov, una aventura con la suficientes dosis de locura y riesgo para una editorial ‘independiente’. Hoy varios años (tres si contamos desde la publicación del primer tomo, más si tenemos en cuenta cuándo empezó a gestarse el proyecto) y aún más de cuatro mil páginas después, los seiscientos cuentos que hoy por hoy se pueden considerar todos los que escribió el autor ruso están en una edición en cuatro volúmenes que aportan no solo nuevas traducciones (de algunos cuentos las primeras que ven la luz en nuestro idioma) sino una visión global de su obra, de cómo la fue construyendo y cómo evolucionaba el autor con respecto a su trayectoria.
Y todo ello gracias a la labor de Paul Viejo, traductor y alma mater del proyecto, cuya pasión por la criatura te devuelve la confianza, insisto, en las empresas culturales de verdad. Porque de eso hablamos, de cultura. Nada más. Y nada menos.

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Honrar a Cervantes

Siento mucho tener que estar de acuerdo con el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha –desde el martes también doctor honoris causa por Salamanca– en la falta de previsión que a nivel oficial se ha demostrado en el asunto del Centenario de Cervantes. El hecho de que, además, coincida con el de Shakespeare hace inevitables las odiosas comparaciones y la envidia de ver cómo en otros lugares la conmemoración tiene no solo más brillo, sino la contundencia de las cosas pensadas con tiempo. Como siempre, serán los homenajes más pequeños, las iniciativas particulares –este medio se sumará con actividades para todo tipo de públicos–las que salven la cara a la oficialidad.
Personalmente desconfío de estas macro celebraciones porque, parafraseando a uno de los dos homenajeados, suelen encerrar más ruido que nueces. Y mucho más desde que la cultura se contagió del frenesí de las cifras y cada euro que invierten las instituciones públicas tiene que multiplicarse en ‘impactos’, que es como llamamos ahora a las noticias o mini noticias que aparecen en los medios y en las redes sobre cualquier evento que se precie. Impactos, visitantes, espectadores, concurrentes… Qué vértigo!
Con esto no quiero decir que no tengan sentido los actos en los que colectivamente se celebre la grandeza de su obra, pues si de ahí se deriva algún nuevo lector, el objetivo estará cumplido. Esa será su proyección de futuro, que es la verdadera sustancia del asunto.
Pero, o mucho me equivoco, o cuando se haga balance desde los organismos oficiales del éxito de la conmemoración (ahora jamás se reconoce no ya un fracaso, sino ni siquiera una grisura, con lo cual los verdaderos éxitos pierden sentido y los balances se podrían escribir con antelación), se hable de eso, de impactos y no de si la celebración ha servido para abrir nuevas líneas de investigación, o impulsar ediciones críticas etc… Sería bonito saber cuántos nuevos lectores de Cervantes nos dejará la celebración, cuánta gente se acercará por primera vez a la novela de todas las novelas animados por la fecha y sin necesidad de traducciones absurdas al lenguaje actual (a cual, por cierto ¿al insufrible en castellano de Internet?) que solo suponen el falseamiento del verdadero sentido de la obra.
Pero a mí se me ocurre otra gran celebración. Una muy difícil, lo reconozco, pero barata celebración. Sería la de poner todos nuestro granito de arena para demostrar verdadero amor por el idioma que él honró, y hablarlo y escribirlo correctamente. Sabíamos que el castellano o el español (no entro ahora en eso) estaba perdiendo la batalla de la ciencia por razones que a nadie se le ocultan, pero ahora sabemos que también está prediendo la de la publicidad, el arte, la moda, el petardeo y no digamos la de Internet y las redes sociales, donde una jerga a menudo ininteligible para cualquier no nativo digital no solo castiga al idioma de Cervantes en favor del inglés, sino que también machaca éste con términos absurdos. Es una lástima y ruboriza la insensibilidad de quienes podrían hacer algo para evitarlo, algo más que alabar en falso el genio del inventor del Quijote.
Perdonen el desahogo, Pero es que ayer mismo oí el término ‘spamear’ y aún no me he repuesto del ‘impacto’.

(Publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla, en mi columna ‘Días nublados’)

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Esas pequeñas cosas

París fue primero una música. La de un disco, ‘Sous le ciel de Paris’, que mi madre escuchaba con frecuencia cuando yo era niña. Después, cuando la ciudad se materializó para mí, aún en esa edad en la que todo tiene un sentido fundamental, fue la música que sonaba en los barcos que cruzaban el Sena. Esos valses fueron la banda sonora a la que inevitablemente dejé cosido el nombre de una ciudad a la que siempre deseo volver y en la que ahora suenan el ruido de las balas y las bombas.
Estos días no podemos evitar mirar fijamente a París, por más que la barbarie se materialice a diario en otras partes del mundo con igual injusticia. Pero suenan tan cerca las balas y suenan tan cerca de nuestros más bellos recuerdos que hay que ser fuerte para que las lágrimas no nos nublen del todo la vista.
Busco entre los asedios, las ambulancias, los rastros de sangre, las flores y las lágrimas alguna imagen de la que pueda colgar un poco de esperanza. Y la encuentro en una fotografía de una muchacha sentada en una de esas terrazas que tanto personalizan la ciudad, tomando tranquilamente (o así parece) una cerveza, toda ella un manifiesto por la vida, por la vida en la calle, por la vida en paz.
Y suena en mi mente otra canción, esta vez de Serrat, y también vinculada un tiempo de aprendizaje: ‘Aquellas pequeñas cosas’. «Uno se cree que las mató el tiempo y la ausencia/ pero su tren vendió boleto de ida y vuelta…» dice una letra que nos enseña que por encima de los grandes acontecimientos de una vida, o de los grandes acontecimientos que nos es dado contemplar en una vida, lo que de verdad nos deja señal son cosas aparentemente intrascendentes, pero que llevan pegadas rastros de piel.
A ellas me encomiendo cuando la realidad, como en estos días, me parece un asunto tan difícil de sobrellevar. Por eso hoy no miraré a París, o miraré solo a ratos. Hoy miraré a Madrid, y estrechando aún más el foco, miraré a un rincón de su maravillosa Biblioteca Nacional. Porque allí, esta tarde, alguien que decidió empeñar su vida en pequeñas locuras estará presentando la última que ha salido de su taller. Hablo de José Noriega, ese editor que lleva años empeñado en hacer de los libros de poesía una obra de arte, que es tanto como empeñarse en la redundancia.
Su último sueño se llama ‘Zapato de niebla para la poesía’ y en unas cuantas xilografías –xilografías verdaderas, con olor de madera y rastro rugoso en la piel– versos y dibujos componen un himno contra las balas. Puede parecer algo pequeño, pero detrás hay tantas horas de trabajo como las de un minucioso relojero de los de antes.
Puede parecer un empeño insignificante en un mundo en el que hasta la barbarie es contundente y se mide en cifras de vértigo, pero solo lo parece hasta pasar los dedos, como si se leyera en braille, por las hojas estampadas, por los versos delicadamente dispuestos junto a los colores. El mapa de los poetas es un plano de la paz. «Son aquellas pequeñas cosas que nos deja un tiempo de rosas», en medio del ruido de ese otro tiempo turbulento que sucede a la vez.

Publicada en micolumna ‘Días nublados’ del 19 de noviembre de 2015

(En la foto de Jacky Naegelen/Reuters un hombre pasa junto a un graffitti con la leyenda ‘París te amo’

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El día de la marmota

Todos los años (al menos desde hace cuatro) por estas fechas, les coloco una columna parecida. Ya lo siento. La vida está hecha de repeticiones. Se repiten las estaciones, las fiestas, las cosechas… lo que llamamos ‘actualidad’ es en muchas ocasiones la celebración de aniversarios, más o menos redondos, efemérides, ciclos… Desde hace unos años, al menos cuatro, cuando llega o cuando acaba de pasar la celebración de la feria del libro dejo plasmado en este rincón nublado mi perplejidad. Porque desde hace unos años, al menos desde hace cuatro, espero que esta cita literaria en declive no solo recupere el brillo perdido sino que incluso lo acreciente. Imagino que por fin las instituciones implicadas (y las desimplicadas) se caerán del caballo llegarán a un acuerdo y Valladolid volverá a tener (la tuvo, tímidamente) la Feria del Libro que se merece. Se la merece la capital de una extensa comunidad que presume de apuesta cultural y de tener al idioma como una de sus potencias económicas y culturales. Pero, a la hora de la verdad, su feria del libro podría ser la de cualquier ciudad de provincias sin demasiadas pretensiones. Dicho sea, y todos los años recalco lo mismo, con todo el respeto que me merece el trabajo de las personas que, con toda seguridad, supliendo con dedicación e ilusión la falta de medios, sacan adelante este o cualquier otro programa cultural. Y  a sus invitados.
Todos los años y esto parece el día de la marmota, me pregunto si Valladolid puede conformarse con una presunta feria del libro que en poco se diferencia de otros ciclos en los que se invita a unos cuantos escritores cercanos (aunque el adjetivo no tenga tintes peyorativos porque hay mucho valor en lo cercano, pero se espera de un acontecimiento así la oportunidad de acercar lo extraordinario, lo que no tenemos a mano habitualmente). Y digo presunta feria porque de ella están ausentes las principales librerías de la ciudad, las más activas, las que contribuyen todo el año a que el libro sea protagonista de los espacios culturales de los medios de información y de la vida de la ciudad, y del que también han huido los principales editores de Castilla y León. Hay que visitar la Feria del Libro de Madrid (esta sí, con mayúsculas) o el Liber, incluso la mexicana Feria del libro de Guadalajara…  para encontrarse con algún editor de Castilla  León de los que exportan sus productos más allá de sus pequeñas fronteras.
Y así otro año. Este, por cierto, electoral. Entre las muchas cosas pendientes que, desde el punto de vista de la cultura tienen la ciudad y la comunidad está la de plantearse una feria del libro que ponga a Valladolid, como cabecera de la comunidad, en el mapa de las ferias relevantes y eso, por mucho que el Ayuntamiento se empecine en usar la inadecuada cúpula del milenio y llenarla de casetas institucionales, pasa entre otras muchas cosas por una ubicación adecuada y un programa relevante. Mientras tanto, celebraremos con alegría el 23 de abril.

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Píldoras de mitología

MENOSCUARTO PUBLICA ‘DESPUÉS DE TROYA’, ANTOLOGÍA DEL RASTRO DE LA CULTURA CLÁSICA EN EL MICRORRELATO ESPAÑOL

 

Un libro puede ser atractivo por muchos motivos, y estos pueden verse reducidos a dos, como los mandamientos de la Santa Madre Iglesia: el tema y el autor. Dos motivos que pueden extenderse en ramificaciones como el estilo, la oportunidad, la perspectiva, la relación con sus contemporáneos… El libro que hoy protagoniza nuestra portada tiene 45 puntos de interés si nos fiamos en el segundo de los motivos explicitados. Pues 45 son los autores que reúne la antología ‘Después de Troya’, que acaba de llegar a las librerías de la mano de Menoscuarto. Y no son autores cualquiera, pues en la nómina encontramos a esos nombres que ya han alcanzado el Parnaso (por utilizar una terminología acorde al caso) como Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Federico García Lorca, Ramón Gómez de la Serna o Augusto Monterroso, junto a otros cuya calidad literaria no es ya indiscutible sino que está avalada por prestigiosos premios (José Jiménez Lozano, Margo Glantz, José María Merino, Javier Tomeo, José Emilio Pacheco, Juan Eduardo Zúñiga, Cristina Peri Rossi, Gustavo Martín Garzo, Luisa Valenzuela o Juan José Millás) sin olvidar a los que teniendo aún por delante una prometedora carrera la iniciaron con el viento a favor de sus logros (Andrés Neuman, Ángel Olgoso, Ana María Shua, Manuel Moyano…)

¿Qué une a autores de tiempos, edades y estilos tan diferentes en el libro que comentamos? El rastro de la cultura clásica en su obra, la pervivencia de los mitos y temas del origen de nuestra cultura en sus microrrelatos, pues de microrrelatos en los que la tradición greco latina pervive de forma evidente va el asunto.

El antólogo, el responsable de haber citado en apenas 230 páginas a tan selecto grupo de escritores es Antonio Serrano Cueto (Cádiz, 1965) poeta y narrador, que se estrena como antólogo en este libro. A él se debe también el interesante prólogo que enmarca la selección y sus razones. Serrano Cueto explica la fascinación que el mundo clásico pervivió en los escritores durante toda la Edad Media y llegó a su punto culminante en el Renacimiento; cómo Lope de Vega o Garcilaso deben a Teócrito y Virgilio, cómo parte de la obra de escritores dispares como Gide, Rilke o Pound no se entendería sin esa huella, o lo que los dramas de Shakespeare deben al ambiente de las obras clásicas. No olvida el paradigma de la obra cumbre de nuestra literatura. Serrano Cueto señala cómo “desde los comienzos de las literaturas romances la recuperación de esta herencia se canaliza especialmente a través de la traducción e imitación de los autores venerados y se ajusta a todos los géneros y moldes literarios”, así cuando Cervantes describe la conversación entre Don Quijote y un traductor de la lengua toscana sale a relucir esa fascinación: “Pues, con todo esto, me parece que el traducir de una lengua en otra, como no sea de las reinas de las lenguas, griega y latina, es como quien mira los tapices flamencos por el revés (Don Quijote II, 62)”.

Desmitificación

El mundo clásico se aleja de nuestros días a pasos agigantados, entre otros motivos por la torpeza y la errática condición de los planes educativos, y, sin embargo, la cultura clásica y en especial su mitología tienen aún la fuerza suficiente para atravesar la barrera de un mundo que vive de espaldas a ellos. Y esa fuerza se muestra con especial interés en la literatura. En la narrativa breve tiene además características particulares. La intertextualidad que le es propia al género aporta aspectos sorprendentes casi siempre por el lado de la ‘desmitificación’, valga la paradoja.

De todo el caudal de la literatura clásica, los relatos homéricos se llevan la palma a la hora de buscar las preferencias de los escritores contemporáneos. Pero a menudo la mirada que arroja sobre ella el autor o autora del microrrelato es paródica, “pues satiriza y subvierte dicho legado mediante el recurso de la reescritura”, advierte el antólogo.

Sin ir más lejos, Homero, el padre de la Humanidad en algunas obras artísticas, es visto por dichos autores como un escritor “melindroso”, urdidor de historias que necesitan una revisión. El humor la ironía, también señas de identidad del género, son recursos especialmente útiles para a revisión de otros mitos y leyendas como la Guerra de Troya (como en el cuento ‘La guerra interminable’, de José Jiménez Lozano), la historia de Narciso o el canto de las sirenas, también perteneciente al ciclo homérico.

Es precisamente el mito de las sirenas otro de los preferidos por los escritores presentes en la antología, a menudo estas sirenas han aceptado acomodarse a un mundo que le es ajeno y para el que no están preparadas, como en las piezas de Lilian Elphick, David Lagmanovich o Millás, en el que estos seres intentan adaptarse a las incomodidades de la urbe.

También el descenso a los infiernos, el “viaje al inframundo de Odiseo, y, sobre todo de Eneas” que tiene uno de sus mayores logros en la obra de Dante, llega hasta nuestros días lleno de inteligentes revisiones. (No olvida mencionar Serrano Cueto la interpretación de este descenso que hace Woody Allen en ‘Desmontando a Harry’, sin duda uno de los momentos más hilarantes del filme). En este caso resulta paradigmático el relato ‘El cancerbero’, de René Avilés Fabila.

El legado de Esopo y el mundo de los animales tna querido también en la narrativa breve, los monstruos tienen también su lugar de honor. En definitiv,a el Minotauro y Poseidón, Jasón y Perseo, Príamo y Tisbe, Hércules y Penélope, Perseo y la Medusa, Electra y Antífona, Andrómeda y Eurídice, Acteón y Diana se pasean por esta antología más o menos disfrazados para la función. En total, 125 pequeños cuentos, historias que se han organizado en torno a temas y protagonistas que han dado lugar a los capítulos: ‘La ruta homérica’, ‘Las pruebas del héroe’, ‘Amores insólitos’, ‘El poder de los dioses’, ‘Geografía mítica’, ‘Animalario’ y ‘Logos’. Estructura que permite al lector hacer recorridos diversos por sus páginas, ya sea en busca de sus autores favoritos o comparando el tratamiento de un mismo mito en autores diversos.

El viaje no puede ser más atractivo, sea el lector afecto a las leyendas clásicas o no. Y en este caso tampoco es desdeñable el aspecto pedagógico que, sin pretenderlo y sin que en absoluto lastre la gracia de los textos elegidos, subyace en las páginas. Como ocurre con las lecturas que nos tocan de cerca, estas páginas llevan adheridas la llamada a buscar los orígenes de tan aparentemente remotos personajes, para comprobar, como ocurre cuando estas revisiones las encontramos en otros géneros como el teatro o la pintura, que siguen hablando de nosotros, tan escasamente cambiantes a pesar de las apariencias y la tecnología.

Advierte Antonio Serrano al final de su introducción que “a la sociedad europea actual, desmemoriada y cautiva de un sinfín de cantos mendaces, hay que recordarle de vez en cuando que es hija de Grecia y Roma, y que la herencia clásica –como el legado del cristianismo y, en el caso de España, del mundo árabe– es sustrato vívido de buena parte de nuestra cultura”. Este es uno de los valores de un libro importante que sale a la calle con al discreción que caracteriza a la editorial que lo avala.

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.