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Categoría: igualdad
Adriana Bustos, historia y compromiso

EL MUSAC ACOGE LA PRMERA EXPOSICIÓN INDIVIDUAL EN ESPAÑA DE LA ARTISTA ARGENTINA

Cada una de las series que conforman la exposición ‘Prosa del Observatorio’, primera individual en España de la argentina Adriana Bustos (1967), merecería una visita reposada, pues debajo de cada elemento que las componen hay un trabajo de investigación, documentación, análisis y planteamiento que es difí­cil de captar en un recorrido apresurado. Con todo, los distintos capí­tulos de la muestra, correspondientes a tres series diferentes en una trayectoria muy cohesionada, componen un todo perfectamente coherente y dan idea cabal de las preocupaciones de esta artista que se sirve de técnicas de documentación y de la investigación histórica y en ciencias sociales para reflexionar sobre opresiones sociales, polí­ticas y religiosas en distintos periodos históricos, pero en particular para relacionar hechos acaecidos tanto en  España como América Latina y en sus interrelaciones desde la época colonial hasta nuestros días.

Ya en el título ‘Prosa del observatorio’ subyace este afán por relacionar hechos aparentemente inconexos en los que encuentra filiaciones inesperadas. Está tomado de la obra homónima de Julio Cortázar en la que el escritor argentino establece paralelismos entre la migración de las anguilas por los ríos europeos y las observaciones nocturnas del maharajá Jai Singh creador en el siglo XVIII de observatorios astronómicos en Jaipur y Delhi. En ‘Antropologí­a de la mula’ la primera de las series de la exposición, Adriana Bustos traza un paralelismo entre las rutas comerciales de la época colonial y las del narcotráfico en América Latina, y reflexiona sobre el tráfico de personas y cosas como elemento sustancial de las dinámicas de explotación, producción y comercialización desde las colonias hasta nuestros días.adriana-bustos_antropomorfia-del-sistema_2016

El origen de esta serie de trabajos en los que Bustos mezcla el dibujo (una técnica que domina a la perfección) con el vídeo y la fotografí­a, fue comprobar cómo la crisis argentina y la búsqueda de trabajos precarios habían llevado a la proliferación de mulos dedicados a la recogida de cartòn en la ciudad de Córdoba (Argentina), hecho que coincidía en el tiempo con el escándalo en el que se vio envuelta la empresa aérea Southern Wings en 2005 por el transporte de droga en valija diplomática. La artista dibuja sus personales ‘mapas’ en los que mezcla las rutas que siguieron las mulas en la época colonial desde Córdoba al Potosí­ para la explotación de los minerales preciosos, con las de las ‘mulas’ (término con el que se conocen en el argot del narcotráfico a las personas, mujeres en muchas ocasiones, que transportan la droga clandestinamente) actuales. Especialmente significativo dentro de este capí­tulo es la serie ‘Ilusiones’. Bustos entrevistó a varias mujeres que cumplían condena por narcotráfico en la prisión cordobesa de Brouwer: Fátima, Anabella, Leonor, el último escalón del negocio del tráfico de drogas, también el más vulnerable. La artista las fotografía de espaldas y las sitúa en un escenario ilusorio que representan los sueños por los que se enrolaron en el negocio. Una peluquerí­a, un quirófano, un paisaje selvático, entornos inalcanzables en vidas truncadas. Al lado de cada una de ellas, fotografía a la mula real en el mismo escenario.adriana-bustos_retrato_cortesia-de-la-artistade la artista, ‘El retorno de lo reprimido’, en el que documenta el tráfico de esclavos procedentes en su mayoría del África Subsahariana a través del Atlántico desde el siglo XVI hasta el XIX. E investiga en un hecho poco conocido: los cien mil ciento once esclavos negros introducidos por los españoles en Cuba en un periodo reducido de tiempo, entre 1816 y 1819. Setenta y siete expediciones partieron de La Coruña, según las investigaciones realizadas por la artista, con el fin de abastecer a los hacendados de mano de obra antes de la definitiva prohibición del comercio negrero cuya fecha lí­mite era 1820. El racismo, el tráfico de personas, la explotación están presentes en estas obras donde el habitual aspecto crí­tico del trabajo de Adriana Bustos es aún más patente si cabe.

Capí­tulo aparte merece la serie central de la exposición, ‘¿Quién dice qué a quién?’, una aportación original sobre la censura y sobre cómo la historia se repite en un aparentemente imparable bucle. De nuevo, las dotes de dibujante de Bustos al servicio de una reflexión sobre los libros prohibidos, el control de la información por parte de las dictaduras históricas, el arte como propaganda de regímenes ilegí­timos. La visión paralela de un fragmento del documental ‘Olympia’, dirigido por Leni Riefensthal en pleno auge del nazismo sobre los Juegos Olí­mpicos de Berlí­n de 1936 y de un fragmento filmado del Mundial de Fútbol celebrado en Argentina en plena dictadura militar pone de manifiesto, para la artista, “los modelos de propaganda fascista de ambos periodos y la similitud de sus estructuras formales y estéticas”.

Viendo la obra de Adriana Bustos se podrí­a hablar de un nuevo concepto de ‘arte aplicado’. Aquel en el que las cualidades técnicas y expresivas, la pulcritud formal y la exhaustividad documental están de forma evidente o más clara que en otros casos al servicio de una reflexión política sobre la sociedad en la que vivimos, de una visión crí­tica del mundo y de una manera creativa de preguntarnos sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro.

 

Fotos:

  1. ‘Antropomorfia del sistema’, obra de Adriana Bustos en el Musac
  2. La artista argentina Adriana Bustos. (Cortesía de la artista)

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Francesa Woodman, por sí misma

Una exposición en el Patio Herreriano muestra la radicalidad  y originalidad de la fotógrafa norteamericana

 

Para apreciar las fotografías de Francesca Woodman (Denver, Colorado, 1958-Nueva York, 1981) hay que acercarse mucho a ellas. Física y mentalmente. Lo primero es cuestión de tamaño: sus fotografías son todas de pequeño formato y están llenas de detalles que se escapan no solo en la distancia sino en una mirada superficial. Lo segundo requiere una mayor explicación: sobre el significado de sus imágenes, misteriosas, oscuras, dotadas de una a veces inexplicable belleza  se ha especulado mucho. Están hechas por una mujer muy joven, que se suicidó a los 22 años, que dejó unas 800 fotografías y poco testimonios escritos sobre su arte.

Uno de los aciertos de la exposición que estos días ofrece el Patio Herreriano en Valladolid es advertir al espectador de que intente no mirar estas obras a la luz de la biografía de su autora y de su trágico final. Porque aunque es fácil vincular la soledad, incluso el dolor soterrado que transmiten algunas de las imágenes que forman parte de la exposición y, en general, de su legado, a lo que sabemos de su depresión y de su final lo cierto es que si no se supiera el dato de cómo decidió abandonar este mundo, sería más fácil analizarlas en toda su complejidad, abordando los muchos caminos que propone la artista.

Woodman se fotografió de forma obsesiva a lo largo de su corta carrera. El cuerpo femenino es asunto capital en su obra y el suyo era el que estaba siempre disponible. El cuerpo que no el rostro, que a menudo tapaba, difuminaba o escondía sobre todo en las imágenes en que aparece desnuda. La interpretación feminista de su trabajo ha sido motivo de debate. Hay quienes conectan sus planteamientos con los movimientos feministas de los setenta, pero también quien afirma que no existía la menor relación en su trabajo con cuestiones de género. Con todo, es difícil no hallar elementos reivindicativos en esas imágenes en las que la mujer desnuda no tiene rostro, que a menudo aparece vestida o desnuda en un lugar incómodo (¿incómodo o inestable como la situación de la mujer en la sociedad de su tiempo?), sucio, en las esquinas de habitaciones vacías, o en situaciones inquietantes. ‘Noviembre ha sido un barroco ligeramente incómodo’ es uno de sus misteriosos títulos en sus igualmente misteriosas composiciones. Imposible no hacer interpretaciones de género en un planteamiento que rompe con muchos estereotipos sobre la mirada al cuerpo femenino y que lo hace como en otras artistas de características opuestas pero que partieron de la misma autorreferencialidad (el caso de los autorretratos de Frida Kahlo, sin ir más lejos) desde la afirmación del yo. Aunque en su caso, haya un juego de exposición y ocultación en el mismo acto fotográfico.

Otros dos elementos tienen una especial significación en sus fotografías, por un lado las manos, como una seña de identidad, y, por otro, los espejos que establecen diálogos, consigo misma o con la imagen que de la mujer se forman los hombres: ‘Nadie puede verme como me veo yo’ o ‘Una mujer es un espejo para un hombre’ son otros dos de sus escasos títulos.

Drama

Lo que es innegable es el carácter dramático de sus exposiciones. Woodman ‘construía’ espacios inquietantes, oscuros, decadentes, en algún sentido, góticos. Una puesta en escena que le acerca a un arte conceptual y que la situaría en la vanguardia de este movimiento y que la conectarían con otras artistas que como la española Esther Ferrer, han hecho de su cuerpo un discurso fotográfico, aunque en este caso el planteamiento feminista es innegable. También son evidentes en la obra de Woodman las huellas del surrealismo. La poderosa serie ‘Sobre ser un ángel’ tiene fotografías que remiten a obras como ‘Ser andrógino’ de Remedios Varo.

Fotografías cuyo mejor destino es un libro, como vehículo para su mejor ‘degustación’. Ella era consciente e intentó que alguna editorial corriera el riesgo pero apenas consiguió una publicación en vida, y es una carencia que aún no ha sido suficientemente satisfecha. La exposición del Patio Herreriano merece más de una visita. Y sí, hay que hacer caso de la advertencia inicial. En este caso el suicidio solo nos hace preguntarnos cómo hubiera evolucionado la obra de una  artista con un mundo tan original y con tantas cosas que decir.

 

Artículo publicado en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La Sombra del Ciprés, el sábado 18 de marzo de 2017.

Las fotografías que lo acompañan pertenecen a la muestra del Patio Herreriano

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Cifras

Solemos admitir que las cifras son frías como témpanos. Y en cierta forma es verdad. No consigo emocionarme con los resultados de la bolsa, y si alguna emoción me amenaza cuando los índices del Ibex 35 y demás aparecen en mi horizonte informativo, suele ser el enfado (léase cabreo) pues normalmente surgen en algún contexto del que es imposible sustraer el hecho de que las cosas no van tan bien como nos venden (o intentan) nuestros gobernantes.
Las cifras son frías y en periodismo lo sabemos bien. Cuando una catástrofe natural satura los titulares con dígitos imposibles, por muy espeluznante que sea el número de muertos o damnificados, no hay nada como ponerles nombre, cara, una breve historia, para que la frialdad mute en congoja y sea imposible no sentir empatía.
Pero hay cifras que no necesitan ni nombres ni contexto para ser espeluznantes. Y recientemente las noticias nos las dejan encima de la mesa, sepultadas estos días por el run run político, las puntuales reseñas de pactos y cambios en las instituciones, las tomas de posesión, las crisis que no son, el me voy pero poco y demás acontecimientos.
Por eso, para que no se olviden en ese torrente de información, rescato algunas de estos días:

Más de 29.000 mujeres fueron víctimas de violencia machista en el primer trimestre de 2015. Repitan conmigo hoy que aún está caliente el cadáver de la última víctima: ‘Más de 29.000’. Hablamos de España y de un trimestre. De un país moderno que ayer celebraba el 30 aniversario de su incorporación a la UE, de un país democrático, desarrollado… 29.000 mujeres sometidas a algún episodio violento, físico o psíquico, a algún acto vejatorio por el hecho de ser mujeres. Y los datos son del Observatorio Judicial contra la Violencia Doméstica y de Género. ¿Qué es lo que está fallando?
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Uno de cada cinco españoles vive por debajo del umbral de la pobreza. Uno de cada cinco. El asunto empeora a medida que baja la edad del ciudadano. Más de uno de cada cuatro niños residentes en España está en riesgo de pobreza según los datos de la Encuesta de Condiciones de Vida, difundida por el Instituto Nacional de Estadística. Uno de cada cuatro niños. Según Unicef, en 2013 vivían en España por debajo de ese umbral 2.306.000 niños. ¿Qué estamos haciendo mal?
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El número de ricos crece el 40% en España desde 2008, es decir, desde que empezó la crisis económica. Solo en el año 2014 el número de personas con altos patrimonios subió el 10% hasta situarse en 178.000. En este caso la fuente es un estudio de Capgemini y el Royal Bank de Canadá que considera ricas a las personas que tienen un millón de dólares sin contar el valor de la vivienda y los bienes consumibles. En su informe anual sobre la riqueza en el mundo alerta del aumento de la brecha entre ricos y pobres en España. ¿Qué estamos dejando a nuestros gobernantes que hagan mal?
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Hay cifras que valen más que mil palabras, y que mil imágenes, porque son un disparo a nuestra tranquilidad. Hay cifras que deberían enmudecer cualquier discurso que no fuera ponerse manos a la obra en la dirección correcta.

 

(Publicada en mi columna ‘Días nublados’ en la edición de papel de El Norte de Castilla)

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Mirada de mujer

“Yo, cuando publico un libro, rezo, no para tener críticas positivas, sino para tener críticas serias, como las hacen cuando hablan de los escritores». Lo dijo en 2002, en un viaje a Valladolid para participar en unas jornadas sobre la obra de Miguel Delibes. Llevaba toda una vida dedicada a la literatura como editora, el oficio que heredó de su padre, pero hacía muchos años, desde aquel lejano ‘El mismo mar de todos los veranos’, que había cruzado la frontera. Desde 1978 fecha de esa primera novela hasta el día de esas declaraciones, la literatura escrita por mujeres se había multiplicado exponencialmente.  «Ahora hay muchas mujeres que escriben, y que venden mucho, y que ganan premios. Pero no nos engañemos. Los críticos siguen sin tomarse en serio la literatura escrita por mujeres». Esa mirada femenina sobre un mundo regido por hombres no la abandonó nunca, como demuestra su libro ‘Prefiero ser mujer’, en el que recopilaba los artículos que

publicó en los años 70 y 80 en la revista ‘Destino’ y en el periódico ‘La Vanguardia’.

Aquella tarde de febrero en Valladolid habló sobre Menchu, la protagonista de ‘Cinco horas con Mario’, de Miguel Delibes, un personaje que ella veía no ya como una mujer reaccionaria o ignorante, sino –lo que para ella era más significativo– como «una mujer carente de ternura».
Conocía bien la obra de Delibes, con el que mantuvo una relación de amistad. Al comienzo de la década de los sesenta le encargó un libro para una colección que aunaba la obra de escritores destacados con destacados fotógrafos. El fotógrafo elegido fue Oriol Maspons, y de la colaboración de los tres surgió ‘La caza de la perdiz roja’ y de los viajes por los campos castellanos para su realización deja constancia la fotografía que precede a este artículo.
Su vínculo con Delibes se mantuvo. Cuando dejó la dirección de Lumen y creó junto a su hija Milena el sello editorial RqueR, enseguida quiso tener al autor de ‘El hereje’ en su catálogo. Y de ese deseo surgió ‘Tres pájaros de cuenta y tres cuentos olvidados’, que junto a los cuentos aparecidos en ‘Tres pájaros de cuenta’, incluía tres relatos que andaban dispersos en revistas.
Pero volvamos a esa tarde de 2002 en la que Tusquets habló de Menchu, pero también de Molly Bloom, y dejó claras sus preferencias por Mario ante un auditorio entregado. Por entonces se estaba planteando dejar de escribir porque, decía, «solo hay que escribir esos libros que están muy justificados para uno mismo». Afortunadamente no cumplió la amenaza y debió de encontrar otras justificaciones pues aún estaban por llegar títulos como ‘Confesiones de una editora poco mentirosa’ y ‘Confesiones de una dama indigna’, por citar solo los autobiográficos.
Curiosamente una de sus últimas publicaciones también la ligaba a esta tierra. La editorial Menoscuarto reunió en 2009 toda su narrativa breve en un volumen titulado ‘Carta al a madre y cuentos completos’, que incluía cinco cuentos que la autora nunca había recogido en un libro. En total, 21 relatos, 450 páginas al cuidado del crítico Fernando Vals, para quien estos textos podrían entenderse «como un alegato a favor de la libertad y de la naturalidad de la conducta humana, frente a las dificultades padecidas por el hecho de aspirar a comportarse y vivir como se desea; en suma, una defensa de la felicidad, tema este cuya omnipresencia en la literatura española resulta más que significativa, como se percibe en la obra de García Lorca y Cernuda».
El director de la editorial, José Ángel Zapatero, se refería ayer a la autora como «una mujer adelantada a su tiempo, una editora ejemplar y una excelente escritora». Y lo hacía en un tiempo «especialmente triste» para el sello palentino, que acaba de perder a Carlos Pujol, uno de sus autores más queridos.

Publicado en la edición impresa de El Norte de Castilla el 24 de julio de 2012

La fotografía de Esther Tusquets en Valladolid es de Henar Sastre

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Las genealogías del arte feminista español, en el Musac

Un total de 80 artistas de distintas generaciones, tendencias y lenguajes artísticos, con el denominador común de que sus obras abordan, también desde puntos de vista diferentes, el papel de la mujer en la sociedad actual y los discursos de género. Este es el contenido de la muestra ‘Genealogías feministas en el arte español’ que hasta el 6 de enero del año próximo estará abierta en el Museo de Arte Contemporáneo de León (Musac). La exposición, comisariada por Juan Vicente Aliaga y Patricia Mayayo tiene como objetivo la relectura de la historia del arte reciente de nuestro país desde otros puntos de vista.
Se parte de una carencia. Los comisarios consideran que «el legado de los feminismos ha sido infravalorado no solo en la historiografía más tradicional, sino también en muchos de los relatos sobre la creación artística en España que se dicen más rupturistas o renovadores». La exposición trata por tanto de restaurar la memoria borrada de los saberes, prácticas y genealogías feministas en España y por otro lado hacer visible la obra de artistas, sobre todo mujeres, injustamente desdeñadas u olvidadas.

El origen último del proyecto podría situarse en un artículo escrito por uno de los comisarios, Juan Vicente Aliaga, en la ‘Revista de Occidente’ en febrero de 2004. En él subrayaba la escasísima atención que han recibido las prácticas artísticas feministas en la historiografía del arte español. Desde entonces se han sucedido algunos intentos de fijar el tema desde el punto de vista teórico y han surgido, aunque escasos, algunos estudios. Uno de ellos, el firmado por Carmen Navarrete, María Ruido y Fefa Vila, fechado un año después del artículo de Aliaga, situaba el inicio de la década de los 90 del siglo pasado como el momento en el que surge en España la primera hornada numéricamente significativa de artistas con un programa feminista explícito y consciente: «[Podría decirse que] las mujeres nacidas entre mediados de los sesenta y principios de los setenta conformamos el primer grupo de artistas y teóricas feministas dentro del Estado Español, debido a una serie de factores (económicos, sociales, políticos, educativos…), que confluyen en [la eclosión] de esa generación de los noventa».

 

En esas fechas se suceden las primeras exposiciones de artistas con claros planteamientos feministas, como Marina Núñez, Eulalia Valldosera, Begoña Montalbán o Carmen Navarrete. Por otra parte, en 1993 tiene lugar la primera exposición feminista en España, titulada ‘100%’, como alusión provocadora a la cuota de representación femenina del 25% aprobada por el PSOE en su XXI Congreso de 1988. La muestra,  comisariada por Mar Villaespesa, reunió en Sevilla a artistas como Victorial Gil, Pilar Albarracín, Carmen Sigler y María José Belbel, algunas de las cuales están presentes también en la exposición del Musac.
Una exposición que se hace una pregunta clave:  ¿cuáles son los antecedentes de esta generación cuyo trabajo parece surgir de la nada? ¿Cuáles son los referentes para estas artistas? ¿Más allá de los referentes citados sistemáticamente en las encuestas sobre arte y estudios de género como Marina Abramovic, Barbara Kruger o  Martha Rosler, hay algún nombre español? «¿Resulta verosímil creer, por ejemplo, que en una década tan politizada como la de los setenta el mundo del arte español pudiera permanecer ajeno a esa revolución que supuso en Occidente el surgimiento del llamado Movimiento de Liberación de la Mujer?», se preguntan Aliaga y Mayayo.
El resultado es esta muestra que no solo rescata nombres del olvido sino que rinde homenaje a las pioneras de las décadas de los sesenta y setenta, cuya labor quedó oscurecida tras la llegada de la democracia y la necesidad, durante la década de los ochenta por parte de la institución-arte de homologarse al contexto europeo e internacional, que favoreció el desarrollo de un arte adaptado a las demandas del mercado en detrimento de un arte más crítico «en el que la mirada feminista podría haber encontrado su sitio».
La exposición que no tiene una ordenación cronológica se articula a lo largo de las salas 3,4, 5 y 6 del museo, en capítulos temáticos que abordan cuestiones clave para el movimiento feminista como el cuerpo, la división sexual del trabajo, la lucha colectiva o la tiranía de la belleza. Uno de los capítulos lleva por título ‘La mujer rota: violencia y patriarcado’ y aborda el tema de la violencia machista, que aunque estaba en la agenda política desde finales de los sesenta y también en los discursos artísticos no es hasta el asesinato de Ana Orantes, quemada viva por su marido en 1997, cuando el problema sale del ‘ámbito privado’ en el que se había mantenido hasta el momento. En este capítulo se muestran obras de Carmen Calvo, Esther Ferrer o Amèlia Riera, cuyo maniquí ‘Dona silenciosa’ preside la sala.
En el capítulo dedicado a la división del trabajo y el ‘precariado femenino’ se rescata la obra de Castorina, artista nacida en Astorga en 1928 y formada en la Academia de Bellas Artes de San Fernando, de la que se exponen cuatro apuntes de pescadoras gallegas, realizados a principios de la década de los sesenta. También la de María Antonia Dans (1922-1988), representada por dos óleos, ‘El Encuentro o Vendedoras’ y ‘Mujer en el umbral’.
Un apartado no menos importante es el dedicado a la lucha por los derechos de las mujeres que también saca a la luz obras de las pioneras del movimiento feminista. Aquí destacan las fotografías de Pilar Aymerich (1943) que en revistas como ‘Destino’, ‘Triunfo’ o ‘Fotogramas’ fue una de las más destacadas cronistas de la lucha feminista y las reivindicaciones sociales de los setenta.
También aquí la obra de veteranas como Esther Boix, nacida en Gerona en 1927 y de la que se expone el óleo sobre arpillera ‘La desesperada lucha por salir de la carcasa’, de 1974 convive con la de artistas más jóvenes como Cecilia Barriga (1957) autora de uno de los primeros trabajos de contenido lésbico vistos en España.
Entre las más veteranas de la exposición como –además de las ya citadas – Montse Clavé, Mari Chordá, Eugenia Balcells, Isabel Villar o Fina Miralles y las más jóvenes como Virginia Villaplana, Mónica Cabo, Lucia Egaña o Diana J. Torres, se exhiben trabajos de nombres de artistas  consagradas como Eva Lootz, Elena del Rivero, Eulalia Valldosera y Marina Núñez.

 

(En las fotografías, ‘La anarquista’ de Cristina de Lucas y ‘Manifestación pidiendo la despenalización del adulterio’, de Pilar Aymerich)

 

Artículo publicado en ‘La sombra del ciprés’, suplemento literario de El Norte de Castilla, el 14 de julio de 2012

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Palabras impunes, oídos inmunes

Mi curiosidad bloguera me lleva hasta Gonzalo Fanjul y su blog contra la pobreza en el mundo y leo un titular que me produce un escalofrío: ‘Cuatro millones de mujeres desaparecen cada año’. Un poco más abajo, y por aquello de la exactitud periodística, da la cifra exacta: 3.882.000.
Son las mujeres que en países en vías de desarrollo, sobre todo en China y en el África subsahariana, no llegan a cumplir los cinco años, o mueren de sida por falta de tratamientos o se desangran al dar a luz en condiciones infrahumanas.
No es que me sorprenda. De vez en cuando se repiten las noticias sobre las mujeres secuestradas o asesinadas en México, sobre las niñas que ni siquiera llegan a nacer en China, de la pobreza a la que están destinadas tantas mujeres en los países supuestamente desarrollados, de la explotación sexual de las menores… Pero hoy, cuando estoy a punto de escribir esta columna, el titular se me queda enganchado sin que pueda aplicarle esa profesional relatividad con la que nos vamos defendiendo al recibir las grandes malas noticias, esas sobre la hambruna en Somalia, o sobre las condiciones extremas en las que se desarrolla la vida en los campamentos saharauis, o…
Hoy sencillamente no puedo con esa noticia porque es demasiado. Hoy no. Llevo todo el día pensando en que vivimos un mundo irreal. Había escuchado por la mañana a nuestros próceres en la última sesión de control al Gobierno en el Congreso y me daban escalofríos. No sé a quién se le ocurriría aquello de que a las palabras se las lleva el viento, porque sin saberlo hizo un flaco favor a nuestra democracia. Nuestros políticos de uno y otro signo se lo han aplicado con fe, olvidando que existen grabaciones de los periodistas y actas oficiales donde sus palabras quedarán para la posteridad y los historiadores tendrán que apechugar con esos mensajes y tratar de equilibrarlos con la verdad. ¿A quién le importa la verdad? La vida pública convertida en un teatro donde lo que menos se busca es un análisis certero de la situación y sus posibles salidas y lo único con valor de mercado son mensajes arteros, malintencionados o a la defensiva. Palabras impunes para oídos inmunes. ¡Y todavía nos queda una campaña electoral!
Pero hay realidades sobre las que no caben las interpretaciones interesadas. Ya se sabe del estilo de «un millón de personas según la organización, 50.000 según fuentes oficiales». ¿Y la verdad? No. Aquí no se pueden maquillar las cifras.
Cuatro millones de mujeres desaparecen cada año en el mundo. Estas cifras no se disimulan porque en el fondo no hay nadie verdaderamente interesado en el asunto. Nadie con poder para cambiar las cosas, digo. Al fin y al cabo son mujeres, son pobres, están lejos, no influyen en el índice Dow Jones, ni en la calificación de la deuda de los pobres-países-desarrollados.
Mientras tanto aquí seguimos con nuestra comedia. En el gallinero se empieza a escuchar un rumor de protesta pero mucho me temo que será apagado por los focos y una brillante puesta en escena.

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.