El Norte de Castilla
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Categoría: Actualidad
Mis Goyas favoritos

Es como una tradición. Termina la gala de los Goya y comienzan las duras, ácidas críticas. Antes había que esperar al día siguiente. Ahora (redes y webs mediante) son ‘en tiempo real’, sea lo que sea el ‘tiempo real’. Y la verdad es que casi siempre cargadas de razón. Sobre todo después de la de anoche. Debo de ser de las pocas personas a las que el humor chanante no le dijo nunca nada y mis temores se confirmaron. La gala no tuvo gracia y lo que es peor (y esto no es culpa de los presentadores) tampoco organización. Vamos, que como leí en un twit, esto no nos sale. Había quien echaba de menos a Dani Rovira. Yo me remonto más atrás, creo que Rosa María Sardá le ponía mucha más inteligencia y gracia. Visto lo visto, igual habría que darle una oportunidad a Boyero…cartel-2

Pero ya. Dejemos el espectáculo (incluso el espectáculo feminista, pues al final la reivindicación sonaba forzada como si a última hora se hubieran “apuntado al carro”, como se les escapó a uno de los presentadores. Con estas ayudas no es de extrañar lo mucho que queda par la ansiada y justa igualdad) y  vayamos al cine.  Me alegro de los goyas que consiguió ‘Handia’, pues sus directores me parecen dos de los valores que tiene nuestro cine. Supongo que esas diez estatuillas les dejarían un sabor amargo al ver que los premios importantes se les escapaban de las manos. Pero mi corazón estaba con Isabel Coixet y con Clara Simón. Con la primera, por haber hecho una buena película con una novela excelente a la que ha limado las aristas más amargas. Y todo sea por otra reivindicación crucial: la de la cultura de verdad. El agradecimiento que la directora hizo expreso “a todas las personas que todavía compran libros” fue para mí una de las frases de la noche. Y qué pena que Bil Nighy que está espectacular en el filme se fuera de vacío.

Con Clara Simón, por haber dirigido una de las películas si no “la” película del año. Intimista, sí, dura y tierna como la vida misma, pero sobre todo de una verdad arrolladora. Simón hizo lo más difícil en creación: convertir algo real, algo que le afectó en su vida y la condicionó para siempre, en materia artística, sin sentimentalismos vacuos, sin dramatismos excesivos, con una naturalidad apabullante.  Y al mismo tiempo hacer de esa experiencia un foco de empatía. Y, más difícil aún, atreverse a contar la historia de una niña (dos en realidad) a la que hay que dirigir y de la que se tiene que conseguir esa verdad que brilla en el guion. Creo que es de las poquísimas veces (ahora solo me acuerdo de Erice y  hace ya tanto tiempo…) que veo a dos niñas tan bien dirigidas en el cine español.carte1

A Natalie Poza le tenía que llegar su momento. En forma de ese papel en el que pudiera expresarse del todo. Se lo proporcionó Lino Escalera  y dio en la diana. Venía dando pasos hacia un Goya merecido.

Pero casi el premio que más me alegró fue el que consiguió Adelfa Calvo por su papel de portera en ‘El autor’. Qué acierto el de Martín Cuenca el haber dejado en sus manos un trabajo nada fácil, que podía deslizarse peligrosamente por el lado de la caricatura o de la risa fácil. Pero Adelfa Calvo lo desarrolla en todos sus matices y sí, de nuevo, en toda su verdad. Da rabia recurrir al tópico pero es que en ‘El autor’ se come la pantalla. Literalmente no puedes dejar de mirarla y hace sombra a un actorazo como Javier Gutiérrez. Y lo hace desde un cuerpo que reivindica también la belleza diferente, que trastoca la tiranía del canon.

Ahora que lo pienso… Sí fue la noche de las mujeres… A pesar de todo…

 

(Carteles de las películas ‘La librería’ y ‘Verano 1993’)

 

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Algo más que un pacto

Mientras escribo estas líneas, una madre granadina espera que encuentren a sus hijos desaparecidos desde que su padre los recogiera conforme estipulaba el régimen de visitas. El hombre, ex policía local (expulsado del cuerpo al parecer por su comportamiento violento) tenía una orden de alejamiento de su ex mujer por violencia de género. Mientras escribo esta primera columna del año, el cuerpo de Diana Quer es analizado para detectar las causas últimas de su muerte. Aunque parece claro que la causa fue el fatal encuentro con un delincuente con antecedentes por violación y tráfico de drogas.

2017 se cerró con un aumento en el balance de la violencia machista. 48 mujeres (cuatro más que el año anterior) han muerto a manos de sus parejas o exparejas. Y eso sin contar los casos aún en proceso de investigación que elevarían la cifra por encima de la cincuentena (y algunos son tan evidentes que parece imposible llegar a otra conclusión que no sea que el fin se debió al maltrato al que estaban sometidas las víctimas). Pero el horror no se detiene ahí y muestra además otra cifra espeluznante: durante 2017 ocho niños murieron a manos del mismo hombre que acostumbraba a torturar a sus madres y 27 quedaron huérfanos de madre, asesinadas por sus progenitores. Eso sin contar la cantidad de menores que asisten como parte de su rutina diaria al maltrato que sufren sus madres, al clima de violencia que imponen en el día a día familiar sus progenitores, con las presumibles consecuencias que dicho menú cotidiano tiene en su formación y en su futuro.

2017 pasará también a nuestra historia reciente como el año del Pacto de Estado contra la Violencia de Género. Parecería fácil un acuerdo de todos los grupos parlamentarios ante una injusticia tan flagrante en el mismo año en que muchas mujeres han salido del armario del miedo, del silencio y la vergüenza ante el estigma social para denunciar que fueron abusadas a veces por extraños, a veces por quienes tenían en deber de protegerlas. No lo fue tanto. Pero ahí está el acuerdo que, desde el punto de vista presupuestario supondrá sobre el papel la inversión de 1.000 millones de euros en cinco años, a partir de este 2018. Una buena noticia sin duda, pero ante la que no puedo evitar mi escepticismo. Cuántas veces los presupuestos se quedan sin ejecutar, cuantas veces se pierde el dinero necesario para lo más básico en laberintos administrativos y desidia burocrática.

Además, nada será realmente eficaz si no se atajan los orígenes: la educación, el clima social que fomenta aún una imagen secundaria de la mujer, la crisis sobre la que solo oímos ya mensajes triunfales… en este país, donde se rebajan los presupuestos de la enseñanza, se subvencionan con dinero público colegios que segregan a los niños por género, se maltrata la Cultura y se eliminan asignaturas como Educación para la Ciudadanía. Ya veremos…

 

(Publicada en mi columna de Opinión ‘Dìas nublados’ el 4 de enero de 2018)

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Mi adiós a Juan Pablo Ortega

Hoy el temporal ha impedido que las cenizas del escritor Juan Pablo Ortega descansaran al fin junto a sus padres, en su localidad natal, El Espinar. Algo que ocurrirá en próximas fechas. Aquí, mi emocionado y agradecido recuerdo al escritor y al amigo.

JUAN PABLO ORTEGA, UN INTELECTUAL, UN CABALLERO

Este artículo podría tener solo tres palabras, las que vinieron a mi mente tras conocer el fallecimiento de Juan Pablo Ortega. Tres palabras. Las que componen un verso de Antonio Gamoneda, también el título de uno de sus libros: ‘Arden las pérdidas’. Arde el corazón por la ausencia del escritor, del defensor de la educación laica, sobre todo del amigo.juan-pablo

Recuerdo a la perfección el día que le conocí. Comenzaba mi carrera periodística en El Adelantado de Segovia y nos presentó su entonces director, Pablo Martín Cantalejo. “Os vais a entender bien”, dijo al proponerme que le hiciera una entrevista con motivo del premio Planeta a la novela de mayor interés cinematográfico de las presentadas ese año al galardón y que había obtenido por ‘Las dos muertes de un tirano’. No se equivocó. Pelo blanco, ojos reidores, traje Príncipe de Gales. Lo del traje no es un detalle baladí. Juan Pablo era elegante por dentro y por fuera. Cuidaba su aspecto físico y su indumentaria por coquetería, sí, pero sobre todo por respeto a los demás. Y este fue uno de los emblemas de su vida. Respeto, tolerancia, empatía suma. Ningún drama humano le era ajeno y siempre estaba ahí para echar una mano, incluso a los desconocidos. Pero sobre todo a su familia, que era su debilidad. Un afecto, por cierto, muy correspondido.

La vida no siempre le devolvió tanta generosidad. Abandonó España en los sesenta, cuando este era un país difícil para un demócrata convencido, para un socialista que nunca renegó de sus ideas, pero respectó las del adversario con la firmeza de quien de verdad ejerce la tolerancia. Universitarios de Dijon (Francia) y alumnos de los colleges Colby, Vermont y Vassar (los tres en Estados Unidos) tuvieron la suerte de tenerlo como profesor de español. Estoy segura de que fue algo más que un idioma lo que aprendieron de él los jóvenes que acudieron a sus clases.

Con la democracia volvió a España. Y volvió no para cruzarse de brazos, sino para tratar de aportar su grano de arena a la construcción de un país social y culturalmente moderno. Ahora que tanto se oye la palabra patriotismo y se nos llena la boca diciendo ‘España’ muchos tendrían que aprender de alguien que sin jactarse y sin agitar ninguna bandera y menos ninguna bandera de exclusión dio un paso al frente. Hubiera sido un extraordinario secretario de Estado de Cultura un puesto equivalente para el que le llamó Adolfo Suarez y eso que él era, y estaba orgulloso de ello, militante del extinto Partido Socialista Popular de Enrique Tierno Galván, de quien también fue amigo. Pero el sueño de aportar algo de su enorme cultura desde la representación institucional duró un suspiro. Para alguien tan radicalmente honesto, determinados usos del juego político no entraban en su hoja de ruta. A partir de entonces, defendió sus ideas desde sus libros, desde una institución que amaba: la Liga Española para la Educación Laica de la que llegó a ser presidente de honor y, por encima de todo, desde su radical ejemplaridad personal. Nunca se escondió cuando creía que la causa era justa.

Escribió novelas, cuentos, (fue premio Doncel de Literatura infantil), obras teatrales y ensayos. Pero como todo buen escritor fue sobre todo un lector. Siempre le recuerdo leyendo varios libros a la vez y en varios idiomas distintos. Adoraba el ensayo histórico, era un fan silencioso del Real Madrid (“un buen partido también es una obra de arte”, me dijo una vez) y le gustaba la buena pintura, del Renacimiento al siglo XIX. Pero aún recuerdo cómo conseguí interesarle en las vanguardias tras una concienzuda visita al Museo Thyssen, lo que me agradecía con humor siempre que podía. Ah, el humor. Lo que me reí leyendo ‘Los Americanos en América’ o ‘Los terrícolas’, este último, publicado en 1976, ponía una irónica y divertida lente sobre nuestras costumbres desde la perspectiva de un extraterrestre que cae por error en la Tierra. En esta idea también se adelantó. Forges, con quien mantuvo una entrañable relación, fue el autor de la portada. Por cierto, con Antonio Fraguas presentamos en El Espinar uno de sus libros y fue uno de esos momentos que se recuerdan siempre, por la calidad humana de ambos.

Por la vida de una periodista pasa mucha gente y es un misterio por qué algunas de las personas que tienes la suerte de conocer se quedan en tu vida para siempre. Juan Pablo Ortega se quedó en la mía y si alguien cuidaba esa amistad era él. Siempre estaba ahí, sin exigencias, comprendiendo que la vida de un periodista no es la mejor para cuidar de los amigos. Estaba en sus cartas, con esa letra enrevesada que el temblor de sus manos imponía, en las llamadas, en los libros que te llegaban si consideraba que algo debías de leer sí o sí.

Sé que una de las grandes satisfacciones de la última etapa de su vida profesional fue cuando le llamamos para que formara parte del equipo de opinión de la recién estrenada edición de Segovia de El Norte de Castilla. Era la oportunidad de acercarse a sus orígenes y a una tierra en la que a veces se había sentido olvidado. Acudió puntualmente a su cita semanal con los lectores. Muchos de ellos no le conocían personalmente y cuando me alababan sus artículos siempre les contestaba: como persona es aún mejor. En ellos mostraba su inteligencia y ese sentido del humor que afortunadamente nunca le abandonó. Le recuerdo en su casa de Madrid, al lado del ‘Pirulí’, una casa atestada de libros y de esas figuritas sedentes de las que era coleccionista. Un lugar que rezumba paz, la alegría de una vida plena.

Sí. Se ha ido un hombre que por muchas razones parecía de otra época. Por su bondad, por su discreción, por su cultura, por su elegancia… Cuánta falta nos hacen en el momento político y cultural que atraviesa este país personas como él. Juan Pablo, te recordaremos siempre con amor y gratitud y mantendremos ese recuerdo con la esperanza de que ejemplos como el tuyo nos iluminen el camino.

(Publicado en la edición impresa de El Norte de Castilla, el 5 de enero de 2017. La foto es de FOTOPRENSA)

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Así está el Patio

Hace tiempo que vengo señalando perpleja que la información cultural cada vez se parece más a la información deportiva y a la información económica. A la primera, porque resulta que de lo que se trata es de batir récords constantemente y a la segunda, porque solo parecen interesar las cifras. Dentro de nada habrá gráficos con lí­neas de subidas y bajadas en todas las informaciones culturales como si del í­ndice Dow Jones se tratara. Creo que ya hay.

El Patio Herreriano ha batido récord de visitantes. (Plas, plas, plas…) Todos contentos. Todos, menos un amplio sector profesional del mundo del arte. Lo manifestado por el Instituto de Arte Contemporáneo y el Grupo de Trabajo del Museo en su comunicado a los medios es compartido en muchos sectores artísticos de dentro y fuera de la ciudad. Da pereza volver a señalar lo ya dicho en otras ocasiones como ésta. Lo que diferencia al Patio Herreriano, lo que le da sentido como Museo, es su importante colección y en torno a ella, a sus contenidos, a sus caracterí­sticas, al papel que juega en el contexto del arte nacional e internacional, relacionado con el nacimiento y desarrollo de las vanguardias, debería girar su actividad. Una actividad que, al mismo tiempo, deberí­a colocar al Herreriano en el mapa de los museos de arte contemporáneo que cuentan en el país. Es decir, aprovechar el hecho de que la Colección permanece en esta ciudad para generar en torno a ella una riqueza cultural que distinga al museo y se convierta en atractivo para un público aficionado y experto, así­ como imán de otras actividades relacionadas. Proyecto y presupuesto económico. Estas son las claves.

Lejos de eso, el Museo se encuentra actualmente sin dirección (al parecer lo dirige una gestora) y sin proyecto (al menos que se haya hecho público), a no ser que el proyecto fuera el de batir récords de visitantes. En ese caso, misión cumplida. Aunque la euforia que traslucían las palabras del alcalde durante el balance de visitas de 2017 (¿por qué no se ha hecho al final del año? La cifra hubiera sido aún más vistosa) habrí­a que matizarla. Para empezar, la entrada ahora es gratuita ¿por qué no se adoptó antes esta medida si tanto preocupaban las estadí­sticas? En segundo lugar, en el Patio Herreriano se ha concentrado la programación de otras salas de exposiciones municipales. Es decir, los visitantes habituales de estas ahora van al Patio. Pero para eso no se necesita una colección ni un museo. Para incluir exposiciones no proyectadas ni comisariadas desde el centro (de cuya calidad media, por cierto, no se duda en la mayorí­a de los casos, ahí­ está la de Sarah Moon) no se necesita la Colección, basta con amplios espacios que permitan montajes adecuados. El Museo era y debe ser otra cosa.

Y un apunte más. Hay que distinguir artistas emergentes de artistas aficionados. Ambos deben tener su espacio, pero quizá sin mezclarse o con las fronteras bien definidas.

(Columna publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla el jueves dos de noviembre de 2017)

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Fernando Guijar, geometría y color

EL ARTISTA EXPONE SUS ÚLTIMAS OBRAS EN LA GALERÍA JAVIER SILVA DE VALLADOLID

 

Fernando Guijar tiene muy presente su primera exposición en Valladolid porque aquella primera aparición pública como artista (‘El ajuar de Marisol’ en el Teatro Calderón, 1998) le cambió la vida. Hasta entonces su trabajo se habí­a desarrollado en el campo del sonido desde su formación como ingeniero técnico en Telecomunicaciones. Sin embargo, la exposición le sirvió, casi sin haberlo pretendido, para tener algo a lo que aspiran todos (o casi todos) los artistas: una galerí­a. Ferrán Cano le fichó y desde entonces su vida gira en torno al arte y el diseño gráfico. Se licenció en Bellas Artes, hizo un master en Artes Visuales y Multimedia, pero, sobre todo, se liberó de las coordinadas estrictas en las que se mueve el mundo de la ingenierí­a para dar la bienvenida al caos que puede encender la mecha de la creatividad.

Exposición en la Galeria de Javier Silva,de Fernando Guijar.fto Henar Sastre

Exposición en la Galeria de Javier Silva, de Fernando Guijar. fto Henar Sastre

Guijar expone sus últimos trabajos, bajo el título ‘Blok’, en la galería que ahora le es fiel, tras el cierre de la anterior, el ámbito de Javier Silva en Valladolid. Su obra no es desconocida para el público (casi siempre escaso) afecto al arte contemporáneo. En 2014 llenó este espacio con sus ‘paisajes intervenidos’, fotografí­as intervenidas plásticamente que reflexionaban en torno a cómo habí­a evolucionado la consideración del paisaje en la historia del arte, desde lo sublime a lo pintoresco, y jugaba con la idea de Joseph Beuys de que los animales eran ya el último punto de conexión entre el hombre y la naturaleza.

Sin embargo, la exposición que muestra ahora tiene más que ver con aquellos coloridos inicios, con la intervención que montó en paralelo a su anterior exposición en el Patio Hereriano, en aquella feliz iniciativa Lienzo MPH, y sobre todo con el diseñador gráfico que nunca le abandona. Una serie de piezas en las que arte y diseño gráfico, rigor formal y conceptos como utilidad social, decorativismo, constructivismo y un cierto esteticismo se dan la mano.

De entrada, el color: se dirí­a que una apuesta por el lado más optimista del arte. Unos cuantos elementos, plantillas geométricas, fragmentos fotográficos, piezas de madera o elementos de uso cotidiano diseñados por él se van ensamblando en composiciones donde la agilidad resultante no oculta el orden con el que han sido concebidas. Guijar en este camino entre el diseño y la apuesta artística no esconde cómo influyen en él las técnicas publicitarias (sobre todo en el uso del color) junto a propuestas de más largo alcance. Habla, por ejemplo, de la ‘Sala neoplástica’ ideada por el vanguardista polaco Wladisyslaw Strzeminski que pudo verse recientemente en el Reina Sofí­a con motivo de la muestra dedicada a su obra y a la de su pareja, la escultora Katarzyna Kobro. Y es que su acercamiento a ciertas vanguardias clásicas tiene que ver con la mirada de ambos artistas, relacionados con movimientos como el futurismo y el constructivismo y fundadores del movimiento unista que poní­a el acento en la materialidad del arte frente a conceptos como tiempo o movimiento.

El tí­tulo ‘Blok’ hace referencia a esos elementos producidos en serie, como los de cierta conocida marca de muebles, o los elementos de la arquitectura. Es la cadena compositiva, pero también aquello que nos construye por dentro y por fuera. Hay algo terapéutico además en la forma en que Guijar se aproxima a lo figurativo, juega con lo geométrico y nos enseña que el arte, finalmente, es cuestión de mirada, de una mirada personal e intransferible, que dirí­a aquel.

(Artículo publicado en la edición impresa de EL NORTE DE CASTILLA el 23 de octubre de 2017)

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Ya lo pensaré mañana (8). La sorpresa estaba en el palmarés

Hoy en dí­a o tienes un ‘thriller’, una novela negra, o no tienes nada. Se ve en las editoriales, en los premios literarios… y ahora también en los festivales de cine. La Espiga de Oro ha sido una sorpresa. Este año tocaba una decisión polémica. Ya sabemos que los jurados son soberanos y sus decisiones respetables, pero eso no aminora cierto estupor por todo lo que se ha quedado fuera del palmarés. ‘The Nile Hilton Incident’ es una pelí­cula que tiene sus valores, claro, incluso desde el punto de vista social: toca el tema de la corrupción policial y de la debilidad de algunos presuntos estados de derecho. Pero no deja de ser una película policiaca de guion convencional. Hemos visto muchas así­ y desde luego no quedará como un hito del certamen. El primer premio ya parecía un exceso, pero no repartir mejor las espigas e insistir en esta cinta con el premio al mejor director y al mejor guion roza lo incomprensible. Porque este año el nivel medio invitaba al reparto. Pero hubo tres pelí­culas que, desde mi opinión, superaban ese nivel medio. Y me dirán que una de ellas, sin duda ‘The rider’, no ha salido mal parada, pero para una cinta de tal belleza, fotografí­a, delicadeza y precisión en el desarrollo del guion la Espiga de Plata, el premio Pilar Miró y el galardón al mejor actor suenan a consolación. Sobre todo, por comparación.

‘The party’, el inteligente y, visto lo visto, arriesgado ejercicio de estilo de Sally Potter se va de vací­o, aunque sea una lección de cine y una lección de cómo en ocasiones cine y teatro están muy cerca.  Y nada tampoco para ‘Foxtrot’, la estupenda sorpresa final que al jurado le debió de pillar ya cansado. El premio a la mejor fotografía se lo llevó  ‘Soy un rayo de luz en la tierra’, aunque no es precisamente la luz y su manejo lo que destaca en esta prescindible cinta (y aquí­ también había estupendas candidatas (y si era por el blanco y negro la ya mencionada ‘The party’ le daba unas cuantas vueltas). Pero Ray Loriga, que hizo de portavoz del jurado, lo dijo claro y contundente en dos idiomas: puede que os guste o no, pero esta es nuestra decisión. Y punto. Nos vemos en el cine.

(Columna publicada en el suplemento Seminci de la edición impresa de El Norte, el domingo 29 de octubre de 2017)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.