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Categoría: cine
Ai WeiWei, en la Sección Oficial de Seminci

EL ARTISTA CHINO PRESENTARÁ SU DOCUMENTAL ‘HUMAN FLOW’ SOBRE EL PROBLEMA DE LOS REFUGIADOS

‘Human flow’, el documental con el que el artista chino Ai WeiWei aborda el drama de los refugiados en todo el mundo, formará parte de la Sección Oficial de la Semana Internacional de Cine de Valladolid. La Seminci, que comienza el 21 de octubre, ha incluido el documental en su primera sección, dando así­ una vez más relevancia a un género que en los últimos años está mostrando su gran potencia. ‘Human flow’ se estrenó en el pasado Festival de Venecia con una gran acogida por parte de la crí­tica internacional y después formó parte de la programación del Festival de Telluride (Colorado, EE. UU). En España lo estrenará A Contracorriente Films.450px-ai_weiwei

“Debemos comprender que  este problema no afecta a los refugiados sino a todos los ciudadanos, que deben exigir a sus gobiernos que busquen la solución”, afirmó el artista en Venecia durante la presentación de su film que ha sido rodado en 22 paí­ses. En él Ai WeiWei se traslada a los lugares con un mayor flujo de refugiados como Turquí­a, Grecia o Italia y entrevista a los hombres y mujeres que atraviesan las fronteras procedentes de Siria, Irak o Afganistán. Para Ai WeiWei el arte debe ser una plataforma para denunciar los problemas de la sociedad, una actitud que le ha traí­do persecución por parte del gobierno de su país que lo encarceló durante 80 días, alegando problemas con el fisco.

Precisamente su experiencia como preso polí­tico estuvo en la base del proyecto ‘Poética de la libertad’ que se llevó a cabo en la Catedral de Cuenca, enmarcado en los actos del Centenario del Quijote. La muestra incluyó una performance del artista chino junto a una muestra de artistas contemporáneos españoles y poetas comisariados por el pintor Florencia Galindo, fallecido poco después de esta exposición, y el poeta y  periodista Carlos Aganzo.

En el documental ‘Human flow’ se intercalan los testimonios de los refugiados con las declaraciones de la ONU en torno a esta situación y textos de poetas como Adonis o Nazim Hikmet. El artista aparece en numerosos planos del filme conversando con los protagonistas de esta tragedia humana.

La presencia de Ai WeiWei en Valladolid para presentar su pelí­cula es, de momento, una incógnita.

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La Seminci de las mujeres

Coixet, Holland, Sally Potter y Naomi Kawase vuelven al Festival de Valladolid

 

Al menos nueve de las quince pelí­culas que competirán por la Espiga de Oro en la 62 edición de la Seminci están dirigidas por mujeres. El Festival, que dirige Javier Angulo y que aún no ha completado la lista de las pelí­culas de la Sección Oficial, se ha tomado en serio este año el dar visibilidad al cine dirigido por mujeres, ya que, además de su importante presencia en la sección principal a concurso, habrá una jornada destinada al trabajo de las realizadoras. Una buena noticia, a la espera de que llegue un dí­a en que este hecho deje de ser noticia.

Algunas de las directoras convocadas son viejas conocidas del Festival, empezando por la encargada de abrir la competición: Isabel Coixet, que ha llevado al cine ‘La librería’ el éxito editorial de Penélope Fitzgerald (publicada en España por impedimenta). Coixet cerró la 60 edición con’Nadie quiere la noche’. No es la primera vez que la directora de filmes como ‘Mapa de los sonidos de Tokyo’ o ‘La vida secreta de las palabras’ asume la traslación de una novela de éxito a la gran pantalla. Lo hizo en 2008 con ‘Elegy, adaptación de’El animal moribundo’ de Philip Roth.

Members of the opening film NOBODY WANTS THE NIGHT (left to right): Directror Isabel Coixet (Spain), actor Gabriel Byrne, Rinko Kikuchi, festival director Dieter Kosslick, actress Juliette Binoche Opening of the 65th Berlin International Film Festival at the Berlinale Palast

Isabel Coixet. Foto Siebbi

Entre las veteranas de los festivales, encontramos a la polaca Agneska Holland, una de las directoras más importantes de su pìaís y que será candidata por tercera vez al Oscar a la mejor pelí­cula extranjera con ‘Pokot’, el filme que presenta en Valladolid. (Anteriormente lo fue con ‘Europa, Europa’, uno de sus tí­tulos más celebrados, y con ‘Angrey Harvest’.  Holland no se va de vací­o cuando compite en Seminci. En la edición de 1992 consiguió la Espiga de Plata por ‘Olivier, Olivier’ y en 2011 se llevó el premio a la mejor dirección por la asfixiante y dura ‘En la oscuridad’, en la que nuevamente trataba el tema de la represión de los judí­os por el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Una pelí­cula que dejaba sin aliento y que no ahorraba un gramo de realismo a la hora de contar una cruel historia. ‘Pokot’, su último filme, es la historia de una ingeniera jubilada, firme defensora de los animales, que se convierte en la principal sospechosa de la muerte de un vecino.

Una directora amante de la experimentación es Sally Potter, cuyo título más recordado en España es sin duda ‘Orlando’, la bella adaptación de la homónima novela de Virginia Woolf. Compite con ‘The party’, rodada en tiempo real en una casa del Londres actual, que cuenta la historia de una polí­tica que ha sido elegida para un cargo en la sombra. Protagonizada por Kristin Scott Thomas, es una película coral con un reparto en el que figuran Bruno Ganz y Patricia Clarkson, que hace doblete en el Festival, ya que también participa en ‘La librerí­a’ de Coixet.640px-a-holland

Cuarta Seminci para la realizadora Naomi Kawase que tan buen sabor de boca, casi literalmente, dejó en la edición de 2015 con ‘Una pastelerí­a de Tokyo’, con la que se llevó el premio a la mejor dirección. Una mujer obsesionada por la luz y la descripción del mundo que la rodea protagoniza ‘Hikari’. La capacidad para hacer poesía con la cámara es una de las cualidades de una directora que ha firmado tí­tulos de grato recuerdo como ‘El bosque del luto’, también proyectada en Seminci.

DE AQU͍ Y DE ALLÁ

Como es tradición, la cartelera de la Sección Oficial mezcla a veteranos y noveles, cinematografías habituales en las pantallas comerciales con otras más periféricas.

De Brasil llegan ‘Gabriel y la montaña’, de Fellipe Gamarano Barbosa, premiada en la Semana de la Crí­tica de Cannes, y ‘Como nuestros padres’, cuarto largo de ficción de Laí­s Bodanzky. De Turquí­a, ‘Daha!’, la ópera prima del hasta ahora actor Onur Saylak. De Islandia, ‘Under the tree’, del Hafsteinn Gunnar. De Georgia, paí­s de su realizadora, ‘I am a truly drop of sun on earth’, de Elene Naveriani, otra ópera prima.

Las consecuencias del genocidio ruandés vuelven al cine de la mano de los polacos Joanna Kos-Krauze y Krzysztof Krauze en ‘Birds are singing in Kigali’, y el género policiaco estará representado por el filme ‘The Nile Hilton Incident’, del sueco Tarik Saleh.

Más directoras noveles en el cartel: Chloé Zhao, realizadora china afincada en Estados Unidos, que participa con ‘The rider’, una historia intimista sobre un vaquero que debe dejar la competición por un accidente, y la francesa Léonor Serraille con ‘Jeunne Femme’.

Faltan aún dos o tres títulos para completar esta Sección, pero algo es seguro: el hecho de la presencia de tantas directoras hará que también las mujeres sean más protagonistas de los argumentos planteados. Habrá un día­ en que esto dejará de ser noticia.

La foto 2 es la directora de cine polaca Agneska Holland, fotografiada por Tomasz Lesniowski

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En la zona de confort. Seminci (sexta entrega)

SOBRE ‘LA PAZZA GIOGIA’ DE PAOLO VIRZI Y ‘MADRE NO HAY MÁS QUE UNA’ DE ANNA MAYLAERT

Encarando la recta final del festival, y sin esa película que nos haga vibrar en la butaca, el certamen parece haber entrado en una cierta zona de confort, donde no hay nada abiertamente desechable, pero tampoco esa película que hiciera subir la línea roja de la temperatura. Y dado que estas crónicas-críticas tienen de oficio el lado personal de quien las firma, permítanme una confesión: hay un momento para mí crucial en una película que tiene que ver con su arranque. A lo largo de estos años dejando constancia de lo que sucede en la Sección Oficial del certamen he desarrollado un cierto sentido para detectar en las primeras secuencias qué puede dar de sí un filme. Lógicamente no es una fórmula matemática, ni esa primera impresión siempre se confirma: una película, de algún modo como una novela, atraviesa fases, picos de tensión, zonas de sombra. Y todo pesa en el conjunto. Pero esos minutos iniciales –que a veces incluso coinciden con los primeros créditos– hablan mucho para bien y para mal de lo que vendrá después.
Los minutos iniciales de ‘La pazza giogia’ me parecieron impostados, algo artificiales y en ese tono continuó para mí la película toda. Sin acabar de creerme esa especie de amable y avanzado psiquiátrico, ni el personaje de Beatrice –a pesar de que se lo echa sobre los hombros una personalidad fuerte como la de Valeria Bruni Tedeschi– ni el equipo médico habitual.
La firma Paolo Virzi (Livorno, Italia, 1964), autor que se estrena en Seminci y del que en España hemos visto al menos una película de gratísimo recuerdo, ‘Caterina se va a Roma’, mucho más redonda que ésta. Al contrario de lo que sucede con ‘La pazza giogia’ o ‘Locas de alegría’ (escojan el título que prefieran), que se agota en los primeros comentarios del café, ‘Caterina se va a Roma’ se quedaba contigo un tiempo. La ambientación, los personajes, la historia… como ocurre en las buenas novelas, cuyos protagonistas vivirán contigo un tiempo después de la palabra fin. La presencia de Virzi en el festival puede servir para intentar recuperar este logrado título.
Identidad
Algo subió el tono de la mañana la brasileña ‘Madre no hay más que una’ de otra debutante en Valladolid, Anna Muylaert, que confesaba en la rueda de prensa posterior a la proyección, que solo un psicoanalista podría aclarar su fijación con el tema de la madre como personaje en una obra de creación. Su anterior filme se titulaba ‘La segunda madre’. Las madres que aparecen en el filme que compite en la Sección Oficial del festival han perdido a su hijo porque otra mujer se lo ha robado. Aunque está basada en un caso real, a Muylaert no le interesa tanto hablar del robo de niños, como de la difícil construcción de la identidad en los adolescentes, máxime cuando, a las dudas habituales a esta edad se suma el trauma de comprobar que han vivido una vida engañada, que ni siquiera su nombre fue el nombre que sus padres le dieron cuando llegaron al mundo.
Así Pierre, un muchacho de indefinida sexualidad, que toca en un conjunto de rock, que se pinta las uñas y le gusta la ropa de mujer, que tiene relaciones por igual con chicos y con chicas, tiene que convertirse en Felipe, y acomodarse a una familia burguesa, separarse de las que hasta ese momento creía su madre y su hermana y convivir con un hermano ‘verdadero’ al que nada le une.
El tema es enorme y la película tiene buenos momentos, sobre todo cuando la cámara se aproxima a Pierre, a su silenciosa rebeldía, a su perplejidad, pero el guion falla a la hora de afrontar el cambio traumático hacia la nueva familia.
Los padres verdaderos son tan torpes en su afán por no volverlo a perder y en su incapacidad para acercarse a su hijo desde una postura dialogante que resultan poco verosímiles, por falta de matices. Igual que los padres verdaderos de la hermana con la que ha convivido siempre (también robada) cuya fugaz presencia en el filme también está dibujada a trazo grueso.

(Fotogramas de ‘La pazza giogia’ y ‘Madre no hay más que una’

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Oriente próximo y lejano. Seminci (quinta entrega)

SOBRE ‘HEDI’, ‘THE SALESMAN’ Y ‘MARAVILLOSA FAMILIA DE TOKIO’

 

‘Hedi’, opera prima del tunecino Mohamed Ben Attia, es una película pequeña en más de un sentido que se ha colado en la Sección Oficial del Festival, aunque quizá no sea este su sitio más adecuado. Las primaveras árabes (habría que repensar un término que ha quedado invalidado con el tiempo) han puesto el foco en el Magreb y en Oriente Próximo, y por tanto en sus cinematografías, pero más allá de que la película esté ambientada en Túnez, que no es mucho más que un decorado secundario, y comprobar cómo este país ya antes de esos acontecimientos era de los más avanzados de la región, poco aporta una historia bien contada pero sin más oropeles. Quizá Punto de Encuentro hubiera sido un lugar más adecuado.

La historia de un joven absolutamente dominado por su madre a punto de casarse y al que se le cruza una joven vitalista con la que inicia una relación que le hará replantearse su futuro no da para mucho. Si acaso para comprobar que el yugo familiar a menudo atenaza tanto a hombres como a mujeres, como bien se encarga de demostrar este año la Sección Oficial del certamen. Buena interpretación de su protagonista, Majd Mastoura, que se hizo con el Oso de Plata al mejor actor en la última Berlinale.
Referencia teatral
Mucho más peso tiene, sin duda, ‘Forushande’ (‘The salesman’), avalada por la firma de Asghar Farhadi, autor de la excelente y multipremiada ‘Una separación’. Farhadi se estrena en Seminci con una película que no pasó desapercibida en el último festival de Cannes. En ella, de nuevo una joven pareja se tambalea por un acontecimiento inesperado en sus vidas. El título hace referencia –referencia un poco traída por los pelos, todo hay que decirlo– al hecho de que la pareja representa en un teatro ‘Muerte de un viajante’ de Arthur Miller. Farhadi no abandonará esta referencia teatral a lo largo del filme, lo que no aporta gran cosa al guión, aunque sí a la construcción de algunos planos muy bellos, pictóricamente bellos.

La historia, que se sigue con interés, (vemos las clases de él, profesor de literatura además de actor, conocemos a sus alumnos, asistimos al trauma de ella que apenas puede seguir con su rutina en el escenario tras el accidente en su casa) naufraga un tanto al final cuando el director abandona lo que ha sido hasta ese momento el punto central de su película, la relación entre los dos miembros de la pareja protagonista, y se detiene a resolver con acento de thriller el suceso no del todo aclarado que ha interrumpido sus vidas. A pesar de eso, el guion convenció en Cannes donde ganó el premio de su categoría. Como también obtuvo premio (este más lógico a mi parecer) la interpretación de Shahab Hoseini y su rotunda presencia en el film.
Mejor, el drama
Después de ver ‘Maravillosa familia de Tokio’ habría que afirmar sin dudar que a Yoji Yamada se le da mejor el drama que la comedia. No vamos a descubrir aquí el talento del director japonés, que además regresa al festival vallisoletano inmediatamente después de conseguir en 2013 su primera Espiga de Oro por la deliciosa ‘Una familia de Tokio’. Yamada vuelve al tema de la familia, como vuelve al homenaje a su maestro Ozu, referencia que se ha convertido en una constante en su filmografía, y lo hace en tono de comedia, una comedia paródica, más entroncada en la comedia clásica americana que en la tradición oriental.
Tres generaciones viven bajo el mismo techo. La historia arranca el día del cumpleaños de la abuela, casada con un personaje antipático y bebedor que pasa más tiempo en la taberna de una amiga que en su propio hogar. Cuando al llegar a casa su mujer le reprocha que se haya olvidado de su cumpleaños, él, para quedar bien, le pregunta qué regalo quiere que le haga. Y ella contesta poniendo en sus manos un formulario de divorcio. Comedia llena de diálogos, que se desarrolla casi por completo en la casa familiar donde padres e hijos hablan sin parar y construyen situaciones que quieren ser hilarantes, aunque apenas conectaron con quien esto suscribe.
Yamada es desde luego un cineasta solvente, que construye imágenes de gran belleza (tanto el interior del bar como las distintas habitaciones de la casa familiar son escenarios sumamente elegantes y merece la pena detenerse en la estética de los planos ya que la historia ofrece poco donde agarrarse).
Al final, cambia el tono de comedia por un final melodramático que en cualquier caso no consigue levantar una película decididamente menor.

(Fotogramas de ‘Hedi’, ‘The salesman’ y ‘Maravillosa familia de Tokio’)

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Mujeres en lucha por su lugar en el mundo. Seminci (cuarta entrega)

SOBRE ‘DOÑA CLARA’, LA MADRE’ E ‘HIJA’

Hay muchos sonidos y mucha música en ‘Aquarius’, el filme del brasileño Kebler Mendonça Filho, director que se estrena en el festival con su segundo largometraje. Uno de esos sonidos se ha perdido en la mayoría de los hogares con discoteca: el crepitar de la aguja del tocadiscos sobre el disco de vinilo, eso que en la radio se solía llamar ‘fritura’. Se oye el crepitar de la aguja en la casa de Doña Clara una mujer que conserva sus vinilos no como piezas de museo, sino como la forma habitual de reproducir música por encima de los nuevos sistemas y esto, que puede parecer una anécdota dentro del filme, es una metáfora sobre otras cosas del pasado que pueden desaparecer de su vida, la más importante de todas su casa, la que vio crecer a sus tres hijos y en la que trata de llevar una vida tranquila, una vez que ha cruzado la frontera de los sesenta. En una sociedad que sigue mirando a las mujeres con extrañeza sobre todo si se salen de los estrechos cánones que tienen adjudicados a partir de una edad, Doña Clara (una espléndida y bella Sonia Braga, lógica candidata a un premio de interpretación por su rotunda presencia ante la cámara) pasa por ser una excéntrica, quizá porque se niega a morir socialmente hablando antes de tiempo. Si no la mató un cáncer de mama que sufrió cuando se encontraba en la treintena, no está dispuesta a que la maten ahora los prejuicios o las presiones de constructores sin escrúpulos. Y esa extrañeza afecta también a sus propios hijos, en especial a su hija, que no entiende que no acepte una sustanciosa oferta económica por su casa que la liberaría de la presión de una todopoderosa promotora inmobiliaria que quiere cambiar el amable edificio de apartamentos del que forma parte su piso por una de esas inmensas torres que ponen un muro en el litoral marítimo de tantas, antes hermosas, playas del mundo.
Y aunque la resistencia a este abandono sea el hilo conductor de la narración no deben escapársele al espectador avisado otras muchas cosas que la sensibilidad del director está poniendo sobre la mesa y que tienen que ver, lo he dicho ya, con el papel de la mujer en la sociedad. Mujer es la tía Lucía cuyo cumpleaños se celebra en el arranque de la película. Mujeres son las amigas de Clara, todas ellas en esa edad difícil en que la mujer empieza a ser invisible para el sexo opuesto, mujer es la sirvienta a la que vemos también en una celebración familiar. Ellas y los detalles del guion sostienen la película. Un producto bastante bien acabado. Dura dos horas y veinte minutos pero el buen hacer de Mendonça hace que se pasen sin sentir.
Sometidas
La situación de la mujer también es protagonista en la muy sólida película del iraní Reza Mirkarimi. ‘Hija’ plantea la falta de libertad de las mujeres en el mundo árabe ejemplificada en una joven estudiante a punto de entrar en la universidad a cuyo autoritario padre ni siquiera se atreve a decir que ha sido admitida en un máster que supondría tener que trasladarse a otra ciudad para seguir sus estudios.
No obstante la joven Setareh se atreve a pedirle permiso para asistir en Teherán a la fiesta de despedida de una compañera. Esta vez no se conformará con la esperada negativa, y viajará a la capital sin que lo sepan sus padres. El tiempo complica su escapada lo que desencadenará un conflicto familiar que desvelará antiguas rencillas y secretos.
Mirkarimi, cuyas películas han sido premiadas en Cannes y en Moscú, demuestra aquí su habilidad para contar historias. Lo hace subrayando el drama en su justa medida, humanizando al máximo a todos sus personajes, incluido el autoritario cabeza de familia y mostrando en una inteligente secuencia final por qué es tan difícil salir de las situaciones opresoras, sobre todo cuando se producen en el seno de la familia.
Destaca la interpretación de Farhad Aslani. Sobre sus hombros, el rol de padre autoritario y cuadriculado que avanza hacia la perplejidad ante un mundo que se le escapa de las manos. Perplejidad perfectamente mantenida en primer plano por el actor.
Incierto futuro
Miguel tiene catorce años y una madre inestable, sin trabajo e incapaz de ocuparse de él. Miguel tiene un raro sentido común para su edad, consecuencia lógica de haber tenido que madurar antes de tiempo. Miguel tiene también ante sí un incierto futuro y la amenaza de ingreso en un Centro de Menores, un lugar que ya ha conocido y al que desearía no tener que volver. Morais cierra con ‘La madre’ su trilogía sobre el abandono. Confieso no haber visto las dos anteriores y haberme estrenado ahora en la cinematografía del premiado director vallisoletano. Y lo he hecho con agrado.

Su elección de contar la historia no desde la rebeldía adolescente, sino desde la mirada de un chaval extrañamente responsable y en principio poco dispuesto a odiar un mundo que tan poco amable se muestra con él es un riesgo del que sale airoso. Ha encontrado además a un adolescente en su primer papel importante que ha sabido responderle con solvencia. Morais rueda escuetamente, con los mínimos elementos expresivos no solo por lo que a la cámara se refiere, también en cuanto a los diálogos. Aunque él prefiere hablar de Chaplin o de Rossellini como referentes, parece claro que Morais ha aprendido de Loach y de los Dardenne, aunque en ‘La madre’ el director parece evitar al espectador la tensión que suele dominar tanto en el británico como en los belgas.

 

(Fotogramas de ‘Doña Clara’, ‘Hija’ y ‘La madre’)

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Consagrados tranquilos, debutantes con riesgos

SOBRE ‘TIERRA DE DIOSES’ DE GORAN PASKALJEVIC, ‘EL REY DE LOS BELGAS’ DE BROSSENS Y WOODWORTH Y ‘LA CIÉNAGA’ DE CRUZ Y CASTILLO

 

Decía Goran Paskaljevic en la rueda de prensa posterior al pase de prensa de ‘Dev Bhoomi’ (Tierra de dioses) que creía que esta era su película más personal. Y eso a pesar de haber dejado su paisaje habitual, los Balcanes, para contar una historia en el Himalaya. Dejando a un lado que el lugar no ti

ene por qué condicionar si un filme es más o menos cercano a la personalidad cinematográfica de su autor, lo cierto es que es difícil encontrar en esta película las claves del cine del director serbio.

Ni la gracia, ni la fuerza, ni la originalidad de propuestas como ‘La otra América’, ‘Los optimistas’ o ‘Lunas de miel’ están en esta historia de prejuicios de castas y de cómo la tradición una vez más ejerce su violencia sobre los individuos y les impide desarrollar la vida a su manera, asunto mil veces tratado al que no aporta nada diferente. Película más que correcta, como es de esperar en un autor como Paskaljevic, bien filmada, que incluso se ve con agrado, aunque todo el tiempo se espera algo más, una fuerza que no llega. El director serbio se acerca en este filme a la espiritualidad que emana la filosofía del poeta Rabrindanath Tagore, y hace, partiendo de sus versos, un canto a la esperanza, si bien durante el encuentro con los periodistas eludió responder a la pregunta de si la consideraba su película más espiritual. ‘Tierra de dioses’ ofrece la belleza de ese enclave indio con sus infinitas montañas, gracias a la fotografía de Milan Spasic, pero no quedará entre los muchos títulos importantes del director fetiche de Seminci.

Rutina

No hubo suerte con ‘El rey de los belgas’. Peter Brosens y Jessica Woodworth venían avalados por el buen sabor de boca que en la edición de 2012 había dejado su película ‘La quinta estación’. Lo que en ella era riesgo, crítica sin panfleto con tintes surrealistas y una propuesta distinta (lo que en un festival de estas características debería ser casi obligatorio) aquí se convierte en rutina y en un querer y no poder desde un guión indefinido, lleno de altibajos, con momentos logrados sí, con gags que mueven a la carcajada pero que no son suficientes para sostener un filme que se hace eterno y en el que casi lo mejor es la elección de los temas de su banda sonora cargados todos de intención ‘europeísta’. De fondo, el tema del resurgimiento de los nacionalismos y el cuestionamiento de las monarquías en un tono de parodia que hubiera dado para mucho más.

Riesgos

Más interesante por lo que arriesga me pareció la tercera propuesta del día, ‘La ciénaga. Entre el mar y la tierra’, debut de los colombianos Manolo Cruz y Carlos del Castillo. Lo que en principio iba a ser un corto ambientado en un lugar pantanoso próximo al Caribe donde viven personas en una situación de extrema pobreza se convirtió en un largometraje –gracias en parte al micromecenazgo puesto en marcha por el tándem de dirección y producción— en el que el protagonista sufre una enfermedad degenerativa muscular llamada distonía. La película tiene defectos como cabe esperar en una opera prima, pero es en primer lugar una historia que merece la pena contarse.

El protagonista es Alberto, un joven 28 años atrapado en un cuerpo enfermo y en unas condiciones de vida muy duras. Su madre, una mujer viuda que ha centrado su vida en su cuidado hasta el punto de no ver con buenos ojos a quien intente acercarse a la razón de su existencia aunque sea con intención de ayudar, y una amiga de la infancia son sus únicas compañías. Alberto sueña con ver el mar, lo que para un paciente con una economía siquiera digna no tendría mayores dificultades para él se trata de una empresa casi imposible. La acción transcurre al 90% en la paupérrima chabola, palafito para hablar con propiedad, que madre e hijo comparten en la ciénaga que da título al filme y la cámara está siempre cerca de ambos, a veces incluso demasiado.

A pesar de lo duro de la historia su desarrollo elude igualmente bien tanto el tremendismo como el ternurismo. Lástima de esos innecesarios subrayados musicales de los momentos en que el protagonista sueña con disfrutar del mar en un cuerpo sano y que recuerdan demasiado a los episodios análogos de ‘Mar adentro’, de Alejandro Amenábar. Además de estar peor resueltos bajan el buen tono de la película. Por cierto que esos momentos musicales no son el único paralelismo con la historia de Ramón Sampedro. Con todo, en ‘La ciénaga’ encuentro madera de cineastas. Habrá que estar atentos a sus próximos trabajos.

(Fotogramas de ‘Tierra de dioses’ y ‘El rey de los belgas’)’

 

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.