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Ai WeiWei, en la Sección Oficial de Seminci
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Angélica Tanarro | hace 21 horas| 0

EL ARTISTA CHINO PRESENTARÁ SU DOCUMENTAL ‘HUMAN FLOW’ SOBRE EL PROBLEMA DE LOS REFUGIADOS

‘Human flow’, el documental con el que el artista chino Ai WeiWei aborda el drama de los refugiados en todo el mundo, formará parte de la Sección Oficial de la Semana Internacional de Cine de Valladolid. La Seminci, que comienza el 21 de octubre, ha incluido el documental en su primera sección, dando así­ una vez más relevancia a un género que en los últimos años está mostrando su gran potencia. ‘Human flow’ se estrenó en el pasado Festival de Venecia con una gran acogida por parte de la crí­tica internacional y después formó parte de la programación del Festival de Telluride (Colorado, EE. UU). En España lo estrenará A Contracorriente Films.450px-ai_weiwei

“Debemos comprender que  este problema no afecta a los refugiados sino a todos los ciudadanos, que deben exigir a sus gobiernos que busquen la solución”, afirmó el artista en Venecia durante la presentación de su film que ha sido rodado en 22 paí­ses. En él Ai WeiWei se traslada a los lugares con un mayor flujo de refugiados como Turquí­a, Grecia o Italia y entrevista a los hombres y mujeres que atraviesan las fronteras procedentes de Siria, Irak o Afganistán. Para Ai WeiWei el arte debe ser una plataforma para denunciar los problemas de la sociedad, una actitud que le ha traí­do persecución por parte del gobierno de su país que lo encarceló durante 80 días, alegando problemas con el fisco.

Precisamente su experiencia como preso polí­tico estuvo en la base del proyecto ‘Poética de la libertad’ que se llevó a cabo en la Catedral de Cuenca, enmarcado en los actos del Centenario del Quijote. La muestra incluyó una performance del artista chino junto a una muestra de artistas contemporáneos españoles y poetas comisariados por el pintor Florencia Galindo, fallecido poco después de esta exposición, y el poeta y  periodista Carlos Aganzo.

En el documental ‘Human flow’ se intercalan los testimonios de los refugiados con las declaraciones de la ONU en torno a esta situación y textos de poetas como Adonis o Nazim Hikmet. El artista aparece en numerosos planos del filme conversando con los protagonistas de esta tragedia humana.

La presencia de Ai WeiWei en Valladolid para presentar su pelí­cula es, de momento, una incógnita.

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La Seminci de las mujeres
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Angélica Tanarro | 14-09-2017 | 17:44| 0

Coixet, Holland, Sally Potter y Naomi Kawase vuelven al Festival de Valladolid

 

Al menos nueve de las quince pelí­culas que competirán por la Espiga de Oro en la 62 edición de la Seminci están dirigidas por mujeres. El Festival, que dirige Javier Angulo y que aún no ha completado la lista de las pelí­culas de la Sección Oficial, se ha tomado en serio este año el dar visibilidad al cine dirigido por mujeres, ya que, además de su importante presencia en la sección principal a concurso, habrá una jornada destinada al trabajo de las realizadoras. Una buena noticia, a la espera de que llegue un dí­a en que este hecho deje de ser noticia.

Algunas de las directoras convocadas son viejas conocidas del Festival, empezando por la encargada de abrir la competición: Isabel Coixet, que ha llevado al cine ‘La librería’ el éxito editorial de Penélope Fitzgerald (publicada en España por impedimenta). Coixet cerró la 60 edición con’Nadie quiere la noche’. No es la primera vez que la directora de filmes como ‘Mapa de los sonidos de Tokyo’ o ‘La vida secreta de las palabras’ asume la traslación de una novela de éxito a la gran pantalla. Lo hizo en 2008 con ‘Elegy, adaptación de’El animal moribundo’ de Philip Roth.

Members of the opening film NOBODY WANTS THE NIGHT (left to right): Directror Isabel Coixet (Spain), actor Gabriel Byrne, Rinko Kikuchi, festival director Dieter Kosslick, actress Juliette Binoche Opening of the 65th Berlin International Film Festival at the Berlinale Palast

Isabel Coixet. Foto Siebbi

Entre las veteranas de los festivales, encontramos a la polaca Agneska Holland, una de las directoras más importantes de su pìaís y que será candidata por tercera vez al Oscar a la mejor pelí­cula extranjera con ‘Pokot’, el filme que presenta en Valladolid. (Anteriormente lo fue con ‘Europa, Europa’, uno de sus tí­tulos más celebrados, y con ‘Angrey Harvest’.  Holland no se va de vací­o cuando compite en Seminci. En la edición de 1992 consiguió la Espiga de Plata por ‘Olivier, Olivier’ y en 2011 se llevó el premio a la mejor dirección por la asfixiante y dura ‘En la oscuridad’, en la que nuevamente trataba el tema de la represión de los judí­os por el nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. Una pelí­cula que dejaba sin aliento y que no ahorraba un gramo de realismo a la hora de contar una cruel historia. ‘Pokot’, su último filme, es la historia de una ingeniera jubilada, firme defensora de los animales, que se convierte en la principal sospechosa de la muerte de un vecino.

Una directora amante de la experimentación es Sally Potter, cuyo título más recordado en España es sin duda ‘Orlando’, la bella adaptación de la homónima novela de Virginia Woolf. Compite con ‘The party’, rodada en tiempo real en una casa del Londres actual, que cuenta la historia de una polí­tica que ha sido elegida para un cargo en la sombra. Protagonizada por Kristin Scott Thomas, es una película coral con un reparto en el que figuran Bruno Ganz y Patricia Clarkson, que hace doblete en el Festival, ya que también participa en ‘La librerí­a’ de Coixet.640px-a-holland

Cuarta Seminci para la realizadora Naomi Kawase que tan buen sabor de boca, casi literalmente, dejó en la edición de 2015 con ‘Una pastelerí­a de Tokyo’, con la que se llevó el premio a la mejor dirección. Una mujer obsesionada por la luz y la descripción del mundo que la rodea protagoniza ‘Hikari’. La capacidad para hacer poesía con la cámara es una de las cualidades de una directora que ha firmado tí­tulos de grato recuerdo como ‘El bosque del luto’, también proyectada en Seminci.

DE AQU͍ Y DE ALLÁ

Como es tradición, la cartelera de la Sección Oficial mezcla a veteranos y noveles, cinematografías habituales en las pantallas comerciales con otras más periféricas.

De Brasil llegan ‘Gabriel y la montaña’, de Fellipe Gamarano Barbosa, premiada en la Semana de la Crí­tica de Cannes, y ‘Como nuestros padres’, cuarto largo de ficción de Laí­s Bodanzky. De Turquí­a, ‘Daha!’, la ópera prima del hasta ahora actor Onur Saylak. De Islandia, ‘Under the tree’, del Hafsteinn Gunnar. De Georgia, paí­s de su realizadora, ‘I am a truly drop of sun on earth’, de Elene Naveriani, otra ópera prima.

Las consecuencias del genocidio ruandés vuelven al cine de la mano de los polacos Joanna Kos-Krauze y Krzysztof Krauze en ‘Birds are singing in Kigali’, y el género policiaco estará representado por el filme ‘The Nile Hilton Incident’, del sueco Tarik Saleh.

Más directoras noveles en el cartel: Chloé Zhao, realizadora china afincada en Estados Unidos, que participa con ‘The rider’, una historia intimista sobre un vaquero que debe dejar la competición por un accidente, y la francesa Léonor Serraille con ‘Jeunne Femme’.

Faltan aún dos o tres títulos para completar esta Sección, pero algo es seguro: el hecho de la presencia de tantas directoras hará que también las mujeres sean más protagonistas de los argumentos planteados. Habrá un día­ en que esto dejará de ser noticia.

La foto 2 es la directora de cine polaca Agneska Holland, fotografiada por Tomasz Lesniowski

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Adriana Bustos, historia y compromiso
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Angélica Tanarro | 11-08-2017 | 09:31| 0

EL MUSAC ACOGE LA PRMERA EXPOSICIÓN INDIVIDUAL EN ESPAÑA DE LA ARTISTA ARGENTINA

Cada una de las series que conforman la exposición ‘Prosa del Observatorio’, primera individual en España de la argentina Adriana Bustos (1967), merecería una visita reposada, pues debajo de cada elemento que las componen hay un trabajo de investigación, documentación, análisis y planteamiento que es difí­cil de captar en un recorrido apresurado. Con todo, los distintos capí­tulos de la muestra, correspondientes a tres series diferentes en una trayectoria muy cohesionada, componen un todo perfectamente coherente y dan idea cabal de las preocupaciones de esta artista que se sirve de técnicas de documentación y de la investigación histórica y en ciencias sociales para reflexionar sobre opresiones sociales, polí­ticas y religiosas en distintos periodos históricos, pero en particular para relacionar hechos acaecidos tanto en  España como América Latina y en sus interrelaciones desde la época colonial hasta nuestros días.

Ya en el título ‘Prosa del observatorio’ subyace este afán por relacionar hechos aparentemente inconexos en los que encuentra filiaciones inesperadas. Está tomado de la obra homónima de Julio Cortázar en la que el escritor argentino establece paralelismos entre la migración de las anguilas por los ríos europeos y las observaciones nocturnas del maharajá Jai Singh creador en el siglo XVIII de observatorios astronómicos en Jaipur y Delhi. En ‘Antropologí­a de la mula’ la primera de las series de la exposición, Adriana Bustos traza un paralelismo entre las rutas comerciales de la época colonial y las del narcotráfico en América Latina, y reflexiona sobre el tráfico de personas y cosas como elemento sustancial de las dinámicas de explotación, producción y comercialización desde las colonias hasta nuestros días.adriana-bustos_antropomorfia-del-sistema_2016

El origen de esta serie de trabajos en los que Bustos mezcla el dibujo (una técnica que domina a la perfección) con el vídeo y la fotografí­a, fue comprobar cómo la crisis argentina y la búsqueda de trabajos precarios habían llevado a la proliferación de mulos dedicados a la recogida de cartòn en la ciudad de Córdoba (Argentina), hecho que coincidía en el tiempo con el escándalo en el que se vio envuelta la empresa aérea Southern Wings en 2005 por el transporte de droga en valija diplomática. La artista dibuja sus personales ‘mapas’ en los que mezcla las rutas que siguieron las mulas en la época colonial desde Córdoba al Potosí­ para la explotación de los minerales preciosos, con las de las ‘mulas’ (término con el que se conocen en el argot del narcotráfico a las personas, mujeres en muchas ocasiones, que transportan la droga clandestinamente) actuales. Especialmente significativo dentro de este capí­tulo es la serie ‘Ilusiones’. Bustos entrevistó a varias mujeres que cumplían condena por narcotráfico en la prisión cordobesa de Brouwer: Fátima, Anabella, Leonor, el último escalón del negocio del tráfico de drogas, también el más vulnerable. La artista las fotografía de espaldas y las sitúa en un escenario ilusorio que representan los sueños por los que se enrolaron en el negocio. Una peluquerí­a, un quirófano, un paisaje selvático, entornos inalcanzables en vidas truncadas. Al lado de cada una de ellas, fotografía a la mula real en el mismo escenario.adriana-bustos_retrato_cortesia-de-la-artistade la artista, ‘El retorno de lo reprimido’, en el que documenta el tráfico de esclavos procedentes en su mayoría del África Subsahariana a través del Atlántico desde el siglo XVI hasta el XIX. E investiga en un hecho poco conocido: los cien mil ciento once esclavos negros introducidos por los españoles en Cuba en un periodo reducido de tiempo, entre 1816 y 1819. Setenta y siete expediciones partieron de La Coruña, según las investigaciones realizadas por la artista, con el fin de abastecer a los hacendados de mano de obra antes de la definitiva prohibición del comercio negrero cuya fecha lí­mite era 1820. El racismo, el tráfico de personas, la explotación están presentes en estas obras donde el habitual aspecto crí­tico del trabajo de Adriana Bustos es aún más patente si cabe.

Capí­tulo aparte merece la serie central de la exposición, ‘¿Quién dice qué a quién?’, una aportación original sobre la censura y sobre cómo la historia se repite en un aparentemente imparable bucle. De nuevo, las dotes de dibujante de Bustos al servicio de una reflexión sobre los libros prohibidos, el control de la información por parte de las dictaduras históricas, el arte como propaganda de regímenes ilegí­timos. La visión paralela de un fragmento del documental ‘Olympia’, dirigido por Leni Riefensthal en pleno auge del nazismo sobre los Juegos Olí­mpicos de Berlí­n de 1936 y de un fragmento filmado del Mundial de Fútbol celebrado en Argentina en plena dictadura militar pone de manifiesto, para la artista, “los modelos de propaganda fascista de ambos periodos y la similitud de sus estructuras formales y estéticas”.

Viendo la obra de Adriana Bustos se podrí­a hablar de un nuevo concepto de ‘arte aplicado’. Aquel en el que las cualidades técnicas y expresivas, la pulcritud formal y la exhaustividad documental están de forma evidente o más clara que en otros casos al servicio de una reflexión política sobre la sociedad en la que vivimos, de una visión crí­tica del mundo y de una manera creativa de preguntarnos sobre nuestro pasado, nuestro presente y nuestro.

 

Fotos:

  1. ‘Antropomorfia del sistema’, obra de Adriana Bustos en el Musac
  2. La artista argentina Adriana Bustos. (Cortesía de la artista)
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Periodismo y diplomacia
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Angélica Tanarro | 01-08-2017 | 18:15| 0

Toda actividad humana requiere momentos de parada y reflexión.   Tiempos ‘muertos’ como en el deporte en el que se revisen los proyectos, las estrategias, las condiciones en que se desarrollan y se mire al horizonte con perspectiva. Si hay un trabajo en el que esta necesidad parece evidente es el periodismo. Acuciados por la prisa, presionados por la necesidad, y en ocasiones obsesión, de llegar los primeros y por las condiciones que imponen las nuevas tecnologí­as los periodistas necesitamos parar, preguntarnos si lo que estamos haciendo se ajusta a lo que la sociedad exige o debe exigir a un profesional de la comunicación.

Una oportunidad para el análisis en conjunto es la que ofrece desde hace tres años la Fundación Santillana a los periodistas culturales de este país. Citas para compartir experiencias, para poner en común nuevos retos y para, entre todos, alertarnos de los nuevos modos y las nuevas realidades que surgen en nuestra área profesional. Por eso desde hace dos años este encuentro tiene ‘tema’ y en la última cita, celebrada recientemente en el imponente edificio que Renzo Piano ha diseñado para albergar la Fundación Botí­n en Santander, el tema fue la diplomacia cultural, ese llamado ‘soft power’ con el que se tienden puentes que en ocasiones la diplomacia ‘real’ no llega a establecer. Apasionante y complejo asunto en el que a través de las exposiciones de los expertos se fue dibujado un mapa de orografí­a complicada que analizó desde el papel de las instituciones diplomáticas, a la realidad de la marca España, pasando por el papel del Instituto Cervantes, de las exposiciones universales o las apuestas polí­ticas por las grandes franquicias museí­sticas.

Los periodistas nos vemos llamados a navegar entre los acontecimientos en los que el titular a cinco columnas está prácticamente asegurado por la calidad de la apuesta, el peso de las instituciones promotoras o la eficacia de un marketing capaz de soslayar las debilidades reales del `’evento’ y otros que desde presupuestos aparentemente menos ambiciosos esconden el peso específico de lo trascendente. Sería, por citar mis palabras en la introducción de una de las mesas de debate, tener los ojos abiertos entre las cifras llamativas de la macroeconomí­a, en este caso de la ‘macrocultura’, y la realidad de la microeconomía. Y puse como uno de los posibles paradigmas de esa diplomacia cultural que se establece desde el impulso creador la exposición que estos dí­as muestra El Museo del Prado en la sección Obra Invitada. El diálogo que la artista iraní­ Farideh Lashai estableció pocos años antes de su muerte con los ‘Desastres de la Guerra’ de Goya es el mejor ejemplo de cómo el arte tiende puentes más allá de la distancia que imponen los siglos, las culturas y los gobiernos.

Es nuestro deber saber encontrar el criterio que nos permita iluminar lo verdadero en cualquier dimensión y hacerlo con el espíritu crí­tico que reclamó en la clausura del congreso su director, Basilio Baltasar, y que se supone en nuestro ADN profesional.

(Columna publicada en la edición impresa de El Norte de Castilla del 22 de julio de 2017)

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El mundo era más ancho y menos ajeno
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Angélica Tanarro | 25-06-2017 | 10:25| 0

Mi homenaje a Julio Michel, director del Titirimundi, fallecido el 24 de junio en Barcelona

 

Querido Julio: busco en el papel lo que solo puedo encontrar si me miro por dentro y pienso en tantos titirimundis compartidos. Y aun así, encuentro en la portada de un ‘Norte de Castilla’ atrasado una foto en la que estás subido a uno de esos pequeños monstruos del carrusel Catimini que, como un ritual, se instalaba en Segovia para anunciar la llegada de los titiriteros. Era 1999, el año que me invitaste a pregonar el Festival. Nunca te lo agradecí bastante.

Me estremece tu sonrisa. Si alguien no acabó de entenderlo es porque no te miró con detenimiento: en esa sonrisa estaba tu alma de niño, tu fantasía, la que te hizo ver como posible que en una ciudad apartada de los grandes circuitos dramáticos hubiera un festival que pusiera a Segovia, y con ella a la Comunidad, en el mapa de los acontecimientos internacionales de las artes escénicas.

El día que se levantó el telón del primer Festival Internacional de Títeres de Segovia (aún no era Titirimundi) se descorrieron muchos velos y cayeron muchos prejuicios. Ese día lejano comenzó a ensancharse nuestro mundo. Cayó la ignorancia sobre un arte que había quedado relegado a un asunto para niños, y que era mirado incluso con cierto desprecio por los profesionales de las artes escénicas. Empezamos a saber que dentro de ese universo aparentemente pequeño, simple, sin grandes presupuestos ni enrevesadas dramaturgias, cabía la tradición y la vanguardia, la poesía y la crítica social, pequeñas joyas del siglo XVIII y las nuevas tecnologías. Que las artes tienen vasos comunicantes que se enriquecen mutuamente y cuando llegan a su destinatario le cambian por dentro. Fuimos distintos, yo diría que mejores, después de ser un poco más sabios gracias a tu mundo. Más solidarios, más abiertos, más cultos. Más felices.

En aquellas primeras ediciones donde la convivencia entre titiriteros era más natural y prolongada, aprendimos a mirar al otro y a reconocernos en él. En su arte. Por lejana que fuera su procedencia y distinta su cultura. Porque tiene que ser el arte el que denuncie la fatuidad de las fronteras. Todavía Internet no nos había hecho presuntamente globales.

Aún lloro si recuerdo aquel 25 de abril en el que sentada en el autobús de la compañía Abellis Magiska, asistía junto a una decena de afortunados a un pase de su cuento oriental. Los objetos eran tan pequeños que un autobús bastaba para reunir el aforo de cada sesión. Alguien puso un clavel rojo en mis manos y en la penumbra escénica cantamos el ‘Grândola, Vila Morena’ para acompañar a los miembros de los Bonecos de Santo Aleixo… Las primeras veces quedan impresas en nuestra memoria: descubrir la ‘Opera dei pupi’ siciliana y la familia internacional de Don Cristóbal y Mr. Punch, hacer un máster en marionetas de guantes y muñecos de hilos, acompañar en su viaje a París a los personajes de las pinturas negras de Goya… Pero, en un momento de descuido, ha venido la marioneta de Phillipe Genty y te ha introducido en la maleta como años antes hizo vengativa con su manipulador. En ella te ha llevado a unirte a Rod Burnett y ahora os estáis partiendo de risa juntos, mientras nosotros aquí intentamos contener las lágrimas.

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Francesa Woodman, por sí misma
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Angélica Tanarro | 20-03-2017 | 20:15| 0

Una exposición en el Patio Herreriano muestra la radicalidad  y originalidad de la fotógrafa norteamericana

 

Para apreciar las fotografías de Francesca Woodman (Denver, Colorado, 1958-Nueva York, 1981) hay que acercarse mucho a ellas. Física y mentalmente. Lo primero es cuestión de tamaño: sus fotografías son todas de pequeño formato y están llenas de detalles que se escapan no solo en la distancia sino en una mirada superficial. Lo segundo requiere una mayor explicación: sobre el significado de sus imágenes, misteriosas, oscuras, dotadas de una a veces inexplicable belleza  se ha especulado mucho. Están hechas por una mujer muy joven, que se suicidó a los 22 años, que dejó unas 800 fotografías y poco testimonios escritos sobre su arte.

Uno de los aciertos de la exposición que estos días ofrece el Patio Herreriano en Valladolid es advertir al espectador de que intente no mirar estas obras a la luz de la biografía de su autora y de su trágico final. Porque aunque es fácil vincular la soledad, incluso el dolor soterrado que transmiten algunas de las imágenes que forman parte de la exposición y, en general, de su legado, a lo que sabemos de su depresión y de su final lo cierto es que si no se supiera el dato de cómo decidió abandonar este mundo, sería más fácil analizarlas en toda su complejidad, abordando los muchos caminos que propone la artista.

Woodman se fotografió de forma obsesiva a lo largo de su corta carrera. El cuerpo femenino es asunto capital en su obra y el suyo era el que estaba siempre disponible. El cuerpo que no el rostro, que a menudo tapaba, difuminaba o escondía sobre todo en las imágenes en que aparece desnuda. La interpretación feminista de su trabajo ha sido motivo de debate. Hay quienes conectan sus planteamientos con los movimientos feministas de los setenta, pero también quien afirma que no existía la menor relación en su trabajo con cuestiones de género. Con todo, es difícil no hallar elementos reivindicativos en esas imágenes en las que la mujer desnuda no tiene rostro, que a menudo aparece vestida o desnuda en un lugar incómodo (¿incómodo o inestable como la situación de la mujer en la sociedad de su tiempo?), sucio, en las esquinas de habitaciones vacías, o en situaciones inquietantes. ‘Noviembre ha sido un barroco ligeramente incómodo’ es uno de sus misteriosos títulos en sus igualmente misteriosas composiciones. Imposible no hacer interpretaciones de género en un planteamiento que rompe con muchos estereotipos sobre la mirada al cuerpo femenino y que lo hace como en otras artistas de características opuestas pero que partieron de la misma autorreferencialidad (el caso de los autorretratos de Frida Kahlo, sin ir más lejos) desde la afirmación del yo. Aunque en su caso, haya un juego de exposición y ocultación en el mismo acto fotográfico.

Otros dos elementos tienen una especial significación en sus fotografías, por un lado las manos, como una seña de identidad, y, por otro, los espejos que establecen diálogos, consigo misma o con la imagen que de la mujer se forman los hombres: ‘Nadie puede verme como me veo yo’ o ‘Una mujer es un espejo para un hombre’ son otros dos de sus escasos títulos.

Drama

Lo que es innegable es el carácter dramático de sus exposiciones. Woodman ‘construía’ espacios inquietantes, oscuros, decadentes, en algún sentido, góticos. Una puesta en escena que le acerca a un arte conceptual y que la situaría en la vanguardia de este movimiento y que la conectarían con otras artistas que como la española Esther Ferrer, han hecho de su cuerpo un discurso fotográfico, aunque en este caso el planteamiento feminista es innegable. También son evidentes en la obra de Woodman las huellas del surrealismo. La poderosa serie ‘Sobre ser un ángel’ tiene fotografías que remiten a obras como ‘Ser andrógino’ de Remedios Varo.

Fotografías cuyo mejor destino es un libro, como vehículo para su mejor ‘degustación’. Ella era consciente e intentó que alguna editorial corriera el riesgo pero apenas consiguió una publicación en vida, y es una carencia que aún no ha sido suficientemente satisfecha. La exposición del Patio Herreriano merece más de una visita. Y sí, hay que hacer caso de la advertencia inicial. En este caso el suicidio solo nos hace preguntarnos cómo hubiera evolucionado la obra de una  artista con un mundo tan original y con tantas cosas que decir.

 

Artículo publicado en el suplemento cultural de El Norte de Castilla, La Sombra del Ciprés, el sábado 18 de marzo de 2017.

Las fotografías que lo acompañan pertenecen a la muestra del Patio Herreriano

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Cultura, nada más
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Angélica Tanarro | 25-11-2016 | 18:31| 0

Hay proyectos culturales que me devuelven la confianza en los proyectos culturales. Por muchas razones. Por ejemplo, porque saben crecer sin perder pie, sin olvidar sus objetivos, sin desvirtuarse. Lo que no quita para que puedan evolucionar, desarrollarse, en definitiva, crecer sin morir de éxito.
Pensaba en ello recientemente, en la fiesta de aniversario de la editorial La Uña Rota. Veinte años. Quién iba a decir entonces, cuando surgió como una modesta locura de cuatro amigos locos por los libros y el teatro que veinte años después no solo estaría viva sino creciendo, ocupando un lugar respetado entre las editoriales ‘diferentes’, ente las editoriales sin más. La Uña Rota encontró su sitio y los cuatro amigos que la impulsaron desde la periferia de Madrid (para añadir más dificultades, más rarezas, el proyecto partía de Segovia) no solo siguen compaginando esta labor editorial que les apasiona con los trabajos que les dan de comer, sino que ¡siguen siendo amigos! Rodrigo González, Mario Pedrazuela, Arcadio Mardomingo y Carlos Rod continúan al frente del artefacto. Juntos han conseguido un catálogo en el que figuran nombres como Angélica Liddell (atención, está a punto de salir de imprenta el último texto de la dramaturga), Juan Mayorga (a quien, entre otros títulos, publicaron su obra reunida), Rodrigo García (la edición de sus ‘Cenizas escogidas’ fue uno de los hitos del sello…) Esto por la parte teatral, pero también Herman Melville, Antonio Valdecantos, Joseph Conrad, Graham Green… siempre buscando textos con ese punto de rareza, de originalidad que conforma su personalidad. Una de sus más atractivas colecciones es la llamada Libros inútiles, donde te puedes topar con Samuel Beckett o Kenneth Goldsmith y donde el adjetivo inclasificable sería el único que podría clasificarlos.
Pero hay más locos en el mundo de la cultura, no todo va a ser precariedad intelectual o de la otra. Y cuando no se me había quitado el buen sabor de boca de la fiesta de aniversario de La Uña Rota, asisto a otra celebración que te hace creer en el futuro de la lectura. Esta vez los anfitriones eran el equipo de Páginas de Espuma, el sello editorial que desde 1999 está empeñado en elevar a la primera línea de la relevancia literaria al género del cuento. También recuerdo como si fuera hoy cuando Juan Casamayor me contó el proyecto de publicar los cuentos completos de Anton Chéjov, una aventura con la suficientes dosis de locura y riesgo para una editorial ‘independiente’. Hoy varios años (tres si contamos desde la publicación del primer tomo, más si tenemos en cuenta cuándo empezó a gestarse el proyecto) y aún más de cuatro mil páginas después, los seiscientos cuentos que hoy por hoy se pueden considerar todos los que escribió el autor ruso están en una edición en cuatro volúmenes que aportan no solo nuevas traducciones (de algunos cuentos las primeras que ven la luz en nuestro idioma) sino una visión global de su obra, de cómo la fue construyendo y cómo evolucionaba el autor con respecto a su trayectoria.
Y todo ello gracias a la labor de Paul Viejo, traductor y alma mater del proyecto, cuya pasión por la criatura te devuelve la confianza, insisto, en las empresas culturales de verdad. Porque de eso hablamos, de cultura. Nada más. Y nada menos.

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En la zona de confort. Seminci (sexta entrega)
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Angélica Tanarro | 28-10-2016 | 17:55| 0

SOBRE ‘LA PAZZA GIOGIA’ DE PAOLO VIRZI Y ‘MADRE NO HAY MÁS QUE UNA’ DE ANNA MAYLAERT

Encarando la recta final del festival, y sin esa película que nos haga vibrar en la butaca, el certamen parece haber entrado en una cierta zona de confort, donde no hay nada abiertamente desechable, pero tampoco esa película que hiciera subir la línea roja de la temperatura. Y dado que estas crónicas-críticas tienen de oficio el lado personal de quien las firma, permítanme una confesión: hay un momento para mí crucial en una película que tiene que ver con su arranque. A lo largo de estos años dejando constancia de lo que sucede en la Sección Oficial del certamen he desarrollado un cierto sentido para detectar en las primeras secuencias qué puede dar de sí un filme. Lógicamente no es una fórmula matemática, ni esa primera impresión siempre se confirma: una película, de algún modo como una novela, atraviesa fases, picos de tensión, zonas de sombra. Y todo pesa en el conjunto. Pero esos minutos iniciales –que a veces incluso coinciden con los primeros créditos– hablan mucho para bien y para mal de lo que vendrá después.
Los minutos iniciales de ‘La pazza giogia’ me parecieron impostados, algo artificiales y en ese tono continuó para mí la película toda. Sin acabar de creerme esa especie de amable y avanzado psiquiátrico, ni el personaje de Beatrice –a pesar de que se lo echa sobre los hombros una personalidad fuerte como la de Valeria Bruni Tedeschi– ni el equipo médico habitual.
La firma Paolo Virzi (Livorno, Italia, 1964), autor que se estrena en Seminci y del que en España hemos visto al menos una película de gratísimo recuerdo, ‘Caterina se va a Roma’, mucho más redonda que ésta. Al contrario de lo que sucede con ‘La pazza giogia’ o ‘Locas de alegría’ (escojan el título que prefieran), que se agota en los primeros comentarios del café, ‘Caterina se va a Roma’ se quedaba contigo un tiempo. La ambientación, los personajes, la historia… como ocurre en las buenas novelas, cuyos protagonistas vivirán contigo un tiempo después de la palabra fin. La presencia de Virzi en el festival puede servir para intentar recuperar este logrado título.
Identidad
Algo subió el tono de la mañana la brasileña ‘Madre no hay más que una’ de otra debutante en Valladolid, Anna Muylaert, que confesaba en la rueda de prensa posterior a la proyección, que solo un psicoanalista podría aclarar su fijación con el tema de la madre como personaje en una obra de creación. Su anterior filme se titulaba ‘La segunda madre’. Las madres que aparecen en el filme que compite en la Sección Oficial del festival han perdido a su hijo porque otra mujer se lo ha robado. Aunque está basada en un caso real, a Muylaert no le interesa tanto hablar del robo de niños, como de la difícil construcción de la identidad en los adolescentes, máxime cuando, a las dudas habituales a esta edad se suma el trauma de comprobar que han vivido una vida engañada, que ni siquiera su nombre fue el nombre que sus padres le dieron cuando llegaron al mundo.
Así Pierre, un muchacho de indefinida sexualidad, que toca en un conjunto de rock, que se pinta las uñas y le gusta la ropa de mujer, que tiene relaciones por igual con chicos y con chicas, tiene que convertirse en Felipe, y acomodarse a una familia burguesa, separarse de las que hasta ese momento creía su madre y su hermana y convivir con un hermano ‘verdadero’ al que nada le une.
El tema es enorme y la película tiene buenos momentos, sobre todo cuando la cámara se aproxima a Pierre, a su silenciosa rebeldía, a su perplejidad, pero el guion falla a la hora de afrontar el cambio traumático hacia la nueva familia.
Los padres verdaderos son tan torpes en su afán por no volverlo a perder y en su incapacidad para acercarse a su hijo desde una postura dialogante que resultan poco verosímiles, por falta de matices. Igual que los padres verdaderos de la hermana con la que ha convivido siempre (también robada) cuya fugaz presencia en el filme también está dibujada a trazo grueso.

(Fotogramas de ‘La pazza giogia’ y ‘Madre no hay más que una’

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Oriente próximo y lejano. Seminci (quinta entrega)
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Angélica Tanarro | 27-10-2016 | 18:50| 0

SOBRE ‘HEDI’, ‘THE SALESMAN’ Y ‘MARAVILLOSA FAMILIA DE TOKIO’

 

‘Hedi’, opera prima del tunecino Mohamed Ben Attia, es una película pequeña en más de un sentido que se ha colado en la Sección Oficial del Festival, aunque quizá no sea este su sitio más adecuado. Las primaveras árabes (habría que repensar un término que ha quedado invalidado con el tiempo) han puesto el foco en el Magreb y en Oriente Próximo, y por tanto en sus cinematografías, pero más allá de que la película esté ambientada en Túnez, que no es mucho más que un decorado secundario, y comprobar cómo este país ya antes de esos acontecimientos era de los más avanzados de la región, poco aporta una historia bien contada pero sin más oropeles. Quizá Punto de Encuentro hubiera sido un lugar más adecuado.

La historia de un joven absolutamente dominado por su madre a punto de casarse y al que se le cruza una joven vitalista con la que inicia una relación que le hará replantearse su futuro no da para mucho. Si acaso para comprobar que el yugo familiar a menudo atenaza tanto a hombres como a mujeres, como bien se encarga de demostrar este año la Sección Oficial del certamen. Buena interpretación de su protagonista, Majd Mastoura, que se hizo con el Oso de Plata al mejor actor en la última Berlinale.
Referencia teatral
Mucho más peso tiene, sin duda, ‘Forushande’ (‘The salesman’), avalada por la firma de Asghar Farhadi, autor de la excelente y multipremiada ‘Una separación’. Farhadi se estrena en Seminci con una película que no pasó desapercibida en el último festival de Cannes. En ella, de nuevo una joven pareja se tambalea por un acontecimiento inesperado en sus vidas. El título hace referencia –referencia un poco traída por los pelos, todo hay que decirlo– al hecho de que la pareja representa en un teatro ‘Muerte de un viajante’ de Arthur Miller. Farhadi no abandonará esta referencia teatral a lo largo del filme, lo que no aporta gran cosa al guión, aunque sí a la construcción de algunos planos muy bellos, pictóricamente bellos.

La historia, que se sigue con interés, (vemos las clases de él, profesor de literatura además de actor, conocemos a sus alumnos, asistimos al trauma de ella que apenas puede seguir con su rutina en el escenario tras el accidente en su casa) naufraga un tanto al final cuando el director abandona lo que ha sido hasta ese momento el punto central de su película, la relación entre los dos miembros de la pareja protagonista, y se detiene a resolver con acento de thriller el suceso no del todo aclarado que ha interrumpido sus vidas. A pesar de eso, el guion convenció en Cannes donde ganó el premio de su categoría. Como también obtuvo premio (este más lógico a mi parecer) la interpretación de Shahab Hoseini y su rotunda presencia en el film.
Mejor, el drama
Después de ver ‘Maravillosa familia de Tokio’ habría que afirmar sin dudar que a Yoji Yamada se le da mejor el drama que la comedia. No vamos a descubrir aquí el talento del director japonés, que además regresa al festival vallisoletano inmediatamente después de conseguir en 2013 su primera Espiga de Oro por la deliciosa ‘Una familia de Tokio’. Yamada vuelve al tema de la familia, como vuelve al homenaje a su maestro Ozu, referencia que se ha convertido en una constante en su filmografía, y lo hace en tono de comedia, una comedia paródica, más entroncada en la comedia clásica americana que en la tradición oriental.
Tres generaciones viven bajo el mismo techo. La historia arranca el día del cumpleaños de la abuela, casada con un personaje antipático y bebedor que pasa más tiempo en la taberna de una amiga que en su propio hogar. Cuando al llegar a casa su mujer le reprocha que se haya olvidado de su cumpleaños, él, para quedar bien, le pregunta qué regalo quiere que le haga. Y ella contesta poniendo en sus manos un formulario de divorcio. Comedia llena de diálogos, que se desarrolla casi por completo en la casa familiar donde padres e hijos hablan sin parar y construyen situaciones que quieren ser hilarantes, aunque apenas conectaron con quien esto suscribe.
Yamada es desde luego un cineasta solvente, que construye imágenes de gran belleza (tanto el interior del bar como las distintas habitaciones de la casa familiar son escenarios sumamente elegantes y merece la pena detenerse en la estética de los planos ya que la historia ofrece poco donde agarrarse).
Al final, cambia el tono de comedia por un final melodramático que en cualquier caso no consigue levantar una película decididamente menor.

(Fotogramas de ‘Hedi’, ‘The salesman’ y ‘Maravillosa familia de Tokio’)

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Mujeres en lucha por su lugar en el mundo. Seminci (cuarta entrega)
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Angélica Tanarro | 26-10-2016 | 19:46| 0

SOBRE ‘DOÑA CLARA’, LA MADRE’ E ‘HIJA’

Hay muchos sonidos y mucha música en ‘Aquarius’, el filme del brasileño Kebler Mendonça Filho, director que se estrena en el festival con su segundo largometraje. Uno de esos sonidos se ha perdido en la mayoría de los hogares con discoteca: el crepitar de la aguja del tocadiscos sobre el disco de vinilo, eso que en la radio se solía llamar ‘fritura’. Se oye el crepitar de la aguja en la casa de Doña Clara una mujer que conserva sus vinilos no como piezas de museo, sino como la forma habitual de reproducir música por encima de los nuevos sistemas y esto, que puede parecer una anécdota dentro del filme, es una metáfora sobre otras cosas del pasado que pueden desaparecer de su vida, la más importante de todas su casa, la que vio crecer a sus tres hijos y en la que trata de llevar una vida tranquila, una vez que ha cruzado la frontera de los sesenta. En una sociedad que sigue mirando a las mujeres con extrañeza sobre todo si se salen de los estrechos cánones que tienen adjudicados a partir de una edad, Doña Clara (una espléndida y bella Sonia Braga, lógica candidata a un premio de interpretación por su rotunda presencia ante la cámara) pasa por ser una excéntrica, quizá porque se niega a morir socialmente hablando antes de tiempo. Si no la mató un cáncer de mama que sufrió cuando se encontraba en la treintena, no está dispuesta a que la maten ahora los prejuicios o las presiones de constructores sin escrúpulos. Y esa extrañeza afecta también a sus propios hijos, en especial a su hija, que no entiende que no acepte una sustanciosa oferta económica por su casa que la liberaría de la presión de una todopoderosa promotora inmobiliaria que quiere cambiar el amable edificio de apartamentos del que forma parte su piso por una de esas inmensas torres que ponen un muro en el litoral marítimo de tantas, antes hermosas, playas del mundo.
Y aunque la resistencia a este abandono sea el hilo conductor de la narración no deben escapársele al espectador avisado otras muchas cosas que la sensibilidad del director está poniendo sobre la mesa y que tienen que ver, lo he dicho ya, con el papel de la mujer en la sociedad. Mujer es la tía Lucía cuyo cumpleaños se celebra en el arranque de la película. Mujeres son las amigas de Clara, todas ellas en esa edad difícil en que la mujer empieza a ser invisible para el sexo opuesto, mujer es la sirvienta a la que vemos también en una celebración familiar. Ellas y los detalles del guion sostienen la película. Un producto bastante bien acabado. Dura dos horas y veinte minutos pero el buen hacer de Mendonça hace que se pasen sin sentir.
Sometidas
La situación de la mujer también es protagonista en la muy sólida película del iraní Reza Mirkarimi. ‘Hija’ plantea la falta de libertad de las mujeres en el mundo árabe ejemplificada en una joven estudiante a punto de entrar en la universidad a cuyo autoritario padre ni siquiera se atreve a decir que ha sido admitida en un máster que supondría tener que trasladarse a otra ciudad para seguir sus estudios.
No obstante la joven Setareh se atreve a pedirle permiso para asistir en Teherán a la fiesta de despedida de una compañera. Esta vez no se conformará con la esperada negativa, y viajará a la capital sin que lo sepan sus padres. El tiempo complica su escapada lo que desencadenará un conflicto familiar que desvelará antiguas rencillas y secretos.
Mirkarimi, cuyas películas han sido premiadas en Cannes y en Moscú, demuestra aquí su habilidad para contar historias. Lo hace subrayando el drama en su justa medida, humanizando al máximo a todos sus personajes, incluido el autoritario cabeza de familia y mostrando en una inteligente secuencia final por qué es tan difícil salir de las situaciones opresoras, sobre todo cuando se producen en el seno de la familia.
Destaca la interpretación de Farhad Aslani. Sobre sus hombros, el rol de padre autoritario y cuadriculado que avanza hacia la perplejidad ante un mundo que se le escapa de las manos. Perplejidad perfectamente mantenida en primer plano por el actor.
Incierto futuro
Miguel tiene catorce años y una madre inestable, sin trabajo e incapaz de ocuparse de él. Miguel tiene un raro sentido común para su edad, consecuencia lógica de haber tenido que madurar antes de tiempo. Miguel tiene también ante sí un incierto futuro y la amenaza de ingreso en un Centro de Menores, un lugar que ya ha conocido y al que desearía no tener que volver. Morais cierra con ‘La madre’ su trilogía sobre el abandono. Confieso no haber visto las dos anteriores y haberme estrenado ahora en la cinematografía del premiado director vallisoletano. Y lo he hecho con agrado.

Su elección de contar la historia no desde la rebeldía adolescente, sino desde la mirada de un chaval extrañamente responsable y en principio poco dispuesto a odiar un mundo que tan poco amable se muestra con él es un riesgo del que sale airoso. Ha encontrado además a un adolescente en su primer papel importante que ha sabido responderle con solvencia. Morais rueda escuetamente, con los mínimos elementos expresivos no solo por lo que a la cámara se refiere, también en cuanto a los diálogos. Aunque él prefiere hablar de Chaplin o de Rossellini como referentes, parece claro que Morais ha aprendido de Loach y de los Dardenne, aunque en ‘La madre’ el director parece evitar al espectador la tensión que suele dominar tanto en el británico como en los belgas.

 

(Fotogramas de ‘Doña Clara’, ‘Hija’ y ‘La madre’)

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Sobre el autor Angélica Tanarro
Más que un oficio, el periodismo cultural es una forma de vida. La llevo ejerciendo desde que terminé la carrera. Hace de eso algún tiempo. Me recuerdo leyendo y escribiendo desde que tengo uso de razón. La lectura es mi vocación; la escritura, una necesidad. La Cultura, una forma de estar en el mundo. Dejo poemas a medio escribir en el bolso y en todos los armarios.