El Norte de Castilla
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Categoría: Arte
Saskia Moro, armonía y transparencia

LA ARTISTA EXPONE HASTA EL 23 DE FEBRERO EN LA GALERÍA LA MALETA DE VALLADOLID

Ya desde sus años de formación, Saskia Moro (Londres, 19667) se interesó por las técnicas del grabado y en esa especialidad se licenció en Bellas Artes en Madrid. Antes de concluir su licenciatura ya había fundado su primer taller de grabado. Pero no es la única especialidad en la que Saskia se expresa como artista, pues también pinta, realiza instalaciones, practica la cerámica ­–casi una tradición familiar, ya que su madre es ceramista— y construye objetos con diversos materiales. Pero el grabado es la materia de su primera exposición en Valladolid que se inaugura mañana en la galería La Maleta. ‘Gráfica’ es el significativo título de una muestra que se ha convertido en una pequeña retrospectiva de esta artista que vive entre Madrid y Lisboa, y cuyas últimas exposiciones se han llevado a cabo en la capital portuguesa, pero también en Amsterdam y en Madrid.

Las obras presentes en La Maleta han sido seleccionadas entre varias series en las que Moro ha venido trabajando desde los años noventa del pasado siglo hasta la actualidad: ‘Mareas’, ‘Castilla’, ‘Looking South’, ‘Agua y sal’ y ‘Fragmentos’. Una primera lectura de estos títulos, así como los de otras obras sueltas (‘Niágara’) o el título de su última exposición portuguesa, ‘Memoria: entre el cielo y el agua’, dan ya una de las claves de su obra: el agua es un elemento fundamental en su trabajo, tanto si se trata de obras abstractas, como de paisajes más o menos explícitos. La línea del horizonte que separa cielo y mar está presente de forma recurrente en grabados y acuarelas. La geometría resultante de estilizar el paisaje, abstrayéndolo hacia sus líneas elementales es el tema de numerosas obras y últimamente de instalaciones a bases de hilos que llevan las líneas del horizonte y del paisaje al espacio de la galería.fragmentos-turquesa-38x38

Aunque muchas de sus obras tienen reminiscencias de una abstracción lírica que permanece vigente en la obra de muchos artistas contemporáneos, Saskia Moro no puede desprenderse ni quiere de la paisajista que hay en ella, y que se muestra de muy diversas formas. En la serie ‘Castilla’, por ejemplo, tras el explícito título se oculta un estudio del color, del sentimiento que el amarillo o el ocre dominantes en la llanura castellana producen en la artista y que relacionan la serie con otras plenamente abstractas como ‘Fragmentos’.

Por el contrario, en otras ocasiones Moro desarrolla esa mirada a la tierra que la rodea de un modo más concreto (como en su muestra ‘Terras de azeite’, que data de 2009). Este no cerrarse a ninguna posibilidad expresiva es también una constante en su trabajo.

Algunas obras que se pueden ver en la galería vallisoletana proceden de su serie ‘Looking South’ en la que la artista desarrolla otro de sus bloques temáticos preferidos: la relación de los contrarios. En este caso la relación entre las culturas del Norte y el Sur. Piezas como ‘Ibn Zaydum I’ e ‘Ibn Zaydum II’ hacen referencia a la obra del poeta árabe andalusí que vivió entre los años 1000 y 1071 y algunos de cuyos fragmentos aparecen en los grabados de la misma manera sutil como realiza el resto de las obras.06-mareas-vivas-solsticio-de-verano-100x50

El común denominador de las obras seleccionadas en ‘Gráfica’ es el gusto por la técnica de la estampación que para ella tiene que ver con un proceso casi mágico. El resultado de trasladar el motivo de la plancha al papel le produce un placer similar al que encuentra en el proceso de la fotografía analógica. Y el proceso lleva siempre a un resultado en el que la búsqueda de la armonía tanto cromática como de líneas produce en el espectador una sensación de calma. Nada compromete la serenidad con la que estas obras se muestran desde una proyección del color que a menudo tiende a la transparencia. No hay rupturas ni transiciones abruptas ni en el tratamiento del color ni en la disposición de las manchas.

Sutileza es un adjetivo que casa con la totalidad de los planteamientos de Saskia Moro, y vale también para sus instalaciones en las que colores y materiales parecen disponerse hacia esa búsqueda de la armonía que preside su trabajo.

Imágenes: ‘Turquesa’, de la serie Fragmentos. 2005 y ‘Marea viva. Solsticio de verano’, de la serie ‘Mareas’ 2001

(Crítica publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla)

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El Musac y la Fundación Cerezales, unidos en un excelente proyecto

'Elñ agua y sus sueños', instalación de Rogelio López Cuenca y Elo Vega en el Musac./El Norte
‘Elñ agua y sus sueños’, instalación de Rogelio López Cuenca y Elo Vega en el Musac. / El Norte

El Musac y la Fundación Cerezales retoman desde el ángulo de los embalses de Riaño y el Porma el origen y las consecuencias de las grandes obras hidráulicas

ANGÉLICA TANARROValladolid

Hubo una época en que la construcción de pantanos se entendió como un signo de progreso y como la única manera de luchar contra la falta de agua en amplias zonas del país y contra el atraso de una España seca y deprimida. Y esta idea, que siempre se asocia a la dictadura de Franco, periodo en el que las grandes obras hidráulicas fueron una constante y un elemento habitual de la propaganda del régimen, hunde en realidad sus raíces en el siglo XIX y emparenta con la corriente regeneracionista. España vivía entonces el fin de un imperio y para autores como Joaquín Costa o Lucas Mallalda la sequía, la falta de terrenos de regadío, estaba en el centro del atraso del país. Transformar en regadíos zonas secas, por un lado, y producir energía eléctrica, por otro, estuvieron en el inicio de esos proyectos hidráulicos que anegaron pueblos, supusieron grandes movimientos de población y no pocas polémicas. Y, en contra de la idea que ha llegado hasta nosotros, esos proyectos abarcaron el reinado de Alfonso XIII, las dictaduras de Primo de Rivera y Franco, la Segunda República y el gobierno democrático encabezado por el socialista Felipe González, durante el cual se recuperó y se llevó a cabo, contra la opinión pública y un buen número de intelectuales y especialistas en ingeniería y medio ambiente, un proyecto que parecía olvidado como fue el embalse de Riaño.

Instalación con fotografías de casas de pueblos inundados en León.
Instalación con fotografías de casas de pueblos inundados en León. / El Norte

Ahora, cuando han pasado décadas desde el último de los grandes pantanos españoles, una exposición conjunta entre el Musac y la Fundación Cerezales Antonino y Cinia plantea una reflexión sobre lo que supusieron dichas obras para la transformación de un territorio y las preguntas que acerca de sus consecuencias, de su real o ficticia utilidad, de la situación actual de dichos territorios y de su futuro, acerca del cual no hay que olvidar las consecuencias del cambio climático, cabe hacerse hoy en día.

Cuando los comisarios de esta muestra, en la que han embarcado a una serie de artistas contemporáneos además de rescatar la obra de artistas del pasado, empezaron a trabajar sobre el proyecto, hace ya más de cuatro años, el agua y su ausencia no estaba en la agenda informativa. Así lo ponían de manifiesto Bruno Marcos y Alfredo Puente durante el acto inaugural que, si ocupó pequeños espacios en los informativos de aquel dos de diciembre pasado, compitió con los muchos minutos que los informativos dedicaban al tema de portada: la sequía y las impactantes imágenes de los embalses vacíos que dejaban al descubierto pequeños esqueletos de lo que un día fueron pueblos con vida.

‘Región (Los relatos). Cambio de paisaje y políticas del agua’ es el largo título de una exposición que sin embargo se inspira en uno mucho más corto: ‘Volverás a Región’, de Juan Benet, el conjunto de relatos que el autor escribió inspirándose en una zona que durante años fue su lugar de trabajo y que quedaría anegada precisamente por uno de los embalses, el del Porma, en el que trabajó como ingeniero. Era la década de los cincuenta y Juan Benet, que empezaba a ser un escritor reconocido, se trasladó junto a su mujer y sus tres hijos a la zona nororiental de la provincia de León para supervisar la construcción del pantano, y quedó atrapado por el territorio y sus gentes a las que dedicó la que está considerada como una de sus mejores obras.

Benet está muy presente en esta muestra, y no solo por el título, sino por los materiales que su familia, en especial sus hijos han prestado: desde mecanoescritos de la obra y primeras ediciones de la misma (una de ellas dedicada de su puño y letra a su madre), hasta otros documentos relacionados con su trabajo, o el polémico artículo en el que muchos años después defendería la construcción de Riaño.

Hay que decir antes de continuar que la exposición encaja en una de las líneas de trabajo, quizá la principal, que caracteriza los proyectos del Musac: la reflexión a través del arte contemporáneo sobre el territorio y sus transformaciones, el papel de la creación en la recuperación de la memoria, y la mirada al futuro desde el compromiso de los artistas del presente. En esta ocasión, ha trabajado con la complicidad de otra institución que comparte su preocupación por este tema: la Fundación Cerezales, auténtico ejemplo de revitalización de un territorio a través de la cultura. La exposición, por otra parte, profundiza en una de las líneas del arte contemporáneo: el rescate documental.

Instituciones como la Confederación Hidrográfica del Duero, el Ministerio de Agricultura, el Museo de León, la Fundación Sierra Pambley, la Asociación de Agricultores Leoneses (1977-1985), la Filmoteca Nacional, y medios periodísticos como Televisión Española o ‘National Geographic’, así como numerosas familias afectadas de una u otra forma por las expropiaciones han abierto sus archivos para prestar desde los proyectos técnicos de las obras de ingeniería, a los expedientes de expropiación, pasando por antiguos documentales del NO-DO, fotografías aéreas de los pueblos afectados o vídeos mucho más recientes sobre las zonas objeto de estudio en la muestra.

En el apartado audiovisual la exposición presenta desde la película ‘La aldea maldita’ filmada por Florián Rey en 1930, cuando el cine en España aún no tenía voz, o el corto procedente del archivo real de Alfonso XIII que muestra al monarca en un día de caza por los Picos de Europa, al célebre ‘El Filandón’ de Chema Sarmiento. Mucho más reciente, del pasado 2017, es el vídeo documental de Raúl Díez Alaejos sobre una acción de Hamish Fulton, considerado uno de los principales artistas del land art británico, que se ha especializado en caminatas por todo el mundo y que organizó una caminata colectiva por una de las carreteras que llevan al borde de las aguas del embalse de Riaño.

En el apartado de objetos curiosos, se pueden encontrar las llaves de numerosas casas sumergidas por este pantano, o el tesoro aparecido durante la sequía de hace dos años en este mismo lugar. Una prospección arqueológica de un yacimiento paleolítico, realizada aprovechando la retirada de las aguas, dejó al descubierto un conjunto de doscientas monedas de plata pertenecientes a la dinastía de los Trastámara y fechadas entre los siglos XI-XII.

Transformación y paisaje

En el aspecto estrictamente artístico, pasado y presente conviven con el mismo engarce que el resto de los apartados de la muestra. Los comisarios han querido mostrar dos obras del considerado padre del paisajismo en España: ‘La cruz’ (Monasterio de Piedra) y ‘Cañada en el Puerto de Pajares’ que Carlos de Haes pintó entre 1872 y 1874 y que presta el Museo del Prado. De la colección del Reina Sofía es ‘Autoridades de pueblo’ (1920) de Valentín de Zubiaurre (reflejo de esa España seca que los regeneracionistas querían rescatar del atraso) y del Museo de la Universidad de Navarra, las fotografías de Ortiz Echagüe, realizadas a comienzos del siglo pasado por uno de los principales exponentes de la fotografía pictorialista española.

Entre los artistas contemporáneos que han prestado o realizado obras exprofeso para esta muestra, figura un nombre ya mítico en nuestro presente como el premio Nacional de Artes Plásticas y premio Velázquez, Isidoro Valcárcel Medina. Este pionero del arte conceptual español presta un imaginativo e irónico ‘Plan de salvación’ para Riaño.

Consagrados y emergentes se dan la mano con obras de distintas técnicas y lenguajes, aunque la mayoría encuadrables en ese territorio fronterizo de la instalación y la vídeoinstalación. Rogelio López Cuenca y Elo Vega proponen un vídeo-ensayo, un vídeo-poema y una tarjeta postal con una reflexión de fondo sobre los excesos de la promoción turística del paisaje. Anne Laure Boyer aporta un ‘Atlas oculto’, una instalación que da cuenta sobre el mapa de los pueblos anegados por pantanos en Europa. Juan Pablo Ordúñez recrea mediante un paseo en barca lo que fue otro pueblo inundado por un pantano, Sant Romá de Sau. Abelardo Gil Fournier rescata en una instalación sonora melodías del viento y canciones populares relacionadas con las tareas del campo. Daniel G. Andújar plasma en ‘Notitia’ noticias y textos cruzados sobre el agua. Carlos Irijalba reflexiona sobre la transformación del paisaje a través de sondeos geotécnicos en la zona de Vegamián, y Manuel Laguillo documenta esa transformación siguiendo los ríos afectados en sus fotografías.

Una exposición tan prolija y documentalmente tan completa que es imposible abarcar en una sola visita. La buena noticia es que permanecerá abierta hasta el 27 de mayo.

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Retratos de la dignidad

PIERRE GONNORD REFLEJA MUNDOS QUE DESAPARECEN, A TRAVÉS DE LA MIRADA DE LOS RESISTENTES

En toda exposición puede haber un denominador común a las obras expuestas, más allá de que hayan salido de un mismo taller o las emparente un objetivo, una intención, una idea en la mente del comisario de turno. Y puede ser más o menos evidente. En ‘Terre de Personne’ (Tierra de nadie) la exposición de Pierre Gonnord que la Fundación Villalar presenta en el vestí­bulo de las Cortes de Castilla y León, ese denominador común es un concepto: la dignidad. La dignidad que emana de todas y cada una de las dieciséis miradas que Gonnord ha fotografiado con su estilo ya conocido, desde que a finales la década de los noventa y primeros años de este siglo empezara a sernos familiar su obra.

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Dieciséis retratos componen la muestra. Son hombres y mujeres de distintas generaciones y ocupaciones, aunque procedentes todos de un mundo en extinción. Una parte está formada por los rostros de mineros procedentes de zonas del Norte de España donde la minerí­a empieza a ser un recuerdo, o el plan para un nuevo museo o un parque temático. La otra parte la componen ancianos resistentes en zonas rurales marcadas por la emigración y el olvido que permanecieron arraigados a una tierra de tal forma que hombres y mujeres por un lado y tierra por otro se dan sentido mutuamente. Rostros ennegrecidos por el carbón, pero, sobre todo, marcados por la dureza del oficio. Y rostros dibujados por los mismos surcos de la tierra que les ha tallado, hermosos en su desnuda verdad.

Ha contado Pierre Gonnord en torno a esta muestra, que ha sido comisariada por Rafael Doctor, cómo sus series fotográficas se originan con un viaje, “un viaje sin cámara”, lo que distingue el proceso de su obra de la labor de un reportero gráfico. Para llegar a las imágenes que nos atrapan la mirada (quizá a eso se refiera Gonnord cuando habla de estos retratos como espejos) hacen faltan horas de conversación y convivencia más allá de que el artista necesite ganarse la confianza del retratado para acceder a una sesión en la que de alguna manera acabaría desnudo. En esta ocasión el viaje le lleva desde los Ancares a las zonas limí­trofes entre León y Galicia, pero también a Tras os Montes, cruzando la raya que nos separa o nos une con la hermana Portugal. De hecho, las personas aquí­ mostradas serí­an perfectamente intercambiables de un lado a otro de la frontera y nos hablan de lo que nos une como humanos. Y no es mala lección en los tiempos que corren.

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Con su técnica habitual de fondos negros y sujetos aislados de su entorno, jugando con el claroscuro, uno a uno estos rostros nos desvelan la dignidad del que se sabe único porque se mantiene firme en “su” lugar. Es cierto que el mundo rural que representan duro y pobre, casi miserable pero al mismo tiempo grande en su autenticidad, será poblado en el mejor de los casos (ya que en muchos de los lugares de procedencia de estas fotografí­as la despoblación está llegando a su lí­mite) por nuevas generaciones que lo habitarán en condiciones mucho menos extremas y desde una conciencia global, pero ¿mirarán a cámara (al mundo) con la misma seguridad y entereza que sus padres y abuelos?

Para el autor de estas fotografías el retrato es un asunto clásico. Vemos las ropas oscuras y ajadas de los retratados, pero fácilmente podemos imaginarlos en ropa de corte, tal es la serenidad de su pose. Se ha comparado su obra con la Ribera, incluso con la Velázquez, pero en algunos casos, el poderío del retratado es tal que podrí­amos remontarnos más atrás, a los antecedentes del retrato clásico en la Roma Republicana.

Un catálogo de miradas que nos interpela. Duras, inocentes, retadoras… Eso nos ofrece Pierre Gonnord. Doctor ha seleccionado una exposición breve pero justa, porque merece una visita detenida y una más detenida reflexión.

(Las fotografías de la exposición de Gonnord son de Carlos Espeso)

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Así está el Patio

Hace tiempo que vengo señalando perpleja que la información cultural cada vez se parece más a la información deportiva y a la información económica. A la primera, porque resulta que de lo que se trata es de batir récords constantemente y a la segunda, porque solo parecen interesar las cifras. Dentro de nada habrá gráficos con lí­neas de subidas y bajadas en todas las informaciones culturales como si del í­ndice Dow Jones se tratara. Creo que ya hay.

El Patio Herreriano ha batido récord de visitantes. (Plas, plas, plas…) Todos contentos. Todos, menos un amplio sector profesional del mundo del arte. Lo manifestado por el Instituto de Arte Contemporáneo y el Grupo de Trabajo del Museo en su comunicado a los medios es compartido en muchos sectores artísticos de dentro y fuera de la ciudad. Da pereza volver a señalar lo ya dicho en otras ocasiones como ésta. Lo que diferencia al Patio Herreriano, lo que le da sentido como Museo, es su importante colección y en torno a ella, a sus contenidos, a sus caracterí­sticas, al papel que juega en el contexto del arte nacional e internacional, relacionado con el nacimiento y desarrollo de las vanguardias, debería girar su actividad. Una actividad que, al mismo tiempo, deberí­a colocar al Herreriano en el mapa de los museos de arte contemporáneo que cuentan en el país. Es decir, aprovechar el hecho de que la Colección permanece en esta ciudad para generar en torno a ella una riqueza cultural que distinga al museo y se convierta en atractivo para un público aficionado y experto, así­ como imán de otras actividades relacionadas. Proyecto y presupuesto económico. Estas son las claves.

Lejos de eso, el Museo se encuentra actualmente sin dirección (al parecer lo dirige una gestora) y sin proyecto (al menos que se haya hecho público), a no ser que el proyecto fuera el de batir récords de visitantes. En ese caso, misión cumplida. Aunque la euforia que traslucían las palabras del alcalde durante el balance de visitas de 2017 (¿por qué no se ha hecho al final del año? La cifra hubiera sido aún más vistosa) habrí­a que matizarla. Para empezar, la entrada ahora es gratuita ¿por qué no se adoptó antes esta medida si tanto preocupaban las estadí­sticas? En segundo lugar, en el Patio Herreriano se ha concentrado la programación de otras salas de exposiciones municipales. Es decir, los visitantes habituales de estas ahora van al Patio. Pero para eso no se necesita una colección ni un museo. Para incluir exposiciones no proyectadas ni comisariadas desde el centro (de cuya calidad media, por cierto, no se duda en la mayorí­a de los casos, ahí­ está la de Sarah Moon) no se necesita la Colección, basta con amplios espacios que permitan montajes adecuados. El Museo era y debe ser otra cosa.

Y un apunte más. Hay que distinguir artistas emergentes de artistas aficionados. Ambos deben tener su espacio, pero quizá sin mezclarse o con las fronteras bien definidas.

(Columna publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla el jueves dos de noviembre de 2017)

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Fernando Guijar, geometría y color

EL ARTISTA EXPONE SUS ÚLTIMAS OBRAS EN LA GALERÍA JAVIER SILVA DE VALLADOLID

 

Fernando Guijar tiene muy presente su primera exposición en Valladolid porque aquella primera aparición pública como artista (‘El ajuar de Marisol’ en el Teatro Calderón, 1998) le cambió la vida. Hasta entonces su trabajo se habí­a desarrollado en el campo del sonido desde su formación como ingeniero técnico en Telecomunicaciones. Sin embargo, la exposición le sirvió, casi sin haberlo pretendido, para tener algo a lo que aspiran todos (o casi todos) los artistas: una galerí­a. Ferrán Cano le fichó y desde entonces su vida gira en torno al arte y el diseño gráfico. Se licenció en Bellas Artes, hizo un master en Artes Visuales y Multimedia, pero, sobre todo, se liberó de las coordinadas estrictas en las que se mueve el mundo de la ingenierí­a para dar la bienvenida al caos que puede encender la mecha de la creatividad.

Exposición en la Galeria de Javier Silva,de Fernando Guijar.fto Henar Sastre

Exposición en la Galeria de Javier Silva, de Fernando Guijar. fto Henar Sastre

Guijar expone sus últimos trabajos, bajo el título ‘Blok’, en la galería que ahora le es fiel, tras el cierre de la anterior, el ámbito de Javier Silva en Valladolid. Su obra no es desconocida para el público (casi siempre escaso) afecto al arte contemporáneo. En 2014 llenó este espacio con sus ‘paisajes intervenidos’, fotografí­as intervenidas plásticamente que reflexionaban en torno a cómo habí­a evolucionado la consideración del paisaje en la historia del arte, desde lo sublime a lo pintoresco, y jugaba con la idea de Joseph Beuys de que los animales eran ya el último punto de conexión entre el hombre y la naturaleza.

Sin embargo, la exposición que muestra ahora tiene más que ver con aquellos coloridos inicios, con la intervención que montó en paralelo a su anterior exposición en el Patio Hereriano, en aquella feliz iniciativa Lienzo MPH, y sobre todo con el diseñador gráfico que nunca le abandona. Una serie de piezas en las que arte y diseño gráfico, rigor formal y conceptos como utilidad social, decorativismo, constructivismo y un cierto esteticismo se dan la mano.

De entrada, el color: se dirí­a que una apuesta por el lado más optimista del arte. Unos cuantos elementos, plantillas geométricas, fragmentos fotográficos, piezas de madera o elementos de uso cotidiano diseñados por él se van ensamblando en composiciones donde la agilidad resultante no oculta el orden con el que han sido concebidas. Guijar en este camino entre el diseño y la apuesta artística no esconde cómo influyen en él las técnicas publicitarias (sobre todo en el uso del color) junto a propuestas de más largo alcance. Habla, por ejemplo, de la ‘Sala neoplástica’ ideada por el vanguardista polaco Wladisyslaw Strzeminski que pudo verse recientemente en el Reina Sofí­a con motivo de la muestra dedicada a su obra y a la de su pareja, la escultora Katarzyna Kobro. Y es que su acercamiento a ciertas vanguardias clásicas tiene que ver con la mirada de ambos artistas, relacionados con movimientos como el futurismo y el constructivismo y fundadores del movimiento unista que poní­a el acento en la materialidad del arte frente a conceptos como tiempo o movimiento.

El tí­tulo ‘Blok’ hace referencia a esos elementos producidos en serie, como los de cierta conocida marca de muebles, o los elementos de la arquitectura. Es la cadena compositiva, pero también aquello que nos construye por dentro y por fuera. Hay algo terapéutico además en la forma en que Guijar se aproxima a lo figurativo, juega con lo geométrico y nos enseña que el arte, finalmente, es cuestión de mirada, de una mirada personal e intransferible, que dirí­a aquel.

(Artículo publicado en la edición impresa de EL NORTE DE CASTILLA el 23 de octubre de 2017)

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Ya lo pensaré mañana (5) Películas que crecen, guiones que brillan

Da igual cuánta información previa se tenga de una película, lo que sepamos sobre su paso por otros festivales, las entrevistas que hayamos podido leer a su director o a sus protagonistas, los premios que las avalen o los silencios que las ninguneen… Llega ese momento impagable del fundido a negro en la sala y esos instantes en los que siempre he pensado, y creo haberlo escrito ya, en los que un film se la juega. Cuántas veces los primeros segundos de arranque contienen el aviso de lo que vendrá después. Y cuando esto sucede, generalmente sucede para mal.

En este festival, la información previa me está sirviendo de poco. Me explico: en general me están decepcionando los nombres consagrados y sin embargo encuentro sorpresas en tí­tulos que a priori no me seducí­an en exceso. Y eso también es la función de un festival: propiciar descubrimientos.

Me sorprendió gratamente ‘Gabriel y la montaña’, la pelí­cula de Felipe Barbosa, un director brasileño del que no había visto su anterior, y único junto a este, largometraje. Y aún más me ha complacido en la sesión de la mañana de ayer la americana ‘The rider’, de la directora china afincada en EE. UU. Chloé Zhao. Ambas comparten la virtud de ir creciendo ante los ojos del espectador. Hemos visto ya en el transcurso de esta edición buenos arranques que se iban desmoronando a medida que avanzaba el metraje. Por eso se agradece tanto el viaje contrario.

El viaje literal por África de Gabriel. Del que no sabemos nada ni se intuye nada especial al comienzo de su historia (paradójico comienzo pues el film arranca con su muerte, lo que no resta un ápice el interés del relato) y que vamos descubriendo poco a poco. Y el viaje humano de Brady, el protagonista de la pelí­cula de Zhao: una estrella del rodeo que ve frustrados sus sueños por un accidente que le deja secuelas importantes. Un guion muy bien escrito, muy bien medido, nos hace contemplar la maduración del personaje, la dura aceptación de una realidad con la que no contaba. Y vamos descubriendo con pequeñas pinceladas su contexto familiar y social. Sin prisas, pero sin demoras. De su autora, la propia Chloé Zhao, envidio su paso por Yaddo, la magnífica residencia de artistas en Nueva York, por la que pasaron algunos de mis escritores y escritoras favoritos (pienso en Flannery O’ Connor y también en Robert Lowell). Lástima que no estuviera la realizadora ni nadie del equipo para defenderla, que esa es también la función de un festival. (Qué cuando nadie defiende la obra ante los medios).

Parecerí­a que todo se ha escrito o se ha filmado ya en torno a la figura del vaquero, o del espectáculo del rodeo, pero no, aún hay gente como Zhao que puede sacar partido a estos locos jinetes. The rider’ es también un festín para los ojos, gracias a la estupenda fotografí­a de Joshua James Richards, y una pelí­cula que no deben perderse los amantes de los caballos. ¡Qué belleza de ejemplares! ¡Y qué gusto salir del cine contenta!

 

(Columna publicada en el suplemento de Seminci de la edición impresa de El Norte de Castilla el 26 de octubre de 2017)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.