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Categoría: General
Ai WeiWei, en la Sección Oficial de Seminci

EL ARTISTA CHINO PRESENTARÁ SU DOCUMENTAL ‘HUMAN FLOW’ SOBRE EL PROBLEMA DE LOS REFUGIADOS

‘Human flow’, el documental con el que el artista chino Ai WeiWei aborda el drama de los refugiados en todo el mundo, formará parte de la Sección Oficial de la Semana Internacional de Cine de Valladolid. La Seminci, que comienza el 21 de octubre, ha incluido el documental en su primera sección, dando así­ una vez más relevancia a un género que en los últimos años está mostrando su gran potencia. ‘Human flow’ se estrenó en el pasado Festival de Venecia con una gran acogida por parte de la crí­tica internacional y después formó parte de la programación del Festival de Telluride (Colorado, EE. UU). En España lo estrenará A Contracorriente Films.450px-ai_weiwei

“Debemos comprender que  este problema no afecta a los refugiados sino a todos los ciudadanos, que deben exigir a sus gobiernos que busquen la solución”, afirmó el artista en Venecia durante la presentación de su film que ha sido rodado en 22 paí­ses. En él Ai WeiWei se traslada a los lugares con un mayor flujo de refugiados como Turquí­a, Grecia o Italia y entrevista a los hombres y mujeres que atraviesan las fronteras procedentes de Siria, Irak o Afganistán. Para Ai WeiWei el arte debe ser una plataforma para denunciar los problemas de la sociedad, una actitud que le ha traí­do persecución por parte del gobierno de su país que lo encarceló durante 80 días, alegando problemas con el fisco.

Precisamente su experiencia como preso polí­tico estuvo en la base del proyecto ‘Poética de la libertad’ que se llevó a cabo en la Catedral de Cuenca, enmarcado en los actos del Centenario del Quijote. La muestra incluyó una performance del artista chino junto a una muestra de artistas contemporáneos españoles y poetas comisariados por el pintor Florencia Galindo, fallecido poco después de esta exposición, y el poeta y  periodista Carlos Aganzo.

En el documental ‘Human flow’ se intercalan los testimonios de los refugiados con las declaraciones de la ONU en torno a esta situación y textos de poetas como Adonis o Nazim Hikmet. El artista aparece en numerosos planos del filme conversando con los protagonistas de esta tragedia humana.

La presencia de Ai WeiWei en Valladolid para presentar su pelí­cula es, de momento, una incógnita.

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Adriana Bustos, historia y compromiso

EL MUSAC ACOGE LA PRMERA EXPOSICIÓN INDIVIDUAL EN ESPAÑA DE LA ARTISTA ARGENTINA

Cada una de las series que conforman la exposición ‘Prosa del Observatorio’, primera individual en España de la argentina Adriana Bustos (1967), merecería una visita reposada, pues debajo de cada elemento que las componen hay un trabajo de investigación, documentación, análisis y planteamiento que es difí­cil de captar en un recorrido apresurado. Con todo, los distintos capí­tulos de la muestra, correspondientes a tres series diferentes en una trayectoria muy cohesionada, componen un todo perfectamente coherente y dan idea cabal de las preocupaciones de esta artista que se sirve de técnicas de documentación y de la investigación histórica y en ciencias sociales para reflexionar sobre opresiones sociales, polí­ticas y religiosas en distintos periodos históricos, pero en particular para relacionar hechos acaecidos tanto en  España como América Latina y en sus interrelaciones desde la época colonial hasta nuestros días.

Ya en el título ‘Prosa del observatorio’ subyace este afán por relacionar hechos aparentemente inconexos en los que encuentra filiaciones inesperadas. Está tomado de la obra homónima de Julio Cortázar en la que el escritor argentino establece paralelismos entre la migración de las anguilas por los ríos europeos y las observaciones nocturnas del maharajá Jai Singh creador en el siglo XVIII de observatorios astronómicos en Jaipur y Delhi. En ‘Antropologí­a de la mula’ la primera de las series de la exposición, Adriana Bustos traza un paralelismo entre las rutas comerciales de la época colonial y las del narcotráfico en América Latina, y reflexiona sobre el tráfico de personas y cosas como elemento sustancial de las dinámicas de explotación, producción y comercialización desde las colonias hasta nuestros días.adriana-bustos_antropomorfia-del-sistema_2016

El origen de esta serie de trabajos en los que Bustos mezcla el dibujo (una técnica que domina a la perfección) con el vídeo y la fotografí­a, fue comprobar cómo la crisis argentina y la búsqueda de trabajos precarios habían llevado a la proliferación de mulos dedicados a la recogida de cartòn en la ciudad de Córdoba (Argentina), hecho que coincidía en el tiempo con el escándalo en el que se vio envuelta la empresa aérea Southern Wings en 2005 por el transporte de droga en valija diplomática. La artista dibuja sus personales ‘mapas’ en los que mezcla las rutas que siguieron las mulas en la época colonial desde Córdoba al Potosí­ para la explotación de los minerales preciosos, con las de las ‘mulas’ (término con el que se conocen en el argot del narcotráfico a las personas, mujeres en muchas ocasiones, que transportan la droga clandestinamente) actuales. Especialmente significativo dentro de este capí­tulo es la serie ‘Ilusiones’. Bustos entrevistó a varias mujeres que cumplían condena por narcotráfico en la prisión cordobesa de Brouwer: Fátima, Anabella, Leonor, el último escalón del negocio del tráfico de drogas, también el más vulnerable. La artista las fotografía de espaldas y las sitúa en un escenario ilusorio que representan los sueños por los que se enrolaron en el negocio. Una peluquerí­a, un quirófano, un paisaje selvático, entornos inalcanzables en vidas truncadas. Al lado de cada una de ellas, fotografía a la mula real en el mismo escenario.adriana-bustos_retrato_cortesia-de-la-artistade la artista, ‘El retorno de lo reprimido’, en el que documenta el tráfico de esclavos procedentes en su mayoría del África Subsahariana a través del Atlántico desde el siglo XVI hasta el XIX. E investiga en un hecho poco conocido: los cien mil ciento once esclavos negros introducidos por los españoles en Cuba en un periodo reducido de tiempo, entre 1816 y 1819. Setenta y siete expediciones partieron de La Coruña, según las investigaciones realizadas por la artista, con el fin de abastecer a los hacendados de mano de obra antes de la definitiva prohibición del comercio negrero cuya fecha lí­mite era 1820. El racismo, el tráfico de personas, la explotación están presentes en estas obras donde el habitual aspecto crí­tico del trabajo de Adriana Bustos es aún más patente si cabe.

Capí­tulo aparte merece la serie central de la exposición, ‘¿Quién dice qué a quién?’, una aportación original sobre la censura y sobre cómo la historia se repite en un aparentemente imparable bucle. De nuevo, las dotes de dibujante de Bustos al servicio de una reflexión sobre los libros prohibidos, el control de la información por parte de las dictaduras históricas, el arte como propaganda de regímenes ilegí­timos. La visión paralela de un fragmento del documental ‘Olympia’, dirigido por Leni Riefensthal en pleno auge del nazismo sobre los Juegos Olí­mpicos de Berlí­n de 1936 y de un fragmento filmado del Mundial de Fútbol celebrado en Argentina en plena dictadura militar pone de manifiesto, para la artista, “los modelos de propaganda fascista de ambos periodos y la similitud de sus estructuras formales y estéticas”.

Viendo la obra de Adriana Bustos se podrí­a hablar de un nuevo concepto de ‘arte aplicado’. Aquel en el que las cualidades técnicas y expresivas, la pulcritud formal y la exhaustividad documental están de forma evidente o más clara que en otros casos al servicio de una reflexión política sobre la sociedad en la que vivimos, de una visión crí­tica del mundo y de una manera creativa de preguntarnos sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro.

 

Fotos:

  1. ‘Antropomorfia del sistema’, obra de Adriana Bustos en el Musac
  2. La artista argentina Adriana Bustos. (Cortesía de la artista)

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Periodismo y diplomacia

Toda actividad humana requiere momentos de parada y reflexión.   Tiempos ‘muertos’ como en el deporte en el que se revisen los proyectos, las estrategias, las condiciones en que se desarrollan y se mire al horizonte con perspectiva. Si hay un trabajo en el que esta necesidad parece evidente es el periodismo. Acuciados por la prisa, presionados por la necesidad, y en ocasiones obsesión, de llegar los primeros y por las condiciones que imponen las nuevas tecnologí­as los periodistas necesitamos parar, preguntarnos si lo que estamos haciendo se ajusta a lo que la sociedad exige o debe exigir a un profesional de la comunicación.

Una oportunidad para el análisis en conjunto es la que ofrece desde hace tres años la Fundación Santillana a los periodistas culturales de este país. Citas para compartir experiencias, para poner en común nuevos retos y para, entre todos, alertarnos de los nuevos modos y las nuevas realidades que surgen en nuestra área profesional. Por eso desde hace dos años este encuentro tiene ‘tema’ y en la última cita, celebrada recientemente en el imponente edificio que Renzo Piano ha diseñado para albergar la Fundación Botí­n en Santander, el tema fue la diplomacia cultural, ese llamado ‘soft power’ con el que se tienden puentes que en ocasiones la diplomacia ‘real’ no llega a establecer. Apasionante y complejo asunto en el que a través de las exposiciones de los expertos se fue dibujado un mapa de orografí­a complicada que analizó desde el papel de las instituciones diplomáticas, a la realidad de la marca España, pasando por el papel del Instituto Cervantes, de las exposiciones universales o las apuestas polí­ticas por las grandes franquicias museí­sticas.

Los periodistas nos vemos llamados a navegar entre los acontecimientos en los que el titular a cinco columnas está prácticamente asegurado por la calidad de la apuesta, el peso de las instituciones promotoras o la eficacia de un marketing capaz de soslayar las debilidades reales del `’evento’ y otros que desde presupuestos aparentemente menos ambiciosos esconden el peso específico de lo trascendente. Sería, por citar mis palabras en la introducción de una de las mesas de debate, tener los ojos abiertos entre las cifras llamativas de la macroeconomí­a, en este caso de la ‘macrocultura’, y la realidad de la microeconomía. Y puse como uno de los posibles paradigmas de esa diplomacia cultural que se establece desde el impulso creador la exposición que estos dí­as muestra El Museo del Prado en la sección Obra Invitada. El diálogo que la artista iraní­ Farideh Lashai estableció pocos años antes de su muerte con los ‘Desastres de la Guerra’ de Goya es el mejor ejemplo de cómo el arte tiende puentes más allá de la distancia que imponen los siglos, las culturas y los gobiernos.

Es nuestro deber saber encontrar el criterio que nos permita iluminar lo verdadero en cualquier dimensión y hacerlo con el espíritu crí­tico que reclamó en la clausura del congreso su director, Basilio Baltasar, y que se supone en nuestro ADN profesional.

(Columna publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla del 22 de julio de 2017)

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Cultura, nada más

Hay proyectos culturales que me devuelven la confianza en los proyectos culturales. Por muchas razones. Por ejemplo, porque saben crecer sin perder pie, sin olvidar sus objetivos, sin desvirtuarse. Lo que no quita para que puedan evolucionar, desarrollarse, en definitiva, crecer sin morir de éxito.
Pensaba en ello recientemente, en la fiesta de aniversario de la editorial La Uña Rota. Veinte años. Quién iba a decir entonces, cuando surgió como una modesta locura de cuatro amigos locos por los libros y el teatro que veinte años después no solo estaría viva sino creciendo, ocupando un lugar respetado entre las editoriales ‘diferentes’, ente las editoriales sin más. La Uña Rota encontró su sitio y los cuatro amigos que la impulsaron desde la periferia de Madrid (para añadir más dificultades, más rarezas, el proyecto partía de Segovia) no solo siguen compaginando esta labor editorial que les apasiona con los trabajos que les dan de comer, sino que ¡siguen siendo amigos! Rodrigo González, Mario Pedrazuela, Arcadio Mardomingo y Carlos Rod continúan al frente del artefacto. Juntos han conseguido un catálogo en el que figuran nombres como Angélica Liddell (atención, está a punto de salir de imprenta el último texto de la dramaturga), Juan Mayorga (a quien, entre otros títulos, publicaron su obra reunida), Rodrigo García (la edición de sus ‘Cenizas escogidas’ fue uno de los hitos del sello…) Esto por la parte teatral, pero también Herman Melville, Antonio Valdecantos, Joseph Conrad, Graham Green… siempre buscando textos con ese punto de rareza, de originalidad que conforma su personalidad. Una de sus más atractivas colecciones es la llamada Libros inútiles, donde te puedes topar con Samuel Beckett o Kenneth Goldsmith y donde el adjetivo inclasificable sería el único que podría clasificarlos.
Pero hay más locos en el mundo de la cultura, no todo va a ser precariedad intelectual o de la otra. Y cuando no se me había quitado el buen sabor de boca de la fiesta de aniversario de La Uña Rota, asisto a otra celebración que te hace creer en el futuro de la lectura. Esta vez los anfitriones eran el equipo de Páginas de Espuma, el sello editorial que desde 1999 está empeñado en elevar a la primera línea de la relevancia literaria al género del cuento. También recuerdo como si fuera hoy cuando Juan Casamayor me contó el proyecto de publicar los cuentos completos de Anton Chéjov, una aventura con la suficientes dosis de locura y riesgo para una editorial ‘independiente’. Hoy varios años (tres si contamos desde la publicación del primer tomo, más si tenemos en cuenta cuándo empezó a gestarse el proyecto) y aún más de cuatro mil páginas después, los seiscientos cuentos que hoy por hoy se pueden considerar todos los que escribió el autor ruso están en una edición en cuatro volúmenes que aportan no solo nuevas traducciones (de algunos cuentos las primeras que ven la luz en nuestro idioma) sino una visión global de su obra, de cómo la fue construyendo y cómo evolucionaba el autor con respecto a su trayectoria.
Y todo ello gracias a la labor de Paul Viejo, traductor y alma mater del proyecto, cuya pasión por la criatura te devuelve la confianza, insisto, en las empresas culturales de verdad. Porque de eso hablamos, de cultura. Nada más. Y nada menos.

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Así no…

Javier Angulo seguirá al frente de la Seminci. Al menos por este año. Pero la decisión del consejo rector del festival de apostar, al menos momentáneamente, por la continuidad no cierra por desgracia la crisis abierta en el seno de la convocatoria cultural más importante de Valladolid, la de mayor reflejo en el exterior y la que aparece en primer lugar de toda Castilla y León en la encuesta nacional del Observatorio de la Cultura (que sitúa al certamen en el segundo lugar de su género detrás del de San Sebastián). Por el contrario, todos los mensajes que llegan desde el Ayuntamiento, principal patrocinador del certamen, no dejan sino lugar a la preocupación.

Para empezar, la crisis se abrió con prisas, en un momento de lo más inadecuado –cuando se acababa de cerrar con éxito una edición conmemorativa– y basada en una presunta necesidad de dar un cambio al Festival. Lo que parece estar en el fondo de esta situación, si nos atenemos a los votos del tribunal, es que Angulo no cuenta con la confianza de los socios del Psoe en el gobierno municipal: Valladolid toma la palabra y Sí se puede. Y por razones que no se han explicado. Y esa oposición es la que no pueden o no saben contrarrestar los socialistas que sí le apoyan, respaldados en este caso por el PP y la Federación de Vecinos. De esa división nacen los mensajes de la concejala de Cultura, Ana Redondo, en el sentido de que el Festival necesita abrir un periodo de innovación. Supongamos que así fuera, pero ¿hacia adónde? ¿Qué entiende el equipo de gobierno por innovación? Eso es lo que no está claro, eso es lo que no se explica y explicarlo sí sería transparencia. Porque, dado que actualmente el certamen ha conseguido mantener su prestigio, habría que suponer que la innovación debería ir en el sentido de superar el actual estado de cosas. Mejorar los contenidos desde una programación más exigente, más apertura hacia nuevos públicos (aspecto este, por cierto, en el que se trabaja desde el acceso de Angulo) y mayor presencia de actores y directores de primera fila. Pero esto cuesta dinero y este sí parece ser un problema más urgente para el certamen y del que no se habla: la necesidad de encontrar patrocinios privados que permitan mantener dicho nivel.
Ahora bien, si, como hemos escuchado, lo revolucionario es hacer galas de apertura en la calle (populismos, los justos, por favor, que hablamos de un festival consolidado) o mirar al cine asiático (¿alguien sabe lo que es esto? Porque películas procedentes de ese continente hemos visto en Seminci hasta la saciedad y desde hace mucho) entonces, como dice el refrán castizo, «apaga y vámonos».
Por no hablar de la falta de sentido común y elegancia que han presidido el proceso desde que se convocó el concurso hasta la fecha y que ha puesto en una situación más que desairada a un director con el que se puede no estar de acuerdo pero que no merecía ese trato. La imagen de Angulo a la espera de ser recibido por el tribunal rodeado de periodistas es lamentable. Esta forma de hacer las cosas solo perjudica a la Seminci.
No se debe confundir transparencia con atolondramiento político. Ni el que hasta ahora no haya habido concurso público con que no se buscaran profesionales aptos y de prestigio para la dirección cuyo nombramiento era aprobado por un patronato. No se puede poner en entredicho la profesionalidad de los anteriores directores del certamen. La Seminci es material cultural sensible y de primera magnitud y un excelente escaparate de la ciudad y de la región. Como tal, debe tratarse.

(Publicada en mi columna ‘Días nublados’ en la edición impresa de El Norte, el jueves 9 de junio de 2016)

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Contra el dolor

Cuando lean esta columna habrá amanecido ya en Idomeni, pero para los miles de refugiados que habrán pasado una noche más entre los charcos, el barro, el frío y la desesperación no será un amanecer distinto. En Bruselas, sin barro y con calefacción, los 28 buscan hoy entre el egoísmo, la impotencia y la falta de pudor vías alternativas a la ilegal expulsión masiva de refugiados presuntamente aprobada hace unos días. Dolían, mucho, las imágenes de esos niños cruzando un río turbulento en brazos de sus padres hacia la nada. Dolían, y mucho, los esfuerzos de los ancianos por sobrevivir a la prueba, simplemente por alcanzar un mañana más, solo porque alguien les robó el paisaje frente al que pensaban vivir sus últimos años en paz. O la desesperación de esas madres que se preguntan frente a la cámara si no hubiera sido mejor morir de golpe junto a sus hijos bajo las bombas.
En casa, duelen las imágenes de esos energúmenos hinchas del PSV Eindhoven tratando de humillar por diversión a las mujeres que pedían limosna en la Plaza Mayor de Madrid. Las imágenes dolían y la indiferencia de los testigos, pero no eran las mujeres que se agachaban por unas monedas las que perdieron la dignidad, los indignos eran ellos y más nos valdría que su penosa diversión, su estúpido juego, no quedara impune. Duele el ascenso de votos de los partidos racistas en una Europa cada vez menos europea.
Pero no quería ensimismarme en el dolor. Para no llorar, prefiero acordarme de Latifa Ibn Ziaten, la madre de Imad, soldado de la República francesa que en 2012 fue asesinado en un ataque yihadista. Latifa, de religión musulmana, decidió no dejarse matar también por el odio y decidió crear la asociación Imad ibn-Ziaten por la juventud y la paz, que promueve el laicismo y el diálogo interreligioso. Pensar en su manera de estar en el mundo, en la serenidad de espíritu con la que relata su viaje a la ciudad del asesino de su hijo en busca de respuestas y cómo encontró una juventud sin amor y sin futuro, es una lección de vida. Prefiero, también, imaginarme un día en la fábrica de Gamila Hiar, la mujer drusa de 75 años que trabajó desde joven a pesar de las leyes de su pueblo y que ya entrada en años decidió crear una empresa para dar trabajo a otras mujeres como ella. Drusas, judías, cristianas y musulmanas conviven sin problemas mientras hacen jabón y cosméticos siguiendo las leyes de la naturaleza, sin un solo proceso químico que altere las propiedades de las plantas que utilizan. Amor y respeto a la Tierra y una manifestación de que la convivencia es posible. Prefiero acordarme de Al Shaymaa, una mujer tanzana que tuvo la mala suerte de ser albina en un país donde los albinos, si no son asesinados nada más nacer, sufren persecución y mutilaciones, pues en algunas comunidades se considera que sus miembros (un brazo, una mano) tienen poderes mágicos. Shaymaa utilizó su buena suerte (nació en una familia que la quería) para crear ‘Good Hope Star’, una fundación que ayuda a albinos y discapacitados en su país.
A Latifa, a Gamila, a Shaymaa las conocí el fin de semana pasado en ese milagro que sucede en Segovia y que se llama Mujeres que Transforman el Mundo. Y me acuerdo de ellas para tener esperanza cuando tengo ganas de llorar, porque algo de su luz aún llevo conmigo.

(Publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla el jueves 17 de marzo)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.