El Norte de Castilla
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Categoría: Libros
Luces y sombras de una joven escritora

El segundo volumen del diario de Laura Freixas revela su pasión por llegar a ser una autora reconocida

¿Qué hace de un diario una obra narrativa lo suficientemente atractiva como para que el lector quede enganchado en ella y avance sobre sus páginas como por una novela de intriga, aunque lo que se cuente en él no sean grandes hazañas ni aparezcan personalidades de las que marcan la historia de una colectividad? ¿Basta una vida azarosa o sorprendente para que el relato pormenorizado de sus ‘acontecimientos’ dé lugar a una narración literariamente competente? La segunda pregunta es fácil de responder. No. Un diario necesita algo más que episodios relevantes para convertirse en una narración poderosa. La primera pregunta sin embargo es más difícil de contestar. Solo la experiencia nos demuestra cómo una vida aparentemente corriente puede derivar en un relato apasionante. Será cuando el autor conecte con ese fondo vital que a todos nos alienta, y a través de sus experiencias consiga que el lector considere que está hablando de él mismo, aunque sus trayectorias vitales nada tengan que ver. Cuando un diario toca esa verdad, lo de menos ya es el género, la obra se convierte en valiosa.portada-todos-llevan-mascara-web-350x537

Me hacía estas reflexiones mientras avanzaba velozmente por el segundo tomo del diario de Laura Freixas, ‘Todos llevan máscara’ que ha publicado, al igual que el anterior, el sello Errata Naturae. Freixas es una especialista en literatura diarística. Lleva años estudiando diarios ajenos, tradujo el de Virginia Woolf y en 1996 coordinó la antología de diarios españoles que apareció en el número dedicado a este género en la ‘Revista de Occidente’. En él publicó además un artículo, ‘Auge del diario ¿íntimo? en España’, en el que entre otras cosas trataba de establecer la frontera entre un dietario y un diario íntimo y en el que al final lamentaba la actitud de la mayoría de los escritores españoles que era la de “un pudor desmedido, adusto y envarado, la de un repliegue lejos del diario íntimo hacia el terreno, menos resbaladizo, del dietario, la de una huida hacia el helado Olimpo de la reflexión abstracta, la tercera persona, la especulación intemporal, el pronombre neuro”. “Corremos, así, el riesgo –concluía la autora— de desaprovechar un género literario que ofrece posibilidades inmensas”.

Como si hubiera querido aprovechar su propia lección, Laura Freixas sostiene en su diario la actitud contraria, mantiene a raya el pudor y hace gala de una gran sinceridad. En este segundo volumen, que abarca los años 1995 y 1996, Freixas no sólo avanza como escritora, sino que ese avance se refleja también en este tramo del diario, más potente y con más peso que el anterior. La escritora acaba de publicar su primera novela, su primera hija es todavía poco más que un bebé, y las relaciones con su pareja, aunque no exentas de discusiones, son satisfactorias. Pero su deseo de ser una escritora reconocida es fuente a menudo de ansiedad y, según confiesa sin rubor, de envidia hacia esos autores cuya obra sí ha alcanzado ya el aplauso general. El psicoanálisis ocupa también su espacio en estas páginas. Por otro lado, su apuesta por la literatura, que le ha hecho abandonar sus trabajos editoriales, es una apuesta arriesgada: no es fácil tener independencia económica cuando las colaboraciones no llegan o no se pagan y la falta de dinero es también una preocupación en estas páginas.

La vida de Freixas gira en torno a la literatura. Su actividad como crítica literaria le pone en contacto con sus iguales y es fuente de reflexiones. La autora de ‘Último domingo en Londres’ ha leído ese apasionante documento novelado de Elizabeth Smart que es ‘En Grand Central Station me senté y lloré’ y ha quedado fascinada por ella. De ahí su decepción cuando lee la segunda, ‘The Assumption of the Rogues and Rescals’, en la que cree que la escritora está quemada por las circunstancias de su vida y que ha perdido ese brillo generoso y arrebatado de su primera novela. Las reflexiones que deja acerca de esta lectura son suficientemente esclarecedoras de su relación con la escritura: “Mi conclusión egoísta y personal: escribir antes de que sea demasiado tarde, disfrutar de esa riqueza que bulle dentro de mí, darle salida antes de que la decepción, la sequedad, el temible aburrimiento, hagan mella en mí. Expresar, ahora que todavía –y no sé por cuántos años— la siento: esa riqueza: lo desaforado, lo misterioso, lo poético, incluso lo angustioso, que es su otra cara. Antes de que sea demasiado tarde, de que me haya vuelto demasiado adulta, de que me parezca que no hay gran cosa que temer ni que esperar”.

Estamos pues, ante un verdadero diario íntimo, valiente y sincero, cuya lectura es apta para quienes aprecien la buena escritura y sepan apreciar que un diario es en el fondo la ‘novela’ de una vida, pero que se vuelve especialmente recomendable a quienes comparten con ella la pasión por esas dos caras de una misma moneda que son la lectura y la escritura.

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Fragmentos de un diario

10 de marzo. Patio Herreriano. La Asociación Colecciona, vinculada a la feria de arte Estampa, celebra una de sus jornadas. Asisten coleccionistas, galeristas, críticos… Los coleccionistas invitados comparten sus experiencias en presencia, en la primera fila, de Juana de Aizpuru que por esos días clausura su exposición en Valladolid. Jaime Sordo, Bárbara Rueda, Marcos Martín, su hijo Rafael cuentan cómo fueron creciendo sus colecciones. El denominador común es la pasión con la que en todos los casos se fueron construyendo esas antologías artísticas de la modernidad, pasión precedida por un sentimiento anterior que es la emoción ante las obras. Emoción que casi siempre al principio es intuitiva y que a medida que esa colección toma forma y, aunque la intuición se mantenga, se va viendo acompañada por un mayor conocimiento. Sí, la emoción también se educa. Pero alrededor lo que suele haber es un gran desconocimiento hacia el arte contemporáneo y una distancia entre éste y el público. ¿Cómo puede ser de otra manera en un país en cuyo currículum escolar se desprecia a las Humanidades? Hemos llegado al punto de partida: nada es posible sin la educación.

21 de marzo. La revista ‘Turia’ presenta en Madrid su último número. Esta vez dedicado al escritor suizo Friedrich Dürrenmatt cuando se cumplen 60 años del estreno de una de sus obras más conocidas, ‘La visita de la vieja dama’. ¿Quién no ha visto alguna vez esta obra que ha conocido cientos de versiones y puestas en escena? ‘Turia’ es una de esas cosas milagrosas que a veces suceden en la Cultura. ¿Cómo sobrevive una revista que no hace concesiones a la galería, con su sobria –hasta la extenuación— maqueta, que no rebaja el nivel de exigencia en sus artículos? Treinta y cinco años dando motivos para la lectura. Provocando además la curiosidad por extender el conocimiento desde los anzuelos que tira a un mar cada vez más solitario. En esta ocasión, además de Dürrenmatt, se pasean por sus páginas Martín Caparrós y Pablo D’Ors. Pero también Sam Sephard, Lêdo Ivo o Rafael Azcona. Lo dicho, un milagro.

22 de marzo. San Sebastián rinde homenaje a la librería Lagun en su quincuagésimo aniversario. 50 años de resistencia. La fallecida Teresa Castells y su socio Ignacio Latierro aguantaron, primero, los atentados de la ultraderecha, cuando en pleno franquismo su espacio en la parte vieja de la ciudad era un grito de libertad y cultura, de conocimiento frente a la censura y la barbarie; y después, los atentados de los seguidores de Eta que una y otra vez rompáin los cristales y rociaban con pintura los libros.  El atentado sufrido por el marido de Teresa el dirigente socialista José Ramón Recalde fue detonante de una mudanza a un lugar más tranquilo de la ciudad, desde donde siguieron siendo espacio para el pensamiento frente a la sinrazón de la violencia. La librería sigue con Latierro al frente. Libros igual a esperanza. Por muchos años.

 

(Columna publicada el 5 de abril de 2018 en la sección ‘Días Nublados’ de la edición impresa de El Norte de Castilla)

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Pequeño álbum fotográfico de Patricia Highsmith

A PROPÓSITO DE LA EDICIÓN DE SUS ‘RELATOS’ POR EL SELLO ANAGRAMA

 

Siempre me ha sorprendido –y producido un cierto rechazo, confieso— la expresión de dureza que transmite el rostro de Patricia Highsmith en la etapa de madurez de su vida. Las fotografías más difundidas de la escritora pertenecen a la década de los ochenta, cuando era ya una celebridad literaria, cuando Mr. Ripley, su personaje más popular, el amoral estafador y ocasional asesino había tomado ya la fisonomía del apuesto Alain Delon o del duro y carismático Dennis Hopper en sus adaptaciones a la gran pantalla. En una de esas fotografías, de 1988, la escritora icono de la novela negra del siglo XX muestra el rostro con el que prácticamente llegará al final de sus días: una media melena mal cortada con flequillo ladeado, estilo colegiala, contrasta con la dureza e implacabilidad de su mirada y la mueca de desprecio que desprende su boca. Tantos años de mirar al mal de frente en sus novelas y cuentos, haber estudiado el rostro de seres que bajo la apariencia de normalidad escondían un asesino en potencia, parecía haber hecho mella en su cara. ¿El mundo le parecía ese lugar inhóspito y despreciable que transmite su forma de mirarlo? Preguntas para un psicoanalista o para ella misma que adoptó esta posición en muchos de sus relatos pero que nunca dio suficientes pistas acerca de sí en las escasas entrevistas que concedió. Una buena colección de su narrativa breve sale a la luz ahora de la mano de Anagrama que ha recopilado en un volumen cinco de sus más celebrados libros de cuentos: ‘Once’, ‘Pequeños cuentos misóginos’, ‘Crímenes bestiales’, ‘A merced del viento’ y ‘La casa negra’.patricia-highsmith-foto

Pero el rostro de la autora de ‘El talento de Mr. Ripley’ también fue joven y de una rara belleza. En las imágenes de su primera juventud no hay huellas aparentes de una niñez marcada por las malas relaciones con su madre, quien no dudó en informarle de que había sido concebida por accidente, y del hecho de no haber conocido a su padre por el temprano divorcio de sus progenitores. La literatura suele ser el refugio de los niños solitarios y también en este caso se cumplió la norma. Y así fue para el resto de su solitaria vida lo que le valió que a menudo calificativos como misógina y misántropa aparezcan pegados a la información sobre sus obras. Prefería la soledad en la que germinaban sus historias, eso parece un hecho comprobable, y lo cierto es que, fruto o no de esa obsesión por la escritura, sus relaciones más íntimas fueron siempre cortas. Suiza fue el refugio que eligió para escribir sin ser molestada esta mujer que había nacido en Texas en 1921 pero que se crio en Nueva York, ciudad que nunca desapareció de sus relatos.

Nada de una vida entregada a la solitaria misión de relatarnos el mal, plagada de otros avatares como el alcoholismo que le acompañó también durante una gran parte de su biografía, aparece en esas fotografías de una Highsmith veinteañera o en el comienzo de la treintena de mirada casi soñadora. Pero incluso en estas atractivas instantáneas, ya parece advertirnos con una pizca de ironía en su sonrisa y otra de intención en los ojos de que las apariencias engañan. Fue ella quien mejor nos enseñó que no siempre el mal y la locura tienen el aspecto de indeseables delincuentes o inquietantes perturbados. ¿Acaso no era agradable la señora Afton, la pacífica y gordita señora Afton que da nombre a uno de sus extraordinarios relatos de ‘Once’? ¿Acaso no son extraordinariamente amables los amigos neoyorkinos de ‘La Red’ (en ‘A merced del viento)?  Y, sin embargo, ¿no tememos todo el tiempo que tras su asfixiante deseo de ayudar se esconda, si no una mala intención, un comportamiento insano que dé lugar a una catástrofe?portada-highsmith

Por cierto, que en este relato se cumple de forma magistral la visión que otro grande como Graham Greene tenía de su literatura y que se recoge en el prólogo a esta reciente edición de sus relatos: “Highsmith –dice Greene— es una poeta de la aprensión más que del miedo. Al cabo de un tiempo, como aprendimos todos durante el Blitz, el miedo es narcótico, puede causar que uno se duerma de cansancio, pero la aprensión carcome los nervios suave e ineludiblemente”.

MISTERIOS

Pero ¿a qué viene tanta insistencia con las fotografías de una de las escritoras que más veces ha sido adaptada al cine? ¿Por qué usurpar el oficio de analista de la mente humana que tantas veces ejerció desde su literatura desplegándolo página a página y sin dejar que sus desquiciados protagonistas desvelaran antes de tiempo sus intenciones? En parte al acierto, casual para este fin o no, de la fotografía que la editorial ha elegido para la portada de este volumen de relatos, por cierto, también muy conocida. En ella la escritora, todavía joven, sostiene en brazos a uno de sus adorados gatos, sin duda una compañía que prefirió a la de sus congéneres. Ella no mira a cámara. Sus ojos se desvían hacia su izquierda quién sabe si detenidos en alguna persona que el fotógrafo no recogió o ‘vislumbrando’ algún potencial personaje de sus historias. El que mira de frente es el gato y eso sí que parece una amenaza. El gato, en primer plano, como la barrera que ella siempre estableció frente al mundo. El gato asumiendo toda esa carga de misterio que los humanos atribuyeron a su especie y que rodeó a la escritora. Todo el que ha convivido con un felino presuntamente doméstico sabe que en el fondo nunca se puede estar seguro de sus intenciones. Exactamente igual que con los aparentemente inocentes protagonistas de sus obras. A veces, muchachas solitarias que solo buscan un lugar agradable y anodino desde el que mirar el mundo con confianza, aunque al final tengan que sacar la botella de cloroformo y utilizarla de forma espuria para conseguir su objetivo, como le sucede a Geraldine, la protagonista de ‘Cuando la flota estuvo en Mobile’. No, a veces el mal se disfraza de buenas intenciones incluso para sus sorprendidos portadores que solo quieren demostrarle al mundo lo mejor de que son capaces, como le ocurre a Lucille, ‘La heroína’. (También, como el anterior, en ‘Once’).

Cualquier excusa es buena para volver sobre la obra de Highsmith. Recientemente el cine nos recordó lo extraordinario de su literatura con la versión de ‘Carol’, aunque para muchos pasara desapercibido que el filme de Todd Haynes que protagonizaron Cate Blanchett y Rooney Mara y que obtuvo varias nominaciones a los Oscars estaba la novela ‘El precio de la sal’, que Highsmith publicó en 1952 escondiéndose tras el seudónimo Claire Morgan para esconder asimismo su propia homosexualidad. La autora la recuperó treinta años después publicándola con el título de ‘Carol’ y desvelando en el prólogo el porqué del seudónimo inicial.

Ahora es esta nueva edición de los relatos la que nos invita a volver sobre su extraordinaria capacidad de contar.

SI BREVE…

Todo escritor tiene en la brevedad un buen parámetro en el que medirse. Puede que para muchos esta afirmación resulte excesiva pero aquí está uno de los exámenes que prueban la capacidad de un narrador. Patricia Highsmith ha pasado a la historia como la ‘madre’ de Mr. Ripley, como la autora original de ‘Extraños en un tren’ que inmortalizara Hitchcock con el poder del cine, es decir, por sus novelas, pero en mi opinión lo mejor de su literatura está contenido en sus cuentos, absoluta escuela para cultivadores del género y no solo aquellos más afectos al color negro del relato policiaco o el gris del thriller psicológico.

La colección que acaba de publicar Anagrama incluye sus famosos ‘Cuentos misóginos’ donde la brevedad los acerca a los microrrelatos. En apenas una página y media, la autora de ‘La casa negra’ mantiene la tensión, nos dibuja un personaje, nos informa de sus intenciones y nos suelta un bofetón en el rostro para que no nos durmamos en nuestras convicciones.

Pero, aun reconociendo su valor, me quedo con esos relatos un poco más extensos poblados por grupos de seres unidos por su propia extrañeza y en los que brilla la maestría de reflejar en unas pocas líneas personalidades distintas que confluyen en lo más oscuro y banal de la existencia como en ‘Nunca fue uno de los nuestros’.

Vuelvo a mirar sus fotografías, esa mirada que nos interpela como si fuéramos culpables de algo indefinido, como si nos quisiera meter en una de sus inquietantes historias… Y no me quedo tranquila.

 

(Artículo publicado en ‘La sombra del ciprés’ de El Norte de Castilla el 24 de marzo de 2018)

 

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Cultura, nada más

Hay proyectos culturales que me devuelven la confianza en los proyectos culturales. Por muchas razones. Por ejemplo, porque saben crecer sin perder pie, sin olvidar sus objetivos, sin desvirtuarse. Lo que no quita para que puedan evolucionar, desarrollarse, en definitiva, crecer sin morir de éxito.
Pensaba en ello recientemente, en la fiesta de aniversario de la editorial La Uña Rota. Veinte años. Quién iba a decir entonces, cuando surgió como una modesta locura de cuatro amigos locos por los libros y el teatro que veinte años después no solo estaría viva sino creciendo, ocupando un lugar respetado entre las editoriales ‘diferentes’, ente las editoriales sin más. La Uña Rota encontró su sitio y los cuatro amigos que la impulsaron desde la periferia de Madrid (para añadir más dificultades, más rarezas, el proyecto partía de Segovia) no solo siguen compaginando esta labor editorial que les apasiona con los trabajos que les dan de comer, sino que ¡siguen siendo amigos! Rodrigo González, Mario Pedrazuela, Arcadio Mardomingo y Carlos Rod continúan al frente del artefacto. Juntos han conseguido un catálogo en el que figuran nombres como Angélica Liddell (atención, está a punto de salir de imprenta el último texto de la dramaturga), Juan Mayorga (a quien, entre otros títulos, publicaron su obra reunida), Rodrigo García (la edición de sus ‘Cenizas escogidas’ fue uno de los hitos del sello…) Esto por la parte teatral, pero también Herman Melville, Antonio Valdecantos, Joseph Conrad, Graham Green… siempre buscando textos con ese punto de rareza, de originalidad que conforma su personalidad. Una de sus más atractivas colecciones es la llamada Libros inútiles, donde te puedes topar con Samuel Beckett o Kenneth Goldsmith y donde el adjetivo inclasificable sería el único que podría clasificarlos.
Pero hay más locos en el mundo de la cultura, no todo va a ser precariedad intelectual o de la otra. Y cuando no se me había quitado el buen sabor de boca de la fiesta de aniversario de La Uña Rota, asisto a otra celebración que te hace creer en el futuro de la lectura. Esta vez los anfitriones eran el equipo de Páginas de Espuma, el sello editorial que desde 1999 está empeñado en elevar a la primera línea de la relevancia literaria al género del cuento. También recuerdo como si fuera hoy cuando Juan Casamayor me contó el proyecto de publicar los cuentos completos de Anton Chéjov, una aventura con la suficientes dosis de locura y riesgo para una editorial ‘independiente’. Hoy varios años (tres si contamos desde la publicación del primer tomo, más si tenemos en cuenta cuándo empezó a gestarse el proyecto) y aún más de cuatro mil páginas después, los seiscientos cuentos que hoy por hoy se pueden considerar todos los que escribió el autor ruso están en una edición en cuatro volúmenes que aportan no solo nuevas traducciones (de algunos cuentos las primeras que ven la luz en nuestro idioma) sino una visión global de su obra, de cómo la fue construyendo y cómo evolucionaba el autor con respecto a su trayectoria.
Y todo ello gracias a la labor de Paul Viejo, traductor y alma mater del proyecto, cuya pasión por la criatura te devuelve la confianza, insisto, en las empresas culturales de verdad. Porque de eso hablamos, de cultura. Nada más. Y nada menos.

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Honrar a Cervantes

Siento mucho tener que estar de acuerdo con el director del Instituto Cervantes, Víctor García de la Concha –desde el martes también doctor honoris causa por Salamanca– en la falta de previsión que a nivel oficial se ha demostrado en el asunto del Centenario de Cervantes. El hecho de que, además, coincida con el de Shakespeare hace inevitables las odiosas comparaciones y la envidia de ver cómo en otros lugares la conmemoración tiene no solo más brillo, sino la contundencia de las cosas pensadas con tiempo. Como siempre, serán los homenajes más pequeños, las iniciativas particulares –este medio se sumará con actividades para todo tipo de públicos–las que salven la cara a la oficialidad.
Personalmente desconfío de estas macro celebraciones porque, parafraseando a uno de los dos homenajeados, suelen encerrar más ruido que nueces. Y mucho más desde que la cultura se contagió del frenesí de las cifras y cada euro que invierten las instituciones públicas tiene que multiplicarse en ‘impactos’, que es como llamamos ahora a las noticias o mini noticias que aparecen en los medios y en las redes sobre cualquier evento que se precie. Impactos, visitantes, espectadores, concurrentes… Qué vértigo!
Con esto no quiero decir que no tengan sentido los actos en los que colectivamente se celebre la grandeza de su obra, pues si de ahí se deriva algún nuevo lector, el objetivo estará cumplido. Esa será su proyección de futuro, que es la verdadera sustancia del asunto.
Pero, o mucho me equivoco, o cuando se haga balance desde los organismos oficiales del éxito de la conmemoración (ahora jamás se reconoce no ya un fracaso, sino ni siquiera una grisura, con lo cual los verdaderos éxitos pierden sentido y los balances se podrían escribir con antelación), se hable de eso, de impactos y no de si la celebración ha servido para abrir nuevas líneas de investigación, o impulsar ediciones críticas etc… Sería bonito saber cuántos nuevos lectores de Cervantes nos dejará la celebración, cuánta gente se acercará por primera vez a la novela de todas las novelas animados por la fecha y sin necesidad de traducciones absurdas al lenguaje actual (a cual, por cierto ¿al insufrible en castellano de Internet?) que solo suponen el falseamiento del verdadero sentido de la obra.
Pero a mí se me ocurre otra gran celebración. Una muy difícil, lo reconozco, pero barata celebración. Sería la de poner todos nuestro granito de arena para demostrar verdadero amor por el idioma que él honró, y hablarlo y escribirlo correctamente. Sabíamos que el castellano o el español (no entro ahora en eso) estaba perdiendo la batalla de la ciencia por razones que a nadie se le ocultan, pero ahora sabemos que también está prediendo la de la publicidad, el arte, la moda, el petardeo y no digamos la de Internet y las redes sociales, donde una jerga a menudo ininteligible para cualquier no nativo digital no solo castiga al idioma de Cervantes en favor del inglés, sino que también machaca éste con términos absurdos. Es una lástima y ruboriza la insensibilidad de quienes podrían hacer algo para evitarlo, algo más que alabar en falso el genio del inventor del Quijote.
Perdonen el desahogo, Pero es que ayer mismo oí el término ‘spamear’ y aún no me he repuesto del ‘impacto’.

(Publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla, en mi columna ‘Días nublados’)

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El día de la marmota

Todos los años (al menos desde hace cuatro) por estas fechas, les coloco una columna parecida. Ya lo siento. La vida está hecha de repeticiones. Se repiten las estaciones, las fiestas, las cosechas… lo que llamamos ‘actualidad’ es en muchas ocasiones la celebración de aniversarios, más o menos redondos, efemérides, ciclos… Desde hace unos años, al menos cuatro, cuando llega o cuando acaba de pasar la celebración de la feria del libro dejo plasmado en este rincón nublado mi perplejidad. Porque desde hace unos años, al menos desde hace cuatro, espero que esta cita literaria en declive no solo recupere el brillo perdido sino que incluso lo acreciente. Imagino que por fin las instituciones implicadas (y las desimplicadas) se caerán del caballo llegarán a un acuerdo y Valladolid volverá a tener (la tuvo, tímidamente) la Feria del Libro que se merece. Se la merece la capital de una extensa comunidad que presume de apuesta cultural y de tener al idioma como una de sus potencias económicas y culturales. Pero, a la hora de la verdad, su feria del libro podría ser la de cualquier ciudad de provincias sin demasiadas pretensiones. Dicho sea, y todos los años recalco lo mismo, con todo el respeto que me merece el trabajo de las personas que, con toda seguridad, supliendo con dedicación e ilusión la falta de medios, sacan adelante este o cualquier otro programa cultural. Y  a sus invitados.
Todos los años y esto parece el día de la marmota, me pregunto si Valladolid puede conformarse con una presunta feria del libro que en poco se diferencia de otros ciclos en los que se invita a unos cuantos escritores cercanos (aunque el adjetivo no tenga tintes peyorativos porque hay mucho valor en lo cercano, pero se espera de un acontecimiento así la oportunidad de acercar lo extraordinario, lo que no tenemos a mano habitualmente). Y digo presunta feria porque de ella están ausentes las principales librerías de la ciudad, las más activas, las que contribuyen todo el año a que el libro sea protagonista de los espacios culturales de los medios de información y de la vida de la ciudad, y del que también han huido los principales editores de Castilla y León. Hay que visitar la Feria del Libro de Madrid (esta sí, con mayúsculas) o el Liber, incluso la mexicana Feria del libro de Guadalajara…  para encontrarse con algún editor de Castilla  León de los que exportan sus productos más allá de sus pequeñas fronteras.
Y así otro año. Este, por cierto, electoral. Entre las muchas cosas pendientes que, desde el punto de vista de la cultura tienen la ciudad y la comunidad está la de plantearse una feria del libro que ponga a Valladolid, como cabecera de la comunidad, en el mapa de las ferias relevantes y eso, por mucho que el Ayuntamiento se empecine en usar la inadecuada cúpula del milenio y llenarla de casetas institucionales, pasa entre otras muchas cosas por una ubicación adecuada y un programa relevante. Mientras tanto, celebraremos con alegría el 23 de abril.

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.